Cuarenta y tres
Mientras el sol rojo se elevaba sobre el bosque invernal, la Maga Cantora caminaba por los tranquilos pasillos del palacio del Rey del Bosque, cruzando galerías y patios, repicando con las botas sobre el suelo embaldosado.
Bajo el palacio, la Ciudad del Rey era como una colcha de retales, con sus tejados de color rojo oxidado y sus calles de adoquines grises cubiertas de nieve.
Tras los muros, los árboles lucían sus ramas desnudas.
De vez en cuando, Emeline olisqueaba unas notas de primavera en el aire: la fragancia de las flores a punto de abrirse, del verdor asomando a través de la nieve. La primavera estaba cerca.
Quizá derretiría su corazón helado.
Habían pasado cinco meses desde que le había cantado al Latido y allí, en el corazón del bosque, había entregado como diezmo todo aquello que antaño le había importado.
Desde entonces, el bosque se había recuperado por completo.
El Rey del Bosque volvía a estar sentado en su trono blanco, con los ojos claros, con el espíritu incorrupto.
Los miembros de la Corte de los Cambiaformas habían recuperado poco a poco su forma humana, y uno a uno habían vuelto a ser ellos mismos durante los pasados meses.
La vida de Emeline había adquirido una rutina agradable.
Como había recuperado todos sus recuerdos, había retomado su amistad con Sable y Corvus donde la había dejado, y pasaba casi todas sus noches con ellos y Grace.
Cuando no estaba en la Ciudad del Rey, era porque iba a visitar a su abuelo, que volvía a vivir en su vieja casa, donde lo cuidaban enfermeras cambiaformas que había mandado el rey y donde lo visitaban sus amigos con regularidad.
También iba a casa de Tom, donde vivía su madre, que ya estaba a salvo de los horrores del bosque.
Su carrera como música había terminado antes de empezar: ya no había focos sobre un escenario, ni conciertos por la noche, ni giras. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Emeline escribía y cantaba sus propias canciones. En La Bellota y para el rey.
También para sí misma.
Por primera vez en mucho tiempo, el bosque ya no venía a buscarla: era ella quien había ido a buscar al bosque.
Y, aunque a menudo añoraba las cosas que había perdido, Emeline tenía la sensación, cada vez más fuerte, de que estaba donde tenía que estar.
Lo único que deseaba era que Albar estuviera con ella.
Aminoró la marcha al pasar por la sala de cristal y recordó cuando el estoico secuaz del rey la ayudaba a aprenderse las canciones del Mago. Recordó cuando bailaron bajo la luz de las estrellas y aquella cúpula resplandeciente.
El recuerdo la llenó de tristeza.
Emeline pasó de largo enseguida. Ese día, tenía algo que hacer antes de cabalgar hasta Edgewood sobre Lamento.
Por fin llegó a una arcada de palacio bordeada de frondosa hiedra verde. En la superficie de la puerta estaba pintado el emblema del rey: un sauce coronado blanco que brotaba de una semilla. Los setonelas que montaban guardia le abrieron la puerta y la dejaron pasar sin impedimento alguno.
Emeline entró en un pequeño claro.
Sus botas dejaban huellas sobre la nieve, y los abedules blancos refulgían a su alrededor.
En la distancia, oyó el suave ulular de una lechuza y más adelante, en el estanque, vio a un hombre apoyado en un pequeño pedrusco gris.
Tres cuervos negros brincaban alrededor de sus pies, dejando las huellas de sus patas sobre la nieve.
Él se inclinó sobre ellos para murmurarles algo; de su espalda brotaban tres ramitas verdes que empezaban a alzarse hacia el cielo.
—Maga Cantora.
Su voz seguía siendo propia de una cosa salvaje y antigua, pero, en aquellos tiempos en los que la maldición ya estaba rota, el Rey del Bosque parecía… amansado. Como si la maldición lo hubiese puesto fuera de sí y estuviese regresando poco a poco a su ser.
—Disculpad la intrusión, mi señor.
Al oír su voz, los cuervos emprendieron el vuelo, salvo uno, que saltó sobre el pedrusco, junto al rey.
El monarca lo cogió y lo acunó en sus manos.
—No eres ninguna intrusa.
Aún se sentía como si lo fuera. Emeline bajó la vista hacia sus botas mojadas y sus vaqueros rotos. Debería haberse cambiado de ropa antes de ir a ver al rey: no era el atuendo más adecuado para presentarse ante él.
—He venido a preguntaros por el espino albar —dijo.
La espesura enmudeció a su alrededor. La nieve blanca resplandecía en las orillas del estanque que los separaba. El monarca siguió acariciando las relucientes plumas de su cuervo, esperando a que ella le plantease su pregunta.
—No… no se ha vuelto a transformar —añadió ella.
—Hum… Y te estarás preguntando por qué.
Emeline asintió. Por alguna razón, sus palabras siguientes se quedaron atoradas en su garganta, y, cuando intentó obligarse a pronunciarlas, le salió una especie de burbujeo, como un sollozo que hiciera meses que había aprisionado en su interior y estuviese ahora tratando de liberarse. Pero lo contuvo.
