Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Ya está todo. —Sostiene el bulto contra su pecho y da un par de pasos hacia la salida, pero, al llegar a la puerta, se da la vuelta y lo suelta antes de que pueda arrepentirse—. ¿Tienes planes esta noche?

Blaise arquea una ceja y sonríe, divertido y algo travieso.

—¿Vas a ofrecerme algo interesante?

—Quería salir a cenar fuera, pero no me apetece hacerlo solo, y todavía no conozco a mucha gente aquí.

—Tal vez si te alejaras un poco de la playa y dejaras ver ese cuerpazo por Ceapaire podrías ponerle remedio a eso —le recomienda el profesor.

—¿Cómo sabes…?

—Es un sitio pequeño y tú eres el nieto de Violet. Te tienen fichado.

Noah se gira al escuchar la voz de Hazel, que aparece por el mismo pasillo por el que poco antes lo hizo el niño, y camina aferrada a su bastón con paso lento pero seguro.

—Lo que ha dicho la jefa. Tranquilo; se les pasará cuando se acostumbren a tu presencia. Lo que pasa es que cada vez hay menos turistas y tú, además, eres una celebridad.

—No lo soy.

—Eres un escritor superventas y el nieto de una de nuestras vecinas más queridas —repone Hazel.

—Todos los que tienen más de veinticinco años recordamos las meriendas de Violet —añade Blaise con una sonrisa—. Tu abuela siempre tenía las puertas abiertas para nosotros.

—No recuerdo haberte visto nunca en casa de los abuelos.

—He crecido un poco desde entonces…, en todos los sentidos. Si te sirve de algo, chiqui, yo solo recuerdo a un niño moreno que siempre llevaba un libro bajo el brazo, pero no te habría reconocido antes de que tu foto apareciera en la solapa de un libro y en los medios locales.

—¿Cómo te estás adaptando? —pregunta la anciana, sentándose en un cómodo sillón cerca de Blaise.

—Me siento muy cómodo en la casa. Tengo internet por fin; he pedido un par de televisiones de pantalla plana, que llegarán la próxima semana; y estoy avanzando con la novela, así que no puedo quejarme.

—Me alegro por ti. Violet estaría muy orgullosa de ti, Noah.

Se le cierra la garganta y los ojos le pican cuando lo escucha. Muchas veces se ha preguntado qué pensarían sus padres y sus abuelos si supieran que, después de meditarlo mucho, decidió dejar su trabajo de oficina y cumplir su sueño de ser escritor.

—Gracias, Hazel.

—No tienes por qué dármelas. Conocía a tu abuela mejor que nadie en el mundo y sé que presumiría de ti por todo Ceapaire.

No puede evitar dedicarle una sonrisa cálida a Hazel antes de dar media vuelta para salir a la calle. Pero, antes de que pueda hacerlo, Blaise lo llama.

—Sobre lo que me has preguntado: te recojo a las seis. Me vas a invitar al mejor restaurante que hay en el condado de Barnstable, chiqui.

***

No tiene muy claro qué es lo apropiado para salir a cenar con un amigo barra conocido un sábado de finales de agosto en un pueblo como Ceapaire, así que opta por algo un poco más elegante que las bermudas y las camisetas, pero que no le haga sudar como un pollo.

Se mira en el espejo para comprobar que esos pantalones de lino de color blanco roto y esa camisa azul quedan bien.

Como no está muy convencido, opta por hacerse una foto y enviarla por el grupo que tiene con sus amigas.

Stella

Pedazo de culo que te hacen esos pantalones. ¿Dónde lo escondes el resto del tiempo?

Noah

Muy graciosa.

Eli

Estás muy guapo.

¿Tengo que investigar a ese tal Blaise?

No, no tienes, Eli.

Y dejad de llamarlo «ese Blaise».

No hay nada romántico entre nosotros.

Stella

Ya, claro…

Salgo con vosotras a cenar casi cada semana.

Eli

Hay una pequeña diferencia, Noah: eres gay y nosotras mujeres.

Stella

No solo comiste, también devoraste, amiga.

¿Qué se supone que significa eso?

Eli:

Cosas de internet, no le hagas caso.

Gracias, Stella

¿Por qué me habláis en un idioma que no entiendo?

Stella:

Lo entenderías si le dedicaras un poco de tiempo a las redes sociales.

¿Entonces, os parece que estoy bien?

Stella

Para comerte ese culazo.

—¡Stella! —grita Noah cuando lee el mensaje de su amiga, aunque ella no pueda escucharlo, antes de responder.

Saluda a Tommy de mi parte.

Stella

Él también dice que no sabía que tuvieras eso bajo los pantalones.

Eres imposible.

Eli

Manda la batseñal si necesitas que finjamos una emergencia.

Suelta una carcajada cuando lee eso. Hacía mucho que no usaban ese término. Al menos, desde que Eliana empezó a salir con Delilah, su novia, un par de años atrás. Hacía poco que Noah y Castiel habían formalizado su relación y ya no necesitaban un plan para librarse de citas pésimas.

No va a hacer falta, pero gracias.

Tira el móvil sobre la cama y se acerca al espejo para colocarse un mechón de pelo que le cae sobre los ojos cuando escucha el timbre de la verja exterior.

Se asoma por la ventana y ve a Blaise esperando frente a la puerta y llamándole con la mano, así que coge la cartera, que ha dejado sobre la mesita, y el teléfono, y baja las escaleras a la carrera mientras va apagando las luces a su paso.

