Cuarenta y cuatro
La tormenta empezó mientras se despedía.
Tras darle un fuerte abrazo a su madre, su abuelo la ayudó a ponerse uno de sus chubasqueros, que era dos tallas más grande de lo que ella necesitaba, pero que evitaría que se mojase.
Ella le dio un beso en la mejilla, en la que ya despuntaba la barba, respiró hondo y se adentró en la tormenta.
Llovía a cántaros. Seguro que, aun con chubasquero, iba a terminar empapada.
Se dirigió a la linde del bosque, donde había dejado a Lamento pastando.
Una gruesa niebla gris lo tapaba todo y le impedía ver el bosque.
Como no podía distinguir ni los cantos ni las formas, aminoró la marcha y siguió las voces de los árboles, que la estaban llamando.
«¡Emeline! ¡Corre!».
Parecían muy nerviosos. Frunció el ceño y estiró un brazo a través de la niebla, para asegurarse de no chocar contra nada.
Cuando rozó con las yemas de los dedos las agujas de cedro, supo que había llegado al seto.
Lo siguió por la linde del bosque, de camino al lugar donde estaba enraizado su espino albar, llamando a Lamento.
Al ver que la ascuaballo ni relinchaba ni trotaba hacia ella, empezó a preocuparse. Siempre que iba a Edgewood de visita, la ascuaballo la esperaba y, cuando ella la llamaba para que la llevara de vuelta a la Ciudad del Rey, acudía a su llamada.
¡Crac!
Un rayo repentino iluminó un hueco en el seto.
Emeline se quedó de piedra.
Su espino albar había desaparecido.
La tierra estaba suelta y removida; un punto oscuro sobre la nieve que se derretía alrededor. Como si el árbol se hubiese arrancado a sí mismo, con raíces y todo, y hubiese dejado el hoyo atrás.
Se le aceleró el corazón.
Un cuervo surgió de entre la niebla y voló hacia ella a toda prisa por entre los árboles. Corvus. Aleteó bajo las cortinas de lluvia y luego empezó a sobrevolarle la cabeza, graznando.
¡Caaac! ¡Caaac!
Y volvió al bosque.
Emeline echó a correr tras él.
La niebla iba descendiendo a medida que se adentraba en la espesura. Primero le rodeaba la cintura; luego bajaba hasta más allá de sus rodillas. La lluvia había convertido la tierra en barro bajo sus botas, y se resbaló más de una vez.
Corvus seguía volando por delante de ella, aleteando de un árbol mojado a otro. Lo siguió trastabillándose hasta que un sonido la hizo detenerse.
Se paró a escuchar, pero lo único que oía era la lluvia golpeando los árboles y el río que borboteaba cerca de allí. Cuando estalló otro rayo, vio las aguas brillantes a través de las ramas.
Estaba a punto de seguir adelante cuando lo volvió a oír: eran gritos.
El corazón le latía como si fuese un animal salvaje encerrado en una jaula.
Parpadeó para sacarse la lluvia de los ojos y se giró en círculos, mirando por todas partes.
Sin embargo, lo único que vio fueron más árboles, y más lluvia, y más niebla.
Alguien volvió a gritar. Más alto esta vez.
Emeline echó a correr hacia el lugar de donde procedían los gritos. Tenía los vaqueros empapados y salpicados de barro y se resbalaba una y otra vez. Se tropezó y se cayó.
Y entonces lo vio.
«Albar».
Estaba al pie de una colina escarpada que descendía abruptamente hasta el río que corría debajo, cuyas aguas bajaban crecidas a causa del deshielo.
Otro rayo iluminó el bosque, alumbrando también su piel desnuda y su pelo oscuro. Era hermoso. Estaba desnudo, cubierto de barro y rodeado de zarzales. Lo vio agarrado de un abedul para no seguir resbalándose.
En la cima de la colina estaba Lamento, pataleando contra el suelo y relinchando, angustiada, mientras miraba a su jinete, incapaz de llegar hasta él.
Emeline gritó su nombre por encima de la lluvia y Albar levantó la vista. Cuando sus miradas se encontraron —y ella vio por fin esos ojos que tanto amaba—, se dio cuenta de que estaba temblando de frío.
—¡Espera…!
Cogiéndose de un árbol y luego de otro, se las arregló para descender por la colina fangosa.
A medio camino, se resbaló y se cayó, y recorrió lo que le faltaba deslizándose con el trasero.
Luego plantó los pies en el suelo y se puso de pie, si bien no con mucha seguridad.
Como ya solo la separaban de él unos cuantos pasos, vio los arañazos que tenía en las piernas, donde las espinas habían hecho cortes profundos y le habían dejado la piel ensangrentada.
—No te muevas, ¿vale?
Albar se quedó en silencio, mirándola.
Dio un paso hacia él, pisoteando las ramas llenas de espinas con las botas, y apartando con los dedos las que estaban más cerca de él. Le temblaban las manos. Le temblaba todo el cuerpo.
—¿Qué has hecho para meterte en este lío? —murmuró ella.
Quería lanzarse a sus brazos, pero las espinas que había entre los dos se lo impedían.
Aunque las espinas no eran el único problema.
Había algo más.
Albar la estaba mirando como su abuelo la miraba a veces, cuando no acababa de ubicarla. En sus peores días.
Cuando alargó una mano para tocarlo, se apartó.
—¿Quién eres? —le preguntó.
A Emeline se le heló la sangre. Apartó la mano enseguida.
—No te acuerdas —dijo, incapaz de creérselo al principio.
Sin embargo, él seguía con la misma expresión de desconfianza.
No la conocía.
«Sácalo de la tormenta y ya está», se dijo, tratando de no hacer caso del pánico que se estaba gestando en su interior.
