Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Noah

—Nana dice que pases el lunes a recoger el álbum —le dice Blaise en cuanto Noah se sube a su coche—. ¿De qué va eso?

—Hazel se ha ofrecido a dejarme unas fotos de Halloween de cuando mi abuela era joven. Me enseñó una el otro día cuando fui a comprar unas cosas.

—Eso explica que la haya visto revisando papeles. Pensaba que eran cuadernos antiguos de la tienda. ¿Seguro que quieres hacerlo?

—Sí, no te preocupes. —Noah le sonríe a su amigo, aunque él tiene la mirada clavada en la carretera—. Me hace ilusión ver imágenes de la juventud de mi abuela.

—Puedo acercarme una tarde y verlas contigo si quieres.

—Gracias. No necesitas excusas para pasarte, y tampoco necesito un coach emocional o algo parecido.

—Lo sé, pero esta ciudad y esa casa tienen muchos recuerdos, y entiendo que no todos son buenos. —Blaise apoya una mano en la rodilla de Noah y aprieta con suavidad—. Además, no tienes aquí a tus amigos y entiendo que puedas necesitar algo de apoyo emocional.

—Te lo agradezco de verdad.

Blaise detiene el coche frente a un restaurante y se gira para guiñarle un ojo antes de indicarle que se baje. Se queda de pie sobre la acera, esperando a su amigo, que lo repasa de pies a cabeza y sonríe.

—Estás monísimo —comenta el profesor, abriéndole la chaqueta para ver mejor la camisa que Noah lleva debajo.

—¿Gracias?

—Un día tú y yo tenemos que salir. Estoy deseando ver cómo se pelean por ti. Y a ver si, de paso, te conseguimos un novio.

—Blaise Price: profesor, propietario de una tienda de ultramarinos y casamentero —bromea, dejando que su amigo entrelace su brazo con el suyo y tire de él hacia el restaurante.

—Copropietario como mucho —le corrige Blaise—. Y te has olvidado de añadir «semental».

—No tengo datos que confirmen esa información.

Se detienen frente a la puerta, Blaise le suelta el brazo y pone la mano en el tirador.

—Porque tú no quieres, chiqui, pero estoy dispuesto a demostrártelo cuando quieras.

Si Noah no conociese un poco a Blaise, la seriedad con la que pronuncia esa frase, sin apartar la mirada de sus ojos, le resultaría intimidante.

Por suerte, en esas semanas ha aprendido que a Blaise le encanta hacer bromas sexuales y disfruta provocándolo.

Así que hace algo con lo que solo se siente cómodo cuando está con sus amigos íntimos.

Da un paso hacia adelante, recoloca el cuello de la cazadora azul eléctrico de Blaise y se inclina para susurrarle al oído:

—Cuando decidas tener una relación seria conmigo, estaré encantado de que me lo enseñes.

Se separa para observar el gesto sorprendido de Blaise, que tiene la boca entreabierta, las pupilas algo dilatadas y el inicio de una sonrisa curvándole los labios.

Noah no le da tiempo a reponerse; pone la mano sobre la de Blaise en el tirador de la puerta y la abre, colándose en el interior sin esperar a que su amigo se aparte.

Se detiene frente al atril, donde un hombre apunta algo en unos papeles, y sonríe cuando escucha a Blaise dar su nombre. Su voz es un poco más aguda de lo normal, y Noah no puede evitar soltar una risita mientras sigue al maître hasta la mesa, en la que ya hay un par de personas sentadas.

—Te concedo ese punto, no me lo esperaba —le susurra Blaise al oído antes de girarse hacia sus amigos—. Chicos, este es Noah, el escritor del que os he hablado. Noah, estos son Taylor y Zack.

Sonríe mientras les tiende la mano a los dos y los observa con detenimiento.

Taylor es una preciosa mujer pelirroja de larga melena lisa y unos increíbles ojos verdes, enfundada en un llamativo vestido rojo sangre con falda de volantes que se agitan cada vez que ella se mueve.

Zack es un apuesto hombre de pelo ensortijado de un rubio dorado, con ojos de un azul pálido que parece casi transparente, vaqueros que se ajustan a sus muslos y una camisa del color del cielo en una mañana de verano bajo una americana negra.

—Encantado —dice con una sonrisa antes de apartar la silla de Taylor para que vuelva a tomar asiento.

—Además de guapo, educado —comenta Zack, con tono suave y un poco sugerente—. La clase de hombres que me gustan.

—Guarda las garras hasta el final de la cena, amigo —le recrimina Blaise, justo cuando un grupo de cuatro mujeres y hombres se les acerca.

—¿Zack ya está intentando clavarle las uñas al nuevo?

—Siempre, querida.

Aunque el comienzo de la cena es un poco caótico porque a Noah, una vez más, le cuesta quedarse con los nombres, aunque memoriza caras y gestos que luego seguramente utilizará para alguno de sus personajes, se divierte mucho con las anécdotas locas de los amigos de Blaise.

