Cuarenta y dos
Emeline se despertó envuelta en un resplandor borroso. Le dolía la cabeza, tenía la vista nublada y oía un goteo rítmico en algún lugar cercano.
Parpadeó, tratando de ver con nitidez. Al darse cuenta de que eso no funcionaba, hizo ademán de tocarse el doloroso chichón que le había salido en la parte de atrás de la cabeza…, pero no pudo. Estaba de pie y tenía las muñecas atadas por encima de la cabeza con unas cuerdas ásperas y gruesas.
Quienquiera que la hubiera atado, también la había amordazado. La tela se le clavaba en las comisuras de la boca, apagándole la voz.
Poco a poco, la confusión fue desapareciendo y la caverna empezó a revelarse ante ella.
Ya solo veía borrosos los extremos de su campo de visión y, poco después, Emeline se descubrió mirando un rostro blanquecido, plagado de venas verdes y azuladas que corrían como ríos bajo la piel blanca y translúcida.
Unos ojos inyectados en sangre estaban clavados en ella.
La boca de la criatura emitía el mismo hedor a podredumbre que la Mácula.
La Vil.
«Mi madre».
Se le puso el estómago del revés.
La bruja sostenía una daga serrada en una mano huesuda. Tenía el filo cubierto de una capa de sangre reseca que había oxidado el acero. En la otra mano, sujetaba una piedra de afilar.
Al darse cuenta de lo que iba a ocurrir, Emeline empezó a retorcerse y a tirar de las cuerdas, tratando de desatarse. Tratando de liberarse de sus ataduras.
Un momento. ¿Dónde estaba Grace?
Recorrió el lugar con la mirada hasta que vio una figura tirada a unos metros de distancia. «Grace». Estaba ovillada en el suelo, con las muñecas atadas a la espalda.
Emeline se temió lo peor. Empezó a respirar de forma entrecortada, presa del pánico…, hasta que vio que el pecho de su amiga subía y bajaba con suavidad.
«Está viva».
Pero su alivio no duró mucho.
—Qué familiar me resulta esta situación… —La voz de la Vil era como el viento rascando las piedras. Emeline apartó la vista de Grace y vio que la criatura seguía mirándola fijamente—. De su carne y de su sangre, atrapada e inmovilizada. Sin poder usar esa voz tan bonita.
El miedo se deslizó por su espalda.
—Cuando lo maté, cometí un error. —La Vil levantó la piedra de afilar y la deslizó despacio sobre el cuchillo oxidado—. Me olvidé de esa condenada voz suya, y él me maldijo con ella mientras moría. A mí y al bosque.
Emeline se sintió conmocionada. «¿La maldición fue cosa del Mago Cantor?». Durante todo ese tiempo, había pensado que la responsable era la Vil…
—No cometeré el mismo error por segunda vez. Cuando derrame tu sangre, no tendrás voz con la que herirme.
La bruja sonrió, ofreciéndole una imagen espeluznante y monstruosa. Tenía hileras e hileras de dientes tan afilados como las estalactitas.
—Y cuando te mate, lo habré silenciado a él para siempre.
«¿Matarías a tu propia hija solo por venganza?
», quiso preguntarle Emeline, pero la cuerda la tenía inmóvil y la mordaza anulaba su voz.
Además, los ojos lechosos de la Vil no mostraban muestra alguna de reconocimiento.
Se preguntó si no lo habría entendido todo mal.
¿Y si lo que pasaba no era que Rose Lark odiase tener a su hija delante por ser un recordatorio de los horrores a los que la había sometido el Mago Cantor, sino que no recordaba siquiera que tenía hija?
¿Y si, al transformarla en un monstruo, la maldición había hecho que Rose olvidase quién era en realidad, y que lo recordase solo a él y las cosas que le había hecho?
A Emeline le pareció algo muy cruel. Debía de ser horrible vivir recordando solo lo peor que te había ocurrido, sin poder acordarte de las cosas buenas que te habían pasado…
«Quizá haya un modo de ayudarla a recordar».