Si no se acordaba…
Se oyó el restallido de un trueno. Emeline alzó la voz por encima del ruido.
—¡Tengo que llevarte a un sitio más cálido!
No tenía ni idea de cuánto rato llevaba allí, expuesto a la lluvia y el frío. No tenía ni idea de si ya sufría hipotermia o se vería afectado por ella dentro de poco.
A pesar de que no podía parar de temblar, se apresuró a ayudarlo. Empezó a apartar las espinas evitando mirar aquellos ojos vacíos. Como no hacía más que pincharse, tenía las manos resbaladizas a causa de la lluvia y la sangre. Tiró y tiró con todas sus fuerzas, tratando de liberarlo.
—Para. —Su voz era suave y áspera a la vez—. Te estás haciendo daño.
—No pasa nada.
Entonces, él alargó una mano hacia su barbilla con dedos gélidos y temblorosos y la hizo mirarlo a los ojos. La estudió como si fuese un rompecabezas que estaba tratando de resolver.
—Pues yo creo que sí que pasa —replicó, arrugando el ceño.
A pesar de lo frías que tenía las manos, Emeline sintió el calor que florecía bajo su piel. Apartó la cara de su mano y cambió de tema.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí a la intemperie? —Pero enseguida se dio cuenta de que no lo recordaba—. Tengo que llevarte a casa.
Cuando por fin logró desenredarlo de los zarzales, se quitó el chubasquero de su abuelo y se lo puso.
Luego subieron juntos la colina. Emeline se agarró del árbol más cercano y ayudó a Albar a subir; él se agarró del siguiente e hizo lo mismo por ella.
Y así hasta que llegaron a la cima. Emeline lo ayudó a subir a Lamento y luego ella montó detrás y cogió las riendas, rodeándolo por la cintura.
Durante todo el trayecto hasta la ciudad, sus cuerpos convulsionaron de frío. Emeline se abrazaba a él, tratando de que los dos conservaran todo el calor posible.
Lamento no tardó en cruzar al galope las puertas de la ciudad, veloz como el viento. Cuando llegaron al arroyo que había cerca de la casa de Albar, descubrieron que el agua se había desbordado y fluía sobre el puente de piedra, cubriendo los cascos del animal.
Una vez llegaron al patio, Emeline ayudó a Albar a bajar de la yegua.
—Por aquí —le dijo, conduciéndolo hacia la casa. Los dientes le castañeteaban sin remedio, y los vaqueros mojados se le pegaban a la piel. Su jersey también esta empapado, y la melena le goteaba por su espalda.
Le rodeó la cintura con el brazo y lo atrajo hacia ella, tratando de prestarle el poco calor corporal que le quedaba mientras caminaban. Él vaciló unos instantes, pero luego le rodeó los hombros con un brazo y la estrechó hacia sí con la misma intensidad.
—¿Qué hacías en el bosque de noche en mitad de una tormenta? —le preguntó de repente, y ella sintió que su voz la embargaba.
Aquella voz. El corazón le dio un vuelco. Había creído que jamás volvería a oírla.
—Estaba buscando a alguien.
—¿A alguien…?
—A alguien a quien amo.
Los truenos se aquietaron. La tormenta se estaba alejando, la lluvia paró, y el silencio se hizo denso y pesado entre los dos.
Decidió hacerle la misma pregunta.
—¿Qué hacías tú en el bosque en plena noche?
—Oí cantar a alguien.
Levantó la vista, sorprendida, y vio que la estaba observando.
—Era una canción triste —añadió él con voz más dulce—. Como una despedida. Me… Espera. —Albar miró a su alrededor—. ¿Adónde me llevas?
Emeline tragó saliva y señaló la casa de piedra que había ante ellos.
—A casa.
Dentro ya no estaba oscuro. Tras las ventanas se veía un resplandor cálido, una luz encendida en el interior.
«Qué raro». Emeline había apagado todas las lámparas antes de irse.
—¿Tu casa? —preguntó él. Los dientes no dejaban de castañetearle.
Emeline lo apretujó más contra ella y negó con la cabeza.
—No. La tuya.
Estaban a diez pasos de la puerta. A siete. A cuatro.
A él se le tensaron los músculos, de incertidumbre y desconfianza.
Tres pasos más.
La joven tenía la mejilla apoyada en su pecho y sentía los fuertes latidos de su corazón a través del chubasquero empapado de su abuelo. Alargó una mano hacia el pomo. Lo giró y abrió.
El fuego crepitaba en la chimenea. Emeline buscó pistas de la presencia de Corvus o Sable, pero allí no había nadie. La casa estaba vacía.
Entró.
Albar estaba plantado en el umbral, rígido, acuciado por las dudas. Cuando Emeline se volvió para mirarlo, vio la confusión pintada en su rostro.
No conocía aquel lugar. No quería entrar.
—No pasa nada —le dijo ella en voz baja, acercándose al calor del fuego, para ver si así lo persuadía para que entrara. Si tenía hipotermia, necesitaba calentarlo.
De repente, él dio un paso atrás, como si quisiera volver a la noche fría y húmeda.
—¿Estás segura de que esta es mi casa?
Al notar su miedo, volvió junto a él. Estaban cara a cara en el umbral de la puerta, empapados y llenos de barro. Con cierta vacilación, alargó una mano hacia él, y, al ver que no se apartaba, le apartó el pelo mojado de los ojos.
—Todo irá bien —le prometió.
Él la miró a los ojos; la incertidumbre nadaba en los suyos.
—¿Por qué estás tan segura?
Por un instante, tanto la lluvia, como el bosque, como la casa dejaron de existir. Por un instante, solo estaban ellos dos solos, de pie en el umbral de la puerta.
—Porque… —respondió con dulzura— yo lo recuerdo todo.