CAPÍTULO 7
Noah
Tarda casi una semana en acercarse a Ceapaire’s Groceries porque ha tenido que hacer algo que va con el trabajo, pero que tampoco le agrada: atender a la prensa.
Mejor ni se molesta en saber cómo saben que se ha refugiado en la localidad natal de su familia materna, aunque agradece que ninguno haya intentado sonsacarle los motivos, más allá de la excusa oficial de que necesita tranquilidad para desarrollar esa nueva historia.
Necesita algunos ingredientes y así aprovecha para hablar un poco con Hazel. Apenas la ha visto desde que llegó y le parece que está siendo muy desconsiderado.
Escucha la voz de Blaise desde algún lugar en el interior de la tienda en cuanto atraviesa la puerta. Hazel está sentada en un sillón cerca de la caja.
—Pero mira a quién tenemos aquí. La celebridad local en carne y hueso. —La anciana ríe mientras acaricia el libro que tiene en el regazo.
—No me digas que has oído la entrevista que me han hecho en la radio de Sandwich.
—Por supuesto que la he escuchado. ¿Por quién me tomas? Blay está ahí detrás atendiendo a un cliente. Volverá enseguida.
—Voy a coger algunas cosas que necesito. —Señala el interior de la tienda por encima de su hombro y Hazel asiente con una sonrisa.
—Yo te espero aquí, querido.
Mientras selecciona todo lo que quiere llevarse a casa, sigue escuchando la voz de Blaise, recomendando productos y contando las virtudes de algunos frente a otros.
Noah siempre ha estado muy orgulloso de su paciencia, pero la que está demostrando su amigo es digna de estudio, porque le ha explicado al menos tres veces cómo puede cocinar algo y el señor sigue preguntando.
Cuando se acerca a la caja unos minutos después, con la cesta a rebosar, se encuentra a Blaise tras el mostrador, cobrando un par de cajas de té y un galón de leche.
—Estarás deseando que reabran el centro social para poder pasar las tardes con los amigos, ¿verdad? —pregunta Hazel sin moverse de su sillón.
—No entiendo por qué tiene que cerrar durante parte del verano.
—La gente tiene la mala costumbre de querer vacaciones para descansar, disfrutar con la familia… Ese tipo de cosas.
Blaise esconde la risa con una tos al escuchar a su abuela y finge tirar una de las infusiones para esconderse bajo el mostrador. Noah espera a que el señor salga de la tienda para acercarse a la caja.
—Cobarde —le espeta a Blaise.
—No puedo reírme de los clientes en su cara, Noah. Nana, no puedes decirles esas cosas.
—¿Por qué? ¿He dicho alguna mentira? —le reta Hazel—. Me da pena que no tenga amigos, pero no está bien que venga a molestar a alguien que está trabajando, solo porque no sabe estar solo. Tiene dinero para pagarse una cuidadora, pero ese hombre pretende irse a la tumba enterrado en billetes.
»Por no hablar de lo del centro social… —continúa la anciana con tono firme y enérgico—. Cuando él fue alcalde, quiso cerrarlo porque decía que los impuestos no eran para que la gente fuera a pasar el rato allí, y míralo ahora… Cierran tres semanas y se dedica a despotricar.
—No sé en qué estaba pensando este pueblo para votar a ese hombre como alcalde —sisea Blaise, sacando las cosas de la cesta que Noah ha dejado sobre el mostrador mientras escuchaba hablar a Hazel.
—Nos conocemos todos, cariño. Era una de las personas más ricas del pueblo, y entonces todavía no había demostrado lo mezquino que podía llegar a ser. Como si algún republicano no lo llevara en el ADN.
—¡Nana! —la reprende Blaise, aunque su sonrisa demuestra que está de acuerdo con ella.
Hazel hace un gesto con la mano, restándole importancia.
—Me apuesto la mano derecha a que Noah opina lo mismo, así que deja de preocuparte por ser políticamente correcto delante de él, cariño. Ahora no eres el profesor.
—Nos esperan años oscuros —confiesa, negando con la cabeza.
—No hemos perdido aún, querido. Kamala tiene opciones —replica Hazel, levantando la cabeza, como retándole a contradecirla.
—Nana, asume que va a volver a ganar y que durante los próximos cuatro años ninguna minoría va a estar a salvo. Yo ya he empezado a comprarme ropa menos… divertida. No voy a ponérselo más fácil.
—Cariño… —Hazel no añade nada más, pero su mirada se entristece mientras mira a su nieto.
—Al menos, podemos permitirnos un buen seguro —masculla Blaise—. No quiero ni imaginarme lo que va a ser para los que no puedan y tengan enfermedades crónicas.
—Tu hermana estará bien, cariño.
—Lo sé.
Después de unos segundos de silencio, solo rotos por el pitido del lector de la caja, Blaise sonríe.
—Me ha dicho Roge que mi abuela ha hecho callar a todo el mundo esta mañana cuando han puesto una entrevista tuya por la radio. —Blaise levanta las cejas y señala a Hazel con la cabeza—. La tienes a tus pies.
