Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Perdón. Siento si te molesta que te recuerde a tus padres y a tus abuelos.

—No pasa nada, Hazel. Hace mucho que no hablo de ellos y lo echo de menos.

—Cariño… —Hazel coge una de las manos de Noah y la palmea con cariño—. Tengo millones de anécdotas de tu abuela y tu madre, y estaré encantada de contártelas si así lo quieres.

A Noah la perspectiva de descubrir cosas nuevas de su familia le da un poco de aprensión, pero a la vez se siente muy ilusionado. Apenas habla de ellos con sus amigas y nadie más de su círculo los conoció.

—Será un placer.

—Y cuéntanos. ¿Qué te trae a Ceapaire tantos años después? —cuestiona la anciana.

—¡Nana!

Noah suelta una carcajada y niega con la cabeza, restándole importancia para tranquilizar a Blaise.

—Soy escritor y estoy trabajando en mi segundo manuscrito. Necesitaba dejar la ciudad para centrarme o no seré capaz de cumplir los plazos de mi editora.

—Sé a qué te dedicas. De hecho, he leído tu primera obra.

Abre mucho los ojos, impresionado porque una mujer con la edad de su abuela haya leído una novela de romance entre dos hombres, con escenas bastante explícitas entre sus protagonistas.

—No me mires así, Noah. Soy mayor, pero no soy una carca —bromea Hazel—. Mis lecturas son muy variadas.

Blaise asiente al escuchar a su abuela y Noah se sorprende aún más de que el nieto de esa mujer esté al tanto de las lecturas de la anciana.

—La mayoría las roba de mis estanterías y no soy precisamente mojigato. El dark romance lo tengo en las baldas más altas —susurra Blaise, como si su abuela no estuviera escuchando cada palabra.

—Si quisiera leer algo así, tengo mis contactos, cariño. No eres el único que me presta sus libros.

Blaise pone los ojos en blanco en un gesto de lo más teatral antes de fijar la mirada en Noah.

—Así que trabajando en tu segunda novela. Espero que sea otro romance aquileo; sigue habiendo muy poca variedad. —Los ojos azules, igual que los de su abuela, de Blaise brillan por la emoción.

—Esa es la intención.

—Estoy deseando leerla. A las chicas les va a encantar la idea.

—¿Las chicas? —se interesa Noah.

—Las del club de lectura del centro social de Ceapaire. Algunas viven en los pueblos cercanos, pero una vez cada dos semanas se acercan para que comentemos los libros que leemos. En verano está un poco parado porque algunas están de vacaciones o con sus familias, pero en septiembre lo retomaremos.

—Noah podría ir un día. Seguro que a las chicas les encanta conocer a un escritor. Además, sé de buena tinta que algunas han leído su novela.

Noah permanece en silencio durante unos segundos, asimilando que acaba de aterrizar en Ceapaire y ya le están organizando planes.

Aunque son el tipo de cosas que le encantan, de las que más disfruta de su nuevo trabajo: hablar con los lectores, escuchar sus opiniones y saber qué es lo que más les ha gustado.

Tal vez así encuentre la forma de salir de ese maldito bloqueo.

—Me encantará ir a la siguiente cita del club de lectura.

Blaise levanta su cerveza en el aire y Noah la hace chocar con la suya, sellando el trato.

***

Después de deshacer las maletas y ordenar sus cosas en los armarios, Noah decide pasar el resto del día haciéndose al que será su hogar durante las próximas semanas.

Su primera parada es el que fuera su dormitorio infantil.

No queda nada de los juguetes y los pósteres que antes adornaban las paredes; aunque algunas cosas, como la gran estantería llena de libros juveniles, le recuerdan que su madre lo decoró pensando en él.

Una lástima que no llegara a usarla nunca.

No puede evitar sentir algo de culpa por no haber sabido apreciar las posibilidades que sus padres le pusieron delante y él no quiso aprovechar. Sacude la cabeza para alejar esos pensamientos.

Hace años que su terapeuta le ayudó a superar la culpabilidad.

Nadie podía imaginar que sus padres morirían pocos años después, y Noah estaba siendo un adolescente como otros millones más, que prefería pasar tiempo con sus amigos en una de las mansiones del más rico de su grupo en lugar de en un pequeño pueblo.

