Un oscuro olvido Epílogo
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Epílogo

Tres meses después

Su voz. Aquello fue lo primero. Recordó su sonido refulgiendo en el aire mientras cantaba una vieja canción, de un tiempo muy anterior.

El tacto de la palma de su mano. Eso fue lo segundo. Cuando se detuvo a recuperar el resuello, su mano —tan suave y cálida— presionó los firmes latidos de su corazón, en su interior. Como una llamada a la puerta.

Y ¿lo último? Lo último fue su ausencia. El vacío que se impuso cuando ella se apartó y lo dejó atrás. Pero incluso en su ausencia, el calor de su carne jamás lo abandonó. Se quedó allí, irradiándolo.

Y la canción que había cantado, el sonido de su voz…

Había sido como el primer rayo de sol de la mañana. Lo había despertado.

El fuego crepitaba en la chimenea. Albar le rellenó la taza a Álamo, que le estaba hablando del rey que había venido de visita desde la Corte del Invierno, que había llegado hacía poco más de una semana.

—¿De verdad crees que su madre murió por causas naturales?

Estaban sentados a la mesa, uno frente al otro, en su casa. ¡Su casa! A decir verdad, era un hecho al que todavía estaba tratando de acostumbrarse. Mientras Álamo hablaba, se coló una brisa por las ventanas abiertas.

Albar miró hacia fuera.

Ya casi se había puesto el sol. El cielo estaba apesadumbrado y encapotado, y el aire se sentía denso y húmedo, amenazando con lluvia. A Lamento le encantaban las tormentas, y seguro que tendría ganas de salir a trotar. Quizá cuando Álamo se marchase…

—¿Albar?

—¿Mmm…?

—Hay quien que cree que el Rey de la Escarcha mató a su madre para hacerse con el trono —dijo, bajando la voz e inclinándose hacia él. Su cabello rubio, casi blanco, rozó la superficie de la mesa como una cortina.

—No sé si tengo una opinión al respecto.

Albar no sabía gran cosa sobre la situación, y lo poco que sabía se lo había contado Corvus.

La corte de la Reina de la Escarcha y la del Rey del Bosque era enemigas históricas.

Sin embargo, hacía unas pocas semanas, ella había fallecido en misteriosas circunstancias y ahora su hijo estaba allí, tratando de forjar una relación más amistosa entre ambos reinos.

O eso decía.

—El rey ha organizado un baile en su honor mañana por la noche. Quizá entonces puedas formarte una opinión.

Albar echó un vistazo al sobrecito blanco que había dejado sobre la repisa de la ventana. La invitación le había llegado hacía tres días, y todavía no había confirmado su asistencia. Sobre todo porque sabía que ella estaría allí.

La chica que de noche caminaba por sus sueños.

Una chica que no recordaba.

A Albar se le encogió el corazón al pensar en ella.

—Podríamos ir juntos.

Él no tenía ningún deseo de asistir al baile organizado en honor del Rey de la Escarcha. Y la mirada de Álamo le hacía preguntarse si ella no se habría hecho una idea equivocada del tiempo que habían estado pasando juntos.

Sintió una punzada de culpa. Estaba utilizando a Álamo como apoyo, y lo sabía. Pero estar con ella —una vieja amiga, según le habían contado— no lo hacía sentir confundido. Ni tampoco colmado de desprecio por sí mismo.

Estar con ella era fácil, a diferencia de…

Oyó el relincho de un caballo.

«Lamento».

Albar miró por la ventana. ¿Se habría escapado otra vez del establo?

La ascuaballo relinchó de nuevo, y justo entonces empezó a llover. Las gotas de agua golpeteaban contra el tejado.

Albar se puso de pie.

—Perdona, Álamo. Enseguida vuelvo…

Se dirigió a la puerta y se puso las botas. La última vez que Lamento se había escapado, hacía dos noches, se había ido al último lugar donde Albar quería ir a buscarla. Si esta vez podía evitarlo…

Al abrir la puerta, se quedó de piedra.

Era ella. Estaba en su patio, empapada y con una expresión de culpabilidad. El pelo oscuro se le pegaba al cuello y a los hombros, y llevaba una cesta colgada del brazo. Le dio la sensación de que estaba convenciendo a Lamento de que volviera al establo. O, al menos, lo estaba intentando.

¿Por eso su yegua se había escapado? ¿Porque se había dado cuenta de que la Maga Cantora estaba en el patio?

Ver a Emeline hacía que los latidos de su corazón hicieran un ruido atronador.

«¿Qué hace aquí?».

Siempre que la miraba, sentía que en su interior batallaban un sinfín de sentimientos. Asombro. Confusión. Anhelo. Desprecio por sí mismo.

Tragó saliva.

—¿Albar? ¿Hay alguien?

Se oyó el chirrido de la puerta tras él. Miró atrás y vio a Álamo, que abrió la puerta para ponerse a su lado.

—Oh. Hola, Emeline —saludó la chica.

La Maga Cantora pareció marchitarse al verla.

—Lo siento mucho —dijo. Estaba más empapada a cada segundo que pasaba—. Si hubiera sabido que tenías compañía, no habría…

—No seas boba —la interrumpió Albar, consciente de la impresión que debía de dar que Álamo y él estuvieran solos en su casa—. Entra un rato a calentarte.

Ella negó con la cabeza.

—No hace falta. Debería irme.

