Un oscuro olvido Epílogo #4
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Epílogo #4

Se sintió aterrorizado solo de pensar que estuviera allí, atrapada con una piel de sombra. Cogió el mango de su hacha, dejó a Lamento en la puerta y se dirigió a la casa.

Nada más entrar, oyó unos pasos en la planta superior. Echó un vistazo al techo lleno de moho y subió las escaleras que llevaban a la segunda planta.

Alguien estaba ahí arriba, moviéndose de un lado a otro. Se le aceleró el corazón. Si era uno de esos monstruos… Si tenía a Emeline…

Tenía que llegar hasta ella.

Recorrió el pasillo iluminado por el sol. El suelo de madera crujía bajo sus pies mientras se dirigía hacia el ruido. Al llegar a la habitación de la que salía, blandió el hacha y entró por la puerta abierta.

Pero antes de que pudiera atacar, alguien le puso un cuchillo en el cuello.

—Baja el arma —ordenó Emeline con los dientes apretados. Lo miró con los ojos entornados y lo hizo retroceder hacia el marco de la puerta.

Albar obedeció, perplejo.

El hacha cayó al suelo con un golpe sordo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, apretando más la hoja contra su cuello. Por detrás, salvo por algunos muebles volcados, no había nada.

Albar alzó las manos para demostrarle que no tenía ninguna intención de hacerle daño.

«¿A qué viene tanta hostilidad?».

—Corvus me ha dicho que había problemas por aquí, así que he venido —contestó—. ¿Qué haces tú aquí?

—Sable me ha mandado una nota. ¿Cómo sé que no eres una piel de sombra?

Albar frunció el ceño. Allí no había ni rastro de Corvus ni de Sable. Y, ahora que lo pensaba, si sus amigos hubiesen estado en peligro de verdad, ¿habrían tenido tiempo de escribir notas?

«La primera vez la cagaste alejándote de ella. Quizá esta vez deberías hacer lo contrario».

Oh.

—Nos han engañado —comprendió él en voz alta.

—¿Qué?

El frío y afilado metal le recordó que todavía estaba en peligro.

—Que Corvus y Sable nos han engañado —repitió, mirándola a los ojos—. No hay ninguna piel de sombra.

No estaba completamente seguro, pero tenía un pálpito bastante fuerte.

—¿Y cómo sé que no me estás tendiendo una trampa?

—Si dejas de amenazarme con el cuchillo, te ayudaré a buscar por la casa y los terrenos.

—¿Y cómo sé yo si eres humano?

«Humano». La palabra resonó en su interior.

«Siento ser yo quien te lo diga, pero eso es lo que hacemos los humanos…».

Otro pedacito de un recuerdo.

«Nos hacemos daño. Nos peleamos, y fracasamos, y no estamos a la altura de lo que nos proponemos. Estamos un poco rotos por dentro, todos y cada uno de nosotros. Si no eres capaz de soportar eso, quizá no merezcas ser humano».

Albar frunció el ceño, tratando de recordar quién había pronunciado esas palabras, pero el recuerdo se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido. Volvió a disiparse entre la neblina de su olvido.

Emeline, que lo estaba observando con atención, debió de ver algo en su rostro que puso fin a sus sospechas, porque bajó el arma y dio un paso atrás.

—Yo puedo terminar de buscar por la casa. Tú echa un vistazo fuera. Nos vemos abajo cuando hayamos terminado.

Albar asintió.

—Llámame si me necesitas.

Ella no contestó.

Salió a mirar por las inmediaciones, pero no encontró más que unos pocos rastros de vida salvaje: una familia de ciervos, un zorro joven, varios gorriones… Nada malvado.

Cuando volvió al interior de la casa, encontró a Emeline en el salón principal, con la mirada perdida en la chimenea. Se estaba abrazando a sí misma, apretujándose los brazos.

—¿Va todo bien?

Dio un respingo al oír la voz de Albar y se volvió para mirarlo.

Fue entonces cuando él se dio cuenta de que no era la chimenea lo que estaba mirando, sino la trampilla que había delante, en el suelo, que estaba abierta.

—He mirado en toda la casa y no he encontrado nada. El único sitio que me falta es… —Desvió la mirada hacia la trampilla.

—Ya bajo yo —se ofreció él, que se había dado cuenta de que ella no tenía ningún deseo de hacerlo.

Negó con la cabeza.

—Bajemos los dos.

Albar encendió un candil y bajó primero. Parecía un sótano. Olía a tierra húmeda y a vino viejo y, cuanto más bajaban, más frío hacía. Pero no era un frío normal. Era otra cosa.

Cuando llegó abajo, se estremeció.

