Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Noah

La moto de Blaise está apoyada contra la verja de la casa de Noah cuando este se detiene, doblándose por la mitad y apoyando las manos en las rodillas mientras recupera la respiración.

Ha salido a correr antes de lo habitual porque había quedado con el profesor para ir a la librería y se arrepiente de ello, porque sigue haciendo demasiado calor a pesar de estar ya en septiembre.

Abre la puerta y recorre el camino de entrada con la mirada clavada en las piedras, hasta que oye un carraspeo. Levanta la cabeza y se encuentra a Blaise sentado bajo uno de los árboles del jardín delantero.

—Llegas temprano —le advierte, pasando de largo para abrir la puerta.

—Tenía cosas que hacer en Sandwich y me he venido directo. Si llego a poner el culo en mi sofá, te habría llamado para cancelarlo.

Mira a su amigo por encima del hombro para apreciar la sonrisa pícara en sus labios.

—No quiero saberlo —murmura, negando con la cabeza mientras Blaise se ríe.

—Mi oferta sigue en pie, por si has cambiado de opinión.

—Sírvete algo y espérame en la salita. Voy a darme una ducha y bajo en diez minutos.

—También puedo subir contigo…

—Cállate, Blaise —le corta, sin molestarse en detenerse, al tiempo que sube las escaleras a la carrera.

La risa de su amigo le acompaña mientras se deshace de las prendas húmedas y se mete en la ducha.

Se siente un hombre nuevo cuando regresa a la planta baja, unos minutos después, con ropa limpia y la piel fresca. Encuentra a Blaise sentado en la isla de la cocina, con un vaso de limonada y un libro frente a él.

—¿Interrumpo?

Blaise se sobresalta y cierra la novela de golpe. Noah se ríe cuando le ve llevarse la mano al pecho en un gesto muy teatral.

—Voy a tener que ponerte un cascabel, chiqui. —Blaise lo observa de arriba abajo y sonríe—. Echaré de menos verte las piernas desnudas.

—Lo haces sonar obsceno. Estoy deseando que empiece a hacer frío para ponerme las mallas.

—¿Unas de esas ceñiditas que te marcarán ese culito tan respingón que tienes?

Noah da media vuelta y sale de la cocina.

—Déjalo de una vez, Blaise.

—Me encanta ver cómo te sonrojas.

—Yo no hago eso —protesta y consigue reprimir el impulso de mirarse en un espejo para comprobarlo.

Blaise aprovecha su estatura para pasarle un brazo a Noah por los hombros con comodidad. No se molesta en apartarse hasta que su amigo intenta pellizcarle los mofletes.

—Oh, sí, chiqui. Por supuesto que tus mejillas se tiñen de un precioso y adorable rosita cada vez que te hago algún comentario obsceno.

Se deshace del agarre de Blaise cuando llegan a la calle, empujándolo para evitar que el calor que desprende su cuerpo le haga volver a sudar.

—¿Has decidido ya qué quieres comprarte? —se interesa Blaise.

—Lo que quiero y lo que me vaya a comprar son dos cosas diferentes. Si pudiera, me los llevaría todos. Pero, como es imposible, me conformaré con algo ligerito. Hace demasiado calor para algo más intenso.

—Acabo de caer en algo: no sé qué géneros te gustan.

—¿No me has stalkeado? —bromea, riendo cuando ve el gesto indignado de Blaise.

—¿Por quién me tomas? Por supuesto que lo he hecho, pero me he limitado a buscar información importante, como qué tipo de hombres te gustan.

—Casi todos. —Sonríe de lado y observa a Blaise con atención para no perderse su reacción ante sus siguientes palabras—. Y esa respuesta vale para ambas preguntas. Me gustan casi todos los géneros y casi todos los tipos de hombre.

—Así es como me atraen a mí: abiertos.

La carcajada que se le escapa es tan imprevista que Noah se sorprende a sí mismo, sobre todo cuando varias personas se giran para observarlos con el ceño fruncido.

—Hola. Estamos dando un paseo. ¿Qué tal el verano? —los saluda Blaise sin nada de vergüenza.

—Genial, Blay. Un placer veros —responde una de las señoras con las que se cruzan y a la que Blaise le dedica un gesto de la mano.

Hacen el resto del camino en silencio, porque Noah no tiene claro que sea seguro hablar con su amigo en público. Saca el teléfono del bolsillo en cuanto se detienen frente al escaparate para comprobar si ve alguno de los que tiene anotados.

—Tienes una lista. —Blaise no parece sorprendido—. Te pega.

—Tengo muchos libros; no quiero equivocarme y llevarme uno que ya tengo, o de un autor al que ya he leído y no me ha gustado su pluma.

—La gente y los escritores merecen segundas oportunidades.

—No los descarto si solo no me ha gustado un libro —le aclara—. ¿A qué venía eso de que «me pega»?

