Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Noah

El centro social iluminado impresiona más que las veces que ha pasado frente al edificio durante esas semanas, cuando todavía no había retomado del todo su actividad después del verano.

Noah respira hondo antes de bajarse del coche de Blaise y se prepara para enfrentarse a esas mujeres, que, si son tal y como las ha dibujado su amigo esa tarde, pueden ser difíciles de contentar.

—No muerden —susurra Blaise, poniéndose a su altura—, pero pueden ser un poco intensas. No te preocupes; se les pasará en cuanto se den cuenta de que eres un amorcito.

—No vamos a acostarnos, Blaise.

—Te encanta romperme el corazón. Por cierto, deja de llamarme Blaise. Todos me llaman Blay.

—Solo tu familia usa ese diminutivo —le interrumpe, deteniéndose frente a la puerta que su amigo mantiene abierta para dejarle pasar—. No me engañes.

—Mi familia y mis amigos. Ya que no vamos a follar, al menos dame eso. —Blaise le guiña un ojo y pone la mano en su espalda para empujarlo con suavidad hacia el interior.

—Es una pena que desperdicies toda esa energía sexual conmigo en lugar de con alguien a quien vayas a llevarte a la cama.

—Tengo mucha de esa, chiqui. No te preocupes.

Sigue a Blaise por la amplia estancia que sirve de sala de reuniones. Es la primera vez que entra en el centro social, así que lo observa todo, tomando notas mentales por si en algún momento algo de eso puede ayudarle a escribir una escena.

Al fondo a la derecha, hay un montón de mesas pequeñas en torno a una barra, de la que procede el olor a café que lo impregna todo.

En una de ellas está el antiguo alcalde, jugando a las cartas con otros ancianos, y a Noah se le dibuja una sonrisa en los labios.

Mejor arreglando, o estropeando, el mundo con un café que molestando a otros con su mal humor.

—La mayoría lo soportan porque es malísimo y le ganan siempre, pero fuera de aquí no quieren ni verlo. Por eso le encanta tanto venir —sisea Blaise, señalando al exalcalde con la cabeza en un gesto rápido—. Es el único lugar en el que todavía se siente importante. ¿Preparado?

—¿Puedo echarme atrás si digo que no?

—Ni de coña, chiqui. —Blaise abre una puerta en la que hay una placa con la palabra «biblioteca» en ella—. Bienvenido al club de lectura de Ceapaire.

Cuando atraviesa el umbral, se topa con doce ojos mirándolo fijamente y se detiene en seco, haciendo que Blaise choque contra su espalda. Su amigo le pone una mano en el hombro y aprieta para infundirle ánimos.

—¡Buenas tardes! —grita Blaise, adelantándole y caminando a toda velocidad hacia el círculo que forman las sillas en las que están sentadas las mujeres.

Noah solo ve un borrón de colores hasta que su amigo se detiene—.

Os prometí una sorpresa para nuestra primera cita del club de lectura, y aquí está.

He invitado a Noah Lee, el autor de la preciosa De Boston al cielo, y nieto de nuestros queridos Violet y Abner.

Noah se sonroja cuando todas comienzan a aplaudir.

No es la primera vez que está en un club de lectura ni tampoco que es el centro de atención, pero sigue sin encontrarse cómodo en ese tipo de situaciones.

Nunca creerá que merezca ese recibimiento ni ese cariño solo por cumplir su sueño de escribir una novela.

Las seis mujeres se ponen en pie, algunas con más dificultad que otras por la edad, y comienzan a acercarse a Noah, así que deja de lado su timidez y su síndrome del impostor, y camina hasta colocarse junto a Blaise para saludar a las asistentes.

Noah intenta recordar todos los nombres, pero es complicado porque solo se los dicen una vez, todos seguidos, y luego comienzan a comentarle cosas de su primera novela, a hacerle comentarios sobre su familia, a interesarse por el manuscrito en el que está trabajando.

En cuanto ha satisfecho la curiosidad de las mujeres y Blaise consigue calmarlas y hacer que vuelvan a tomar asiento, Noah acerca otra silla al círculo y se sienta junto a su amigo, que, al pasar a su lado, pone una mano en su cuello y presiona con suavidad.

—Antes de poner fin a la primera cita del club de lectura de esta temporada, tenemos que decidir qué libro vamos a leer este mes —recuerda Blaise. Las mujeres se remueven, emocionadas, en sus sillas.

—Noah podría darnos un adelanto de su segunda novela —propone una mujer anciana, de pelo blanco y corto, vestida con ropa algo desgastada, pero que lo mira con los ojos brillantes y una enorme sonrisa.

—Willow, cariño, no abuses de nuestro invitado —la regaña Blaise, pero su tono es tan dulce como el que le ha visto usar con los niños.

—¿Cuáles son las opciones? —pregunta la más joven del grupo, una mujer de unos veintitantos, de mirada huidiza, piel morena y pelo castaño muy rizado, recogido en una coleta alta.

—Un poquito de silencio, chicas —pide Blaise cuando las mujeres comienzan a dar títulos—. Que cada una dé un título, pero mantened el orden para que no sea un gallinero.

Blaise saca el teléfono del bolsillo y comienza a anotar las propuestas.

En cuanto todos han dado la suya, votan tres opciones y el más nombrado es el elegido.

