Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Noah

A Noah se le encoge el corazón de añoranza a medida que se acerca a Ceapaire.

Hace demasiado que no va al pueblo de sus abuelos y la última vez fue uno de los días más tristes de su vida.

El paisaje no le resulta conocido, pero no puede evitar recordar toda la emoción y la ilusión que le embargaba cada vez que sus padres visitaban la localidad para dejarlo allí para pasar el verano.

Hay edificios modernos que no estaban la última vez que pasó por esas calles y que hacen que se sienta un poco extraño en un lugar que durante mucho tiempo conoció tan bien. Por suerte, tiene el GPS, que le lleva hasta la misma puerta de la casa familiar.

Deja el coche frente a la verja y se le forma un nudo en la garganta cuando desciende y se detiene a contemplar la que fue la casa de sus abuelos y su hogar durante las vacaciones estivales de su niñez y parte de su adolescencia.

Está exactamente como la recordaba, aunque parece algo más pequeña que el recuerdo de un crío.

—Veo que has llegado sin problemas —dice una voz de mujer a sus espaldas.

Se gira para encontrarse con una mujer mayor, apoyada en un bastón y con una sonrisa tan grande que apenas le cabe en el rostro.

—Estoy segura de que no te acuerdas de mí, pero yo no podría olvidarte —agrega la mujer, acercándose un poco más a Noah—. Soy Hazel Blaise. Era la mejor amiga de tu abuela.

Sonríe, al darse cuenta de que es la misma voz con la que ha hablado infinidad de veces por teléfono, aunque en persona suena un poco más frágil.

—Señora Blaise, me alegro de conocerla… O volver a verla.

—No te preocupes, cariño. Han pasado algunos años desde la última vez y no creo que recuerdes demasiado de aquel día…

Hazel sacude su cabeza, coronada por una melena blanca. Bajo la brillante mañana de finales de agosto, Noah puede ver que los ojos azules de la anciana se empañan por la emoción.

—Por Dios, Nana, te he dicho que me esperaras en el coche —dice una voz grave y masculina a sus espaldas.

Un hombre alto y vestido con llamativas prendas veraniegas se acerca a ellos con paso rápido.

Lleva las puntas del cabello teñidas de un rubio platino que reluce bajo el sol matutino y parece bastante preocupado cuando rodea los hombros de Hazel con un brazo y se inclina hasta que su rostro queda a la altura del de la mujer.

—No soy una inútil, Blay. Puedo caminar doscientos metros por una calle llana con mi bastón.

—Hazel se sacude el brazo de encima y se endereza, alzando la cabeza en un gesto de orgullo que hace que Noah sonría—.

Disculpa los modales de mi nieto. A veces me trata como si estuviera a las puertas de la muerte.

—Solo me preocupo por ti, Nana.

El gesto de Hazel se suaviza y palmea el brazo de su nieto con dulzura.

—Lo sé, cariño. Lo sé. Pero estoy bien y tenía ganas de reencontrarme con Noah. —De nuevo la anciana sacude la cabeza como si acabase de recordar algo—. Estoy siendo una maleducada. Este es mi nieto Blaise. Cariño, este es Noah, el nieto de Violet, mi mejor amiga de la infancia.

Estrecha la mano que Blaise le tiende y le dedica una sonrisa tímida.

Ese hombre es un poco intimidante. Debe sacarle cerca de diez centímetros, es bastante más ancho que él y su estilo de vestir es cualquier cosa menos discreto.

En esos momentos, lleva unas bermudas moradas con enormes flores amarillas, una camiseta de tirantes blanca y una camisa con el mismo dibujo floral, pero invirtiendo los colores.

Junto a la anciana Hazel, ataviada con un ancho y ligero vestido liso de color hueso, hacen una pareja de lo más curiosa.

—Será mejor que entremos para que puedas echarle un vistazo a tu casa. Empieza a hacer calor —advierte Hazel, señalando la edificación con el bastón.

La anciana entrelaza su brazo con el de su nieto y se acerca a la puerta, que abre con una llave que saca del pequeño bolso de rafia que lleva cruzado sobre el pecho, antes de sacar otro juego y tendérselo a Noah.

—Tuvimos que cambiar la cerradura hace unos meses, como ya te comenté. Aquí tienes copias de todas las llaves; no creo que las que tienes abran ninguna de estas puertas, después de tantos años y tantos cambios. —Hazel ríe, como si lo que ha dicho fuera muy gracioso.

Noah sonríe, más porque le hace gracia lo feliz que parece la mujer que porque haya entendido la broma.

Unos segundos después, Hazel sube los dos escalones que llevan a la puerta principal con la ayuda de su nieto y hace girar otra llave en la cerradura. La anciana se hace a un lado y le hace un gesto para animarlo a entrar.

Noah toma aire y se prepara para que los recuerdos lo asalten en cuanto atraviese ese umbral.

Casi siente alivio por los cambios que puede apreciar.

Poco queda de la casa que su memoria de niño había atesorado, hasta que recuerda que su madre hizo una reforma unos años después de que su abuela muriera.

Por desgracia, Noah estaba en plena adolescencia y se negaba a pasar las vacaciones en un pueblo en lugar de con sus amigos.

Al menos, esa era la excusa que siempre ponía, porque echaba demasiado de menos a su abuela y era lo bastante inmaduro para no poder reconocerlo.

