Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Noah

Noah no debería haber entrado en esa carpeta. Tendría que haberse imaginado que, con ese nombre, no era nada de trabajo y ser lo bastante listo para evitarla. Pero es demasiado tonto para no darse cuenta de que abrirla iba a estropear todo lo que había avanzado en esos meses.

Pero ya es un poco tarde, porque decidió hacer clic sobre ella y vio las fotos que guardaba. Las de sus viajes con Castiel, que hacen que todas y cada una de las palabras del que fuera su pareja durante más de dos años se repitan en su cabeza.

Lleva un par de días sin escribir ni una palabra.

Cada vez que se sienta frente al portátil y abre el documento en el que está trabajando, todas sus inseguridades toman el control y borra cada palabra que escribe, convencido de que es absurdo que lo siga intentando porque no está a la altura. Ni lo va a estar nunca.

Así que, cuando Stella amenaza con plantarse en su casa si no responde a la videollamada, Noah piensa que no le puede hacer mal hablar con sus mejores amigas y que ellas le convenzan de que las palabras de Castiel no eran más que el veneno que él sabe que eran, vomitadas para hacerle daño.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Noah? —susurra Stella.

Sus mejores amigas no parecen enfadadas, tal vez algo frustradas después de escucharle contar que estaba revisando la documentación que tenía sobre los viajes que su personaje realiza por Europa cuando se topó con una carpeta llena de las docenas de fotos que se hicieron durante sus vacaciones con

Castiel y cómo desde entonces no ha sido capaz de quitarse de encima la sensación de que no es suficiente.

—A ese maldito cabrón no le gustaba verte brillar —sentencia Stella, cruzándose de brazos para dar más énfasis a sus palabras—.

Le molestaba que le hicieras sombra, porque eres mejor que él.

Siempre conseguía darle la vuelta a todo para quedar por encima, haciéndose la víctima y dejándote como el malo, cuando la realidad es que tienes más talento en el dedo meñique del pie del que él tendrá jamás en todo su cuerpo.

—Estoy de acuerdo con Stella. —Eliana sube las piernas al sofá para sentarse al modo indio y clava la mirada en la pantalla—.

Que conste que no sé si eran buenos o no porque jamás nos dejó leer ninguno, y que el hecho de que te rechacen no tiene que significar que sea malo.

Pero que todos sus guiones siguieran en el cajón, mientras que tú conseguías una oportunidad en tu primer intento, fue algo con lo que no supo lidiar.

—Y lo peor es que tú te atreviste a darlo todo por cumplir tu sueño —añade Jason, asomándose al fin para mostrar su cara.

Puede ver el sudor deslizándose por su piel de color chocolate, humedeciendo la camiseta con la que ha estado ensayando en su día libre—.

Odiaba su trabajo y tú pudiste dejar el tuyo para dedicarte a escribir.

—Puedo entender que te joda no alcanzar tus metas. Todos hemos estado ahí —añade Stella.

—Pero, si es tu pareja la que lo logra, lo mínimo que puedes hacer es alegrarte por ella —interviene Eliana, levantando el móvil para no tener que bajar tanto la cabeza—. Castiel ni se molestaba en disimular que le molestaban las cosas buenas que te ocurrían.

—Sigo pensando que deberíais dejar que lo busque y le dé su merecido. —Stella se da golpecitos con uno de sus puños en la rodilla—. Para que entienda que no puede escupir esa mierda e irse de rositas.

—Somos mejor que él —sentencia Noah, hablando por primera vez desde que terminó de contarles lo que había ocurrido—. Odio que siga metiéndose en mi cabeza. Meses de terapia para que unas puñeteras fotos lo manden todo a la mierda.

—De eso nada, Noah. Has tenido unos días de bajón y lo entendemos, pero no vas…

—No vamos. —Eliana interrumpe a Stella, haciendo que Jason asienta mientras estira frente al teléfono.

—Eso. No vamos a permitir que se salga con la suya.

Eres bueno. Tienes talento. Y mañana te vas a sentar en ese escritorio y escribirás.

—Stella levanta una mano para detenerlo cuando Noah abre la boca—.

Y puede que no te convenza, pero lo dejarás, porque ahora no eres tu mejor juez.