En esa ocasión, es una novela de Freida McFadden, una autora de thrillers que está triunfando en todo el mundo.

Como no la ha leído aún, Noah decide unirse, para alegría del resto del club.

Ve cómo Blaise se acerca a Willow, que tiene el gesto preocupado, y trastea en su libro electrónico antes de regresar a su silla. Se hace una nota mental de preguntar qué ha ocurrido, por si puede ayudar con algo.

Siguen hablando durante algunos minutos, determinando hasta qué capítulo tienen que leer antes de la próxima reunión del club.

—Os mando el listado por el grupo para que ninguna se salte las metas y tengamos un disgusto en forma de spoiler —les advierte Blaise, poniéndose en pie.

Todas las mujeres lo imitan, así que Noah hace lo propio y se despide del resto de asistentes. Se queda junto a su amigo, recogiendo la estancia y apagando las luces antes de salir de la biblioteca.

—¿Qué te ha parecido? —le pregunta Blaise mientras se dirigen a la salida, saludando al hombre de seguridad antes de abrir la puerta.

—Me ha encantado, aunque la atención del principio me ha resultado algo incómoda.

—Qué poco glamuroso por tu parte no disfrutar de las atenciones que te depara ser la celebrity local.

—Solo he escrito un libro. No es como si fuera Taylor Jenkins Reid o Rebecca Yarros —protesta, deseando que la gente olvide a qué se dedica y lo traten como un habitante más del pueblo.

—Todos esos autores que ahora lo petan, también empezaron por una novela. Date tiempo.

Espera a estar ya en el coche de Blaise para responder.

—No me estoy quejando de eso, sé que estoy empezando mi carrera como escritor. A lo que me refiero es que no entiendo el revuelo.

—La gente está orgullosa de ti —le responde Blaise, adentrándose en las calles de Ceapaire de vuelta a casa de Noah—.

Eres parte de este pueblo, aunque apenas hayas vivido aquí.

Tu familia es una parte muy importante de nuestra historia.

Todos querían a tus abuelos y a tu madre.

Y también te adorarán a ti en cuanto te conozcan.

—Cuidado, Blay. Eso suena peligrosamente parecido a una declaración.

Blaise suelta una carcajada mientras se adentra en la calle en la que vive Noah.

—Eso no va a pasar. Mi corazón está cerrado y protegido bajo doscientos candados, y no tienes la llave de ninguno.

—Ahá…

Sale del coche y mantiene la puerta abierta.

—¿Te quedas a cenar? —le pregunta a su amigo, inclinándose para poder verle a través del hueco.

—Retiro lo dicho: tienes una llave, la de mi estómago.

—¿Eso es un sí?

—Chiqui, eso es un «por supuesto».

Una de las mejores cosas de invitar a comer o cenar a Blaise, además de la conversación y que siempre está dispuesto a probar lo que cocina, es tener un ayudante que se encarga de las tareas menos agradables.

—¿Cuál es la historia de Willow? —pregunta mientras coloca las verduras que ha cortado Blaise sobre el pollo y mete la fuente en el horno.

Blaise se sube a una de las banquetas y apoya los codos en la isla, señalándole otro taburete a Noah para que tome asiento.

—¿Por qué crees que hay una?

Noah alza una ceja y ahueca la mejilla con la lengua mientras clava la mirada en Blaise, que tarda solo unos segundos en poner los ojos en blanco y soltar un silbido.

—Eres bueno. ¿Cómo lo has sabido?

—Me gusta observar a la gente; es parte de mi trabajo como escritor —reconoce, sentándose en el taburete e inclinándose para mirar a Blaise de frente—.

He visto que has estado toda la reunión muy pendiente de ella y, cuando habéis decidido el libro para la lectura conjunta, has ido corriendo a prepararle el libro electrónico.

—Digamos que Willow no ha tenido una vida fácil. Te cuento esto porque todo el mundo en Ceapaire lo sabe. Si fuera alguna confesión personal, no te contaría nada.

Noah le echa un rápido vistazo al horno para comprobar que todo va bien y vuelve a centrar la atención en Blaise, que le da un trago a su vaso de agua antes de continuar.

—Cuando murió su marido, se vio obligada a vender su casa para pagar las deudas que ese desgraciado había dejado a su paso. Le quedó lo justo para comprarse un pequeño apartamento encima de la cafetería en la que nos vimos a los pocos días de que te mudaras.

»Nunca tuvieron hijos, por suerte, así que ahora vive con lo poco que le quedó de vender la granja y las tierras de su familia y la ayuda de la asistencia social.

Pero es muy orgullosa y no le gusta reconocer que está en dificultades, así que intentamos facilitarle las cosas.

—Blaise chasquea la lengua y desvía la mirada—.

Le decimos que el libro está disponible en la biblioteca, aunque no sea cierto, para que no proteste porque se lo paguemos nosotros.

—¿La engañáis? —se sorprende al escuchar la historia.

Blaise niega, abre la boca para decir algo, la vuelve a cerrar y bufa, sin dejar de mover la cabeza de izquierda a derecha.

—¿Sí? ¿No? Solo queremos ayudarla y sabemos que ella no lo aceptaría, pero no queremos dejarla fuera.

Su amigo da una palmada en la isla y mira a Noah.