Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Noah

Noah gruñe cuando el timbre de la puerta resuena en la casa mientras está en mitad de su concierto particular a la vez que remueve el guiso.

Deja la cuchara de madera sobre el plato y sale corriendo para abrir antes de que se le pegue. ¿A quién se le ocurre aparecer en casa de un extraño a la hora de la comida?

Tiene la respuesta cuando abre y se encuentra a Blaise con los brazos en jarras, la frente perlada de sudor y unas gafas de sol tan oscuras que no entiende cómo puede ver algo con ellas.

Ni se molesta en saludarlo; se limita a dejar la puerta abierta y correr de vuelta a la cocina. Suspira de alivio cuando ve que la salsa no se ha pegado al fondo y apaga el fuego, satisfecho con la textura.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Blaise, apoyándose en el marco de la puerta y cruzando las piernas a la altura de los tobillos.

—Estás loco si pensabas que iba a dejar que se me pegara la comida. —Coge una cuchara del cajón, la introduce en la olla y la saca con un poco de salsa—. Pruébala.

Blaise suelta un suspiro y se acerca a paso rápido para soplar un poco y metérsela en la boca. Esta vez lo que se le escapa a su amigo es un gemido mientras cierra los ojos.

—Madre mía, está a la altura de la de mi abuela.

—¿Has comido? —pregunta con una sonrisa divertida.

—No. De hecho, he venido para convencerte de ir a comer juntos, porque Layla ha llevado a mi abuela a Boston a pasar el día y me han dejado abandonado.

—Pobrecito, que no puede cocinarse unas patatas fritas. Hay de sobra para los dos…

—No tienes que pedírmelo dos veces. —Blaise aparta uno de los taburetes de la isla y se sienta.

—Al menos pon la mesa. No hagas que me arrepienta.

Blaine asiente y se pone en pie. Antes de que Noah haya servido la comida en los platos, su amigo ha colocado los manteles individuales, los vasos, los cubiertos y la jarra de agua fría.

—Muy eficiente.

—Me han educado muy bien, chiqui. ¿Qué más puedo hacer?

—Lávate las manos y siéntate —ordena, dejando los platos sobre la isla.

—Puedes invitarme a comer cuando quieras.

Se ríe ante la propuesta de Blaise, pero le encanta saber que su nuevo amigo aprecia sus recetas, y a Noah le encanta cocinar para más gente.

—Lo tendré en cuenta, pero, la próxima vez, avísame para que esté preparado.

—Tienes razón; no quiero interrumpirte cuando estás trabajando.

—¿No has acabado muy pronto? —se interesa, porque, cuando él iba al colegio, las clases acababan bastante más tarde.

—Solo hasta que lleguen los chavales. Ahora tenemos reuniones para planear el curso y ponernos al día con toda la parte burocrática, que es más de la que puedas llegar a imaginarte.

—A estas horas, normalmente estoy cocinando o comiendo. A menos que esté muy metido en la historia y necesite acabar una escena, así que puedes pasarte sin miedo.

—No quiero molestar —le responde Blaise, negando con la cabeza mientras se limpia los labios con la servilleta—. Hoy he sentido un impulso, pero ha sido de lo más irresponsable y maleducado no avisarte primero.

—No pasa nada, de verdad. Me encanta cocinar para mis amigos, ya te lo dije. ¿Qué tal ha ido el primer día?

—Quiero dejarlo como cada año, pero luego recuerdo a esos peques abrazándose a mis piernas y se me pasa. ¿Qué tal va tu manuscrito?

—Estoy avanzando a buen ritmo. Si hace un mes me hubieran dicho que tendría ya varios capítulos escritos después de tanto tiempo atascado, me habría reído o echado a llorar —reconoce y se siente bien haciéndolo, porque solo ha hablado de su bloqueo como escritor con Eliana, Stella, Jason y Lucy.

—¿Tan grave era?