La luz de su lámpara se meció por el sótano. Las paredes estaban llenas de botelleros, y en el fondo…

Entornó los ojos, tratando de distinguir lo que había.

¿Eran aquello unas esposas encadenadas a la pared?

Se volvió hacia Emeline con la intención de preguntarle y la descubrió mirando hacia el mismo lugar. Estaba mucho más pálida que hacía un minuto.

Recordó las historias que Corvus le había contado, lo que el Mago Cantor le había hecho a la madre Emeline, a Rose Lark.

«Aquí fue donde la encerró —comprendió—. Y ella lo sabe».

Y, antes de pensar en contenerse, Albar la atrajo hacia sí y la abrazó. Al ver que no se resistía, que también ella lo rodeaba con los brazos, que también ella lo estrechaba con fuerza, le acarició la nuca con la mano y la volvió para apartarla de lo que había al fondo del sótano.

—Ahora está a salvo —susurró mientras le acariciaba el pelo—. Ya no puede hacerle daño.

Y, con el rostro enterrado en su pecho, Emeline asintió. Sin dejar de abrazarlo.

Era suave y cálida, y encajaba entre sus brazos como si estuviese hecha para ellos. Y era esa perfección lo que con más fuerza lo golpeó. Como si aquel fuese justo el lugar que le correspondía.

Albar empezó a tararear una dulce melodía para reconfortarla.

—¿De qué conoces esa canción? —susurró ella, levantando la vista.

Él se puso tenso.

—Yo… no lo sé. Estaba ahí, en mi cabeza.

—Es una de las preferidas de mi yayo.

Vaya. Emeline lo había llevado a visitar a Ewan Lark un puñado de veces, pero no había visto al anciano desde… En fin, desde que había empezado a evitarla a ella.

—¿Podemos irnos? —susurró ella.

Él asintió. No había ninguna piel de sombra merodeando por allí, así que no hacía ninguna falta que se quedasen.

Entrelazó los dedos con los suyos y la condujo escaleras arriba y al exterior de la casa, donde la esperaba su yegua.

Volvieron el uno al lado del otro. Se detuvieron al llegar a los establos de la ciudad, y Albar bajó de Lamento y esperó a que Emeline le quitase la montura a su caballo para luego acompañarla a casa.

Vivía en una casita adosada con el tejado de terracota, un regalo del Rey del Bosque. Allí, cuando llegaron a la puerta principal, Emeline se volvió para mirarlo. Por un instante, pensó que tal vez lo invitara a pasar. Lo temió, más bien. Si lo hacía, no sería capaz de negarse.

Pero se limitó a decir:

—Buenas noches, Albar.

Entró en la casa y cerró la puerta tras ella.

Esa noche, los pensamientos se amotinaron en su mente.

Para tratar de acallarlos, se fue a dar un largo paseo por los bosques a lomos de Lamento.

Pasaron por la finca del Mago Cantor. Pasaron por el Latido.

Se alejaron más de lo que él se había alejado nunca, al menos desde que había vuelto a ser él.

Por fin se detuvieron en la cima de un despeñadero que daba a un escarpado desfiladero. Las luces de la Ciudad del Rey refulgían en la distancia. Era una noche tranquila. Lo único que se oía era su respiración y la de su ascuaballo.

Albar no estaba muy seguro de qué esperaba hallar allí. Lo único que había encontrado era a él mismo: un hombre que deseaba lo que tenía miedo de tener.

—¿Qué, lamentándonos?

Albar y Lamento se volvieron a la vez. Sable se acercaba desde detrás, montada a horcajadas en su caballo.

¿Cómo lo había encontrado? Si ni siquiera él sabía adónde iba hasta que había llegado allí.

La chica se detuvo al lado de Lamento.

—¿Encontrasteis a la piel de sombra?

Le dirigió una mirada penetrante.

—¿Había alguna?

Ella esbozó una media sonrisa, pero no respondió.

El cielo empezaba a aclararse. Mientras miraban hacia el desfiladero, que el sol naciente empezaba a teñir de dorado, se hizo un silencio entre los dos.

Albar se pasó una mano por el pelo.

—Le hice algo terrible —dijo—. ¿Quién sabe si no se lo volveré a hacer?

«¿Quién sabe si no estará mejor con otra persona?».

—Fuiste un idiota, eso está claro —replicó Sable—. Pero tenías buenas intenciones. Pensabas que si se quedaba contigo tiraría su vida a la basura. Hiciste lo que hiciste porque creías que no te la merecías. Y, francamente, ahora estás haciendo lo mismo.

—¿Qué? —Se volvió hacia ella, que lo estaba atravesando con su mirada dorada—. ¿Cómo?