Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Noah

Acaba el libro que estaba leyendo justo cuando su teléfono suena. Ni siquiera se molesta en mirar quién es porque lo sabe demasiado bien.

—¿Cómo va mi escritor favorito?

—Buenas tardes, Stella. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te ha ido el día? —responde Noah con ironía.

—Por favor… ¿Cómo estás, cariño mío? ¿Qué tal tu mañana, amor de mi vida?

—Eres imposible. Pero respondiendo a tu pregunta: tu escritor favorito no lo sé, pero yo he acabado el capítulo y he rehecho la escaleta porque ya no me vale lo que había pensado cuando empecé a escribir.

—No puedes ser más idiota. ¿Si me tatúo «Noah Lee es mi escritor favorito» en el pecho te bastará, o tengo que hacerlo en la frente? —Por el tono de Stella, está un poco molesta—. Empieza a creerte que eres bueno y que lo que dijera Castiel no es más que la misma mierda que salía siempre de su boca.

—No siempre fue así.

—Cuando él ganaba más dinero y tenía más proyección profesional. Solo a alguien con una masculinidad tan frágil como el cristal le molestaría que su pareja tuviera éxito y triunfara en algo que le hace feliz.

—Castiel era un imbécil —reconoce Noah y se frota el pecho con la mano, justo donde ha sentido un pinchazo al pronunciar esas palabras—. Lo he pillado, Stella.

—Pues a ver si te quedas con esto: vas a escribir esa historia, tu editora la va a amar y los lectores se van a lanzar a comprar la novela en cuanto esté en las librerías, tal y como ocurrió con la primera.

—Eso espero. Ya he cobrado ese suculento adelanto.

—Ahí está mi chico… —dice Stella con orgullo—. Echo de menos al Noah bromista.

—Está volviendo. Llevo en Ceapaire una semana y siento que poco a poco comienzo a ser el que era antes de Castiel.

—Ese es mi Noah favorito. Me encanta que hayas vuelto a trabajar en la historia.

—Va un poco más lento de lo que me gustaría, pero al menos ya ha comenzado a rodar. —La sonrisa le llena la cara cuando lo dice. Noah empieza a sentirse optimista.

—¿Y qué tal con el chico ese que te invitó hace unos días?

Noah pone los ojos en blanco, arrepintiéndose de haberle mencionado ese encuentro a su mejor amiga.

—Fue solo una casualidad, Stella. Deja de darle más importancia de la que tiene. Ya te conté lo que me dijo: no quiere relaciones largas y es el nieto de Hazel.

—Nadie ha dicho que tengas que casarte con él; puedes limitarte a follártelo.

—¡Stella! —grita, incorporándose hasta quedar sentado en el sofá de la salita.

—¿Qué?

—Sabes que nunca me acuesto con mis amigos.

—Estrictamente hablando, ese tío…

—Blaise —le corrige Noah.

—Ese Blaise no es tu amigo. Acabas de conocerlo, así que puedes tirártelo.

—No voy a hacerlo.

—Entonces espero que te hayas llevado el cargador para tus juguetitos y mucho lubricante —le aconseja su mejor amiga. Noah se pellizca el puente de la nariz, pero no puede evitar sonreír—. Aunque también puedes pedirle a Blaise que te enseñe los mejores locales de la zona.

—He venido a escribir la novela —le recuerda a Stella.

—Mucho trabajar y poco follar hace que Noah se vuelva un amargado.

—Tampoco tenía muchas relaciones con Castiel en los últimos meses, así que no hay mucha diferencia.

—Otro motivo más para odiar a ese infraser. ¿Sabes otra cosa buena de que estés en Ceapaire? —Stella suena divertida cuando hace esa pregunta—. Que, si ahora me encuentro con ese pedazo de mierda, no podrás evitar que le rompa las pelotas de un rodillazo.

—No serás capaz.

Por supuesto que lo haría. Ya tuvo que cogerla para que no se le lanzara la única vez que se cruzaron con él en Boylston St. unas semanas después de que lo dejara. Está seguro de que, si lo ve ahora, no tendrá ningún problema en cumplir su amenaza.

—Que no se me ponga delante si no quiere que sus huevos sepan cómo se las gasta mi pie. Pero dejemos a ese inmundo a un lado, que no me apetece que me joda el día. Le he mandado a mi cliente el diseño de su página web y le ha encantado, así que ya me he puesto con ella y estoy contenta.

—Me alegro muchísimo. No tenía ninguna duda de que le iba a gustar; a mí me encantó.

—Ay, jo… —murmura Stella, y Noah puede imaginársela haciendo un puchero—. Gracias. Tengo algunas ideas para actualizar tu página antes del lanzamiento de tu siguiente novela.

—Ni siquiera la he terminado. Ni sabes cómo será la portada ni lo que el equipo de marketing propondrá. ¡Qué demonios! Ni siquiera sabemos si la publicarán.

—A Lucy le encantó la premisa de la novela, Noah. Sabe cómo escribes y tu primera novela fue un bombazo el año pasado. ¡Por supuesto que estará en las librerías pronto!

Adora el optimismo de sus amigos, sobre todo el de Stella, que siempre consigue sacarle una sonrisa y levantarle el ánimo.

—Te quiero tanto, Stella —susurra con la voz cogida por la emoción.

—Que conste que me encanta que me digas esas cosas, pero ¿a qué viene eso?