Se limpia los labios, le da un sorbo al vaso de agua y se recuesta contra el pequeño respaldo del taburete.

No es algo de lo que le apetezca hablar, y mucho menos con alguien a quien conoció hace una semana.

Stella siempre le dice que debería abrirse un poco más y dejar que la gente lo conozca.

Por una vez, tal vez sea buena idea hacerle caso.

—Ya te dije que mi novio me dejó hace unos meses. —Espera a que Blaise afirme antes de continuar—. Cuando lo hizo, se fue diciéndome cosas bastante feas sobre mi carrera como escritor.

—¿Puedo preguntar qué mierda soltó exactamente?

—Que era un autor de un solo éxito, que nadie con buen gusto se gastaría el dinero en mis historietas y que dejara de comportarme como un niño y regresara a mi trabajo de administrativo.

Blaise le escucha hablar con el ceño fruncido y la boca abierta.

—Espero que le dijeras dónde podía meterse su opinión —gruñe Blaise—. Hay que ser muy capullo para soltarle eso a tu pareja, sobre todo cuando su primera novela ha sido un éxito.

—Stella dice que le molestaba que brillara más que él y por eso intentaba apagarme haciéndome de menos.

—Stella es una gran amiga. Deberías hacerle más caso.

—Se lo diré —promete Noah—, aunque ya se lo tiene bastante creído.

—¿Eso te provocó un bloqueo?

Odia reconocer que la opinión de alguien que le hizo tanto daño le afectó tanto, pero en ese momento era su pareja, el hombre del que estaba enamorado y con el que esperaba pasar el resto de su vida.

—Sí. Cuando la persona que debe apoyarte en tus sueños e ilusiones te hunde diciéndote cosas tan feas y humillantes, acaba afectándote. Te lo acabas creyendo.

—Pero no son verdad, Noah —le corta Blaise, poniendo una mano en su brazo—.

Si te sirve de algo, a mí me hubiera encantado poder leer algo así cuando era un adolescente.

Me habría servido para entenderme mejor.

Pero es que, además, la historia de amor es preciosa.

Los personajes son tan reales que no te cuesta nada encontrarles parecido con alguien que conoces.

Todos hemos sido ellos cagándola en algún momento con nuestra pareja o nuestras familias —añade su amigo con una sonrisa divertida.

—Gracias.

—No tienes que dármelas, Noah. Lo pienso de verdad y estoy seguro de que no he sido el único que te ha dicho algo así.

Asiente, recordando la cantidad de testimonios que le han hecho llegar sus lectores a través de las redes sociales o de cartas a la editorial, incluso en las firmas de libros que ha hecho durante la gira de promoción.

—Con la mente fría, lo sé. Pero en ese momento, con el corazón roto y sus palabras aún resonando en mis oídos, fue fácil creerle y dejar que el síndrome del impostor se instalara en mi cabeza para no dejarme avanzar.

—Por eso viniste a Ceapaire… —aventura Blaise.

—Vivíamos juntos. Mi apartamento está lleno de recuerdos que aún duelen. Intenté ignorarlos, fingir que no seguía oliendo a su colonia o que no había unas Converse viejas en el fondo del armario, pero no funcionó. Aquí él no existe. Solo los buenos recuerdos de los veranos que pasé con mis abuelos.

—También son complicados.

—Me ha llevado mis buenos años de terapia poder afrontar las muertes de mis abuelos y mis padres. Duelen, siempre van a hacerlo, pero son cosas que ya he superado —confiesa, jugueteando con la servilleta.

Permanecen unos segundos en un cómodo silencio, hasta que Blaise palmea la isla y se pone en pie.

—No voy a interrumpir esa buena racha, así que vete a escribir mientras yo friego los platos —dice Blaise con tono cantarín.

—No te preocupes. Ahora toca meter los platos en el lavavajillas y leer en la salita.

—Joder, qué bien te lo has montado, chiqui…

—Por ser un idiota, te toca encargarte de quitar la mesa mientras yo preparo café con hielo.