La siguiente parada es la que era la habitación de sus padres, ahora convertida en una de invitados sin ningún objeto personal. Noah lo agradece, porque está empezando a notar cómo todas esas emociones le están pasando factura, y ni siquiera es media tarde.

Regresa al despacho y coloca el portátil sobre la mesa y guarda el resto de cosas en los cajones. Coloca los libros que había metido en una de las maletas en una de las estanterías y los observa con una sonrisa. No le van a durar demasiado, pero aspira a que le entretengan las tardes de ocio.

La silla en la que se sienta queda justo frente al gran ventanal desde el que puede ver el jardín trasero de la casa, en el que tantas veces jugó durante su niñez, y se le dibuja una sonrisa.

Está seguro de que, desde ese lugar, va a escribir la historia que hace semanas que le esquiva, pero que sigue en su cabeza.

Por las noches, cuando se mete en la cama, sus personajes siguen ahí, susurrándole diálogos y escenas que, cuando se sienta frente al ordenador, se niegan a salir.

Pero eso va a cambiar. Va a demostrarle a Castiel que estaba equivocado.

Es el momento de arrancarse sus palabras de la cabeza y continuar con el manuscrito.

Da un par de golpecitos sobre la tapa del portátil y se pone en pie.

—Escribir. Escribir. Escribir —recita en voz baja, repitiendo las palabras que uno de sus profesores les gritaba cada vez que tenía ocasión durante sus clases de Escritura Creativa.

Se promete a sí mismo que empezará a cumplir con esa norma. Sentarse a escribir todos los días, crear una rutina hasta que se convierta en hábito. Lo ha hecho antes, y eso que estaba trabajando en algo que no le apasionaba y le consumía una gran parte de su tiempo.

—Tampoco tienes a Castiel —se recuerda, aunque no tiene muy claro si eso es bueno o malo.

Le da un último toque al portátil y se aleja. Ya llegará el momento de enfrentarse a eso.

Cierra la puerta del salón. Aunque esa mañana ha llevado hasta allí a Hazel, no cree que lo use demasiado hasta que sus amigos vayan a visitarlo.

La mesa es enorme y la estancia está demasiado cargada de recuerdos.

Sin embargo, la salita que hay junto a la cocina puede convertirse en una de sus estancias favoritas de la casa porque tiene un sofá cómodo, es fresca pero luminosa…

y hay una tele con bastante más años de los que le gustaría, pero con un reproductor de DVD, con un montón de películas y series en el mueble en el que descansa y que tiene pensado ver.

Saca el teléfono del pantalón y hace una anotación en el calendario para recordarse que tiene que contactar con su compañía telefónica para que le pongan una línea en la casa. La necesitará para la documentación, aunque tenga una carpeta bien llena en su ordenador.

Deja la cocina para el final. La estancia todavía huele al guiso que Hazel le había cocinado y que había calentado a la hora de la comida.

Ha fregado lo que ha ensuciado nada más terminar y, en ese momento, se dispone a inspeccionar con más atención lo que los Price le han dejado y hace una lista con los pocos ingredientes que va a necesitar, casi todo especias que tal vez no tengan en la tienda.

En cuanto se asegura de que la cocina está impecable, Noah se saca el teléfono del bolsillo y hace una videollamada que ha estado aplazando todo el día.

—Ya era hora, Noah —le saluda Stella en cuanto su rostro aparece en la pantalla de su móvil.

—Se supone que estabas trabajando.

—Siempre tengo tiempo para ti. Ahora, enséñame esa mansión.

—No es una mansión, Stella —le aclara—. Es la típica casa de estilo Cabo Cod, pero de tamaño reducido.

—No la he visto y ya tengo claro que el apartamento de Jason en Nueva York cabe en una de esas habitaciones.

Noah se ríe ante la broma de Stella, pero tiene razón. El minúsculo apartamento de su amigo en la Gran Manzana ocuparía la mitad del gran comedor de esa casa.

—Basta de cháchara. Ponme los dientes largos con esa preciosidad mientras me cuentas lo de ese tal Blaise y la dama Hazel.