Zack tontea con él durante toda la noche, aunque de una forma mucho más sutil que Blaise. Y, desde luego, menos… sexual. Una de las últimas chicas en llegar también parece desear conocerlo mejor, aunque pierde el interés cuando Blaise, de forma descarada, le recuerda que Noah es gay.

—¿Qué tal si vamos a esa cafetería que abrieron antes de verano y cerramos los detalles de la fiesta de Halloween? —propone Taylor cuando todos han acabado su postre.

—¿Halloween? Falta más de un mes. —Se sorprende Noah. Pero, a juzgar por el gesto del resto de comensales, el que parece haber dicho algo inapropiado es él.

—Nos tomamos muy en serio esa noche —le aclara Blaise—. Se celebra una fiesta en una casa a las afueras de Ceapaire y hay concurso de disfraces. Cada grupo elige un tema y el mejor se lleva un viaje sorpresa.

—El año pasado fue a Ibiza —le informa otro de los amigos de Blaise—. Ibiza, colega. ¿Sabéis lo que habría sido ganar y pasarnos una semana yendo de la playa a la discoteca y de la discoteca a comer paella y tortilla española? Tenemos que ganar.

—Contamos contigo, Noah, por supuesto —le advierte Taylor, señalándole con un dedo.

Noah mira a Blaise, que se encoge de hombros y niega con la cabeza.

—Te han adoptado. Ya no puedo hacer nada por salvarte.

—Lo dices como si tú no lo hubieras hecho ya. ¿Te crees que no nos hemos dado cuenta, chiqui? —Jim no parece muy cordial. Siempre que responde a Blaise lo hace con tono afilado, especialmente ese último «chiqui», que Blaise solo ha usado con Noah durante la cena.

—Jim, supéralo de una puta vez, tío —le espeta Taylor.

—Será mejor que nos vayamos a esa cafetería. A ver si con el aire a este se le pasa el mal rollo. —Zack se pone en pie y tira de Jim para obligarlo a salir del restaurante antes que el resto.

Noah mira a Blaise, que le sonríe y niega con la cabeza.

Está claro que no quiere hablar de ello en ese momento, así que se guarda las preguntas para más tarde.

No sabe qué pasa entre Jim y Blaise, pero está claro que esas palabras han afectado a su amigo, que no hace ninguna broma mientras caminan el par de manzanas que separan ambos locales.

No ha visitado mucho Sandwich, pero se nota que ha cambiado mucho desde sus tiempos de adolescente. Apenas le suenan las calles o los negocios, e incluso el ambiente es diferente al de los veranos de hace tantos años.

—¿Reviviendo los años de juventud? —le pregunta Taylor, dándole un golpecito en el brazo con el suyo—. Blay nos dijo que habías pasado muchos veranos aquí.

—Mis abuelos eran de Ceapaire. Mi madre se crio allí y no se fue hasta que entró en la universidad y conoció a mi padre.

—Es una pena que dejaras de venir. Nos hubiera encantado conocerte antes. —Zack se coloca al otro lado de Taylor y enrosca su brazo en el de la joven—. Blay te ha tenido muy escondido estas semanas.

—Estoy muy ocupado. No tengo demasiado tiempo para socializar mientras estoy escribiendo la novela. Voy un poco atrasado y tengo que ponerme las pilas.

—¿Significa eso que cuando termines podremos disfrutarte un poco más?

—Por supuesto, Zack.

Le extraña que Blaise no se le acerque en todo el trayecto, pero, teniendo en cuenta el mal rollo que ha percibido al final de la cena, no le sorprende.

Tiene que preguntarle a Blaise qué le ocurre con sus amigos.

Bueno, en realidad, qué le ocurre a Jim.

Ahora entiende el comentario que hizo en su casa de que la mayoría de sus amigos son simpáticos.

Pasan la siguiente hora decidiendo de qué se van a disfrazar ese año.

Noah apenas abre la boca, primero porque ni siquiera sabe si va a asistir a esa fiesta, pero tampoco tiene demasiado interés.

Para él y sus amigos, solo es una noche en la que ser otra persona y salir a beber.

Desde luego, no tienen concursos con generosos y llamativos premios.

O, al menos, ellos no se mueven en esos círculos.

Los amigos de Blaise proponen pedir otra ronda, pero Noah le echa un vistazo a su amigo y comprueba que no le apetece nada, así que se adelanta y rechaza la oferta, poniéndose en pie.

—Necesito dormir o mi cerebro no funciona igual y me cuesta mucho más sentarme a escribir. Lo siento mucho —se disculpa cuando Blaise también se pone en pie.

Blaise se limita a forzar una sonrisa y luego se despide de todos sus amigos con un beso. Excepto de Jim, al que solo le dedica un gesto de la cabeza, por si no había quedado claro el mal rollo. Noah se despide de todos con un gesto de la mano.

