CAPÍTULO 14
Noah
Noah se ha levantado más tarde de lo que suele hacerlo y ha dedicado parte de la mañana de ese domingo a hacer algunos cambios en la casa.
Le encanta que su madre pusiera todo a su gusto, pero ahora es propiedad de Noah y tiene pensado pasar más tiempo, ahora que ha descubierto que es el lugar ideal para escribir, y necesita sentirse cómodo.
Llena varias cajas con las cosas que ha retirado y las sube al desván, ignorando la cantidad de objetos que su madre dejó allí tras la muerte de su abuela y que, en algún momento, deberá revisar.
En cuanto acaba, se plantea pasarse un par de horas comprando cosas por internet, pero cambia de opinión porque le apetece que la casa mantenga la esencia de su familia, y nada como revisar las tiendas de Ceapaire y Sandwich en busca de los objetos que quiere que formen parte de su nuevo hogar.
Se siente mal porque no ha aprovechado la mañana para escribir, pero es algo que necesitaba hacer y cualquier momento es igual de bueno o malo. Cuando se acomoda frente al ordenador para escribir un poco antes de preparar la comida, se siente como si le hubieran quitado un peso de encima.
Hace una tarde ventosa, pero el sol entra por la ventana y calienta la salita cuando se tumba en el sofá para leer un poco después de comer.
Mira la chimenea y se anota mentalmente que debería llamar a alguien para que la limpie antes de que haga demasiado frío y tenga que encenderla.
Ha visto Mary Poppins las veces suficientes para no querer que se le llene la casa de hollín cuando lo intente.
Podría encender la calefacción que mandó instalar su madre, pero le parece mucho más auténtico encender la chimenea.
Con intención de taparse con ella cuando el sol se retire, Noah saca una de las mantas del mueble en el que descansa la televisión y la deja sobre el reposabrazos del sofá grande, justo en el momento en el que suena el timbre.
No le sorprende lo más mínimo que el que esté al otro lado de la puerta sea Blaise, aunque no lo esperaba, sobre todo porque la noche anterior no le avisó de su visita antes de despedirse.
Esa tarde, su amigo lleva un abrigo marrón por encima de unos vaqueros morados y una sudadera de color amarillo mostaza.
—¿Tanto me echas de menos, Blay? —lo saluda, apartándose para dejarle entrar.
—No puedo vivir sin ti, chiqui. ¿Interrumpo algo?
—Iba a leer un poco antes de ponerme a escribir.
—Deberías divertirte un poco —le recomienda Blaise con una sonrisa pícara—. Es domingo. Ayer salimos a cenar y llegamos tarde…
—Precisamente por eso hoy tengo que trabajar, Blay. Ya perdí tiempo ayer.
—No lo perdiste, viviste experiencias nuevas. Como vamos a hacer hoy. —Blaise abre el armario de la entrada y saca una de las cazadoras de Noah—. Póntela. Y esto también —le dice, tendiéndole un gorro que Noah ni recordaba que estaba ahí.
—No hace tanto frío. ¿Dónde demonios quieres llevarme?
—A un sitio que estoy seguro de que no has visitado aún y que te va a encantar. Me dijiste que tu historia transcurre en otoño, y conozco el sitio perfecto para que entres en el mood.
Señala el atuendo que lleva el profesor mientras se mete el gorro en el bolsillo de la cazadora.
—¿Por eso te has vestido tan otoñal?
—Me encanta ayudar a inspirarte, chiqui.
Y, sin decir más, Blaise abre de nuevo la puerta, coge la mano de Noah y tira de él hacia el exterior.
Tiene el tiempo justo para coger las llaves antes de cerrar.
Se detiene junto al vehículo que el profesor ha dejado frente a su casa y se sorprende cuando siente que Blaise sigue arrastrándole, pasando de largo el vehículo.
—¿No vamos a coger el coche?
—No es necesario, chiqui. Solo vamos a dar un paseo. —Blaise se coloca a su altura, entrelaza su brazo con el de Noah mientras caminan hacia el final de su calle, pero en dirección contraria a la playa.