Miró la gigantesca semilla suspendida en la maraña de raíces, que estaba detrás de la Vil. El Latido palpitaba, expuesto y pausado bajo la tierra, tratando de bombear vida a los árboles moribundos.
Si era allí, en el corazón del bosque, donde el Mago Cantor había lanzado su maldición contra Rose valiéndose solo de la magia de su voz, ¿podría ella romperla con la magia de la suya?
«Mi voz no es ni por asomo tan poderosa como la suya».
Pero su padre no siempre había sido poderoso; había tenido que pagar un alto precio para serlo. Había entregado a los bosques algo precioso como diezmo, y el poder de ese sacrificio brotaba de él siempre que cantaba. Eso lo había transformado en el Mago Cantor.
«Cuando el Mago Cantor era el trovador de la corte, el del Rey del Bosque era un reino próspero —le había dicho Grace—. La edad dorada».
Echó un vistazo al cuerpo inerte de su amiga y recordó la puerta cerrada por la que habían entrado. Una puerta que no se abriría hasta que no se pagase un diezmo.
Una idea estaba empezando a gestarse en su mente. Era tenue y frágil, como el primer verso de una nueva canción. Pero si quería ponerla a prueba, debía conseguir liberarse de aquella mordaza.
Tiró de nuevo de sus ataduras, pero la cuerda que le inmovilizaba las muñecas no se movió ni un ápice.
La Vil seguía afilando su hoja, limándole el óxido marrón.
Emeline retrocedió, tratando en vano de poner algo de distancia entre las dos.
Cuando tocó con los hombros la pared terrosa que había tras ella, notó cómo el corazón del bosque palpitaba a través de la tierra y dentro de su cuerpo.
Aquellos latidos eran la canción viva de los bosques.
Los mismos bosques que acudían siempre que cantaba, los que trataban de protegerla del único modo que podían: ayudándola a recordar quién era.
«Cántanos una canción verdadera, Emeline».
Respiró hondo y contempló las raíces que la rodeaban, que se elevaban hacia los árboles que crecían por encima. Los árboles que ya la habían ayudado varias veces.
«Ayudadme una última vez —pensó— y os cantaré todas las canciones verdaderas que conozco».
Las manos de la Vil habían adoptado una velocidad casi frenética; afilaban, afilaban, afilaban, puliendo el filo letal y plateado.
Su plegaria fue escuchada: algo surgió de la pared terrosa que había tras Emeline, rozándole la cabeza por detrás, una especie de pequeños dedos que empezaron a deshacer el nudo de la mordaza que la silenciaba.
Se quedó muy quieta y dejó que las raíces de la pared acabaran de ayudarla.
Cuando por fin lograron aflojar el nudo, se enrollaron alrededor de la tela, rozándole la mandíbula, y se la sacaron de la boca.
La mordaza cayó sobre su cuello.
Mientras otras raíces deshacían los nudos de sus muñecas, Emeline miró el Latido, que seguía bombeando detrás de la Vil. No se le presentaría otra oportunidad como aquella.
Su padre había usado su poder para satisfacer sus caprichos egoístas. Lo había destruido todo con él.
¿Y si Emeline lograba hacer lo contrario?
No tenía por qué seguir los pasos de su padre, ni tampoco tenía por qué rechazar el poder que su naturaleza le había dado. Podía coger ese poder y labrar un camino muy distinto con él. Podía usarlo para curar en lugar de para destruir.
Pero, para hacerlo, debía ofrecer a cambio algo muy preciado para ella.
Emeline tragó saliva.
«Y, cuando lo haga, ¿qué impedirá que la Vil me clave ese cuchillo en el cuello?».
La miró. Seguía afilando, afilando y afilando la hoja, pero esta vez, en lugar de miedo, Emeline sintió que el corazón se le henchía de pena.
En otro tiempo, la Vil había sido una mujer.