Tenía una media hora hasta su casa adosada.

Albar lo sabía porque, cuando había vuelto a ser él, había recorrido esa distancia cada día, desesperado por verla.

Hambriento por escuchar las historias del pasado.

Deseoso de saber todo lo que pudiera sobre aquella chica por la que se sentía inexplicablemente atraído.

Eso había sido antes de que Corvus le explicase lo que le había hecho.

—Emeline, sé razonable. —El trayecto a pie hasta su casa bajo la lluvia sería espantoso.

Albar salió al patio, pero ella ya se estaba dando la vuelta para marcharse.

—¡Al menos, llévate a Lamento! —insistió, caminando hacia ella y mojándose también.

—¡No hace falta, de verdad! ¡Estoy bien! —gritó ella.

Pero no estaba bien. Lo notaba en lo tensa que se oía su voz. Pero, cuanto más se acercaba él, más desesperada parecía ella por alejarse.

La cesta que llevaba se cayó al suelo y, de repente, echó a correr. Oyó sus pasos sobre las piedras mojadas del puente que cruzaba el arroyo.

Albar se detuvo a recoger la cesta. Dentro había una hogaza de pan desigual y ligeramente quemada. Era evidente que la había horneado ella misma.

Levantó la vista y la vio desaparecer entre los árboles.

Aquello era culpa de él.

«Lo siento», pensó, desolado.

A su lado, Lamento resopló, echándole el aliento caliente en la cara. Como si estuviese dando voz a lo decepcionada que estaba ella también.

Justo antes del amanecer, Albar se despertó sobresaltado.

Le costaba respirar. Se incorporó en la oscuridad y trató de coger aire mientras el sueño seguía creciendo tras sus ojos.

Las risas de ella cuando él la cogía de la cintura.

Su dedo pulgar, limpiándole harina de la mejilla.

Los dientes de él sobre la curva de su hombro desnudo.

Aquellos sueños cobraban vida cada noche, y lo hacían sentir como un intruso. Como si estuviese invadiendo los momentos íntimos de otra persona.

Y lo peor de todo era que…

Apartó ese pensamiento a toda prisa.

Las cosas habían sido así desde su regreso. No la recordaba en sus horas de vigilia, pero, por la noche, aquella muchacha plagaba todos sus sueños.

Por la noche, los recuerdos ardían como el fuego dentro de él.

Al menos, esperaba que fuesen recuerdos. Podrían perfectamente ser solo fantasías. No tenía forma de saberlo.

Apartó las mantas, prendió una lámpara y se levantó de la cama para ir hacia la mesa de la cocina, donde había dejado el pan que ella había horneado.

La recordó en su patio la noche anterior, empapada y temblando.

¿Qué habría pasado si Álamo no hubiera estado allí?

¿Qué habría pasado si hubiese entrado en casa y la hubiera calentado él mismo?

Rememoró su sueño y pensó en todas las formas en las que podría haber hecho que dejase de temblar de frío. Se pasó una mano temblorosa por el pelo. Aquellas ideas no le ayudaban en nada. La razón por la que evitaba a Emeline era para no pensar en esas cosas.

Desde que Corvus le había contado la verdad, desde que sabía lo que le había hecho, Albar no era capaz de mirarla a la cara.

No era capaz ni de mirarse en un espejo.

¿Qué clase de monstruo le robaba los recuerdos a la chica que amaba para obligarla a hacer justo lo que no quería hacer?

A Albar le hubiese gustado creer que ya no era la misma persona, que jamás volvería a hacer algo así. Pero ¿y si no era cierto?

¿Cuánto se conocía a sí mismo en realidad?

Por eso evitaba a Emeline. Cuanto menos tiempo pasara con ella, más segura estaría ella, y menos se odiaría él por el daño que le había hecho.

Por eso había dejado de acompañarla a casa cada noche. Por eso rechazaba sus invitaciones para cenar. Y, cuando se encontraban en las mismas fiestas, guardaba las distancias y dejaba que Álamo robase su tiempo y su atención.

Cogió la hogaza de pan, pensando en la reacción de Emeline cuando había visto que Álamo estaba en su casa. Sabía que corrían rumores sobre Álamo y él. La gente pensaba que había algo entre ellos porque pasaban mucho tiempo juntos.

¿Era eso lo que creía Emeline?

«¿Por esa razón se fue corriendo ayer?».

Debería dejar que lo pensase. Sería una capa de protección más entre los dos.

«Pero ¿qué hacía en el patio de mi casa?».

Le molestaba que se hubiese ido corriendo antes de darle la oportunidad de descubrirlo.

«Al menos, debería asegurarme de que está bien».

Se vistió y se dispuso a ir a buscarla.

Hacía poco que había amanecido cuando Albar y Lamento llegaron al Latido. La espesura seguía sumida en la oscuridad y la quietud de los árboles parecía de otro mundo, como si estuvieran escuchando lo mismo que lo había llevado a él hasta allí.

Su canción.

Más adelante había una puerta, incrustada en el tronco de un roble gigantesco. Estaba entreabierta, y dejaba escapar la voz melosa de la Maga Cantora, que nacía de las profundidades de la tierra.

La magia resplandecía en el aire.

Albar bajó de Lamento y soltó a la ascuaballo, que se marchó a pastar. Se acercó al roble, se apoyó en la corteza y se deslizó hasta el suelo, esperando a que Emeline terminase.