—Eres un escritor de mapa y solo hay que ver tu casa para saber que eres un fanático del orden. Por supuesto que haces listas, y seguro que tienes cuadros de Excel para cosas tan comunes como los pasos que das al día.

Esta vez no necesita que Blaise le diga que se ha sonrojado, porque puede notar el calor encendiéndole el rostro.

—¿Qué tal si pasamos, chiqui? Estoy deseando ver lo abierto que eres.

En cuanto atraviesan la puerta, un niño sale corriendo en su dirección, agitando los brazos en el aire como si fuera un pequeño y descontrolado molino de viento.

—¡Profe! ¡Profe!

—Pero mira a quién tenemos aquí. —Blaise se agacha hasta ponerse a la altura del niño, que se detiene frente a él con una enorme sonrisa en los labios—. El pequeño Robin.

—He cumplido seis años. Ya no soy pequeño —responde Robin con orgullo.

—¿Seis ya? Dentro de nada irás a la universidad.

—Yo no iré. Construiré castillos en la playa.

—Así que quieres ser arquitecto de castillos de arena. —Blaise le da unos toquecitos en el hombro al niño, al que se le ilumina la mirada—. Es una buena profesión.

—¡Seré el mejor arquitecto de castillos de arena del mundo! —grita Robin, dando pequeños saltitos de emoción.

—No tengo ninguna duda. Puedes ser todo lo que desees, cariño.

—Menudo susto me has dado, Robin. —Una mujer se acerca a ellos con pasos rápidos y el gesto descompuesto—. No te encontraba por ningún sitio. Gracias por evitar que saliera de la librería, Blaise. Este niño un día me va a matar de un infarto.

—No pasa nada. —Blaise le pasa una mano por el brazo a la mujer, en un gesto de cariño—. Siempre es un placer hablar con Robin. Me estaba contando que de mayor quiere ser arquitecto de castillos de arena.

—No sabes lo que nos cuesta sacarlo de la playa cada vez que vamos. Por no hablar de que tenemos granos de arena hasta en los lugares más insospechados.

—Papi dice que para ser el mejor en algo hay que practicar.

Noah se muerde el labio para no reírse. Ese niño le cae muy bien, y acaba de conocerlo.

—¿Tú quién eres? ¿El nuevo novio del profe?

Abre mucho los ojos cuando escucha la pregunta del niño. Puede que no le caiga tan bien, después de todo.

—¡Robin! —grita la madre del niño—. No puedes ir interrogando así a la gente.

—¿Por qué? A mí me preguntan todo el tiempo si tengo novia. —Robin se encoge de hombros.

—¿Quién hace eso? —se interesa Blaise.

—Los amigos de los abuelos. Ese señor tan raro que trabajaba con el abu siempre me dice que ya aprenderé lo que es bueno cuando tenga una novia con dos grandes tetas.

—Madre mía… —masculla la madre con el horror dibujado en el rostro—. Ya hablaré yo con el amigo del abu. Es hora de irnos, Robin, así que despídete.

—Pero no sé cómo se llama el novio del profe.

—No es mi novio, somos amigos —aclara Blaise—. Se llama Noah y es escritor. Tal vez cuando seas mayor puedas leerlo.

—El nieto de Violet —susurra la madre, tendiéndole la mano—. Todos en Ceapaire estamos encantados de tenerle en el pueblo.

—Yo también me alegro de haber venido. Supongo que nos veremos a menudo por aquí. —Noah se agacha para ponerse a la altura del niño—. Encantado de conocerte, Robin.

—Encantado de conocerle también, señor escritor.

Se muerde la sonrisa de nuevo y se contiene para no achuchar a ese crío.

—Puedes llamarme Noah, Robin.

—Vale, señor Noah. Adiós.

Esta vez no puede evitar una risita mientras se pone en pie y le revuelve el pelo al niño.

—Adiós, Robin —se despiden los dos amigos.

Blaise apoya uno de sus codos en el hombro de Noah y le acerca los labios al oído:

—Será mejor que avancemos, señor Noah.

—Si alguna vez escribo un libro en el que uno de los protagonistas sea profesor de niños pequeños, necesitaré que me cuentes muchas historias.

—¿Sobre arquitectos de castillos de arena?

—bromea Blaise con una enorme sonrisa en los labios—.

Tengo miles. Robin no es de los más extrovertidos.

Algunos son verdaderos demonios que no son capaces de estar más de diez segundos callados.

Mi trabajo es muchas cosas, pero, sin duda alguna, no es aburrido.

—¿Cómo lo haces? La sola idea de estar en una habitación encerrado con más de cinco niños por un tiempo superior a un minuto me genera tanta ansiedad que podría vomitar.

—¿No te gustan los niños?

—En pequeñas dosis —reconoce—. Uno… tal vez dos. No creo que pueda con más.