Una mujer a la que habían apartado de las personas que amaba, de la que había abusado un hombre al que todo el mundo tenía en gran estima y a la que, después, la maldición de ese mismo hombre había corrompido y enjaulado en aquel mundo durante diecinueve años.
«¿Y si esa mujer sigue ahí dentro?».
Mientras la cuerda de sus muñecas se aflojaba, todavía con la mordaza colgando, suelta, de su cuello, se atrevió a decir:
—Sé lo que te hizo.
La Vil levantó la vista de la tarea que tenía entre manos con una rapidez inhumana. Al ver que Emeline se había liberado, el rostro se le deformó de furia. Alzó la daga recién afilada, bien sujeta con su garra, y se acercó a ella.
A Emeline le latía el corazón desbocado.
—Lo que te hizo no estuvo bien. —Aguantó su mirada furiosa—. Y tampoco está bien que nadie viniera a ayudarte.
Una emoción refulgió en el rostro del monstruo, pero no por ello se detuvo
—¡Cállate! —le espetó con los dientes afilados, poniéndole la daga en el cuello—. O te extirparé la voz con este cuchillo.
El acero se le clavaba igual que el hielo: frío y despiadado.
Emeline tragó saliva, consciente de que no haría falta más que un ligero movimiento de aquella muñeca pálida. Pero no se calló.
—Sé quién eres, Rose Lark. —Le ardía la garganta; la voz se le tornó gruesa—. Eres la hija de Ewan Lark —continuó, con los ojos llenos de lágrimas—. La mujer que estaba enamorada de Tomás Pérez. —Se mordió el labio y vaciló—. Y eres madre —susurró—. Mi madre.
La Vil vaciló. Sus ojos inyectados en sangre recorrieron el rostro de Emeline, estudiando sus rasgos, buscando en ellos la verdad que encerraban sus palabras. Buscándose a sí misma.
Y, como si tuviera miedo de lo que podía llegar a encontrar, se apartó de ella. Emeline sintió que la fría presión del acero se despegaba de su cuello.
—No… No puede ser.
—Él lo destruyó todo —susurró Emeline—. Y yo estoy aquí para arreglarlo.
Mientras sacaba las muñecas de las cuerdas flojas, recordó las palabras grabadas en el cuenco del diezmo de su abuelo.
«Los mayores sacrificios son los diezmos más valiosos».
Sabía lo que debía hacer, pero la mataba de tristeza. Sin embargo, si así salvaba a su madre, y a Grace, y a todos sus amigos… Si así salvaba al bosque y deshacía todo el daño que había causado su padre…, estaba dispuesta a hacerlo.
Alzó la barbilla, apretó los puños y aunó todo el coraje que poseía. Miró el corazón del bosque, que se encontraba tras la perpleja Vil, quien, de un momento a otro, tal vez se recuperase del impacto y la atacase de nuevo.
—Estoy aquí para pagar un diezmo —le anunció al Latido—. Te daré mi voz, y, con ella, mis sueños más allá del bosque. Seré tu nueva Maga Cantora, si me aceptas.
Emeline inhaló con brusquedad, pensando en el precio que iba a pagar. Jamás volvería a cantar sus canciones bajo los focos. Jamás volvería a salir a un escenario ni grabaría un álbum del que estuviera orgullosa. Jamás tendría la oportunidad de demostrar que podía alcanzar el éxito a su manera.
Emeline exhaló. Y lo dejó ir todo.
Cuando los bosques aceptaron su ofrenda, fue como si unas manos la penetrasen y le sacaran el alma, como si la escindieran del sueño de su vida. Fue doloroso.
Pero, cuando respiró, la inundó algo nuevo.
Se sintió como la noche que le había cantado a la jaula de olmos para pedir a los árboles que liberasen a Albar.
Esa noche, había sentido cómo el poder de su voz manaba de ella.
Esta vez ocurrió a la inversa. El poder fluía hacia su interior, se filtraba en su sangre y su tuétano. Se plegaba bajo su piel.
