Un otoño en Ceapaire
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PRÓLOGO
Noah
Noah Lee mete las últimas prendas en la maleta, ignorando el hueco en el armario que le recuerda que, hace unas semanas, lo compartía con otra persona.
Durante ese tiempo no ha tenido ni el valor ni las ganas de llenar los huecos que ha dejado en su apartamento y en su vida, pero eso está a punto de cambiar.
Cierra la cremallera de la última maleta y luego acude al despacho para asegurarse de que no se deja lo más importante: el motivo que le vale de excusa para dejar Boston atrás y refugiarse en el lugar en el que no recuerda haber sentido nunca la tristeza.
Al fin y al cabo, puede hacer su trabajo desde cualquier lugar del mundo.
No necesita hacerlo ni desde Boston, su lugar de residencia habitual, ni desde Nueva York, donde trabaja Lucy, su editora.
O, al menos, antes podía hacerlo. Porque lleva semanas sin escribir más de un párrafo, que acaba borrando porque le parece horrible.
No quiere pensar que Castiel tenía razón y que todas sus ilusiones, sus sueños y su futuro se van a desmoronar frente a él después de haber tocado el éxito con la punta de los dedos.
Mete el portátil, en el que guarda los pocos capítulos que ha escrito de su nuevo manuscrito, en la mochila, así como un par de discos duros y varios pendrives en los que tiene documentación, otros proyectos terminados o a medio escribir,
y un montón de ideas que espera que en algún momento tenga tiempo y ganas de desarrollar.
En el último instante decide llevarse también los capítulos impresos del manuscrito en el que está trabajando y que están llenos de anotaciones que debería transcribir al documento en algún momento.
Lleva la última maleta y la mochila hasta la entrada, donde ya está el resto del equipaje que ha preparado para su viaje. Al fin y al cabo, si todo sale como espera, pasará fuera de la ciudad unas cuantas semanas.
Escucha sonar el teléfono en algún lugar de su habitación y camina con paso rápido hacia allí. No necesita ver quién llama para saberlo y, como no lo coja antes de que deje de dar señal, se arrepentirá.
—¿Por qué me has hecho esperar? Estaba a punto de colgar —dice la cantarina voz de Stella, una de sus mejores amigas.
—Estaba terminando de preparar el equipaje. No es tan fácil cuando no sabes cuánto tiempo vas a estar fuera.
—Ni que Ceapaire estuviera a cinco jornadas a caballo de Boston. Además, si necesitas algo, Eli y yo estaremos encantadas de hacer una escapadita para verte. ¡Qué demonios! Pensamos hacerla de todos modos.
Noah suelta una carcajada y luego una extraña sensación de añoranza le invade. Stella, Eliana y Jason son lo más parecido a una familia que le queda y va a tener que conformarse con tenerlos al otro lado del teléfono, al menos, hasta que acabe ese maldito manuscrito.
—Es una hora en coche, Noah —susurra Stella, como si le estuviera leyendo la mente—.
Si nos necesitas, estaremos ahí antes de que puedas echarnos de menos, y tú también puedes venir cuando quieras.
Tu editora no va a encadenarte al escritorio como si fueras un delincuente condenado a trabajos forzosos.
—Eres la más graciosa, Stella.
—Lo sé. Y la más guapa y la más inteligente, que siempre se te olvida decírmelo.
—Y tienes la autoestima muy alta —añade Noah, sin poder dejar de sonreír.
—Eso también.
Una de las cosas que más le gustan de Stella es que siempre consigue arrancarle una sonrisa. Eliana es mucho más práctica y seria, aunque no dudaría ni un segundo en llevárselas a ambas a la guerra.
—Quiero un house tour en cuanto llegues —le advierte Stella.
Noah es consciente de que la conversación va para largo, así que mete la cena en el horno y se sienta en el sofá en la oscuridad.
—Primero tendré que asegurarme de que está en condiciones.
—¿No se supone que le estabas pagando a alguien para que la mantuviera en buen estado?
