Epílogo #3
—Y te he visto con el Rey de la Escarcha.
Ella se apoyó en la balaustrada.
—Ah, sí. Quería que se lo enseñara.
¿Por qué? ¿Qué pretendía el monarca? Albar dio otro paso hacia ella.
—No eres guía turística. No tienes por qué concederle todos los caprichos.
—¿Qué? —Frunció el ceño—. Yo no… —Negó con la cabeza—. Me gusta pasar tiempo con él.
Esas palabras se le clavaron en las entrañas como un puñal.
—Ni siquiera lo conoces.
—Ah, ¿no? —repuso ella, alzando la barbilla, desafiante.
—No lleva aquí ni una semana.
—Dos semanas —le corrigió ella—. Y te equivocas. Sí que lo conozco. Sé que es atento. Y considerado. Y encantador.
«Todo lo que tú no eres», era lo que insinuaba.
Le dolió. Pero no se quitó la máscara de indiferencia. Ella no podía saber que le importaba.
—Y sé que él disfruta de mi compañía —añadió Emeline con cierta amargura.
—Al menos deberías llevar una carabina cuando estés con él.
Enarcó las cejas, incrédula.
—¿Una carabina? —Se echó a reír—. ¿Me estás hablando en serio?
Dio un paso más hacia ella. Ya solo los separaba un último paso.
—¿Cómo sabes que no representa un peligro para ti?
Estaban tan cerca que podía contar sus largas pestañas negras. Podía acercarse un poco más y besarla si quería. Al fin y al cabo, soñaba con su boca muy a menudo.
—¿Y a ti por qué te importa eso de repente? —preguntó, acallando sus pensamientos.
Los interrumpió el sonido de unas trompetas que anunciaba la llegada de alguien importante. Emeline miró tras él.
—Debe de ser Kaede…
—Vaya, si os tuteáis y todo.
Emeline lo ignoró y pasó por su lado en dirección al salón de baile.
Albar recordó la mano del rey en la parte baja de su espalda.
«Desde entonces son inseparables», resonó la voz de Corvus en su mente.
Un sentimiento abrasador le llameó en el pecho, más ardiente que nunca.
«¿Qué más te da? —le preguntó una voz entrometida en su interior—. De todos modos, no es para ti…».
Lo sabía, pero no quería que le hicieran daño. Ni él ni nadie.
Albar fue tras ella. La siguió a través de las cortinas y luego se puso delante, cortándole el paso.
Ella se paró en seco.
—¿Qué problema tienes? —le espetó con voz cortante. Pero su mirada era todavía más cortante.
—Estoy tratando de…
Algo que había tras él llamó la atención de ella. La chispa de su mirada se apagó. E, igual que había ocurrido la noche anterior, bajo la lluvia, pareció marchitarse ante sus ojos.
—Ha llegado Álamo —murmuró con voz apagada—. Deberías ir a bailar con ella.
Él frunció el ceño.
—¿Qué te hace pensar que tengo interés en bailar?
Volvió a clavar en él su mirada oscura.
—Esto es un baile, Albar. Aquí se viene a bailar.
—Bueno, pues yo no he venido a eso. —Dio un paso al frente, obligándola a retroceder al balcón, a través de las cortinas.
—¿Y a qué has venido?
—A advertirte —contestó, haciéndola retroceder.
—Sobre Kaede.
Emeline suspiró. De repente, la golpeó una ráfaga de viento frío y se estremeció. Albar bajó la vista y vio que tenía la carne de gallina en los brazos desnudos. Se desabrochó la chaqueta, se la quitó y se la puso sobre los hombros.
—¿De verdad te vas a ir con él mañana?
Cobijada bajo su abrigo, Emeline alzó el rostro hacia él y lo miró con desconfianza.
—¿Nos estabas espiando?
—¿Es verdad o no? ¿Te vas a la Corte del Invierno?
A ella le brillaban los ojos.
—Kaede me ha invitado. Y nuestro rey me ha concedido el permiso.
—Y tú vas a ir.
Emeline se arrebujó bajo la chaqueta.
—A no ser que alguien me dé una razón para no hacerlo.
«¿Una razón para no hacerlo?».
La recordó la noche anterior en el patio de su casa.
«¿Por eso vino?».
—¿Qué clase de razón?
Vio una chispa en sus ojos negros.
—No sé, Albar. Dímelo tú.
Se hizo un silencio entre los dos mientras él la observaba. Mientras recorría con la mirada cada una de las líneas que dibujaban su rostro. Los pómulos, las cejas, los labios, la mandíbula. Mientras trataba de obligarse a que resurgiera algún recuerdo. Cualquier recuerdo.
—Debería irme —susurró ella, y se dio la vuelta para hacer justo eso.
Pero él la agarró de la muñeca y la detuvo.
Ella lo miró. Detuvo la mirada sobre su boca.
Y a él no le hizo falta nada más para rendirse.
No tenía ninguna razón para darle. Solo tenía sus deseos. Unos deseos que llevaba semanas tratando de reprimir, temeroso de que lo obligaran a hacer justo lo que había jurado que no haría.
Le acarició el rostro con la mano que tenía libre. Y, cuando su pulgar se aventuró a rozarle el pómulo, Emeline exhaló un aliento tembloroso. Diciéndole sin palabras lo que deseaba.
«Este no era el plan —le advirtió esa voz interior—. Se supone que tienes que mantenerte alejado de ella».
Pero Albar había caído presa de su hechizo, y no podía hacerle caso a esa voz, por mucho que quisiera.
Presionó los labios contra los de ella.
No fue un beso casto. Y, sin duda, no fue el beso de un desconocido.
