CAPÍTULO 3 #3
Dejan que sea Juan el que los sorprenda con los nuevos platos que su hermana tiene preparados de cara a la nueva temporada y se acomodan en una de las mesas más alejadas del resto, que se han ido llenando mientras hablaban con Juan.
—Veo que aún hay mucho movimiento en el pueblo.
—Eso se acaba esta noche. Mañana la mayoría de los turistas recogerán sus cosas y regresarán a casa. El lunes Ceapaire empezará a recuperar la normalidad y yo tendré que volver a trabajar. —Blaise finge echarse a llorar.
—¿Tan pronto?
—La docencia no empieza ni acaba cuando los niños comienzan o terminan las clases. Hay muchas cosas que preparar y cerrar.
—Así que esta es tu última semana de libertad —se interesa.
—No, chiqui. No te equivoques. De lunes a viernes soy un respetable profesor por las mañanas y solícito dependiente por las tardes, pero los fines de semana…
Esos son para mí. A partir de la próxima semana, la tienda no abre los domingos ni los sábados por la tarde, así que Roge puede hacerse cargo él solo.
—¿Roge? ¿También es de tu familia?
Blaise niega con la cabeza con una sonrisa nostálgica.
—Pero como si lo fuera. Lo conocerás si te pasas algún día por la mañana.
—Blaise se detiene cuando Juan en persona les sirve el vino—.
Rogelio ha tenido una vida muy dura. Su madre murió de sobredosis cuando él apenas era un niño.
Su padre lo abandonó a su suerte poco después y se ha criado entrando y saliendo de centros de menores y casas de acogida, ganándose la vida de formas que ni quiero ni puedo imaginarme.
—¡Qué horror! —murmura y le da un sorbo a la copa para quitarse ese mal sabor de boca.
—Mi abuela lo conoció cuando Roge tenía dieciséis años.
Estaba metido en el contenedor de basura que hay en el callejón junto a la tienda, buscando comida.
Se lo llevó a casa, lo metió en la ducha a rastras, le dio de comer y le dijo que le daría una cama y comida si la ayudaba con las pequeñas reparaciones de la casa.
Abre mucho los ojos, sorprendido por ese gesto de generosidad de Hazel. Aunque no le extraña, viendo cómo se ha portado con él durante todos esos años.
—Podría haber salido muy mal, pero salió increíblemente bien. Roge se encargó durante algunos meses de cortar el césped, reparar la valla, desatascar las tuberías… Cualquier cosa que mi abuela le pidiera o él viera que necesitaba hacerse.
»Cuando mi hermana tuvo el accidente —la voz de Blaise se rompe un poco en ese punto— necesitamos que alguien se hiciera cargo de la tienda y mi abuela pensó que lo hiciera Roge.
Eso también salió bien y, desde entonces, ha llevado el peso del negocio.
Hace un par de años decidió que quería graduarse, así que por las tardes estudia y va a clases. Por eso Layla y yo lo sustituimos.
—Es una historia muy dura.
—Ni tu familia ni la mía se han librado de las desgracias. No te lo había dicho antes, pero lamento mucho lo que les ocurrió a tus padres.
A Noah se le hace un nudo en la garganta cuando escucha eso. No tiene ningún problema en hablar de sus padres, pero hacerlo de su muerte es un poco más duro.
—No había vuelto a Ceapaire desde el funeral —confiesa con un hilo de voz.
Carraspea cuando Juan les sirve los entrantes y se fuerza a devolverle la sonrisa. En el fondo, la interrupción le ha venido muy bien para recomponerse un poco.
Nota que Blaise quiere preguntar algo, pero, en lugar de hacerlo, le aprieta la mano sobre la mesa y le sirve un poco más de vino.
—No dejes que se enfríe.
Blaise se encarga de llevar la conversación del resto de la noche hacia temas más amables. Le pone al día de las costumbres del pueblo y le hace un mapa de quién es quién en Ceapaire, aunque Noah está seguro de que será incapaz de recordar ningún nombre una vez que acaben de cenar.
Juan se les acerca en más ocasiones durante la noche para asegurarse de que les está gustando lo que les está sirviendo y, cuando el restaurante casi se ha vaciado, acerca una silla y se sienta con ellos a tomarse un chupito de tequila.
«Del de verdad, recién traído de México, y no esa imitación barata que os venden aquí». Palabras textuales.
Cuando salen de allí, es noche cerrada, no queda ni un solo cliente en The Glassware y apenas hay gente por la calle.
—Te invito a una copa —le anuncia Blaise, tirando de su camisa.
—¿No vamos a coger el coche?
—Por supuesto que no. Tampoco la moto. Lo prometo.
—¿Tienes moto? —se sorprende, empezando a seguirlo.
—Me encanta tener una buena máquina entre las piernas —responde Blaise con tono sensual antes de guiñarle un ojo—.
Te llevaría a mi casa, pero queda lejos de la tuya y no quiero ser el responsable de que no llegues sano y salvo en tu primera semana.
Así que vas a tener que guardarme el secreto —le susurra su acompañante al oído.
No sabe lo que le espera, pero confía en Blaise, así que deja que le coja la mano y tire de él, deshaciendo el camino que han seguido horas antes.
Frunce el ceño cuando se da cuenta de que están en la calle de la tienda de la familia Price, pero no dice nada cuando lo arrastra por el callejón hacia una pequeña puerta, que abre con cuidado.
Se adentra en la oscuridad cuando Blaise se aparta y le hace un gesto para que atraviese el umbral, y tarda unos segundos en acostumbrarse a la claridad cuando se enciende la luz.
—Guardo una botella de ron en el despacho para ocasiones especiales. Y esta es una de ellas —susurra Blaise, tirando de él.
—¿Qué celebramos?
Blaise lo mira con una ceja levantada mientras una comisura de su boca se alza y un gesto de picardía se dibuja en su rostro.
Observa cómo su acompañante abre un cajón, saca una botella, que deja sobre la mesa, y luego sale del despacho a paso rápido, para regresar unos segundos después con dos vasos de papel llenos de cubitos.
Sirve una generosa ración de licor y le tiende uno a Noah, que lo hace rodar para enfriar el líquido.
—Celebramos que somos amigos, chiqui —susurra Blaise junto a su oído, haciendo chocar sus vasos.
Blaise lo acompaña hasta casa media hora y dos vasos de ron después. Se queda en la puerta, observándolo marchar, como si así pudiera asegurarse de que llega sano y salvo a su apartamento.
—Mándame un mensaje cuando estés en la cama —le grita. Por suerte, no tiene vecinos cerca.
—Chiqui, si has cambiado de opinión sobre lo de tener sexo conmigo, mejor en persona.
—Idiota.
Como respuesta, Blaise le lanza un beso antes de dar media vuelta y despedirse con la mano en alto, contoneando las caderas.
Cierra la puerta de su casa mientras pone los ojos en blanco.
Deja los zapatos en la entrada y sube a toda prisa a su habitación.
Solo en ese momento se da cuenta de que hace horas que no lo comprueba, pero está muy cansado para leer los casi cien mensajes que tiene en el grupo con sus amigos, así que se limita a responder rápidamente antes de desnudarse y meterse en la cama.
Acabo de llegar. Os leo mañana. Buenas noches. Os quiero.