CAPÍTULO 10
Noah
Noah decide cambiar un poco su rutina. Septiembre ha llegado con temperaturas algo más frescas a medida que avanzan los días.
El atardecer llega un poco antes cada noche y no le apetece romperse una pierna corriendo por lugares poco o mal iluminados, así que sale a correr o pasear a primera hora de la tarde, antes de su sesión vespertina de escritura.
La de la mañana se ha ido acortando a medida que Noah se ha ido dando cuenta de que hay un montón de cosas que quiere hacer en la casa para hacerla más suya si va a pasar tiempo en ella.
Su madre tenía muy buen gusto, pero han pasado algunos años desde que ella reformó la casa familiar y necesita un toque más actual.
La novela avanza poco a poco, pero le gusta cómo va quedando. Se siente muy cómodo con el tono, los personajes y la historia, y no deja de sonreír mientras sus dedos se mueven sobre el teclado, plasmando todas esas escenas que tiene en la cabeza.
Odia tener que mandarle a su editora solo unos capítulos, pero la llamada que Judy le hace para decirle lo mucho que le está gustando y dándole ánimos para continuar es un chute de energía. Justo la que necesita para no volver a dejarse arrastrar por las dudas y los recuerdos de una mala ruptura.
Suena el teléfono y a Noah le sorprende ver el nombre de Stella en la pantalla. Estaban intercambiando mensajes justo antes, así que no entiende la emergencia.
—¿En serio, Noah? ¿Una hora hablando contigo y basta un par de piropos de una mujer a la que hace dos años ni conocías para que te vengas arriba? No me malinterpretes, me encanta que te haya puesto las pilas, pero…
—Ella lo ha leído —la corta, para evitar que su amiga entre en bucle—. Y es una profesional, Stella. Tiene criterio, experiencia, y no es mi amiga. Quiere que la novela sea lo mejor posible porque es su negocio. Vosotros me queréis y diríais lo que fuera para hacerme sentir mejor.
—No. En eso te equivocas. Si fueras penoso, te lo diría y lo sabes. ¿O te has olvidado de cuando Eli tuvo su fase de pintora?
Se le escapa una carcajada al recordarlo.
Fue durante su primer año tras la universidad.
A Eliana la presión del bufete de abogados la estaba matando y se apuntó a un curso de pintura para relajarse.
Le gustó tanto que durante algunos días se planteó dejarlo todo y dedicarse a ser artista.
Hasta que Stella vio uno de sus cuadros, y le aconsejó que no lo hiciera porque se iba a morir de hambre.
«Cariño, sabes que te quiero, pero nadie va a pagar ni dos céntavos por esto», le espetó Stella, poniéndole la mano en el hombro a su otra amiga y dedicándole una sonrisa.
—No desprecio vuestras opiniones, pero, si alguien que respeto y sabe de lo que habla me dice que lo estoy haciendo bien, permíteme celebrarlo.
—Solo quiero que no necesites los comentarios de tu editora para creértelo. —La voz de Stella suena dulce y a Noah se le dibuja una sonrisa en los labios.
—Lo estoy intentando. Sigo teniendo las citas con mi terapeuta cada semana y siempre puedo recurrir a vosotros en un momento de crisis.
—Y a ese tal Blaise…
Puede imaginarse a Stella levantando las cejas y sonriendo de lado, imaginando una historia que está muy lejos de ser verdad.
—Es solo un amigo —la corta, evitando que Stella deje volar su imaginación—. No intentes liarme con él, porque no va a pasar.
—Pero dijiste que era bisexual…
—Eso no significa nada, Stella. No voy liándome con todos los chicos gays o bisexuales que conozco, solo por el mero hecho de que lo son.
—Ya lo sé. Pero existe esa posibilidad —sigue tanteando su amiga.
—No quiere nada serio y yo no me acuesto con amigos. Fin de la historia.
—Qué pocas alegrías vas a darme en ese pueblo…
—No he venido para darle material a tu mente calenturienta, Stella —la reprende—. Búscate otro hobby.
—Llevo media vida con Tommy; no me juzgues por vivir la emoción del inicio de un romance a través de vosotros.
—Habla con Jason. Con él tendrás mucho de eso. Se enamora de uno diferente cada semana.
—¿Crees que algún día encontrará lo que busca? —le pregunta Stella.
—Ni siquiera él sabe lo que quiere. Tampoco le preocupa demasiado. Está muy centrado en su trabajo y, mientras no sufra, me parece bien que se enamore y desenamore con tanta facilidad.
—He tenido novios que se han cambiado de calzoncillos con menos frecuencia de la que Jason cambia de chico —bromea Stella—. Y lo digo en serio.
—Todos tenemos un pasado, y el tuyo con los chicos más guarros del instituto duró lo suficiente para que me lo crea.
Pone cara de asco, recordando alguno de los novios que tuvo Stella durante su adolescencia. Por suerte, en aquella época eran demasiado jóvenes y ella no quiso tener relaciones sexuales, porque no quiere ni imaginarse lo que se habría encontrado su amiga de haber intimado más con ellos.
—Da gracias porque se me pasó y mi chico se ducha todos los días. También se cambia los gayumbos, por si tenías alguna duda.