—Es la verdad, amiga, y no te lo digo tanto como debería. Tengo mucha suerte de tenerte.

—Yo sí que soy afortunada —murmura su amiga con la voz ronca—. Te quiero muchísimo, y odio que estés lejos y no pueda plantarme en tu apartamento para darte un abrazo y pasarnos la noche comiendo helado y viendo Mensaje en una botella.

—Mejor Desconocidos. Que al menos me alegro la vista —le pide Noah, haciendo que su amiga se ría.

—Trato hecho. Quedamos una noche y la comentamos por videollamada. Eli se apunta también.

—No lo dudaba. ¿Qué tal el lunes?

—Me lo apunto en la agenda, que ya sabes cómo se me va la cabeza si no anoto todo. Mándale un mensaje a Eli para avisarla, que yo tengo una reunión online en cinco minutos. Hablamos luego. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Noah se pasa la mano por el pelo y gruñe, asqueado, cuando nota el sudor cubriéndole la palma. Odia el verano y está deseando que empiece a hacer frío para calentarse frente a la chimenea, taparse con una mantita para leer y acurrucarse bajo el edredón nórdico en la cama.

***

Se sirve un poco de la limonada que ha preparado a primera hora de la mañana y camina hasta el despacho.

Recuerda lo que le dijo su agente la última vez que habló con ella y enciende una vela; coloca el portátil; la libreta donde tiene anotaciones sobre personajes, escena, diálogos y escenarios; y el vaso que acaba de llenarse antes de sacar el teléfono y hacer algunas fotos.

Aunque esa parte del trabajo le dé un poco de pereza, sabe que tiene que hacerlo, así que sube las imágenes a sus cuentas con el texto #ProyectoEuropa. En cuanto lo ha hecho, bloquea la pantalla y guarda el móvil en el primer cajón de su escritorio para evitar la tentación.

Le encanta su nueva rutina. Pasar las tardes escribiendo, luego dar una vuelta por las preciosas playas de Ceapaire, casi desiertas a primera hora de la noche, y regresar a casa a cenar una deliciosa ensalada.

Así que, en cuanto da por concluida la sesión de ese viernes, Noah hace la copia de seguridad del documento, apaga el ordenador, sopla la vela y se lleva el vaso vacío de vuelta a la cocina antes de ponerse algo más presentable que la camiseta de tirantes y el bañador que lleva para estar cómodo y

fresco y sale de la casa.

Esa tarde encuentra un rinconcito perfecto.

Está escondido por un saliente del terreno, que lo convierte casi en una cueva y lo aleja de las pocas miradas curiosas que pasean a esa hora por la playa.

La arena es fina y suave al tacto y hay algo de vegetación seca en la parte alta.

Noah se sienta sobre un lecho de hierba y cierra los ojos, dejando que la brisa marina lo acaricie y remueva su pelo moreno.

Se sobresalta cuando se le ocurre una idea que soluciona una de las tramas que no sabía cómo cerrar. Se saca el móvil y anota algunas frases con el corazón desbocado y los dedos volando sobre el teclado para que no se le olvide nada.

Cuando se pone en pie, dispuesto a regresar a casa, en su cabeza tiene casi por completo uno de los últimos capítulos de la novela y en su teléfono las notas para recordarlo cuando llegue el momento de escribirlo.

Una de las cosas que también ha decidido es que necesita tener una rutina diferente para los fines de semana si no quiere acabar quemándose.

Sin amigos con los que salir y en una ciudad en la que no conoce a casi nadie, ha pensado que cambiará el paseo por la playa y la cena en casa por salir a probar uno de los restaurantes de la localidad.

Lo que todavía no tiene claro es si lo hará solo o le hará caso a Stella e invitará a Blaise a acompañarlo.

Así que ese sábado, cuando decide salir a desayunar fuera porque se ha quedado sin leche para el café, decide pasarse por la tienda para reponer algunas cosas.

Sonríe cuando ve a Blaise tras el mostrador, hablando con un niño de unos cinco o seis años.

Lo saluda con la mano antes de adentrarse entre los pasillos del comercio con una de las cestas que ha cogido en la entrada.

—Sabes que puedes dejarme la lista y luego te la llevamos a casa, ¿no? —le pregunta Blaise cuando Noah deja la cesta sobre la caja.

—Solo necesito un par de cosas que se me han acabado. El que me llenó la nevera fue generoso.

—De nada.

El niño con el que Blaise estaba hablando aparece corriendo por uno de los pasillos y grita «hasta luego, profe» antes de salir corriendo por la puerta.

—¿Profe? —se asombra Noah.

—Es uno de mis alumnos. Soy profesor en un colegio de Sandwich. ¿Te sorprende?

—El caso es que te pega mucho. Seguro que eres el favorito de los niños.

—No el de algunos padres —se queja Blaise—. Aunque he de reconocer que son pocos los que se han quejado de que un profesor abiertamente LGBTIQ+ dé clases a sus hijos.

—Siempre hay algún imbécil.

Noah no sabe si hacer la pregunta, así que, mientras lo decide, observa cómo el profesor pasa los productos por el lector y los mete en una bolsa de papel.

—Te recomiendo que te hagas con una bolsa de rafia o de tela para hacer la compra. Son mucho más prácticas que estas de papel, chiqui —susurra Blaise, guiñándole un ojo—. ¿Necesitas algo más?