Cuarenta y uno
Emeline tragó saliva, alzó las dos manos y dio un paso atrás, preguntándose si la maldición habría envenenado también a Grace.
—¿Es que no has aprendido ya la lección? —Grace tenía la voz colmada de furia—. No hago más que matarte y tú no haces más que volver, haciéndote pasar por las personas que amo.
«Se cree que soy una piel de sombra».
—A mí no me engañas —continuó su amiga con amargura—. Todas las personas que amo se han ido.
—Grace…
—¡No hables! —le espetó entre dientes, acercándose al escalón. El acero de la espada presionó con más fuerza sobre su piel.
«¿Cómo le demuestro que soy yo?».
Contempló el acero que resplandecía y recordó las veces que había visto morir a una piel de sombra. Se disolvían como humo. Si Grace la mataba, Emeline no se disolvería. Caería al suelo, muerta, y su sangre se filtraría en la tierra cubierta de polvo.
Con esa imagen en mente, cogió el frío acero con una mano y apretó, como si se dispusiese a quitarle el arma. Grace abrió unos ojos como platos y tiró hacia atrás la espada, haciéndole un corte en la palma de la mano a Emeline.
La joven hizo una mueca de dolor, pero cerró el puño y lo tendió entre ella, para luego desplegar los dedos poco a poco. La sangre empezó a manar del corte, iluminada por la luz de las estrellas.
—Las pieles de sombra no sangran —le recordó Emeline en voz baja.
La sangre goteaba en el escalón que había entre ellas. Grace inhaló con fuerza, contemplando las gotas rojas que estallaban contra el polvo gris pálido. Luego bajó la espalda.
—Emeline… Lo siento mucho.
Emeline miró tras ella para ver si habían atraído a alguna amenaza con sus voces, y luego dio un empujoncito a Grace para entrar en la casa.
—No pasa nada. Entremos.
Cerró la puerta con el pestillo mientras Grace envainaba la espada y la dejaba junto a la ventana. Luego alzó un candelabro para iluminar el camino con sus llamas.
—¿Estás sola?
Grace asintió en silencio, moviéndose por la casa oscura para mirar por las ventanas de la cocina, que daban al jardín y los establos de la parte de atrás. Estaba comprobando que no hubiera ninguna amenaza.
—No queda nadie. Sable, Corvus, Albar… Todos se han ido. Incluso el rey se ha marchado.
La ira que Emeline sentía contra Albar empalideció comparada con la ola de tristeza que la anegó. Pensar que nunca volvería a verlo, que nunca volvería a ver tampoco a sus dos amigos cambiaformas, era como tratar de coger aire y darse cuenta de que no había.
Había llegado demasiado tarde. Los había perdido.
Abrió y cerró los dedos.
—¿Hay alguna forma de…? No sé… ¿De deshacer lo que ha ocurrido?
Grace la miró con el rostro inexpresivo. Sus ojos, siempre tan brillantes, se veían apagados y plomizos, y su boca estaba apretada en una delgada línea.
—Bueno, pues aquí no puedes quedarte —dijo Emeline, tratando de enterrar el peso espantoso de todo aquello—.
Tal vez puedas con una o dos pieles de sombra, pero ¿qué pasará cuando vengan grupos enteros?
¿Cuando se den cuenta de que eres el último ser vivo en esta ciudad y decidan invadir la casa?
—Tal vez Sable la hubiese entrenado con la espada, pero alguien del mundo de más allá del bosque no tenía nada que hacer contra una horda de pieles de sombra.
Y aquella casa no podría resistir durante mucho más tiempo los efectos de la maldición de la Vil—. Te voy a llevar a Edgewood conmigo.
Grace frunció el ceño.
—¿Y si Sable vuelve? —Negó con la cabeza—. Esa vida la entregué como diezmo. No pienso volver a ella. Esta es mi casa.
—Pero aquí no tienes nada. —El silencio que siguió a aquellas palabras era pesado, denso, como una roca entre las dos.
Era lo mismo que Albar le había dicho a ella hacía dos años.
Era la razón por la que le había arrebatado los recuerdos, pensando que la conocía mejor de lo que se conocía ella misma—.
No quería decir eso —se corrigió de inmediato—.
Pero no podemos quedarnos aquí plantadas esperando a que nos devoren.
Grace alzó la barbilla.
—No pensaba hacerlo. —Dio media vuelta, alzó el candelabro de nuevo y entró en lo que parecía un salón. Emeline la siguió.
Grace rodeó una larga mesa rodeada de sillas tapizadas y se detuvo de forma abrupta.
Emeline fue al lado opuesto. Entre ellas, al otro lado de la superficie de roble de la mesa, estaba el mapa con el que habían encontrado la casa del Mago Cantor.
Emeline, que no había podido examinarlo bien antes, se quedó quieta al ver un símbolo iluminado por la luz de las velas.
Se inclinó sobre el mapa y lo siguió con la mirada más allá de Edgewood en la frontera norte, más allá de la Ciudad del Rey, hasta llegar a un símbolo en forma de puerta dibujado en el interior del tronco de un árbol gigantesco.
