Un oscuro olvido Epílogo #2
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Epílogo #2

Escucharla cantar era como verla entrar en una habitación. Lo cautivaba como si le lanzase un hechizo. Hacía que se le acelerase el corazón, que le subiera la temperatura… Y no sabía por qué, ya que no conservaba ningún recuerdo de ella; solo sabía lo que la Maga y los demás le habían contado.

Era perturbador.

Cuando paró de cantar, los árboles parecieron suspirar.

Luego volvieron a ocuparse de sus asuntos; a mecerse con el viento, a susurrar con sus hojas.

Albar se puso de pie y esperó a que ella saliera del roble.

Y, cuando estaba a punto de salir de entre las sombras del colosal árbol, que lo ocultaban, y revelarse ante ella, se detuvo al oír el sonido de no una, sino de dos voces.

—¿Y haces esto todas las mañanas? —le preguntó la otra persona.

—Casi todas —respondió Emeline.

Albar frunció el ceño. ¿Quién estaba con ella?

—¿Y quién le cantará al bosque cuando tú ya no estés?

Albar se ocultó rápidamente en un lado del roble para que no lo vieran. Los pasos siguieron acercándose, resonando por los escalones de tierra que había tras la puerta.

—Nadie —contestó Emeline. Abrió la puerta y salió al bosque, que aún estaba oscuro, con un candil en la mano.

La seguía un joven.

—Por eso el rey solo puede prescindir de mí durante quince días.

«¿Quince días?».

¿De qué estaba hablando?

La luz del candil de Emeline iluminó a su compañero: un apuesto joven varios centímetros más alto que ella. Tenía el cabello tan claro que parecía blanco, y los ojos tan azules como el hielo.

Albar lo reconoció de inmediato: era el Rey de la Escarcha.

«¿Qué hace aquí con Emeline?».

—Quizá exista un modo de cantarle al bosque mientras estés en mi corte —dijo el monarca—. Al fin y al cabo, estos bosques lindan con ambos reinos.

Emeline levantó la vista para mirarlo. Llevaba el pelo negro trenzado y el rostro despejado.

—¿Eso sería posible?

Él se encogió de hombros y le sonrió.

—Ya lo descubriremos.

El Rey de la Escarcha llamó a su caballo, que salió trotando por entre los árboles.

Era una criatura hermosa, blanca como la nieve, casi tan grande como Lamento.

Albar observó cómo el rey ayudaba a Emeline a montar.

Observó cómo dejaba la mano pálida más tiempo del necesario en la parte baja de su espalda antes de montar tras ella.

Cuando le rodeó la cintura con el brazo y la apretujó contra él, un fuego se encendió en su interior, abrasándole las entrañas.

Salió de su escondite. De repente, quería que fuesen conocedores de su presencia. Sin embargo, lo hizo demasiado tarde. Ya se estaban alejando al galope.

—¡Caaac!

Albar apartó la vista del caballo blanco y miró el cuervo que había en lo alto de una rama.

Ver a su amigo no lo alegró.

—Pareces sorprendido —dijo Corvus, materializándose a su lado.

—¿Cuánto tiempo hace de esto? —preguntó Albar, todavía mirando a Emeline y al monarca visitante.

—El Rey del Bosque presentó a Emeline y al Rey de la Escarcha cuando este llegó —le explicó Corvus—. Y desde entonces son inseparables. Si no estuvieses tan ocupado escondiéndote, tal vez te habrías dado cuenta.

Albar lo fulminó con la mirada.

—No me estoy escondiendo.

—Pues huyendo.

No le hizo caso. Estaba pensando en lo que Álamo sospechaba sobre el Rey de la Escarcha, en lo que le había confiado la noche anterior.

—¿Qué hace aquí? —¿Y por qué tenía tanto interés en Emeline?

Corvus se encogió de hombros.

—Dice que quiere la paz.

—¿Y es verdad?

¿Y si Álamo tenía razón y en realidad albergaba intenciones oscuras? ¿Y si lo que pretendía era robar a la Maga Cantora y debilitar la corte del Rey del Bosque?

—Eso tendrías que preguntárselo a Emeline. —Corvus esbozó una media sonrisa—. Pero para eso tendrías que atreverte a hablar con ella.

Albar hizo caso omiso de la pulla. No tenía ganas de hablar del tema.

«Quizá exista un modo de cantarle al bosque mientras estés en mi corte», había dicho el rey. Como si fuese a llevársela con él.

—Se van mañana.

—¡¿Mañana?! —Albar se volvió bruscamente hacia su amiga.

¿Por eso había ido Emeline la noche anterior a su casa? ¿Para darle la noticia?

Gruñó. Aquello no le gustaba ni un pelo.

—Albar, ¿puedo ser sincero contigo?

—¿Tengo elección?

—La primera vez la cagaste alejándote de ella. Quizá esta vez deberías hacer lo contrario.

Antes de que pudiera responder, Corvus volvió a adoptar su forma de cuervo de plumas resplandecientes y se alejó volando hacia los árboles a toda velocidad.

Mirándolo con el ceño fruncido, Albar recordó el sobre blanco, que seguía sobre la repisa de la ventana. Una invitación al baile que el rey celebraba esa noche, y que ni siquiera había abierto. Tampoco había confirmado su asistencia.

No quería ir. Precisamente porque Emeline estaría allí.

Pero si aquel rey era una amenaza para ella, Albar no tenía elección. Debía asistir a ese baile.

—Su nombre no está en la lista.