Fue desesperado, salvaje y posesivo. Albar le quitó el pasador del pelo para deshacerle el moño, para que su melena cayera en cascada por su espalda, y enterró las manos en ella para besarla aún con más ganas. Como si estuviera muerto de hambre.
Emeline no vaciló. Deslizó las manos por su pecho; rodeó sus hombros con los brazos. Tan hambrienta como él.
Y su sabor despertó cosas que Albar tenía profundamente enterradas. Cosas que resurgieron, que reflotaron, que parpadearon a través de él.
Flores tejidas en las cuerdas de su guitarra.
Sopa de tomate en cuchara de madera.
Una alfombra blanca frente al fuego de la chimenea.
Como una luz fracturada tras una oscuridad demasiado larga.
Los recuerdos, que eran más bien pedacitos de recuerdos, iban y venían a tanta velocidad que apenas podía descifrarlos.
Pero no le importaba. No estaba soñando; estaba despierto.
Estaba completamente despierto. Y esos fragmentos de su pasado estaban allí de verdad.
No los había perdido para siempre.
Bajó la boca por su cuello; quería más. Estaba perdiendo el control. Le arañó la piel con los dientes, y a ella se le escapó un gemido, y a él le gustó. Demasiado. Pero no había ido para eso…
Cuando volvió a capturar su boca, Emeline se puso rígida. Como si algo no fuese bien. Plantó ambas manos sobre su pecho y lo empujó, forzando un espacio entre los dos.
—Sabes a magia —le dijo, jadeando.
Él la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—¿Te ha dado Ortiga algo de beber?
«¿Ortiga?».
Recordó a la cambiaformas con aspecto de búho. Le había guiñado un ojo después de ver cómo se bebía el whisky de un trago. Un whisky que le había dado ella.
Todavía notaba el regusto extraño que le había dejado en la boca, dulce y picante a la vez.
Emeline parecía alicaída.
—Estás hechizado, Albar.
Estaba a punto de negarlo, pero ella lo interrumpió.
—No lo recuerdas —le explicó—, pero los hechizos de Ortiga te llevan a hacer cosas que no quieres hacer.
«Como besar a gente a la que no quieres besar», fue la parte que no dijo.
Solo que él sí quería besarla. Llevaba semanas soñando con hacerlo.
Ese era el problema.
—Yo…
Ella ya se estaba alejando de él. Alargó una mano para cogerla, pero no la alcanzó, y desapareció a través de las cortinas.
—¡Emeline!
Se había ido. Albar volvió al salón de baile a buscarla. Vio a Álamo bailando con Corvus. Vio a la cambiaformas que le había dado el whisky. Le sonrió y alzó su copa, como brindando con él.
Albar miró tras ella, buscando a la chica que había perdido.
Allí estaba, al lado de Grace. Luchando por borrarse las lágrimas de los ojos. Grace llevaba un vestido rosa pálido y rosas en el pelo. Le estrechó el hombro a Emeline, tratando de consolarla.
Albar fue hacia ellas.
Pero alguien llegó primero. Alguien vestido de los colores azules y gélidos de la Corte del Invierno.
Albar se paró en seco y observó cómo Emeline alzaba la vista hacia el rey. El joven le tendió la mano con el ceño fruncido de preocupación. Cuando ella la aceptó, la condujo hacia la pista de baile, con la cabeza inclinada para hablarle en susurros y una mano suavemente apoyada en su cadera.
Mientras Albar los observaba, no pudo evitar hacerse una pregunta.
¿Y si aquel rey no representaba ningún peligro? ¿Y si, simplemente, se había prendado de ella?
Y, lo peor de todo: ¿y si era el hombre que ella se merecía?
Albar pasó casi todo el día siguiente cortando leña. Estaba intentando alcanzar el agotamiento. Intentando expulsar de su mente el recuerdo de la noche anterior, del sabor de los labios de Emeline, del tacto de su pelo.
De repente, un cuervo bajó volando en picado e interrumpió su tarea. Dejó caer una nota sobre el tajo y luego se posó sobre la rama de un arce cercano y le graznó.
Albar reconoció al pájaro: era uno de los compañeros de Corvus. Desplegó el papel, en el que había garabateado un mensaje a toda prisa.
«Han visto a una piel de sombra cerca de la finca del antiguo Mago Cantor. Necesitamos tu ayuda».
Frunció el ceño. Aquel Mago Cantor había sido el padre de Emeline, lo sabía. Un hombre terrible. Corvus le había contado sus peores crímenes.
«¿Una piel de sombra?».
Albar soñaba con aquellos monstruos a veces: criaturas sin ojos, pero con dientes afilados como cuchillos. Criaturas que torturaban a sus víctimas retorciendo sus mentes hasta que se volvían en su contra.
Pero nadie había visto una piel de sombra desde que Emeline había roto la maldición. Albar cogió el hacha, fue a buscar a Lamento y cabalgó en dirección a la finca del Mago Cantor.
Llegó a la mansión en ruinas hacia la mitad de la tarde. La puerta, oxidada y vencida, permanecía abierta, revelando unos jardines abandonados, cubiertos de malas hierbas. El sol había empezado a descender y parpadeaba a través de los árboles.
Reinaba una quietud espeluznante.
Albar no veía a Corvus por ninguna parte. De hecho, no veía a nadie… Hasta que oyó el relincho de un caballo cerca de los árboles.
Cuando se dirigió hacia allí para investigar, vio a la yegua de Emeline, una ruana rojiza, esperando a su jinete.
Albar frunció el ceño. ¿Estaría Emeline en aquella casa?