Espera a estar de camino al coche para hacer las preguntas que le rondan desde el final de la cena, pero, antes de que pueda abrir la boca, Blaise se detiene, cogiendo su muñeca para pararlo.

—Lo siento —se disculpa su amigo—. No pensé que fuera a venir Jim o te habría avisado.

—¿Hay algo entre vosotros que no me has contado?

—¿Qué? ¡No! —Blaise suspira y hace un gesto con la mano, restándole importancia—. Nos enrollamos unas cuantas veces y un día Jim me dijo que estaba enamorado de mí. No lleva muy bien que lo rechazara, por eso ha sido un gilipollas hoy. Cree que tú y yo tenemos algo y está celoso.

—Otro motivo más para no liarte con los amigos.

—De eso nada. Más bien, es otra razón para no enamorarte. Jode las amistades.

Blaise reanuda la marcha y Noah lo sigue, pero, cuando se acercan al coche, pone una mano en la espalda de su amigo para que se gire.

—¿Estás bien?

—Sí, claro. Solo lamento que nos haya fastidiado la noche. —Blaise vuelve a forzar una sonrisa—. No era esa la intención. Solo quería que pasaras un buen rato, que conocieras a mis amigos… El resto ya has visto que son maravillosos.

—Eh, Blay. No tienes que fingir conmigo. No me valen las sonrisas falsas.

Abre la puerta del coche cuando Blaise hace lo propio con la del piloto, y lo mira por encima del techo durante unos segundos antes de señalarle el interior para que entre.

—Jim era uno de mis mejores amigos hasta hace unos meses, y ahora no somos capaces ni de estar bajo el mismo techo sin que me lance alguna pulla. Lo echo de menos.

—¿Por eso pasas tanto tiempo en mi casa?

—¡No! No eres el sustituto de Jim —asegura Blaise, poniéndole una mano en el muslo para hacer que lo mire—.

Lo nuestro lleva así desde antes del verano, no tiene nada que ver contigo.

Solo ha coincidido en el tiempo, pero seguirías cayéndome genial incluso aunque Jim no se estuviera comportando como un gilipollas.

—No puedes enfadarte con él por sentir cosas por ti.

—Sabía las reglas. Sexo sin sentimientos. Al menos, luego no te comportes como si la culpa fuera mía ni te enfades cada vez que se me acerca alguien. Han pasado meses; que lo supere de una vez.

—Cada persona tiene sus tiempos para pasar página —le recuerda—. Entiendo que sea molesto que te lo recuerde, pero imagina lo que debe ser para él verte con otra persona si está enamorado de ti.

Blaise apoya la coronilla en el reposacabezas del coche y suspira, cerrando los ojos durante unos segundos.

—Conclusión: enamorarse es una mierda.

—Solo si no eres correspondido.

—Y cuando se acaba. —Blaise gira el rostro para mirarlo—. Porque siempre se acaba, Noah.

—¿Cuántos años llevan tus padres juntos? ¿Crees que para ellos no ha merecido la pena?

—Es la excepción.

—No todos son Seven u Olivia —le recuerda, estrechando la mano que su amigo aún tiene sobre su muslo—. Algunos, como Jim, están dispuestos a quererte.

—¿Estás haciendo de casamentero ahora?

—Solo te pongo las cosas en perspectiva para que veas que no todo es tan malo como lo has hecho en tu cabeza.

La mirada de Blaise se pierde en la pared que tienen enfrente durante lo que a Noah le parece una eternidad. Luego gira la cabeza y le dedica una de esas sonrisas ladeadas y provocativas.

—¿Eso significa que quieres echar un polvo?

Noah se ríe y niega con la cabeza.

—Arranca y volvamos a casa. Es verdad que, si no duermo, me cuesta mucho más escribir.

La charla de vuelta a casa gira en torno a las últimas trastadas que han hecho los alumnos de Blaise.

Se nota que hablar de esos niños relaja a su amigo, porque, cuando el coche enfila la salida hacia Ceapaire, Blaise está sonriendo como siempre hace.

A Noah le encanta que poco a poco el profesor vaya recuperando su talante divertido y alegre.

Noah espera a que el coche se detenga frente a su casa para rodearlo y acercarse a la puerta del piloto. Le hace un gesto a su amigo, que lo observa confuso y sorprendido, para que salga del vehículo.

—¿Qué pasa?

En lugar de responder, Noah abre los brazos y espera a que Blaise lo pille.

—No necesito…

—Sí lo haces, así que deja de hacer el tonto y ven.

Blaise abre la boca para protestar, pero luego debe pensárselo mejor. Suspira y se acerca, dejando que Noah lo estreche entre sus brazos. Sonríe cuando nota que su amigo le devuelve el abrazo y suspira cuando Noah le acaricia la espalda.

—¿Mejor? —susurra en cuanto se separan.

—Sí, gracias. Descansa, chiqui.

El coche de Blaise no se mueve hasta que Noah cierra la puerta de su casa, y ese simple gesto hace que se le dibuje una sonrisa en los labios.