—Así es. La mejor amiga de mi abuela se encarga de las reparaciones y de limpiar —aclara Noah, levantándose para abrir las ventanas y que corra un poco el aire ahora que ha anochecido.
—No quiero ser maleducada ni nada por el estilo, pero no sé yo si una señora de la edad de tu abuela tiene capacidad para encargarse de algo así.
—No lo hace ella, no seas idiota. Se encarga de visitar la casa, comprobar que todo está correctamente y, si hay que reparar algo, contrata a un profesional para que lo haga. Eso incluye una persona que limpie de vez en cuando. —Suspira, recordando cómo empezó todo.
»Es algo que ya hacía mi madre. Desde que murió la abuela Violet, su mejor amiga, Hazel, se ha hecho cargo de la casa.
—Noah, sé que necesitas alejarte de Boston y del recuerdo del innombrable, pero… ¿Estás seguro de que es una buena idea irte a Ceapaire?
Entiende las preocupaciones de Stella, pero esa decisión no es producto de un impulso, sino de horas de meditar los pros y los contras y sopesar todas las consecuencias.
—Ya lo hemos hablado, Stella —le recuerda a su mejor amiga, intentando sonar seguro y firme, aunque en el fondo tiene miedo de estar equivocándose.
—Lo sé, Noah. Solo quiero asegurarme de que estés bien. Y que sepas que si cambias de opinión, puedes volver a Boston y lo intentaremos contigo.
Se le escapa un suspiro de alivio. No era consciente de que necesitaba escuchar esas palabras hasta que se las ha oído pronunciar a su amiga.
—Al menos tengo que intentarlo, Stella. Aquí no está funcionando. Hace semanas que no escribo nada publicable y tengo una fecha de entrega que cumplir. No puedo alargarlo más.
Camina hasta la cocina cuando escucha la alarma del horno anunciando que su cena está lista.
—¿Te has puesto a cocinar la noche antes de dejar la ciudad? —Stella parece desconcertada al otro lado del teléfono.
—Es algo que tenía congelado. He avisado a Lindsay para que se lleve todo lo que encuentre en la nevera y el congelador, o abierto en los armarios.
Escucha un gemido de sorpresa e indignación, y se le dibuja una sonrisa en los labios.
—Me ofende que no me hayas pedido a mí que me lleve todos los tápers que tienes con las sobras de esos deliciosos platos que cocinas.
—Por favor, como si no te los preparara cada vez que vienes a mi casa. Y recién hechos, además.
—Pero tú te vas. —Lloriquea su amiga.
—No por mucho tiempo. Además, tú misma has dicho que estoy a una hora. Si quieres comida casera rica, ven a verme.
—Sigue dándome motivos para que me instale en la casa de tus abuelos, que te recuerdo que yo teletrabajo.
—No creo que a tu novio le haga mucha gracia —le recuerda, por si se ha olvidado de que Tommy, su pareja, es mecánico y propietario de un taller en las afueras que funciona muy bien.
—Gracias por explotar mi burbuja de felicidad, amigo.
—De nada. Para eso estamos.
—¿Cuál es el plan para mañana? —se interesa Stella.
—Saldré a primera hora. Ya tengo todo preparado y Lindsay sabe que tiene que cambiar las sábanas y bajar la basura.
—Y llevarse la comida rica.
—¿Dejas que cene mientras la comida esté caliente? —Remueve las verduras con el tenedor y el olor hace que se le abra más el apetito.
—Mándame un mensaje en cuanto llegues a Ceapaire para que me quede tranquila. Y llámame si tienes sueño y necesitas que te dé conversación.
—Lo haré, no te preocupes —responde, intentando tranquilizar a Stella.
—Y no olvides que te queremos.
Se le ablanda el corazón en cuanto escucha esas palabras.
—Yo también os quiero a vosotras. Y os voy a echar muchísimo de menos.
—Lo sé.
Cuelga mientras la carcajada sigue resonando en la cocina, donde se ha sentado a cenar. En cuanto termine, se irá a la cama y se pondrá alguna película que le ayude a quedarse dormido pronto.
Le espera un largo y emocionante día.