CAPÍTULO 15
Noah
Noah es muy consciente de que debería estar escribiendo en lugar de buscando objetos en una de las pocas tiendas de decoración que hay en Ceapaire.
Pero sabe que, en el fondo, es una forma de invertir el tiempo porque, cuanto más a gusto se sienta en esa casa, menos le costará sentarse a escribir y las ideas fluirán con más facilidad.
Ha encargado algunos muebles que necesita para el despacho y la salita, algunos objetos para la cocina y su dormitorio, y camina contento para llegar a Ceapaire’s Groceries antes de que Hazel se vaya a comer.
Nada más entrar, se encuentra a Rogelio apilando cajas sobre el mostrador, así que le ayuda a colocar una para que no se caiga, y el joven le dedica una sonrisa de agradecimiento.
—¿Necesitas algo, Noah?
—Solo he venido a hablar con Hazel.
—Ya era hora, muchacho. —La voz de la anciana le llega alta y clara.
Noah solo tiene que mirar por encima del hombro de Rogelio para verla sentada en su sillón con un libro en el regazo, así que le da una palmadita en el hombro al dependiente y camina hacia ella.
Antes de que pueda agacharse para estar a su altura, Hazel le señala la misma bolsita de tela que descansa bajo el mostrador. Noah la coge y regresa al lado de la mujer.
—Acerca esa silla. —Hazel señala la que descansa tras el mostrador—. Este niño no la usa nunca, ni siquiera cuando no tiene nada que hacer.
—Siempre hay algo que hacer, Hazel —le responde Rogelio desde uno de los pasillos.
—Este niño… —La mujer niega con la cabeza, pero sonríe con un cariño innegable—. Siéntate a mi lado, muchacho, que tengo cosas que enseñarte.
Con un gesto le pide permiso a Rogelio para coger la silla, que asiente mientras sigue metiendo productos en una caja, y la acerca a Hazel.
—Te he traído dos álbumes. Uno de cuando éramos unas niñas.
Son fotos muy antiguas y están amarillentas, pero seguro que te hace ilusión ver a tu abuela tan joven.
El otro es de nuestra adolescencia, y hay un par de tu abuelo también.
Al final, están todas las de Halloween que nos hicimos a lo largo de los años.
»Es una pena que luego dejáramos de juntarnos así… La vida de adultos y las responsabilidades familiares —se queja Hazel.
Las manos arrugadas abren uno de los álbumes y pasean los dedos por encima de algunas de las imágenes. La mujer suspira y pasa un par de páginas antes de detenerse en una y mostrarle una enorme sonrisa.
—Aquí la tienes.
Noah fija la vista en una de las fotos y reconoce el rostro de su abuela. Está muy joven, pero sigue teniendo los mismos ojos brillantes que recuerda, la misma sonrisa dulce con la que siempre lo recibía.
—Cuídamelos, muchacho. Les tengo mucho aprecio a esas caras.
Aprieta con suavidad la mano de Hazel, que palmea su brazo con cariño y dulzura, tal y como haría su abuela si siguiera viva. Y ese pensamiento le hace sentir una oleada de afecto por esa mujer.
—Los cuidaré como si fueran de oro puro.
—Lo sé, muchacho. Cuando hayas acabado con ellos, puedes dárselos a mi nieto, que sé que os veis mucho últimamente. Aunque me encantaría que vinieras a devolvérmelo en persona, que así veo esa cara guapa.
—Vengo al menos una vez a la semana, Hazel —protesta, aunque le encanta hablar con esa mujer.
—Lo sé, pero las visitas siempre se agradecen.
—Como si no se pasara la mañana hablando hasta con los repartidores —interviene Rogelio, apareciendo en ese momento con otra caja llena, que deja sobre el mostrador—. No te dejes engañar por ese libro que siempre tiene en el regazo. Si lee un capítulo al día, ya es mucho.
—Niño, no me dejes mal delante de Noah.
—No es tonto, Hazel. No has cambiado de libro desde que llegó a Ceapaire, creo que ya sospechaba algo.
—Cría cuervos… —masculla Hazel.
—En cuanto venga Layla, me marcharé a repartir estos encargos, que hoy tengo que ir a Sandwich.
—Si necesitas irte antes, yo me quedo al cargo.
—No puedo irme y dejarte aquí, Hazel.
—Yo llevaba este negocio desde mucho antes de que tú nacieras, así que no me digas que no puedo hacerlo. —Hazel usa un tono enérgico que no le había oído usar nunca—. Además, tengo a Noah para ayudarme.
Noah abre mucho los ojos y mira a Rogelio, a punto de tener un ataque de pánico, cuando Layla y Wes atraviesan la puerta, con Nova agarradita de la mano de su padre.
—Salvado por la campana. —Rogelio se ríe y le dedica una sonrisa a Noah, que suspira aliviado.
—¿Qué nos hemos perdido?
—Tu abuela quería quedarse al cargo de la tienda…, y había nombrado ayudante a Noah —explica Rogelio, cogiendo un par de cajas—. Estaba a punto de tener un infarto.
—No iba a darme un ataque —se defiende, aunque su tono, un poco más agudo de lo normal, no dice eso.
—De menuda te acabamos de librar, Noah. Siento decirte que mi hermano no trabaja hoy aquí.
—No he venido a ver a Blay. Tu abuela quería darme algo.