—No seas tonto, Blay —le grita la anciana a su nieto, que suelta una carcajada y continúa pasando los productos por el lector.
—Hazel, no ha cumplido su promesa —le recuerda Noah, acercándose a la mujer.
—Yo siempre cumplo. —Hazel le hace un gesto con la mano para que se acerque—. ¿Qué tenía que hacer, querido?
Blaise suelta una carcajada sin dejar de hacer su trabajo, lo que le indica a Noah que tiene el oído puesto en la conversación.
—Que me hablaría de mi abuela y de mi madre.
—Ay… Violet y Mila… —Hazel suspira un par de veces antes de dejar la vista perdida en algún lugar por encima del hombro de Noah, que se ha acuclillado junto al sillón para escucharla mejor—.
No es justo que dos personas como ellas ya no estén con nosotros y haya gente despreciable pisando nuestro mismo suelo.
Hazel coge la mano de Noah y la deja sobre su rodilla, junto al libro que no ha dejado de sostener.
—Hablo poco de tu abuelo y de tu padre, pero es que a ellos los conocí menos, pero también eran grandes hombres. Las buenas personas no deberían irse tan pronto…
Noah siente cómo un nudo se le forma en la garganta que le impide tragar con normalidad, así que carraspea y aprieta la mano de la anciana.
Han pasado años desde que los perdió y normalmente no se emociona así al hablar de ellos, pero esa mujer fue la mejor amiga de su abuela y vio crecer a su madre.
—Un día te vienes a cenar a casa y te cuento lo que tú quieras, querido. A ver si empieza a hacer frío y puedo hacer guisos ricos.
—Eso digo yo, que este cuerpazo no se mantiene así a base de ensaladas —interviene Blaise, sacándoles una sonrisa.
—¡Pero si eres el primero que protestas cuando hay algo caliente en la mesa!
—Porque hace calor, Nana. Hoy mamá me ha preguntado si quería sopa de primero. ¡Sopa! Con esta humedad que se te pega a la piel…
—Parece mentira que no conozcas a tu madre, Blay. Podría tomarse un consomé en plena ola de calor —le recuerda Hazel a su nieto.
—Se nota que he salido a los Price.
—Somos gente de sangre caliente —responde la anciana con orgullo—. Tu abuelo, que en paz descanse, hasta en invierno dejaba la ventana del dormitorio un poco abierta.
Blaise observa a su abuela y abre la boca para decir algo, pero después se lo piensa mejor y la cierra. Noah se pone en pie, apretando con suavidad la mano de Hazel, y regresa al mostrador.
—¿Necesitas algo más, chiqui?
—No. Creo que esto es todo lo que necesito de momento.
—Si esperas unos minutos a que cierre, te podemos acercar a casa para que no tengas que cargar con esto. —Blaise señala las bolsas de papel con la cabeza—. Y recuerda que puedes dejar la lista de lo que necesitas y nosotros te la llevamos.
—Roge te lo lleva —le corrige Hazel—. A menos que a Noah quieras llevárselo tú, claro.
—Nana, deja de hurgar en la herida. Noah no me quiere por mi cuerpo; solo le interesa mi conversación.
Hazel pone los ojos en blanco y da unos golpecitos impacientes sobre el libro.
—Deja de decir tonterías y comienza a cerrar —ordena Hazel—. Ya es la hora.
—¿Te importa acompañar a mi abuela hasta el coche? Está aparcado en el callejón. Yo, mientras, apago las luces y me aseguro de que todo está cerrado.
—Por supuesto.
Se acerca a la anciana y le ofrece el brazo para que se apoye en él cuando se pone en pie. Espera a que esté estabilizada y se haya colocado el libro bajo la axila para acercarle el bastón, que ha dejado apoyado contra el sillón, y emprenden el camino de salida.
—Blay es un buen chico. —Hazel le da unas palmadas en el brazo mientras se acercan al callejón—.
Parece muy despreocupado, pero se inquieta mucho por las personas que le importan.
La vida tampoco le ha tratado bien, pero aún está a tiempo de encontrar lo que se merece. Aunque él se empeñe en decir que no.
—No la entiendo, Hazel.
—Deja de tratarme como una anciana, querido. Y ya lo entenderás. Yo tengo buen ojo para esto.
—¿De qué le estás intentando convencer, Nana? —les interrumpe Blaise, que aparece en ese momento con sus bolsas metidas en una caja de madera, que deja en el maletero del coche.
—Solo estoy intentando que no te dé una patada en el culo por pesado.
Noah ayuda a Hazel a subir al asiento del copiloto antes de sentarse detrás.
—Noah es demasiado bueno para hacerlo, ¿verdad, chiqui? —Blaise le guiña el ojo a través del espejo interior.
—No tientes a la suerte, Blaise…
Sonríe cuando escucha la carcajada de la anciana, que vuelve a tamborilear sobre el libro sin apartar la mirada de su nieto.
—Es igual que Violet cuando era joven. Me encanta este chico.