Albar se hizo a un lado para que los demás invitados —cuyos nombres sí estaban en la lista— pudieran cruzar las puertas del salón de baile. La hiedra trepaba por las paredes, creando un arco sobre la entrada.

—Pero tengo invitación. ¿Lo ve?

Le tendió el sobre para que lo viera, pero la joven asistente del Rey del Bosque ni lo miró. Se limitó a dar unos golpecitos sobre el largo pergamino que tenía en la mano.

—Su nombre tiene que estar en la lista.

—Sí, y lo estaría si… —Uno de los setonelas apostados en las puertas, un hombre corpulento cuyo casco le ocultaba el rostro, golpeó el suelo con su lanza a modo de advertencia— hubiera confirmado mi asistencia.

La asistenta se puso de pie, y su vestido de madera de abedul susurró con el movimiento.

—Escuche, señor. Es la última vez que se lo digo. No está en la lista, así que no puedo dejarle pasar. Si no se va, le…

—Está conmigo —intervino una voz.

Ambos se volvieron y se encontraron con una esbelta cambiaformas que llevaba un vestido de plumas de búho. Tenía unos enormes ojos ámbar y pulseras doradas en las muñecas.

Les dedicó a ambos una inquietante sonrisa.

«¿Te conozco?», quiso preguntarle Albar, pero no se atrevió. No pensaba sabotear con preguntas que le delataran la que tal vez fuera su única oportunidad de entrar.

—Es mi acompañante esta noche —añadió la cambiaformas, a la que Albar sacaba casi dos cabezas—. ¿Verdad, querido?

Él miró a la asistente, rezando para que creyera a esa desconocida.

—Sí, exacto.

—Si mira bien, verá que al lado de mi nombre hay un más uno.

La joven entornó los ojos y miró su pergamino. Lo que encontró allí, fuera lo que fuese, pareció confirmar lo que afirmaba la cambiaformas, así que, aunque molesta, los dejó pasar a los dos.

Albar exhaló aliviado mientras seguía a aquella joven buhesca al salón abarrotado. Ella fue directa a la barra y pidió dos copas, y él, mientras tanto, buscó entre los invitados.

—Deja que te invite —se ofreció Albar, sin dejar de mirar la abarrotada sala.

Ya era de noche, y la única luz provenía de las velas que ardían en sus apliques, a lo largo de las paredes.

La tenue iluminación le confería al baile una atmósfera íntima, pero hacía que fuese difícil distinguir las caras de la gente—.

Es lo menos que puedo hacer para darte las gracias.

—No digas tonterías. —La cambiaformas se volvió, poniéndose de espaldas a la barra, con un vaso de whisky en cada mano. Le dio uno—. Estoy encantada de ayudar.

Albar no quería ser maleducado, así que aceptó el whisky y se lo bebió.

Mientras le abrasaba la garganta, la cambiaformas esbozó de nuevo esa espeluznante sonrisa y, por un momento, Albar sintió que se mareaba un poco. La bebida era a la vez demasiado dulce y demasiado picante. Se preguntó si de verdad sería whisky.

—Buena suerte —le dijo ella. Le guiñó un ojo y desapareció entre la multitud.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta: no le había preguntado cómo se llamaba.

Dejó el vaso vacío sobre la barra, apartó a aquella cambiaformas de sus pensamientos y volvió a buscar a Emeline entre la multitud.

La sintió antes de verla. Como una llama en la oscuridad.

Estaba en el otro extremo del salón de baile, vestida de plata, con el pelo negro recogido en un elegante moño.

Como de costumbre, verla provocó un torbellino de emociones en su interior. Quería ir con ella, pero no sabía por qué. Y, a la vez, necesitaba mantenerse alejado de ella porque sabía lo que le había hecho.

¿Y si volvía a hacerle daño?

—Has venido.

Albar apartó la mirada de Emeline y descubrió que a su lado estaba Corvus, con un traje negro a medida y el pelo peinado hacia un lado.

—No has sentido ningún interés por el Rey de la Escarcha hasta esta mañana, cuando lo has visto con Emeline —comentó su amigo—. Qué interesante.

Albar se molestó.

—La Corte del Invierno ha sido nuestra enemiga durante siglos —replicó mientras veía a Emeline desaparecer tras las cortinas de un balcón del palacio—. Tú mismo me lo dijiste. Me parece lógico que desconfíe de su nuevo gobernante.

—Si tú lo dices… —contestó Corvus con voz traviesa.

Albar no se molestó en excusarse. Se abrió paso entre la multitud hasta llegar al balcón. Tal vez él no fuese bueno para Emeline, pero podía ser un buen amigo. Podía encargarse de que supiese dónde se estaba metiendo.

Apartó las delicadas cortinas doradas y salió fuera.

Emeline estaba junto a la balaustrada, contemplando la Ciudad del Rey bajo el resplandor de las estrellas. Su vestido plateado tenía un pronunciado escote en la espalda, y Albar no pudo evitar fijarse en la forma curva de sus omóplatos y las hendiduras de su espina dorsal.

Un sueño de hacía tres noches afloró en sus pensamientos. En él, ella estaba en su cama, acariciándole el pelo con los dedos mientras él recorría su piel aterciopelada con la boca…

Sintió una presión en el pecho.

Apartó la imagen de su mente.

—Emeline.

Ella se dio la vuelta, claramente sorprendida al verlo. Quizá había dejado de esperar encontrárselo en ningún sitio.

—Albar, ¿qué…?

Él dio un paso al frente, alejándose del salón de baile. Acercándose a ella.

—Esta mañana he ido al Latido.

Ella arrugó el ceño.

—Ah, ¿sí?