—Dime dónde vamos.
—Hoy hemos comido todos en casa de mis padres y, volviendo, he pasado por delante.
Me ha recordado a ti. Es un pequeño parque dentro del bosque.
Solo lo conocemos los que vivimos aquí, porque los turistas no suelen alejarse tanto del centro.
A mi abuela le encantaba pasear por él cuando no necesitaba bastón. Ahora es más complicado para ella.
—¿Me vas a llevar a un bosque? —No puede evitar que su voz suene divertida.
—Solo al parque que hay en la entrada. Te va a encantar. Lo prometo. No estoy tan loco como para meterme en una zona arbolada cuando falta poco para el anochecer y sin nada para iluminarnos.
—Más te vale…
Caminan durante cerca de diez minutos antes de que Noah comience a vislumbrar las copas de los árboles a lo lejos. Las hojas se han teñido de distintas tonalidades de rojo, marrón y amarillo, y se balancean al ritmo de las ráfagas de aire que las azotan.
Hay un par de personas paseando a sus perros por el parque que se abre al final del camino antes de estrecharse hasta ser un sendero que se adentra en el bosque. Es un lugar maravilloso, al que se vendría a escribir si no estuviera tan lejos ni tuviera que aguantar el viento.
Nada más atravesar la verja que separa el parque del camino de acceso, una ráfaga de aire los sacude, y Blaise se abrocha el abrigo y se pone un gorro que se saca del bolsillo.
—Deberías ponerte el tuyo —le advierte Blaise, sacándoselo del bolsillo a Noah—. Este sitio es una pasada, pero los días de viento se te mete en los oídos, y mañana lo lamentarás.
—Por eso has escogido el día más ventoso de lo que llevamos de septiembre…
—Tengo un horario complicado, chiqui. No puedo estar todo el día pegado a tu culo… Aunque me encantaría. —Blaise le guiña un ojo y le lanza un beso al aire.
—Perro ladrador, poco mordedor.
—¿Te gusta que te muerdan? No es mi estilo, pero puedo intentarlo.
Blaise suelta una carcajada al ver su cara, y Noah tiene que sacudir la cabeza para quitarse esa imagen de la cabeza. Está claro que a su amigo trabajar con niños le ha dado una rapidez mental impresionante. Se le ocurren respuestas de lo más curiosas en tiempo récord.
—Tendría que haberme pasado por la cafetería a por unos cafés calientes. Nos habrían venido genial. —Blaise se encoge de hombros y vuelve a enlazar sus brazos—. La próxima vez será.
—¿Piensas traerme de nuevo?
—Siempre que quieras, chiqui. No me digas que no es una pasada.
Noah se detiene en mitad del paseo, cierra los ojos y respira hondo. Huele a tierra húmeda, a hierba recién cortada y a humo de alguna chimenea no muy lejana. Se escuchan los sonidos de los perros corriendo y revolcándose por las hojas secas, también algunos silbidos de los dueños.
—¿Por qué mis abuelos no me trajeron nunca aquí? —pregunta Noah, sorprendido al darse cuenta de eso.
—Seguramente porque lo construyeron después de que ellos murieran. El bosque siempre estuvo aquí, claro, pero el parque no creo que tenga más de diez años.
Blaise le conduce hasta uno de los bancos que hay bordeando el paseo que atraviesa el parque. El suelo está lleno de hojas, que crujen cuando las pisan y son reemplazadas por otras nuevas cada vez que las ramas se mecen con el viento.
Su amigo se alza el cuello del abrigo y luego se asegura de que la cremallera de la cazadora de Noah está subida hasta arriba y le baja el gorro hasta que le tapa bien los oídos.
—Así me gusta, que no me cojas frío.
Esta vez es Noah el que entrelaza su brazo con el de Blaise, que ríe bajito y se aprieta contra su costado, para mantener el calor de sus cuerpos.