Debajo se leían las palabras: «El Latido».
Frunció el ceño.
—¿El Latido?
—Es donde el rey lleva los diezmos de las tierras fronterizas —explicó Grace—. Para fortalecer al bosque contra la maldición. —Cogió el mapa y empezó a enrollarlo—. Es donde entregué como diezmo todo lo que amaba más allá del bosque.
—Vale… —dijo Emeline, que no entendía nada.
—Me queda una cosa que entregar.
—¿Qué cosa?
—Mi vida —susurró, todavía enrollando el mapa—. El aire que respiro.
Emeline sintió un escalofrío.
—¡¿Qué?!
Grace cogió el mapa enrollado con ambas manos y lo miró fijamente.
—No viste el terror que sentía Sable. Se sentía desaparecer. ¡Lo sentía! Sabía que nunca volvería a ser humana. —Cuando Grace levantó la vista, Emeline le vio los ojos brillantes y llenos de lágrimas—. Si pudiera devolverle eso…
Empezó a temblar. Tiró el mapa y se tapó la cara con las manos, tratando de contener los sollozos.
A Emeline se le partió el corazón. Acudió a toda prisa al lado del Grace y la abrazó. Le pareció tan tierna, tan pequeña y perdida…
—Grace… —susurró, y tragó saliva, a pesar del nudo que tenía en la garganta—. ¿De verdad crees que Sable querría volver si tú no estás aquí esperándola?
Su amiga se irguió y se apartó de ella.
—Ya he tomado una decisión. —Por su expresión de ferocidad y la firmeza de su mandíbula, Emeline supo que no le haría cambiar de idea—. Me voy.
Cogió el mapa y salió de la estancia, dejando la vela encendida sobre la mesa.
Emeline no podía permitir que fuese sola, no con todos los horrores que acechaban en el bosque. Así que fue tras ella, segura de que Grace acabaría por comprender que aquello era una locura. Y, cuando lo hiciera, ella estaría a su lado para llevarla de vuelta a Edgewood.
Quizá hubiera perdido a los demás, pero todavía podía salvar a Grace.
Viajaron hasta las profundidades del bosque. Cuanto más se alejaban, más frío hacía; a Emeline le recordaba a la casa del Mago Cantor.
Era un frío espeluznante, que le helaba la sangre y se le clavaba en la piel, un frío que transformaba su respiración en niebla. El único calor era el que despedía Lamento.
A su lado, Grace montaba su propio caballo con una de las espadas de Sable envainada a la espalda, mientras escudriñaba el bosque, oscuro como la noche.
A su alrededor, los árboles pálidos respiraban sus alientos rasposos y entrecortados.
Bajo la luna, el bosque se veía blanco como la escarcha. El color de la putrefacción.
A veces, Emeline creía ver una sombra que las seguía, cruzándose por entre los árboles blancos, pero, cuando se detenía para comprobar si algo o alguien las perseguía, no veía nada.
Se aferró con fuerza a las riendas y espoleó suavemente a Lamento para que continuara.
Pronto, demasiado pronto, encontraron el roble colosal, en cuyo tronco había una puerta de madera.
Las raíces gruesas y sedientas del árbol se sumergían en la tierra, y su corteza pálida se enroscaba como una multitud de cuerdas, alzándose hacia arriba, hasta que sus ramas desnudas parecían arañar el cielo azul cobalto.
Emeline bajó de la yegua.
—Voy a ver si está cerrada —dijo con la esperanza de que así fuera, preguntándose si sería capaz de encallar la puerta si estaba abierta. Esperaba que, a esas alturas, Grace ya hubiera recobrado el sentido común, así que estaba tratando de pensar un plan alternativo.
Su amiga la observó con atención mientras se acercaba a la puerta. Las bisagras de cobre estaban azules y oxidadas, y grabado a fuego sobre la superficie de la puerta aparecía el símbolo de una semilla.
Antes de que a Emeline le diera tiempo de poner la mano en el pomo, también de cobre, oyó que Grace desenvainaba la espada de Sable.
Se volvió de inmediato y vio que desde detrás de los árboles salían montones de pieles de sombra cuyas formas oscuras contrastaban contra los árboles plateados.
Mientras Grace retrocedía en dirección a Emeline, con la espada bien agarrada, esta sintió cómo los monstruos le aguijoneaban la mente, como si montones de dedos se metieran en una piscina de aguas quietas para sumergirse en sus profundidades.
Lamento se encabritó y chilló. Aquel sonido tan poco natural le atravesó los oídos como un puñal e hizo que se estremeciera. La ascuaballo pataleó la tierra con los cascos, prendiéndola de fuego rojo.
Las pieles de sombra seguían acercándose a ellas.
Cuando Lamento se levantó de nuevo sobre sus patas traseras, Emeline se acercó a ella para calmarla, pero un grito en la distancia la detuvo. El sonido era ensordecedor. Como el rugido del mar.
La tierra empezó a temblar bajo sus pies.
Emeline se dio la vuelta. En la distancia, el resplandor naranja de un fuego descontrolado barría el terreno a través de los pálidos árboles. E iba directo hacia ella.
