CAPÍTULO 11
Blaise
A Blaise le duele la cabeza. Ha sido un día largo y pesado.
Uno de sus alumnos, de los más pequeños que hay en su clase, tenía fiebre y sus padres, en lugar de dejarlo en casa, lo han llevado a clase porque no podían quedarse con él.
El pobre Jones no ha parado de llorar, alterando al resto de críos.
Las maravillas de la no conciliación familiar y la precariedad laboral.
Se masajea el puente de la nariz y respira hondo antes de agacharse para coger a Robin, que lleva un par de segundos tirando de la pernera de su pantalón vaquero.
—¿Qué te pasa, cariño?
El niño niega con la cabeza, pero se restriega los ojos enrojecidos y se abraza con más fuerza al cuello de Blaise.
Toda la clase está alterada, inquieta y cansada de tener que escuchar a Jones quejarse del malestar.
Ni siquiera después de darle la medicación que su madre le ha dejado, el niño ha dejado de protestar por todo.
—Ya sé que hoy estáis un poco… inquietos, pero, si no me decís qué os pasa, no puedo ayudaros.
Robin no responde, pero se toca la frente antes de enterrar la cabeza en su hombro.
—¿Te duele la cabecita? —le susurra al pequeño, acariciándole la sien.
Se lleva a Robin a su escritorio y revisa las notas que tiene del pequeño, por si tiene una alergia que le impida tomar la medicación que tienen para esos casos, y la autorización firmada por sus padres para poder suministrársela.
—¿A alguien más le duele la cabecita? —pregunta al resto de la clase. Dos niños más corren hasta él, asintiendo con la cabeza.
Comprueba las fichas de esos dos pequeños y luego abre el botiquín. Por suerte, todo lo que tienen es efervescente, porque esos tres no tragarían una pastilla ni en todo el día.
—Dentro de poco se os pasará y os encontraréis mejor, pero, si os duele algo más, me lo decís.
Acaricia las cabecitas de los tres, que se le han subido al regazo, hasta que están más calmados y puede acompañarlos a sus sillitas. Da otra vuelta por el aula, asegurándose de que el resto está dibujando lo que les ha pedido.
No han hecho nada demasiado productivo en todo el día, pero, al menos, no han tenido que llamar a una ambulancia ni ha habido una plaga de lo que sea que tiene Jones.
En cuanto todos los padres se han llevado a sus alumnos a casa, Blaise camina hasta la sala de profesores. Necesita un poco de tranquilidad.
—¿Un fin de semana complicado? —le pregunta Rodney, uno de los profesores más veteranos y también de los más conservadores, en cuanto le ve abrir la puerta de la sala de profesores. A Blaise le cae mal porque nota cómo le juzga en todo momento.
—Estamos a jueves, Rodney —le espeta, intentando que el desprecio que le provoca no se filtre en su tono.
Recoge las cosas de su taquilla, se sirve un café de la máquina y sale de allí tan rápido como puede. No le apetece tener que seguir lidiando con ese hombre cuando ya ha agotado su paciencia por ese día.
—No le hagas caso. —Dale, una de sus compañeras, se une a él en el pasillo.
—¿También has coincidido con él?
—¿Cómo no hacerlo si está todo el día en la sala de profesores? No entiendo cuándo da clases, porque siempre está ahí y no preparando el temario como el resto de nosotros.
—Menos mal que se jubila en un par de años —masculla, para no ser oído por los pocos adolescentes que aún quedan por los pasillos.
—Si por él fuera, ni tú ni yo estaríamos dando clases.
—No entiendo por qué la ha tomado también contigo.
—Mujer, lesbiana y extranjera. —Dale levanta un dedo por cada uno de los motivos que le achaca a Rodney—. Solo me libro de hacer pleno porque soy blanca.
—Todavía tendré que darle las gracias. Solo tacha una conmigo.
—Pero atacas su masculinidad. —Dale le detiene, levantando la mano, cuando le ve abrir la boca para responder—. Para un tipo como él, que no encajes en su prototipo de hombre es como si le estuvieras cuestionando a él.