—¿Te sirve de inspiración? —pregunta, unos minutos después, Blaise.
Noah se acurruca más contra el cuerpo de su amigo y asiente.
Tiene el escenario perfecto para una escena que lleva días rondándole en la cabeza.
Tiene que investigar si hay algo así en la ciudad en la que ha situado su novela o, si no, buscar la forma de que acaben en un lugar así.
Sería perfecto para la declaración de amor de una historia otoñal y dulce.
—Es el lugar perfecto para algo que tenía en la cabeza —responde sin molestarse en mirar a su amigo.
—Me alegro. Espero aparecer en los créditos o algo parecido.
—Agradecimientos. Lo sabes de sobra, Blay. Lees casi tanto como yo.
—¿Cómo que «casi»? —se indigna Blaise, moviendo el hombro para apartar la cabeza que Noah había apoyado en él—. No vuelvo a llevarte a comprar libros.
—Bueno, puedes acompañarme a comprar algunas cosas. Quiero redecorar la casa para hacerla más mía.
—¿Significa eso que no vas a volver a desaparecer cuando acabes la novela?
Esta vez Noah sí levanta la cabeza para observar al profesor, que tiene la mirada perdida en el horizonte.
—Prometo no tardar otro lustro en volver.
A Blaise le brillan los ojos cuando le devuelve la sonrisa y le da un toque en la nariz con el dedo antes de volver a meter las manos en los bolsillos.
—Me encanta este sitio y me encanta que me hayas traído, pero se me está congelando el culo, Blay, y está empezando a oscurecer —protesta, sin poder contener un escalofrío—. La próxima vez, me avisas y lleno unos termos con algo calentito.
—Ha sido algo improvisado —se defiende su amigo, pero se pone en pie y tira de él para ayudarlo a levantarse—. Venga, volvamos a tu casa a que me hagas entrar en calor.
—Lo único caliente que va a entrar en tu cuerpo esta tarde es un té.
—Eso aún está por ver. El día es joven.
—Seguro que no quiero saberlo… —refunfuña, acelerando el paso.
—No soy tan inconsciente. Voy a pasar la noche con mi abuela, viendo alguna serie o película, y luego me meteré solito en mi camita. Después no puedo asegurarte que no entre nada en mí, aunque dudo que esté caliente.
—¡Blaise! No quiero saberlo.
—Por favor… —Blaise pone los ojos en blanco y tira de Noah para acercarlo más a su cuerpo—. ¿Te crees que soy tonto y que me voy a tragar que no te has traído ningún juguetito para aliviar tus noches de soledad en un pueblecito de Cabo Cod?
—No pienso responder a esa pregunta.
—No es necesario, chiqui. Tus mofletitos rojos lo han dicho todo por ti. No tienes que avergonzarte. El sexo es algo natural y uno de los grandes placeres de esta vida. Mientras sea consentido…
Siguen caminando en silencio, con los brazos entrelazados y los cuerpos bien pegados para protegerse del fuerte viento que se ha levantado.
A Noah le encanta pasar tiempo con Blaise, tanto si se pasan horas hablando como si simplemente comparten espacio mientras leen, ven una película o paseando en una tarde ventosa de otoño.
—No olvides pasarte mañana por la tienda para recoger el álbum de fotos —le recuerda Blaise, con medio cuerpo dentro del coche, mientras Noah ya recorre el camino de entrada.
—Me pasaré antes de comer. Saluda a Hazel de mi parte.
—Lo haré, chiqui.
—¿Seguro que no quieres que te prepare un té para llevar? —le pregunta desde la puerta abierta.
—Tengo que recoger a mi abuela. Si tardo más, es capaz de volverse a casa sola, y hay un paseo desde la casa de mi hermana. Ya le he dicho a Layla que tenga listo algo caliente para mí. Gracias por preocuparte por mi bienestar.
Se ríe cuando Blaise le lanza otro beso al aire y se despide con la mano, pero no cierra la puerta hasta que el coche de su amigo desaparece al final de la calle.