Epílogo #5
—Le robaste el poder de decisión quitándole los recuerdos, y ahora se lo estás volviendo a quitar quitándote tú de en medio.
Así que, si quieres ser mejor, lo único que tienes que hacer es dejar de comportarte así.
—Sable hizo que su caballo diese media vuelta para volver—.
Confía en ella —le dijo, antes de desaparecer entre los árboles—.
Deja que elija ella. Pero tienes que darte prisa.
El Rey de la Escarcha parte al amanecer.
Albar miró al cielo, que el alba ya estaba tiñendo de rosa.
«Mierda».
Albar y Lamento cabalgaron a toda velocidad a través de la espesura, directos a palacio. Sin embargo, ni siquiera una ascuaballo podía ser más rápida que el sol.
Llegaron demasiado tarde. El Rey de la Escarcha ya se había marchado.
—Igual todavía los pillas, si cabalgas rápido —le dijo uno de los setonelas de la puerta.
Lamento pareció tomárselo como un desafío personal, porque alcanzó a la comitiva del rey en menos de quince minutos. Se plantó unos metros por delante de ellos y se negó a moverse, sacudiendo las crines y relinchando con furia.
—¡Sooo! —gritó el conductor del carruaje para detener a los caballos, obligando al séquito entero, que serpenteaba como un lazo hacia la ciudad, a detenerse también.
—¿Qué significa esto? —preguntó en tono exigente el Rey de la Escarcha, asomando por su carruaje.
Albar miró aquellos ojos gélidos.
—Necesito hablar con Emeline.
El rostro del monarca se ensombreció.
—Has agotado a tu caballo para nada.
—No pienso irme hasta que no hable con ella.
—La Maga Cantora no está aquí.
«¡¿Cómo?!». Albar frunció el ceño.
—¿Acaso no la invitasteis a ir con vos a la Corte del Invierno?
—Así lo hice, y ella se negó. Y ahora quítate del medio, o a mi carruaje no le quedará más remedio que pasarte por encima. —Se metió dentro y ordenó al cochero que continuara.
«¿Que se negó?».
Albar se hizo a un lado para que el rey y su séquito siguieran su camino. Al pasar, comprobó que, en efecto, el monarca estaba solo en su carroza. Miró también los demás caballos, pero Emeline no iba a lomos de ninguno de ellos.
«¿Es verdad? ¿Te vas a la Corte del Invierno?».
«A no ser que alguien me dé una razón para no hacerlo».
«¿Qué clase de razón?».
«No sé, Albar. Dímelo tú».
Hizo girar a Lamento y los dos echaron a volar a través del bosque. Sin embargo, cuando Albar trató de conducir a la ascuaballo hacia la casa de Emeline, la yegua se negó. La espoleó clavándole con fuerza los talones y tiró de las riendas, pero Lamento ignoró sus indicaciones.
«¿Adónde me llevas?».
Cuando la yegua se detuvo al fin, obtuvo una respuesta a su pregunta.
Estaban en el Latido, delante del roble gigantesco.
Porque, por supuesto, ella estaba allí.
Albar desmontó y se dirigió al árbol. Casi había llegado cuando la puerta se abrió y salió Emeline, vestida con unos vaqueros gastados y una camiseta. Llevaba el pelo oscuro recogido en una cola de caballo y un montón de partituras debajo del brazo.
Al verla, Albar casi se desplomó de alivio.
Y ella, al verlo a él, se quedó paralizada.
—No te has ido —dijo Albar, acercándose. Atraído hacia ella como un imán—. ¿Por qué?
El pulso se le aceleraba más cuanto más cerca estaba de Emeline. Cada paso que daba parecía ser un paso en la dirección correcta. «Bien». Tal vez su mente no recordara, pero su cuerpo sí.
Su cuerpo sabía.
Ella apartó la vista y tragó saliva.
—¿Qué quieres, Albar?
Llegó hasta ella.
—A ti —confesó, empujándola contra la puerta del árbol y acunando su rostro entre sus manos—. Quiero a la chica que me persigue en sueños.
Ella frunció el ceño, como si se estuviese preguntando si decía la verdad. Alzó la mano que tenía libre y le acarició el pelo con los dedos, estudiándolo con la mirada.
—No podía irme con Kaede —susurró, como si estuviese revelando un horrible secreto—. En el fondo, no quería irme con él. Solo quería huir de… De no poder tenerte nunca.
Albar agachó la cabeza y sonrió con la boca pegada a su cuello.
—No tienes ni idea de lo que me alivia oírte decir eso. —Estaba cansado de intentar no quererla—. Cada día que paso sin verte siento que me ahogo —admitió—. Como si alguien me dejara sin aire y no pudiera respirar…
Emeline soltó las partituras, y cayeron desperdigadas por el suelo.
Ninguno de ellos perdió el tiempo en recogerlas.
Ella le besó la mandíbula. La mejilla. La frente. Cada segundo que pasaba, su boca se tornaba más urgente. Deslizó las manos bajo su camiseta, dejándole claro que no era él el único que estaba torturado por el deseo.
Y Albar capturó sus labios. No quería parar. Ella lo cogió del cinturón y apretó sus caderas contra él, y entonces gimió, porque no era suficiente.
Albar se rio, con la boca pegada a la suya.
—Quiero que vengas a casa conmigo —le dijo.
Ella le mordisqueó el cuello.
—Yo también quiero.
—Bien, me alegro de que hayamos llegado a un acuerdo. —Bajó las manos a los botones de sus vaqueros y se los desabrochó. Luego le bajó la cremallera y se puso de rodillas.
—¡Albar! —exclamó Emeline, agarrándolo del pelo—. ¡¿Qué haces?!
—Recordar cómo respirar.