—No le estoy pidiendo que deje de ponerse ropa que dejó de confeccionarse en los ochenta. Ni que deje de comportarse como si le hubieran metido un palo en el culo sin lubricante.
—Le recordamos que las cosas están cambiando, aunque a los suyos no les guste. Estamos aquí y no vamos a irnos ni vamos a volver a escondernos.
Blaise levanta la mano y cierra el puño para chocarlo contra el de Dale cuando llegan al aparcamiento, ahora casi desierto.
—¿Cuándo vas a presentarme a tu nuevo chico? —le pregunta Dale en cuanto deja su maletín en el asiento del copiloto.
—¿Mi nuevo chico?
—Ese del que siempre hablas. ¿Noah?
A Blaise se le escapa una carcajada. Dale le cae bien, pero no son amigos.
Hace mucho que decidió que no era buena idea intimar de ninguna forma con sus compañeros de claustro.
Puede irse a tomar una copa con ellos al final de cada semestre, pero no va a contarles información privada que pueda acabar en los oídos de los padres, y mucho menos de sus alumnos.
—Noah no es mi chico. Somos amigos.
—Dale tiempo. Seguro que se acaba dando cuenta de lo maravilloso que eres.
Blaise sonríe, pero no responde. Va a dejar que su compañera piense que, si Noah y él no son pareja, es por culpa del escritor y no porque él no esté interesado en una relación.
—Menos mal que mañana ya es viernes —se anima Dale, poniéndose las gafas de sol—. Esta semana se me está haciendo eterna. El otoño está alterando a los chavales.
—Yo solo espero que no me vuelvan a traer a niños con fiebre. Entiendo que es complicado si tienen que trabajar, pero no es bueno ni para sus hijos ni para sus compañeros.
—Ni para ti. Pero nosotros somos los últimos monos, así que damos igual. Descansa, Blaise. Te veo mañana.
—Hasta mañana, Dale.
***
Blaise cierra los ojos y apoya la cabeza en el respaldo del sofá de Noah.
Es el peor día para empezar la temporada de lecturas conjuntas en el centro social, pero ya es demasiado tarde para cancelarlo.
Además, no sería justo para las chicas, que llevan semanas diciéndole lo mucho que esperan la próxima reunión del club.
—Puedes cancelarlo —susurra Noah desde el otro sofá de la salita, intentando que su voz no le dé más dolor de cabeza.
—¿Irás tú por mí a decirles a esas mujeres que tienen que esperar una semana más después de dos meses? —Abre un ojo y observa a Noah, que tiene cara de pánico—. Ya me parecía a mí.
Se incorpora un poco, endereza la espalda y mueve la cabeza para intentar destensar un poco los músculos.
—No es su culpa que algunos padres entiendan el colegio como su forma de conciliar y nos lleven a los niños enfermos a clase.
—Se encoge de hombros. No quiere ser demasiado crítico con esos progenitores porque no tiene ni idea de cuáles son sus circunstancias—.
Ellos tampoco tienen muchas opciones, así que entre todos hacemos lo que podemos.
—Está bien. Cierra los ojos y deja que haga mi magia —le pide Noah, levantándose para ocupar un lugar a su lado en ese sofá más pequeño, obligándole a girarse un poco.
Gime cuando nota los dedos masajear sus sienes. Ha visto a su padre hacerle algo similar a su madre cuando tenía un dolor de cabeza intenso, pero jamás le habían dado uno, y Blaise lo está disfrutando a pesar del dolor.
—Puedes sentarte a horcajadas en mi regazo si quieres, chiqui —le sugiere a Noah, que pone los ojos en blanco, pero no deja de mover sus dedos sobre sus sienes.
—Ya te gustaría a ti…
Y lo cierto es que sí. Blaise nunca ha sido un hipócrita y no va a fingir que Noah no le parece atractivo cuando tiene esa cara de niño bueno, con sus preciosos ojos grises, esa sombra de barba y esa actitud de intelectual sexi.
