Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Noah

—Dime que has borrado esa puta carpeta —le espeta Blaise a Noah en cuanto termina de contarle por qué ha estado tan desaparecido casi toda la semana.

—No. Que ahora me duela no significa que luego no pueda recordar esos momentos con cierto cariño.

—Y una mierda. —Blaise se pone en pie y señala hacia el despacho con el dedo—. ¿Está en el ordenador?

—Tiene contraseña y no voy a dártela, así que siéntate, Blaise. No voy a volver a abrirla por el momento, y ya estoy mejor.

—Has estado dos días sin escribir por culpa de ese cabrón. Odio que la gente no sepa mantener sus mierdas para sí misma. No es necesario que demuestren que son seres despreciables.

—Parece que lo dices por experiencia —tantea Noah, curioso por la reacción de su amigo. Al fin y al cabo, Blaise no ha conocido a Castiel; solo sabe lo que él le ha contado y fue bastante suave cuando lo hizo.

Blaise vuelve a sentarse en el sofá y coge el vaso con café helado que había dejado sobre la mesita baja de la salita.

—No tienes que contármelo si no quieres. Entiendo que cada persona tiene sus tiempos —comenta Noah, dándole a su amigo la opción del silencio.

—Hace mucho que no hablo de ello. Todos los que me conocen saben lo que pasó, así que no tengo que contarlo. Ya no me duele. Han pasado muchos años y no les voy a dar a ninguno de los dos ese poder, pero en su momento lo pasé muy mal.

Noah deja su taza sobre la mesa cuando se da cuenta de que su amigo va a contarle algo que para él es importante, y quiere que sepa que le está prestando toda su atención, igual que él ha hecho cada vez que se ha abierto.

—La conocí en la universidad, aunque en realidad la había visto alguna vez por Sandwich.

Era una chica espectacular y, siendo adolescente y con las hormonas revolucionadas, era imposible no quedarte fascinado al verla pasar.

Se llamaba Olivia. Era la compañera de habitación de una de las chicas de clase, así que empezamos a coincidir.

»Era el último año de carrera. Empezamos a hablar de los planes que teníamos para el futuro y le dije que yo aspiraba a encontrar un trabajo en algún colegio cerca de Ceapaire.

—Blaise niega con la cabeza, con la mirada perdida en el recuerdo—.

A ella no le gustó la idea. Intentó convencerme para que buscara algo en una gran ciudad.

Ni siquiera Boston le venía bien. Quería vivir en Nueva York o Los Ángeles.

Yo soy una persona muy familiar; no entiendo mi vida viviendo a miles de kilómetros de ellos.

»Una semana después de esa discusión, me dejó porque ella quería a alguien más ambicioso, un hombre con garra que pudiese darle la vida que ella merecía.

—Blaise clava la mirada en Noah y niega antes de continuar—.

No se refería al dinero. La familia de Olivia tiene el dinero suficiente, y ella estaba estudiando Medicina y quería especializarse en Estética. No iba a tener problema de liquidez.

—¿Qué es exactamente lo que quería? —se interesa Noah, un poco perdido.

—Posición. Un marido profesor en un pueblo de Cabo Cod no era suficiente para ella.

Esperaba que acabara en un colegio privado, educando a los hijos de las élites, codeándome con gente que pudiera introducirnos en un ambiente con más glamour.

Antes de cerrar la puerta y largarse para siempre, me dijo que no podía conformarse con alguien mediocre porque ella era extraordinaria.

—Extraordinariamente idiota. —A Noah se le escapan las palabras—.

A ver, que entiendo que ella hubiera planeado una vida en una gran ciudad y rodeada de gente rica y famosa.

Y hubiera sido lícito que hubiera querido romper porque vuestros proyectos vitales eran muy diferentes y ninguno quería ni tenía por qué renunciar al suyo, pero soltarte todo eso fue cruel y desafortunado.

—Me destrozó. Estuve semanas en la mierda más absoluta por culpa de esas palabras, así que entiendo a la perfección que lo que te dijo tu ex te siga doliendo. Hay palabras que duelen mucho más que un golpe.

Noah se pone en pie, coge los vasos y regresa poco después con más café con hielo para los dos. Blaise se lo agradece con una sonrisa, pero su mirada parece un poco triste, como si siguiera perdido en los malos recuerdos.

—Has hablado de dos… —Deja caer antes de darle un sorbo a su bebida.

A Blaise se le cambia el gesto cuando lo escucha. Está claro que esa relación le afectó más que la que ya le ha contado, así que espera en silencio a que su amigo decida si quiere explicárselo y cómo hacerlo.

—Se llamaba Seven. Bueno, supongo que seguirá siendo su nombre.

Era el tío de uno de mis alumnos y, a veces, iba a recogerlo.

Era simpático y hablábamos mientras los niños se despedían y correteaban por el patio antes de irse.

Apenas llevaba un par de años trabajando, así que algunos padres aún me miraban como si fuera un bicho raro por mi forma de vestir.

Y eso que, cuando estoy en el colegio, tengo mucho cuidado con lo que digo y cómo lo hago.

»Y no, no me he planteado ser más discreto —le detiene Blaise cuando Noah abre la boca.

—No iba a sugerirte que lo hicieras. Todo eso —traza un círculo en el aire, abarcando a Blaise— forma parte de tu encanto.