—Nosotros nos vamos —anuncia Wes, acercándose a la anciana, que no tarda en subirse a Nova al regazo para darle un beso en la frente—. ¿Lista, Hazel?
—Claro, cariño.
Noah devuelve su asiento al hueco tras el mostrador, asegurándose de dejar espacio para que Layla pueda entrar y moverse con la silla de ruedas.
—¿Quieres que te acerquemos a casa, Noah? —pregunta Wes mientras acompaña a Hazel hasta la puerta.
—No te preocupes; me apetece dar un paseo hasta mi casa.
—Deja que meta eso en una bolsa para que no tengas que llevarlos en la mano —le propone Layla.
—Gracias. Eres un amor.
—En realidad lo hago porque, como le hagas algo a uno de esos álbumes, Nana te arrancará el corazón, y no quiero tener que ir a visitarla a la cárcel.
Noah se ríe, reconociendo el humor de Blaise en el de su hermana.
—Me conmueve ese interés por mi salud.
—Mi hermano me mataría si mi abuela te asesina, así que todos contentos. —La joven sonríe y levanta las cejas, como si Noah tuviera que entender el sentido oculto de sus palabras.
***
Está colocando los zapatos en su nuevo zapatero para la entrada cuando alguien llama a la puerta. Ni siquiera se molesta en comprobar quién es antes de abrir. Solo una persona lo visitaría a esa hora y tocaría al timbre de esa forma.
—Me encanta que me recibas así —comenta Blaise cuando ve a Noah inclinado para colocar las botas sin que se doble la caña.
—Ya te gustaría a ti. —Ni siquiera se molesta en cambiar la postura. Si Blaise quiere mirarle el culo, que lo haga. Noah está orgulloso de esa parte de su cuerpo.
—Por si lo has olvidado, tenemos una cita con el club de lectura.
—Es temprano. ¿Quieres un té o un café?
—Me viene bien cualquier cosa calentita, chiqui. —Blaise amaga con darle una palmada en el culo, aprovechando que Noah se ha inclinado para recoger el trapo con el que ha limpiado el mueble—. Te libras porque tengo las manos heladas.
—Tira para la cocina.
Deja que Blaise se acomode en la isla antes de poner la tetera al fuego. Es una de las costumbres que ha heredado de su madre y su abuela. Ni que tuvieran ascendencia británica…
—¿Qué es eso? —Blaise señala el paquete que Noah ha dejado en un rincón de la encimera.
—Los álbumes que me dejó tu abuela. He escaneado las fotos en las que salían mis abuelos y ya puedo devolvérselos. Mañana me pasaré por la tienda.
—Se lo diré cuando la vea esta noche.
—¿No vas a quedarte a cenar? —Noah deja la nueva caja para infusiones frente a Blaise para que elija qué prefiere tomar—. He dejado medio preparado un pastel de verduras.
—Si me lo dices así… Mi abuela cena en casa de Layla, así que me viene incluso mejor, porque, una vez que me he puesto el pijama, me cuesta la vida volver a salir.
—Estoy buscando una receta para hacer el pumpkin spice latte, así que, cuando la tenga perfeccionada, te podrías pasar a probarlo.
—Me malcrías, chiqui. —Blaise le guiña un ojo antes de darle un sorbo a su infusión—. Pero intentaré pasarme antes de ir a la tienda los días que me toque trabajar.
—No sé cómo aguantas ese ritmo. Cuando no estás en el colegio, estás en la tienda; y, cuando no, preparando el club de lectura o cuidando a tu abuela.
—Podríamos contratar a alguien para que atendiera las tardes, pero mi abuela se niega a dejar de ir y preferimos estar con ella.
No es un trabajo pesado, porque lo más complicado lo hace Roge por las mañanas, y la mayor parte de los días me permite preparar las clases de la mañana siguiente y hacer el papeleo.
—Blaise se encoge de hombros y se lleva la taza a los labios—.
Tendría que hacerlo en casa de todos modos, así que al menos le doy el gusto.
En ese momento, Noah siente una oleada de cariño por su amigo. Se nota a la legua que adora a su familia, especialmente a su hermana y a su abuela. Le da mucha ternura y mucha añoranza ser testigo de ese afecto tan sincero.
—Será mejor que nos pongamos en marcha o llegaremos tarde —ordena Blaise una vez que se han acabado las infusiones.
Aunque han ido comentando los capítulos a través del grupo que creó Blaise, esa tarde comentan los últimos capítulos y las impresiones generales.
A la mayoría les ha gustado, pero todas se vuelven a mirar a Noah, como si él tuviera todas las respuestas, así que agradece que su amigo intervenga, quitándole presión:
—Chicas, está aquí como uno más. Ya sabemos que escribe muy bien, pero no es un crítico literario. Solo viene a leer y compartir su opinión, como el resto.
—Blaise tiene razón —interviene Willow, sosteniendo su libro electrónico entre las manos como si fuera un tesoro—. Es muy tarde y deberíamos elegir el próximo libro.
Durante los siguientes minutos, todos lanzan sus opciones y luego votan las que más se repiten. En esta ocasión, se decantan por un libro de romántica, que hace que a Willow se le ilumine la mirada. Mientras el resto recoge sus cosas, Blaise se acerca a la mujer y ambos observan el artefacto.
Pasea la mirada por la estancia, observando a las mujeres poniéndose el abrigo y colgándose el bolso del hombro, sin dejar de hablar entre ellas de cosas que han comentado durante la charla y de las novelas que quieren leerse.