«No. No es fuego. Son caballos».
Una manada de ascuaballos se acercaba. Lamento los había llamado.
Emeline cogió a Grace de la mano y la atrajo hacia el roble, con la esperanza de que les sirviera como escudo contra los cuerpos ardientes que se abalanzaban sobre ellas. Apretujaron la espalda contra la puerta hasta que les dolieron los omóplatos de la presión.
El temblor y las sacudidas de la tierra hacían que les vibraran los huesos y les castañetearan los dientes.
Poco después, tenían el fuego encima, ardiente y estruendoso.
Los ascuaballos pasaron junto a ellas a toda velocidad, separándose para esquivar el roble gigantesco que las protegía.
Resoplaban fuego y chillaban con furia, y, formando un muro de fuego alrededor de las dos amigas, se lanzaron contra las pieles de sombra y las aplastaron con sus poderosos cascos, ahogándolas en fuego salvaje y obligándolas a recular.
Emeline se apartó de la puerta, contemplando sobrecogida cómo aquel océano de rojos y dorados inundaba los árboles blancos para luego alejarse en la distancia, sin dejar ni rastro de las pieles de sombra.
Cuando el bosque se quedó en silencio de nuevo, solo quedó Lamento, que volvió trotando hacia ellas.
—Vamos —dijo Grace. Cogió su espada resplandeciente y dio un paso hacia la puerta, que gimió al abrirse, revelando unos escalones de tierra marrón cubiertos de delgadas raíces blancas que desaparecían en una cavernosa oscuridad.
—Grace, espera…
Cuando Emeline dio un paso para detenerla, la puerta se cerró de golpe.
Se las había tragado como una boca hambrienta, sumiéndolas en la negrura.
Emeline se volvió, con el corazón martilleándole contra el pecho, y alargó las manos, tanteando hasta rozar con los dedos la madera de la puerta.
Buscó el pomo de cobre y trató de girarlo.
No se movía.
Estaban encerradas.
—No…
—No se abrirá hasta que no se haya entregado un diezmo —dijo Grace, cuya voz se oía muy lejana.
«Mierda —pensó Emeline mientras se pasaba las manos temblorosas por el pelo—. ¿Qué he hecho?».
No veía a su amiga en la oscuridad, pero oyó sus pasos, que descendían y descendían. Guiándose con las paredes de tierra, la siguió escaleras abajo.
¿Cómo se las arreglaría ahora para sacar a Grace de allí?
Mientras bajaba, el aire empezó a resplandecer.
Algo palpitaba a través de la tierra suave y fresca bajo las palmas de su mano; un olor húmedo y terroso se filtraba en el ambiente.
Al final de las escaleras, el resplandor era mayor, y vio que las paredes que las rodeaban estaban infestadas de raíces.
La silueta de Grace se empequeñecía en la distancia.
Emeline se apresuró a avanzar, siguiéndola a través de aquel resplandor, hasta que ese extraño palpitar creció y creció, colmándole el pecho. El pasillo de tierra se abrió en una cámara en forma de orbe con raíces pálidas que bajaban hasta el suelo como hiedra.
En el centro de la cámara se hallaba la fuente del resplandor y los latidos: enorme, blanca y con forma de lágrima, una semilla latía como un corazón humano, suspendida en una maraña de raíces que hacían las veces de arterias.
Bajo ella había un estanque negro cuya superficie ondeaba con suavidad, pues caían gotas de agua sobre ella.
El Latido. El mismísimo corazón del bosque.
Emeline se imaginó allí al rey, ofreciendo el poder de los diezmos de Edgewood para ayudar al bosque a luchar contra la maldición.
Pensó en su padre, el Mago Cantor, haciendo su propio sacrificio.
¿Habría estado allí, en aquel mismo lugar?
¿Había sido allí donde había dejado de ser un músico talentoso para transformarse en un monstruoso mago?
Se estremeció.
Cuando Grace desapareció al otro lado de aquel corazón palpitante, Emeline sintió que su última oportunidad se le escapaba de las manos.
Era entonces o nunca. Saldrían de allí las dos; sacaría a Grace, aunque tuviese que hacerlo por la fuerza.
Tiraría esa puerta abajo si era necesario.
No permitiría que su amiga llevara a cabo lo que tenía en mente.
—Estás cometiendo un error.
Grace no le hizo caso.
—¿No crees que Sable querría que vivieras tu vida? —insistió Emeline con cierta desesperación, yendo hacia el otro lado del corazón suspendido en el aire—. ¿No crees que querría saber que estás viva, en este mundo, durmiendo bajo el mismo cielo y pensando en ella?
—Nunca lo sabrá —respondió Grace—. Porque no…
Cuando Emeline apareció ante ella, Grace levantó la vista. Al instante, su mirada oscura se desvió hacia algo que estaba detrás de su amiga y, asustada, puso unos ojos como platos.
—¡Emeline! ¡Cuidado!
En el momento en que se volvió para mirar, un golpe sordo resonó en sus oídos. Sintió un estallido de dolor en la cabeza. Ni siquiera se dio cuenta de que se estaba desplomando antes de que la oscuridad cayera sobre ella.