No se le escapa cómo a Blaise se le dibuja una leve sonrisa en los labios.

—Quedamos algunas veces como amigos, pero a los pocos meses comenzamos a salir.

Era increíble. El tío perfecto: guapo, inteligente, con un cuerpo de infarto, que mantenía a base de horas en el gimnasio y comida sana.

—Blaise hace un gesto con la mano, quitándole importancia—.

No es que yo haya sido mucho de eso nunca, pero, si está rico, me lo como.

»Y entonces Layla tuvo el accidente. Llevábamos casi un año juntos por entonces y él se portó muy bien durante el tiempo que mi hermana estuvo en el hospital.

Aunque tiene curiosidad por saber qué le pasó a Layla, Noah prefiere no interrumpir a su amigo. Si quiere contárselo, lo hará; y, si no, tendrá tiempo de averiguar algo más en otro momento. Esa tarde va a dejar que la conversación gire en torno a sus exparejas.

—Empecé a tomar unas pastillas para poder dormir porque la ansiedad no me dejaba.

Pasaba muchas horas sentado en el hospital primero, y luego en casa de mi hermana, asegurándome de que estaba bien.

El caso es que empecé a engordar. —La última frase es apenas un susurro, así que Noah se inclina para escucharlo mejor.

»En ese momento, no era algo que me preocupase.

Estaba demasiado agradecido porque mi hermana estuviera viva como para preocuparme de que los pantalones no me abrocharan.

Pero Seven comenzó a hacer comentarios. Los disfrazaba de preocupación por mi salud, pero, en realidad, solo era una forma de hacerme sentir mal.

Noah se echa hacia atrás y tuerce el gesto. Ha vivido ese tipo de situaciones con sus amigas. Novios que iban de comprensivos y cariñosos, pero que en realidad eran unos controladores y unos falsos.

—Que si «deberías salir un poco más y airearte», «algo de ejercicio te ayudará a sentirte mejor», «pasar tanto tiempo sentado no te ayuda en nada»…

Las primeras semanas no le di importancia.

Eran comentarios normales que una persona que se preocupa por ti haría.

Pero, cuando yo seguí ganando peso, empezaron a ser pullas o críticas directas.

»Entonces llegaron los «no deberías ponerte eso, que te hace más gordo», los «como sigas engordando, vamos a tener que reforzar tu lado de la cama», los «no sé cómo no te da vergüenza dejarte tanto»… —Blaise toma aire y baja la mirada, como si le avergonzara repetir esas palabras.

Noah alarga el brazo y coge la mano de su amigo para reconfortarlo un poco.

—Dejamos de tener sexo. Al principio ponía excusas; decía que entendía que estuviera cansado después de pasarme todo el día trabajando o atendiendo a Layla. Las últimas semanas ni siquiera se molestaba en disimular que le desagradaba tocarme.

—Imbécil —masculla Noah antes de añadir lo que está pensando—.

¿Cómo se puede ser tan despreciable en una situación así?

Quiero decir, ser así en cualquier momento es de ser un desgraciado, pero cuando tu pareja está pasando un mal momento…

Se supone que tienes que estar ahí para ella, no hundirla más.

—Nadie debió contárselo a Seven.

—Siento decírtelo, Blaise, pero llamándose Seven deberías haber imaginado que era idiota —bromea, intentando hacer que su amigo se relaje.

—Layla dijo lo mismo cuando se lo presenté. Tendría que haberle hecho caso. Me habría ahorrado tiempo, esfuerzo y un trauma. Aunque he de reconocer que el sexo era fantástico. Tenía una po…

—Demasiada información, Blaise —le corta antes de que pueda acabar esa frase.

Permanecen unos segundos en silencio. Noah ya se ha acabado su café helado, pero su amigo sigue moviendo su vaso para hacer chocar los hielos contra el cristal.

—Aunque no vivíamos juntos, pasábamos casi todas las noches en mi casa o en la suya.

Debí darme cuenta de que algo iba mal cuando dejó de venir o invitarme a que me fuera con él, pero mi atención estaba puesta en la rehabilitación de Layla, en asegurarme de que Nova no sufriera esos cambios y en que Wes no se sintiera solo.

»Un día, cuando llegué a casa, estaba esperándome. Ni siquiera me fijé en la maleta que había junto a la puerta porque estaba demasiado cansado y solo quería acurrucarme contra su pecho y pasar una noche tranquila viendo una película.

—Lo estoy viendo venir y quiero abofetearlo —masculla de nuevo, intentando no interrumpir a Blaise.

—Sus palabras textuales fueron: «no puedo estar con un tío al que le preocupa tan poco él mismo que se descuida hasta acabar así». Todo eso señalándome, claro, para que quedara claro que hablaba de mi cuerpo.

Blaise se señala, como Noah imagina que hizo Seven en su momento, y siente que se le rompe el corazón, así que se levanta, se sienta en el reposabrazos del sofá y pasa un brazo por los hombros de su amigo para poder estrecharlo contra su costado.

—En ese momento, aunque me jodió, seguí con el piloto automático puesto.

Tenía cosas más importantes de las que preocuparme que mi corazón y mi autoestima rotos —aclara Blaise—.

Pero, cuando Layla volvió a su vida después de recuperarse, todo se me vino un poco encima.