—No muerdo, puedes entrar —le advierte cuando atraviesa el camino de entrada—. ¿Saco el coche?

—No digas tonterías. Vamos dando un paseo. Ahora hace buena temperatura.

Solo cuando cierra la puerta de la verja, se permite observar a Blaise, que lleva unos pantalones de lino, solo que los suyos son de un rosa flúor, y una camisa blanca del mismo material con las mangas remangadas.

Bastante discreto para los atuendos con los que le ha visto hasta el momento.

—¿Eso que se intuye ahí es un tatuaje? —Noah señala el antebrazo izquierdo de Blaise.

—Sí. Es uno de los dos que tengo…, de momento. Si por mí fuera, habría más tinta sobre mi piel, pero soy consciente de que no estaría bien visto en mi trabajo, así que me conformo con un par. ¿Tú tienes alguno?

—No. Aunque mis amigas llevan hablando siglos de hacernos el mismo los cuatro.

—¿Por qué no lo habéis hecho? —se interesa Blaise, sin dejar de saludar a todas las personas con las que se cruzan.

—No nos ponemos de acuerdo en qué hacernos.

—Sois solo cuatro.

—Como si fuéramos veinte —bromea, recordando lo mucho que les cuesta siempre decidir a dónde ir si quieren probar un restaurante nuevo—. Tenemos estilos y gustos estéticos diferentes. Y eso que una de ellas es diseñadora gráfica.

—Sin conocer a tus amigas de nada, tal vez deberíais confiar en el criterio de la que sabe algo de eso.

—Stella es un poco particular y lo mismo un día quiere que nos hagamos un sombrero vaquero porque una vez, cuando teníamos dieciocho, fuimos a un local de esos que tienen un toro mecánico y al día siguiente le parece que nos pega más el skyline de Boston —le explica Noah,

sin poder evitar poner los ojos en blanco—.

Por si tienes alguna duda, no tengo intención de tatuarme la torre John Hancock en ninguna parte de mi cuerpo.

—Me lo había imaginado. ¿Tal vez una langosta?

—Eli es alérgica al marisco.

—En ese caso, mejor que no —responde Blaise después de soltar una risotada.

Se detienen ambos cuando pasan frente a la librería, ya cerrada. Hay un par de novedades a las que les tiene echado el ojo y otros libros que parecen interesantes.

—El lunes quiero acercarme —anuncia, mirando el reflejo de su acompañante en el escaparate—. Acabo de terminarme la novela con la que estaba y nada de lo que me he traído me pega con este calor. Quiero algo ligero y fresco.

—¿Vas a estar dos días sin leer? Yo no puedo, aunque sea el prólogo, necesito leer algo cuando acabo de terminar una lectura.

—He empezado uno de los que traje. Es cortito y sobre técnicas de escritura, nada de ficción.

—Se me olvida que para ti leer es un trabajo —comenta Blaise, reanudando el paseo.

—No exactamente. Para mí siempre será un placer, pero es cierto que ahora presto más atención a cosas que antes pasaba por alto. De cada novela y cada autor aprendes algo.

Se adentran en una callejuela que ni siquiera había visto en sus incursiones en el pueblo, deteniéndose a pocos metros frente a una pequeña puerta.

—Es aquí. No te asustes. No es un tugurio ni nada parecido.

De hecho, para mí es el mejor restaurante de Barnstable.

Es un pequeño local familiar; la cocina ha pasado de madres a hijas durante generaciones y el trato es exquisito —explica Blaise sin perder la sonrisa—.

Además, como está un poco escondido, los turistas no suelen arrasar con él.

Solo lo conocen los más aventureros…, o los que tienen buenos guías.

—Me fío de tu buen gusto si te has criado con los guisos de tu abuela.

—Lo que te dejamos el primer día estaba rico, ¿verdad?

Noah asiente y sigue a Blaise cuando abre la puerta y se adentra en el restaurante. Nada más atravesar el umbral, un hombre de mediana edad y una enorme sonrisa se acerca con los brazos abiertos.

—Dichosos los ojos que te ven. Empezaba a pensar que nos habías olvidado —grita el hombre mientras abraza a Blaise y le palmea la espalda.

—Es imposible que eso ocurra, pero he estado parte del verano fuera y no he podido visitaros.

—Ya imagino lo que has estado haciendo este verano, Casanova.

Blaise pone los ojos en blanco, pero sonríe de lado, como si compartieran un secreto.

—Juan, te presento a Noah Lee.

—El nieto de Violet. —Juan le ofrece la mano para que Noah se la estreche—. Empezaba a pensar que eran rumores infundados, pero veo que es cierto. La última vez que te vi eras un mocoso de apenas doce o trece años y mírate ahora: hecho un hombre y escritor.

—Juan es el dueño de The Glassware. Su familia lo ha regentado desde que sus ingresos principales venían del taller de cristalería que tu familia tenía en Sandwich.

—Mi tatarabuela siempre quiso tener un restaurante, incluso antes de llegar a los Estados Unidos desde México.

Y aquí estamos. —Juan abre los brazos, abarcando el gran comedor que hay a su espalda con orgullo—.

Mi hermana es la cocinera. Ella estudió en París, aunque la mayoría de nuestros platos son readaptaciones de las recetas familiares.

—Espero que te guste el picante, porque no han perdido el toque mexicano —le advierte Blaise.

—Me encanta. Estoy deseando probarlo.