—Gracias por la aclaración —responde, riéndose del comentario—, pero lo conozco y me he sentado a su lado el tiempo suficiente para saber que huele bien.
—Solo quiero que quede claro. Sube fotos de esos paseítos por la playa. A tus lectores les encantará saber que sigues vivo.
—La playa no tiene nada que ver con la historia que estoy escribiendo.
Stella hace un sonido a medio camino entre la diversión y el cansancio antes de echarse a reír.
—No todo lo que muestres en redes tiene por qué estar relacionado con tu novela. A la gente le interesa saber qué haces en tu día a día.
—No voy a convertir mi vida en un reality —protesta, aunque es consciente de que tanto su agente como su editora le han dicho más de una vez que tiene que dejarse ver más en redes.
—No tienes que irte al otro extremo, Noah. Basta con que de vez en cuando subas alguna historia.
—Creo que voy a bloquearte para que no puedas ver lo que subo.
—Ya te gustaría… Bueno, te dejo, que tengo una videollamada con un posible cliente en diez minutos y me estoy meando. Hablamos luego. Te quiero.
—Yo también te quiero —responde a toda prisa antes de que su amiga cuelgue el teléfono.
***
La hora en la que Blaise se deja caer por su casa, un par de veces por semana, también forma parte de su nueva rutina.
Si a principios de septiembre lo hacía después o incluso antes de comer, a mediados se acerca a media tarde, justo cuando Noah regresa a casa y se ha dado una rápida ducha antes de ponerse a escribir.
En ocasiones, Blaise se queda en la salita leyendo o viendo una serie mientras Noah está con su sesión de escritura; otras, pasa solo a saludar antes de irse a la tienda si le toca cerrar esa tarde.
Algunas noches, Blaise también se queda a cenar.
Si esa noche Hazel se ha ido a casa de alguno de sus hijos o de Layla, Noah cocina para dos y se pasan horas hablando.
Le encanta escuchar el día a día de su amigo con los niños y le relaja hablar con él de cómo está yendo su novela.
También hablan de literatura; de las novedades, de sus últimas lecturas, de lo que les apetece leer, de los libros a los que no les dedicarían ni un segundo de su tiempo…
Coinciden en tantas cosas que a Noah le emociona tener ese tipo de conversaciones una vez que han recogido la cocina y se han retirado a la salita.
—Cada vez que vengo, has cambiado algo —comenta Blaise, señalando la foto de sus padres, que ha colocado en el mueble en lugar de las figuritas que había.
Lleva un mes en Ceapaire. Ha escrito algo más de un cuarto de la novela y ha decidido tomarse la noche libre para cenar con su amigo y ver una película que acaban de colgar en Netflix y que protagoniza un actor que le encanta.
—Si voy a vivir aquí temporalmente, al menos quiero sentirme cómodo.
—Me parece genial. Yo ya tendría todas las estanterías llenas de libros.
—No me he traído tantos. No nos volvamos locos, que Ceapaire sigue siendo mi refugio para escribir, pero no tengo intención de vivir aquí todo el año.
Blaise se lleva la mano al corazón, arruga el gesto y se echa hacia delante en el sofá.
—Vaya forma de romperme el corazón. Solo soy un amigo temporal que descartarás cuando regreses a la gran ciudad.
—No entiendo por qué eres profesor de primaria en lugar de guionista de cine, porque te montas unas películas dignas de un Óscar.
—Nana dice que soy un dramático. Gracias por apreciar mi arte. —Blaise sonríe, orgulloso, y se deja caer contra el respaldo antes de señalar la tele—. Venga, dale, que quiero verte babear por ese actor.
—No voy a babear.
—Lo estás usando de muso para tu protagonista. Por supuesto que vas a hacerlo. Y lo entiendo. A mí es que el acento británico me cuesta, pero para un polvo me parece divino.
Noah pone los ojos en blanco e ignora a su amigo, pero le da al play para ver la película. Para cuando los títulos de crédito llenan la pantalla, ha convencido a Blaise de ver otra más.
Por supuesto, han cambiado los cafés con hielo por infusiones y bebidas calientes.
También las ensaladas y cremas frías o tibias, por guisos.
A Noah le encanta cocinar para otros y las noches que Blaise se queda a cenar le permiten probar todas esas recetas que ha ido guardando cuando entraba en redes sociales.
Una mañana, después de acabar un capítulo, decide pasarse por la tienda a reponer las infusiones que se están acabando.
No le sorprende encontrarse a Hazel sentada en su sillón, leyendo un libro.
En el mostrador hay un joven de tez morena, barba de pocos días, ojos marrones y un pelo castaño y ondulado un poco largo.
Intuye que es Rogelio, con el que no ha coincidido hasta ese momento, porque siempre suele ir cuando está Blaise al cargo.
Hazel cierra el libro y le dedica una sonrisa en cuanto lo ve aparecer.
—¡Cuánto tiempo sin verte, Noah! —le saluda la anciana, alargando el brazo para llamarle.
—Me viste hace un par de días, Hazel.
Se agacha hasta quedar a la altura de la mujer y le sostiene la mano.
—Solo te dejas ver cuando está mi nieto…
—Eso no es cierto. Además, si quieres hablar conmigo, solo tienes que llamarme. Tienes mi número.