Fue como Grace le había contado: había magia en un sacrificio. Emeline había entregado su bien más preciado como diezmo, y algo igual de precioso estaba rellenando los huecos que había dejado.
Fluía a través de ella; espeso como la miel, brillante como la luz de las estrellas, palpitante como un sol ardiente. Zumbaba como un enjambre de abejas satisfechas.
Poder.
Le sabía como si tuviera rayos de sol azucarados sobre la lengua.
Se rio ante la imposibilidad de lo que sentía. Y allí, de pie bajo aquel resplandor y rebosante de magia, empezó a cantar, con el corazón tan lleno de tristeza como de esperanza.
Todas sus viejas canciones, las que había tenido encerradas tanto tiempo, quedaron libres y brotaron con naturalidad de su interior. Y con ellas surgía el poder. La fuerza se henchía en su garganta, mucho más poderosa que antes. Flotaba en el aire cargado de promesas que la rodeaba.
Cuando terminó la primera canción, cantó otra, y luego otra más. No se cansaba ni se debilitaba. Estaba descubriendo en ella una fuente inagotable de poder. Emanaba de ella; allí, en el corazón del bosque, para que las raíces de los árboles se empaparan de él.
Y, mientras su voz llenaba la caverna, los árboles aceptaron lo que les ofrecía y empezaron a curarse: primero sus raíces y luego sus troncos y sus ramas. Se unieron a su canción, pasándose la magia entre ellos, de uno a otro, de uno a otro, hasta los confines de los bosques.
Y se liberaron de la maldición.
Pero el bosque no era lo único que había curado.
—¿Emeline…?
La voz de su madre ya no era áspera y rasposa; era una suave, dulce y temblorosa.
Emeline levantó la vista y vio a la Vil, resplandeciente. Como un espejismo. El aire brillaba, delicado como una telaraña, y entonces… cambió.
Como una mariposa abandonando su crisálida, la Vil se desvaneció.
Lo que había ante Emeline ya no era un monstruo, sino una mujer de mediana edad tan hermosa como la luna.
Su melena negra como las plumas de un cuervo caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos eran del color de los huevos del petirrojo.
Llevaba un vestido de seda del mismo gris que el de las nubes de tormenta.
La joven exhaló un aliento tembloroso.
—¿Mamá?
Rose Lark soltó el cuchillo y la piedra de afilar. Cayeron sobre la tierra blanda con un golpe sordo y las raíces de la caverna crecieron sobre ellos de inmediato, enterrándolos en las profundidades de la tierra, donde nadie podría recuperarlos jamás.
Sin dejar de mirar a su hija, Rose dio un paso hacia ella, vacilante, y luego alzó los dedos temblorosos hacia su rostro.
—Lo siento tanto… —susurró, con las pálidas mejillas empapadas en lágrimas.
Emeline negó con la cabeza con vehemencia, alargando las manos hacia ella.
—No fue tu culpa.
Rodeó con los brazos los frágiles hombros de su madre y la atrajo hacia sí. El pelo le olía dulce, como a agua de rosas. El cuerpo delgado temblaba como un árbol joven en un vendaval.
Sollozando, Rose abrazó a su hija con fuerza, como si, esta vez, no quisiese soltarla jamás.
Cuando se separaron, los rostros de las dos brillaban, cubiertos de lágrimas.
Entrelazando sus dedos con los de ella, Emeline condujo a su madre bajo el resplandor del corazón del bosque y siguió cantando.
Cantó sus propias canciones verdaderas, y cuando la última de ellas se derramó de sus labios, Emeline se serenó y recordó el árbol que había plantado su abuelo el día de su nacimiento.
Un espino albar enraizado en la linde del bosque.
Pensó en el muchacho que una vez le había recitado poesía junto a las estanterías y que se había convertido en el hombre que había estado a su lado cuando se había enfrentado a un rey.
Se había ido a un lugar donde ella no podía seguirlo.
Cuando terminó su canción, cuando ya había cantado toda su magia, Emeline le envió un mensaje a través de los árboles.
«Vuelve conmigo».