—Si creyese en ello, te pediría matrimonio. —Blaise se coloca frente a Noah e hinca una rodilla en el suelo.

—Eres imposible.

Noah le tira uno de los paños a la cabeza a Blaise antes de llenar la cafetera con agua.

En cuanto han dejado limpia la cocina, ambos se instalan en la salita.

—¿Seguro que no te importa? —pregunta Blaise desde la puerta.

—Acomódate. Puedes coger un libro del despacho. —Señala hacia la habitación que hay junto a las escaleras—. Aunque te advierto que no hay mucha variedad.

—No te preocupes. Vuelvo en un minuto.

Y, sin decir nada más, Blaise sale de la casa. Noah se incorpora en el sofá sin saber qué está pasando, hasta que su amigo regresa poco después con un libro entre las manos.

—Siempre llevo uno en la moto —explica Blaise, acomodándose en el otro sofá de la salita—. Mi hermana dice que soy un friki.

—No voy a negarlo, pero tampoco voy a juzgarte por ello.

—Si esa es tu lectura actual, está claro que necesitas hacerle una visita a la librería.

—Es formación —le aclara, aunque no puede negar que no está siendo su lectura más amena—. Pensaba ir hoy, pero, ya que lo he empezado, prefiero acabarlo. ¿Te parece bien si nos acercamos mañana?

—Tú sí que sabes conquistar a un hombre… Nunca le digo que no a comprar libros. Te recuerdo que prometiste ir un día al club de lectura.

—No lo he olvidado, solo dime cuándo.

—Esperaremos un par de semanas antes de reunirnos tras la vuelta de las vacaciones. En breve llamaré a todas las participantes. Aunque tengo que advertirte una cosa. —Blaise fuerza una sonrisa falsa.

—Miedo me das…

—La media de edad se acerca peligrosamente a la de mis padres.

—¿Y, aun así, les hiciste leer mi libro? —se escandaliza, cerrando el libro para poder mirar a su amigo.

—Lo dices como si las hubiera obligado. Cada libro se decide por votación. Eres el nieto de Violet; querían leerlo. A algunas les costó más que a otras, pero soy yo el que las organizo, y no soy precisamente discreto con mis escarceos amorosos. Están curadas de espanto.

Se lleva la mano a la frente y niega, pero se le escapa una risita.

—No quiero saber las cosas que les cuentas a las pobres señoras.

—Nada que no pregunten ellas. Una cosa es que no me importe hablar de mi vida sexual y otra que vaya pregonándola. Willow está deseando conocer a Marlon de tantas veces que le he nombrado.

—Creía que no tenías relaciones largas… —apunta Noah con el ceño fruncido.

—Marlon y yo solo follamos. Los inviernos en un pueblo de Cabo Cod pueden ser largos y solitarios. Nunca viene mal tener un amigo que te caliente la cama.

—Cuánta ternura para un lector de novela romántica.

—Nunca he dicho que no crea en el amor, solo que no creo que sea para mí —aclara Blaise, encogiéndose de hombros y sin apartar la mirada de su libro—. La vida es más fácil si el romance se queda en las páginas de una novela.

Noah se queda mirándolo unos instantes, esperando que Blaise quiera contarle un poco más. Pero, cuando no lo hace, vuelve a centrarse en su lectura. De momento, su amigo va abriéndose poco a poco y no va a forzarlo.

Leen en silencio hasta que la alarma de su móvil le recuerda que es hora de volver al trabajo. Acompaña a Blaise hasta la puerta y le echa un rápido vistazo a la reluciente moto roja que hay aparcada frente a la puerta de su verja. No entiende mucho de cilindradas ni esas cosas, pero parece potente.

—Gracias. Por la comida, por la charla y por la lectura. —Blaise se da media vuelta y recorre el camino de entrada.

—Puedes unirte cuando quieras —lo invita antes de cerrar la puerta.