Tarda unos segundos en recomponerse y, cuando lo hace, se gira para observar a la mujer, que no ha apartado la mirada de Noah, pero tampoco ha borrado la sonrisa.

—No sé cómo darle las gracias por haberse asegurado de que la casa no se viniera abajo —le dice a Hazel cuando se da cuenta de que la casa no huele ni a cerrado ni a humedad.

—Ha sido un placer. Aunque tengo que confesarte algo. —Hazel se adentra en la casa y se apoya en el mueble del recibidor con un suspiro—. Ha sido Blay el que se ha encargado de darle un repaso a la casa de Violet en los últimos años. Ya estoy demasiado mayor para subir a los dormitorios.

Noah se gira para mirar a Blaise, que sigue en el umbral de la puerta principal.

—Gracias.

—No tienes por qué darlas. Mi abuela me habría desheredado si llego a dejar que le ocurra algo a esta casa —bromea el hombre con tono divertido.

—No le hagas caso. Es un bromista —le advierte Hazel, haciendo un gesto con la mano en dirección a su nieto, como si quisiera descartar sus palabras—. Sube a la primera planta si quieres asegurarte de que todo está en orden.

—No hace falta, señora Price. Estoy seguro de que está todo igual de cuidado que lo que tengo delante.

—Hazel. Me llamo Hazel. No me hagas sentir más anciana de lo que ya lo hacen mis huesos.

Le sonríe a la mujer antes de tenderle el brazo.

—Deja que te acompañe hasta el salón, Hazel. Así yo puedo subir el equipaje.

—Claro, claro. No te preocupes por mí, cariño. Blay puede ayudarte con las maletas.

A pesar de las protestas de Hazel, Noah se encarga de guiarla hasta la mesa del comedor. Se le corta la respiración al darse cuenta de que es la misma bajo la que se escondía para que su abuelo no le encontrara cuando se enfadaba con él por hacer alguna trastada.

—No hace falta que me ayudes, tampoco he traído tantas cosas. Con un par de viajes tendré suficiente.

—Si lo hacemos los dos, bastará con uno —le responde Blaise, mirándolo por encima del hombro ya de camino a la puerta.

En apenas cinco minutos, tiene las tres maletas en la habitación principal.

Pensó que le resultaría extraño quedarse en el dormitorio de sus abuelos, pero su madre hizo un gran trabajo con la reforma, porque en esa estancia no hay nada que evoque al que fue en su niñez.

Aunque sí hay detalles que le hacen pensar en su progenitora.

Blaise le ha dejado solo en cuanto ha depositado los bultos en el suelo y se lo agradece, porque necesitaba unos segundos de calma para enfrentarse a los recuerdos.

Coge la mochila y regresa a la planta baja. Va directo al que fue el despacho de su abuelo. No hay ni rastro de los viejos y pesados muebles que lo vestían en su infancia; en su lugar, hay un mobiliario claro y funcional.

Deposita la bolsa sobre el escritorio y regresa al comedor, donde Hazel y Blaise lo esperan.

—Siento no poder ofreceros nada…

—Te he llenado la nevera —le corta Blaise—. No sabía lo que te gustaba, así que hay un poco de todo.

Camina hasta la cocina y abre el frigorífico, impresionándose al comprobar que está a rebosar de todo tipo de alimentos. Puede imaginarse la cantidad de recetas maravillosas que puede hacer con todo eso.

—Si no te gusta algo o no vas a usarlo, puedes devolverlo a la tienda o donarlo. —La cercanía de la voz de Blaise le sorprende.

—No te preocupes. Tengo intención de usarlo todo.

—¿Te gusta cocinar?

—¡Me encanta! Desde que dejé mi trabajo de oficina, es uno de mis grandes placeres. Mis amigas van a echarme de menos hasta que regrese. —Cierra la nevera y le echa una mirada a los armarios.

—También están abastecidos.

—Gracias. Me has ahorrado un viaje al ultramarinos. Deberías dejarme la dirección de la tienda para cuando tenga que reponer. No sé si sigue estando donde lo recuerdo.

—Tenemos la tienda a un par de calles. —Blaise señala en esa dirección.

—¿Eres el propietario del ultramarinos de Ceapaire?

—No exactamente. Es el negocio familiar.

Nana suele estar todo el día allí porque le encanta hablar con la gente que va a hacer la compra, pero tenemos a alguien que se encarga de atender por las mañanas.

En las tardes suelo estar yo y, en ocasiones, mi hermana o mi cuñado.

Y sí, sigue siendo el mismo desde hace cincuenta años.

—Me veréis mucho por allí —promete.

—Si quieres algo en concreto que no tengamos en la tienda, podemos pedírtelo, así que puedes llamar a mi abuela para encargárselo y te avisaremos cuando lo tengamos.

—Servicio personalizado. Eso es algo que no tenemos en la ciudad.

—Tenemos muchas cosas que no hay en la capital y también algo de aburrimiento. —Blaise le guiña un ojo antes de regresar al comedor.

Asoma la cabeza por la puerta para ver a sus invitados.

—¿Qué puedo ofreceros?

—Una limonada para mí, cariño —responde Hazel con una sonrisa.

—Que sea una cerveza —añade Blaise.

—Marchando.

Se sienta frente a Hazel en la mesa del comedor tras dejar las bebidas sobre la madera.

—Te pareces tanto a tu madre y a tu abuela…

—¡Nana! —le recrimina Blaise a Hazel.