Sobre todo cuando se pone esas gafitas de montura metálica y le dan ese aire de sabelotodo que le encantaría empotrar contra la estantería.
—Solo sería por el bien del club de lectura.
—Lo que tú digas.
Otra cosa que a Blaise le encanta de Noah es que, a pesar de ese aspecto de hombre serio y un tanto inalcanzable que tiene cuando está leyendo o escribiendo, no se escandaliza con sus comentarios subidos de tono y no tiene ningún reparo en responderle y ponerlo en su sitio si es necesario.
Le encanta eso en un hombre. Es una pena que ya no se fije en esas cosas, porque, para una noche de sexo, no tienen importancia.
—¿Mejor? —pregunta Noah en un susurro después de unos minutos.
Blaise lo piensa y se da cuenta de que los pinchazos en las sienes han desaparecido y solo queda un malestar soportable.
—Sí. Muchas gracias. Te voy a contratar de masajista de sienes.
Noah se deja caer contra el respaldo del sofá con una carcajada, que resuena en la salita y hace que el día parezca un poco mejor.
—Lo tendré en cuenta si la segunda novela no se vende bien.
—No me digas que tú también has tenido un mal día… —Pone una mano en la rodilla de su amigo y aprieta para llamar su atención.
—No, no. He conseguido ponerme un poco al día. Estoy lejos de cumplir los primeros plazos de mi editora, pero voy consiguiendo los últimos que me marcó.
—Estoy deseando leerla. Me has hablado tanto de ella, pero sé tan poco que no puedo esperar para tenerla en mis manos.
—He estado tanto tiempo escondiendo que escribía que ahora me resulta un poco complicado hablar de ello —reconoce Noah, haciendo un mohín que a Blaise le parece adorable—. Pero si quieres saber algo…
—No, no. Prefiero sorprenderme cuando la lea.
Aunque te advierto que a las chicas les va a encantar escucharte hablar de todo.
No te asustes si te acribillan a preguntas —le advierte, levantando las cejas con diversión—.
Tenemos a un par de miembros aficionadas a los thrillers y los podcasts de true crime.
—¿Puedo confesarte algo?
Asiente y se gira, apoyando la pierna en el sofá para estar más cómodo mientras lo observa.
—Dispara —le pide.
—Me encantaría escribir una novela policíaca. A mi padre le encantaban, y mi placer culpable es ver programas en los que investigan crímenes antiguos.
Abre mucho la boca, exagerando su sorpresa.
—¿Tú también? Si creyese en la existencia de las almas gemelas, pensaría que tú y yo estamos predestinados —bromea, ignorando que Noah está poniendo los ojos en blanco.
—Muy poético. —Noah se ríe mientras se pone en pie—. Me lo apuntaré para usarlo en algún momento.
—Te pediré derechos de autor.
—Si ya estás bien, será mejor que nos pongamos en marcha.
Blaise comprueba la hora en el teléfono y se pone en pie de un salto. Ignora la risita de Noah cuando comienza a correr para recoger sus cosas.
—Venga, chiqui. Mueve ese culito respingón hasta el coche o llegaremos tarde. Esas mujeres pueden hacer que el motín del té sea anecdótico si creen que las hemos dejado plantadas.
Noah, con paso lento y elegante, se acerca a la puerta, desdeñando los intentos de Blaise por meterle prisa.
—¿Vamos a un club de lectura o a elegir al nuevo rey de los Siete Reinos? —pregunta Noah, deteniéndose frente a Blaise en la entrada de la casa.
—Los dragones de Daenerys Targaryen son mosquitos molestos comparados con esas mujeres cabreadas, chiqui. No quieres enfadarlas.
Contiene las ganas de darle una palmada en el glúteo a Noah cuando lo adelanta en el camino que conduce hasta su coche, que ha dejado aparcado frente a la casa de su amigo. Puede que su relación todavía no haya alcanzado ese nivel de confianza.