—Lo entiendo, no te equivoques. Los niños son maravillosos, de verdad. Las mejores criaturas del mundo, pero también son agotadores. La docencia es un trabajo muy vocacional, pero, aun así, la mayoría de los profesores que conozco acaban quemándose en algún momento.

Pasean entre los estantes de la librería. Para ser una tienda de una localidad tan pequeña como Ceapaire, está muy bien surtida. Hay libros de todos los géneros, novedades y libros más antiguos, e incluso tienen una pequeña sección de literatura extranjera.

Noah está convencido de que se va a convertir en uno de sus lugares favoritos durante su estancia allí.

Blaise lleva dos libros pegados contra el pecho; Noah, tres cuando se detienen media hora después frente al mostrador.

—¡Cuánto tiempo sin verte, Blay! —La dependienta se lame los labios de forma insinuante y pone una de sus manos sobre las de Blaise—. Empezaba a pensar que me estabas engañando con otra.

—No se me ocurriría, Gen. Te presento a mi amigo Noah.

—Noah Lee, el escritor nieto de Violet. Estaba deseando conocerle.

—Genesis sale del mostrador y le da un beso en la mejilla a Noah, que abre mucho los ojos por la sorpresa—.

Espero verle mucho por aquí. Si quiere algún libro que no hayamos recibido o se haya agotado, dígamelo y yo misma me encargaré de que lo reciba.

Genesis regresa tras el mostrador y comienza a pasar los libros por el lector de códigos, aprovechando cualquier ocasión para rozar los dedos de Blaise.

—Dicen que está escribiendo otro libro, señor Lee. Sería un honor para nosotros que hiciera una presentación en Ceapaire. Sé que es una localidad pequeña, pero todos aquí le apreciamos y nos encantaría tener un ejemplar firmado de su obra.

—Aún falta mucho para que la novela llegue a las librerías… —se excusa, sin querer comprometerse a nada. Apenas ha escrito unos capítulos y a la historia aún le falta mucho para tomar la forma que él tiene en la cabeza.

—Téngalo en cuenta, llegado el momento.

—Por supuesto, Genesis —dice, leyendo la chapita que lleva prendida del polo.

—Llámeme Gen, por favor, señor Lee.

—Noah —le pide, cogiendo la bolsa de papel que la joven le tiende.

Las mejillas de Genesis se sonrojan un poco mientras asiente, emocionada e ilusionada.

Noah espera a estar fuera de la librería para hacer las preguntas que están rondándole la cabeza desde que llegaron a la caja.

—Esa chica quiere tener algo contigo —pincha a Blaise.

—Querrás decir que desea más.

Se detiene en seco y se queda observando a su amigo con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? —pregunta Blaise, girándose para devolverle la mirada.

—¿Te has acostado con ella? —sisea cuando se pone a la altura del profesor.

—Sí. Hace un par de años. Ella quiere más. Yo no y ella lo sabe, pero lo sigue intentando.

—Tienes un follamigo; por qué no una amiga con derecho a roce.

—Porque no quiere ser solo mi amiga. Espera una relación, además del revolcón. Y no se lo voy a dar —sentencia Blaise, reemprendiendo el paseo—. Por eso no voy a volver a acostarme con ella. No soy un capullo.

Esta vez es Noah el que pasa el brazo por los hombros de Blaise, aunque eso le hace ir en una posición muy incómoda.

—Tengo que ir a la tienda. Layla tenía que volver antes a casa hoy y me toca cerrar —anuncia Blaise unos metros más adelante.

—Yo debería dedicarle un poco de tiempo a la novela. Se me han ocurrido unas cuantas ideas y quiero anotarlas antes de que se me olviden.

—¿No llevas una libreta, o algo así, siempre encima para cumplir el cliché del escritor?

—Soy más de anotarlo en las Notas del móvil —confiesa, dándole una palmadita en la espalda a Blaise antes de separarse de él—. Es más práctico y menos aparatoso.

—Se me olvidaba que eres un hombre de mente cuadriculada.

—Esa es tu opinión.

—Basada en hechos y no en intuiciones. El resto de la semana me toca quedarme en la tienda por las tardes, así que, si echas de menos mi compañía, tendrás que venir a verme… o invitarme a una cena, chiqui. —Blaise le guiña un ojo y le lanza un beso mientras camina de espaldas.

—Al final, va a resultar que el que quiere una cita eres tú.

—Solo quiero follarte o que me folles. No tengo preferencias en ese sentido. —Blaise se da media vuelta para seguir su camino, pero se detiene, mira a Noah por encima del hombro y sonríe de forma pícara—. Mejor las dos cosas. El orden puedes decidirlo tú, chiqui.

Pone los ojos en blanco y reemprende su camino. Desde luego, conocer a Blaise está siendo divertido, y eso que Noah jamás ha sido propenso a las bromas sexuales o las insinuaciones sin finalidad real.