Y, cuando lo releas en unos días, descubrirás que es bueno y que tal vez solo necesites pulirlo.

—No borres nada, ¿entendido? —Jason se inclina hasta que su rostro ocupa todo el espacio—. Sabes lo que quieres contar, así que deja que la historia fluya.

—La cuestión es que no lo hace, Jason. Me siento y es como si todo lo que tenía en la cabeza hubiera desaparecido.

—Porque has dejado que sus palabras lo ocupen todo —le corta Eliana.

—Vas a hacer una cosa, Noah. —Stella suena firme y segura—. Mañana por la mañana llamas a tu terapeuta, hablas con ella y, por la tarde, lo intentas. Seguro que has roto tus rutinas y ya sabemos cómo te afecta eso.

—Mi niño el cuadriculado —bromea Jason, sonriendo divertido—. Hazle caso a la jefa.

—No os metáis conmigo ahora —pide, sintiéndose todavía un poco vulnerable, aunque bastante más seguro de sí mismo que antes de aceptar esa videollamada—. Pero intentaré haceros caso.

—Nada de intentarlo, Noah. —Eliana se coloca el móvil frente a la cara para asegurarse de que le presta atención—. Lo harás.

Asiente, prometiéndose a sí mismo que hará todo lo posible por cumplir las expectativas que sus amigos han puesto en él. Las que él mismo debería tener porque en esos meses se ha dado cuenta de que Castiel estaba equivocado y puede cumplir su sueño.

De hecho, ya lo está cumpliendo, y eso es lo que a su ex le molesta.

Noah sonríe cuando se da cuenta de eso.

***

La charla con sus amigos ha dado sus frutos. También la sesión con su terapeuta, que pudo hacerle un hueco el día después de las videollamadas con esas tres personas tan importantes para él.

Así que lleva dos días escribiendo. No al mismo ritmo que lo había hecho hasta que se topó con esa carpeta, pero, al menos, ha conseguido sentirse a gusto con las palabras que ha plasmado durante esas últimas sesiones.

Aún tiene momentos en los que puede escuchar la voz del hombre que amó y se siente un poco pequeño, insuficiente…

Pero su terapeuta está haciendo un buen trabajo; le ha dado las herramientas necesarias para sobreponerse.

Y tiene el respaldo de sus amigos, que están ahí siempre para darle la mano y ayudarle a levantarse cuando se cae.

Ha pasado gran parte de la tarde paseando por la playa de Ceapaire, sentado en ese pequeño rincón que encontró en su primera visita, un poco aislado del resto de personas, que aprovechan las últimas tardes del verano para disfrutar de las temperaturas cálidas, pero ya es hora de regresar a casa.

Está a punto de enviarle un mensaje a Blaise para preguntarle si hay algún restaurante en la localidad que sirva a domicilio, porque no le apetece ponerse a cocinar a esas horas, cuando suena el timbre.

No se le ocurre quién puede ser, porque no ha sido demasiado sociable con sus vecinos desde que llegó, pero ya ha comprobado que en ese lugar los habitantes le tratan con mucha familiaridad.

Ha saludado a más personas en un paseo por la playa que en un año caminando por las calles de Boston.

Aunque no le sorprende en absoluto que el que esté al otro lado de la puerta sea Blaise, sosteniendo un recipiente cubierto con papel de aluminio.

Blaise entra sin esperar a que le dé paso y se adentra hasta la cocina, así que Noah se limita a seguirle sin poder reprimir una sonrisa.

—Tienes tu propia llave, ¿por qué no la usas? —pregunta a la espalda de su amigo, que le lanza una divertida mirada por encima del hombro.

—Chiqui, ya sé que te encantaría que me mudara, pero me encanta mi independencia.

—Blaise deja el recipiente sobre la isla—.

Tengo la llave porque me encargaba yo de revisar la casa y asegurarme de que todo estaba correcto mientras no estabas aquí.

No voy a usarla si no es una emergencia.

Y no lo es. Me has abierto la puerta —añade su amigo, como si fuera lo más evidente del mundo.

Observa a su amigo, que va vestido con unos vaqueros rojos y una camisa negra, con los primeros botones desabrochados para dejar ver el vello de su pecho.