El Rey del Bosque subió el cuervo a una de las jóvenes ramas verdes que le crecían en la espalda. Mientras el pájaro se posaba en ella, para contemplar desde allí a Emeline, el monarca se inclinó hacia la joven y dijo:
—Ven.
Señaló el estanque que había entre ellos y Emeline observó maravillada cómo una capa de hielo pálido se extendía por su superficie en calma, crepitando y solidificándose hasta ser lo bastante gruesa como para soportar su peso.
Ella lo cruzó.
—Una vez —empezó a relatarle el rey—, creció un árbol en la frontera entre dos mundos. Era un árbol como otro cualquiera y, si lo hubiesen plantado en cualquier otro lugar, habría vivido una vida como la de cualquier otro árbol.
»Pero hay poder en las fronteras: en el instante entre la noche y el día, en el lugar en el que el invierno acaricia la primavera, en las lindes donde el bosque se funde con la pradera. La magia salvaje crece entre las grietas de todas las cosas.
»En esa misma frontera vivía una muchacha con la voz encantada. Amaba trepar a las ramas de ese árbol, contarle sus secretos y cantarle sus canciones. Lo hacía tan a menudo, que acabó despertando al árbol con su voz.
«¿Yo?», pensó Emeline.
—Y su espíritu, ya despierto, lo hizo anhelar ser humano —prosiguió el rey—.
Yo oí el eco de sus súplicas a través de los bosques.
Me rogó que lo transformase. Así que hicimos un trato: a cambio de mi ayuda, él recaudaría mis diezmos en cada estación.
Seguiría siendo humano mientras recaudase los diezmos, pero si abandonaba su deber, debería abandonar también su humanidad.
«Estoy atado al bosque», le había dicho Albar hacía dos años, cuando se había negado a ir con ella a Montreal.
Aquella era la razón.
A Emeline se le aceleró el corazón.
—Si lo transformasteis entonces, ¿no podríais transformarlo de nuevo?
El rey la observó con sus extraños ojos negros. Ese día, las pupilas blancas tenían forma de luna creciente.
—El espino albar estaba despierto aquella primera vez. Fue él quien me pidió que lo transformara.
Emeline frunció el ceño.
—¿Y ahora?
La mirada oscura del monarca se detuvo sobre ella con tristeza, casi con compasión.
—No puedo transformar algo que no quiere ser transformado.
Ella arrugó el ceño de nuevo. Pero eso significaba…
«¿No quiere volver?».
—Quizá haya llegado el momento de pasar página —le aconsejó el rey con amabilidad.
Emeline se volvió, tratando de esconder el dolor que le habían causado esas palabras.
—Pasar página no es lo mismo que olvidar, Maga Cantora.
Mucho después, Emeline estaba en silencio en la casa vacía de Albar.
Pasaba allí casi todas las noches, a pesar de que el rey le había asignado una casa adosada en el corazón de la ciudad.
Al principio, se quedaba allí porque las almohadas conservaban el olor de Albar.
Y, cuando su olor se desvaneció, decidió quedarse para tener la casa calentita para él.
«¿Y si tengo la casa calentita para alguien que no regresa jamás?».
Emeline estaba sentada con las piernas cruzadas en la alfombra blanca, ante un fuego pequeño y crepitante. A su lado había una lámpara de aceite que iluminaba el libro que tenía en el regazo: un poemario de Christina Rosetti.
Sus libros, aquellos poemas… la mantenían unida a él. Acariciaba las páginas que él había acariciado; sus ojos leían las palabras que habían leído también los suyos.
Esa noche, Emeline había prometido que iría a cenar a casa de su abuelo, y el sol ya había empezado a ponerse. Sin embargo, no lograba quitarse de la cabeza la historia que le había contado el Rey del Bosque.
Tal vez el monarca tuviera razón. Tal vez hubiera llegado el momento de dejar de esperar. De extinguir el fuego, apagar las luces y pasar página.
«Pero ¿por qué no quería volver Albar?».
Alzó la vista y contempló el cuadro colgado sobre la chimenea. Con la mirada fija sobre la representación de Dafne transformándose en laurel, Emeline recordó la conversación que habían mantenido el pasado otoño.
«Al menos está a salvo —había argumentado ella—. Si es un árbol, no hay nada que pueda hacerle daño». Y él había dicho: «Al convertirse en árbol, Dafne perdió su vida. Jamás volvió a ser humana. Nunca volvió a reír, ni a cantar, nunca volvió a pensar, ni a amar. Nunca más».
Si Albar no deseaba ese destino para Dafne, ¿cómo podía quererlo para sí mismo?
Recordó la nota que le había escrito y escondido entre los poemas de Pablo Neruda.
«Si hubiese alguna forma de expiarme, algún precio que pudiera pagar para empezar a reparar el daño que he causado, créeme, lo pagaría sin dudar».