Si no fuera imposible que sus amigos se hubieran puesto en contacto con él para pedirle que lo saque de casa, Noah estaría seguro de que ha ido a proponerle un plan.

—¿Qué haces aquí?

—No te he visto en dos días. De hecho, casi nadie lo ha hecho, aunque me han dicho que has estado en la playa esta tarde.

—¿Has puesto cámaras en mi casa sin que yo me entere? —Mira hacia el techo, como si las estuviera buscando.

—Míralo, qué mono, haciéndose el inocente como si no supiera que vivir en un pueblo pequeño es como hacerlo en un Gran Hermano… —Blaise se lleva la mano al corazón y pone carita de perrito abandonado—: todo se ve y todo se comenta.

—Muy gracioso.

—Lo sé. Soy un partidazo. No he venido a pedirte que me cuentes qué te pasa, porque sé que algo hay.

Solo quería asegurarme de que sabes que, si necesitas hablar con alguien, estoy a tu disposición.

Y también a traerte esto que ha cocinado mi abuela porque le preocupa que no te estés alimentando bien si estás de bajón… por lo que sea.

—¿Has quedado? —se interesa Noah para no fastidiarle los planes a su amigo.

—Con una chica preciosa y encantadora, que uno tiene muy buen gusto. Pero puedo llamar y avisar de que llegaré tarde o cancelarlo si necesitas un hombro.

—No te preocupes. Hoy no me apetece hablar de eso. Mañana, si quieres, te puedes venir a pasar la tarde y te lo cuento.

—Puedo cancelarlo —le asegura Blaise—. Hablar contigo es mucho más importante que echar un polvo.

Se le escapa la sonrisa al escuchar a su amigo, y no puede estar más agradecido de haberse cruzado con él.

—Lo digo en serio. Hoy me apetece estar solo y…

—Como digas que regodearte en tu miseria —le corta Blaise—, te juro que vamos a tener una charla.

—No, no. Quiero ponerme una película. Algo divertido, si es posible. Pero no tengo ganas de ser sociable.

—Está bien. Mañana vengo y me cuentas, pero, si cambias de opinión, me llamas y en media hora estoy aquí. —Blaise le sujeta el rostro con las dos manos y obliga a Noah a mirarlo—. ¿Entendido?

—Sí, pesado. —Se suelta del agarre de su amigo y le da una palmadita en el hombro—. Vete, que no quiero que la chica tenga que esperarte.

Blaise se inclina y le da un beso en la frente mientras le sostiene por los hombros, y luego abre los brazos, pero no se mueve.

—¿Qué haces?

—Imagino que has hablado con tus amigos y te han levantado el ánimo, pero ellos no han podido hacer esto y sé que no hay nada mejor que un abrazo para mostrarte apoyo. Así que ven aquí y deja que yo haga los honores.

—No tienes…

—Que vengas —le corta Blaise, llamándolo con los dedos.

Noah suelta una risita, pero se acerca y se deja envolver por sus brazos.

Aspira el aroma a caramelo que desprende la piel de su amigo y suspira, cerrando los ojos para disfrutar del abrazo.

Afloja su agarre después de un tiempo prudencial, pero Blaise no lo deja ir.

De hecho, lo aprieta con más firmeza contra su pecho, acariciando su espalda a un ritmo lento y suave.

Cuando se da cuenta de que no va a ser algo rápido, Noah gira el rostro y apoya la mejilla en el hombro de Blaise. No es consciente de cuánto tiempo permanecen en esa posición, pero, cuando el profesor comienza a aflojar el agarre, Noah se descubre con una sonrisa en los labios.

Blaise sube sus manos de nuevo a los hombros de Noah y lo observa con una enorme sonrisa en los labios.

—Disfruta de la película, chiqui. Te veo mañana.

Destapa la olla que Blaise ha dejado sobre la isla y se encuentra con un guiso de ternera y verduras que huele genial. Se le escapa una sonrisa y le manda un mensaje a su amigo para que se lo agradezca a su abuela.

Después de todo, va a tener una noche de mimarse con comida rica y casera, y cine que le alegre el corazón. Recurre a una de las películas favoritas de su madre, Algo pasa con Mary, con la que sabe que va a reírse.