Inhaló con fuerza. ¿Era ese su razonamiento? ¿Había elegido ese destino porque, si era un árbol, jamás podría volver a hacerle daño?
De repente, sintió que la ira se adueñaba de ella.
Sí, Albar le había hecho daño. Sí, jamás tendría que haberle robado los recuerdos, por muy buenas que fueran sus intenciones.
Pero había reconocido que se había equivocado y le había pedido perdón.
Que se negase a volver al mundo —a volver junto a ella— no era honroso. Era cobarde.
Aquel pensamiento la levantó de golpe de la alfombra. Enojada, apagó la lámpara y se dirigió a la puerta. Al salir, casi se olvidó de cerrarla tras ella.
¿Acaso ella no tenía voz ni voto en aquel asunto? Al fin y al cabo, era a ella a quien había herido.
Fue a buscar a Lamento a los establos y se montó en ella. La ascuaballo se alejó de la casa de piedra, golpeteando con los cascos el puente lleno de musgo.
Lamento la llevó hasta la linde del bosque, donde estaba su árbol, enraizado justo en la frontera. Su corteza nudosa y retorcida se elevaba hasta dividirse en ramas, de las que crecían hojas oscuras y bayas rojas.
Emeline bajó de la ascuaballo y se acercó al árbol dando fuertes pisotones.
—¿Tienes miedo de volver a hacerme daño?
—le dijo al espino albar—. Siento ser yo quien te lo diga, pero eso es lo que hacemos los humanos: nos hacemos daño.
Nos peleamos, y fracasamos, y no estamos a la altura de lo que nos proponemos.
Estamos un poco rotos por dentro, todos y cada uno de nosotros.
Si no eres capaz de soportar eso, quizá no merezcas ser humano.
El espino albar se quedó mudo y quieto. Sin ofrecer respuesta alguna. Porque, al fin y al cabo, no era más que un árbol. No era un hombre. No era su Albar.
¿Qué esperaba? ¿Transformarlo con una buena regañina?
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
«Ya es suficiente». El rey tenía razón. Había salvado al bosque y a todo lo que había en él, pero su amor ya no estaba.
Era hora de pasar página.
Al comprenderlo por fin, la ira se esfumó de golpe, y una sensación temblorosa y frágil acudió a toda prisa a reemplazarla.
Emeline, casi desplomándose, apoyó ambas manos en su árbol y cerró los ojos, aprisionando las lágrimas que caían.
Dio un paso al frente y, con los labios rozando ligeramente la corteza, empezó a cantar. Una última canción.
Una canción de despedida.
Después de cenar, la casa de su abuelo se llenó de risas y conversaciones. Los vecinos se quedaron hasta tarde. Cuando terminó de ayudar a Maisie con los platos, Emeline se fijó en que fuera había tres siluetas sentadas en sillas. Curiosa, cogió su libreta y su bolígrafo y salió.
Aquella noche, el aire tenía una calidez extraña. Una pesada niebla se había asentado entre los árboles, confiriéndole al cielo un resplandor borroso.
Su madre y Tom estaban sentados en un lado, acurrucados bajo la misma manta.
Su yayo estaba sentado al otro lado. Emeline le dio un beso a Rose en la mejilla y señó un «hola» para Tom.
Rose y Tom habían empezado a dar clases de lengua de signos cuando Emeline había vuelto muda del bosque.
Le habían estado enseñando poco a poco, pero ella no era muy ducha por el momento.
Y para eso tenía su libreta.
Se sentó al lado de su yayo, que daba sorbitos de brandy, haciendo repiquetear los cubitos de hielo en las paredes del vaso.
—¿Y tú quién habías dicho que eras?
Emeline levantó la vista y vio que la estaba mirando. Estaba tan acostumbrada a esa pregunta que ya no le afectaba.
—Es tu nieta —dijo Rose, mirando a su hija como si fuese una pequeña maravilla.
Emeline la descubría a menudo mirándola así, como si estuviera tratando de memorizar el color exacto de su pelo, cada una de las pequitas que tenía en la nariz, la curva precisa de sus pómulos.
Como un estudiante de bellas artes que estuviera viendo Los girasoles de cerca por primera vez.
—Ah —contestó su yayo, asintiendo para sí. Se acercó a Emeline y añadió—: Me estoy haciendo viejo, ¿sabes? —Se dio unos golpecitos en la sien—. La cabeza no me funciona igual que antes.
«No pasa nada —quiso decirle—. No me importa».
Pero como no podía hacerlo, alargó una mano para coger la suya. Él le dio unas palmaditas en el dorso, como si la comprendiera perfectamente, y luego se quedó así, cogiéndola de la mano.
Quizá no supiera cómo se llamaba, ni la reconociera cuando entraba en la habitación. Quizá ya no recordase el día que había nacido ni todas las noches que, de niña, la había arropado en la cama, ni que había plantado un árbol solo para ella.
Pero no importaba.
Su olvido ya no le dolía. Era su yayo, y ella era su Emeline, y eso no cambiaba, lo recordase él o no.
Ella ya recordaba suficiente por los dos.