Un oscuro olvido Cuarenta
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Cuarenta

Cuando la puerta de la green room se abrió y apareció ella, todos los miembros de los Perennials dejaron de reírse de golpe.

Ashley, que iba vestida con unos pitillos negros y una camiseta roja con un corazón de alambre de espino, se incorporó en el sofá, donde estaba despatarrada.

Su coleta decolorada se meció con el movimiento.

Emeline se sintió electrificada al darse cuenta de lo que acababa de hacer. De lo que todavía estaba haciendo. «Me estoy despidiendo de mi gira y de un contrato discográfico con Daybreak».

Pero no. De lo que se estaba despidiendo era de pasar tres semanas con unos músicos que no la creían merecedora de compartir su escenario. Se estaba despidiendo de grabar un álbum con canciones que no eran suyas.

Cogió su mochila, metió sus instrumentos en sus fundas y luego abrió la puerta de la sala con el hombro y salió al pasillo.

Cuando la puerta se cerró, oyó la voz amortiguada de Ashley.

—Pero ¿no acababa de salir?

Emeline debería haberles dicho que se iba. Que lo sentía. Que incluso les encontraría a una sustituta para el día siguiente. Pero entonces se acordó de las palabras tan desagradables que le habían dedicado a Chloe y a ella la noche anterior y siguió andando.

« Adieu , capullos».

Una vez en el pasillo, echó a correr. Pasó junto a la mesa de merchandising que vendía sus EP, pasó junto a los fans con camisetas de los Perennials que estaban apretujados contra las paredes y corrió hasta la entrada del Ninfa, donde una fila de taxis mojados por la lluvia esperaban en la curva.

El aire era pesado y caliente. La ciudad resplandecía como si estuviera hecha de cristal.

—¡Emeline!

La voz de Joel.

Hizo una mueca, pero no se volvió. La lluvia caía sobre ella, salpicándole la cara y el pelo. Abrió la puerta trasera de un taxi, lanzó dentro la guitarra y el ukelele y luego se refugió en la oscuridad del asiento trasero.

— Rue Sainte-Catharine Est —le dijo al conductor, elevando la voz sobre el golpeteo de los limpiaparabrisas—. S’il vous plaît .

Se había dejado el anillo de Albar en su piso. No solo porque no quisiera llevar el recuerdo consigo, sino porque nunca llevaba joyas cuando actuaba, le molestaban para tocar. Pero ese anillo era la forma más rápida de volver a casa.

Una mano cogió la puerta impidiéndole que la cerrara.

—¿Qué coño estás haciendo? —Emeline levantó la vista y se encontró con el rostro de Joel deformado por la ira. Tenía la puerta agarrada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos como huesos—. ¡Te has largado en mitad del concierto!

—Ya lo sé —contestó, poniendo una mano en la manija, siempre con el bosque en mente. «He venido a decirte adiós»—. Es una emergencia. Tengo que irme a casa.

Él la agarró de la muñeca para detenerla.

—¡¿Sabes a cuánta gente le he tenido que lamer el culo para conseguirte estas actuaciones?! ¡¿Y lo vas a tirar todo por la borda?! ¡¿Qué mierda te pasa?!

—Ya lo sé, yo… —Emeline trató de zafarse de él—. Para, Joel. Me estás haciendo daño.

El taxista se volvió desde el asiento delantero y soltó unos cuantos tacos en francés. Joel echó un vistazo al hombre y vaciló lo suficiente como para que Emeline se soltase, aunque él seguía sujetando la puerta. No podía cerrarla sin aplastarle los dedos.

—Si haces esto, mi padre te echará —la advirtió, furioso—. Tenlo claro.

En otro tiempo, aquellas palabras la habrían destrozado. Unas semanas antes, que su representante la echara habría sido una de las peores cosas que podían pasarle. Sin embargo, en ese momento se limitó a asentir.

—Ya lo sé. Dile que lo siento. De verdad.

Joel se quedó boquiabierto. Cuando soltó la puerta, Emeline cogió la manija y cerró de un portazo. Él quitó los dedos justo a tiempo.

— Imbécile … —masculló el taxista mientras ponía el intermitente y se incorporaba al tráfico.

Emeline miró por el retrovisor, primero a Joel y luego a la marquesina del Ninfa, en la que aparecía su nombre en gruesas letras negras.

La miró hasta que desapareció por completo en la distancia y lo único que quedó fueron los latidos de su corazón, que palpitaban al compás de los limpiaparabrisas.

Cuando Emeline llegó a Edgewood, ya era de noche.

Al principio, el cambio la desorientó: pasó de estar rodeada del aire enrarecido de su diminuto apartamento a sentir la brisa fresca del patio delantero de su abuelo.

Se había puesto el anillo con Albar en mente, así que esperaba aparecer en la Ciudad del Rey, pero quizá el anillo solo podía llevarte a lugares más allá del bosque.

Abrió la puerta de la casa de su abuelo, con la intención de acortar camino por ahí.

Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea y calentaba la habitación.

El anciano estaba junto a la ventana de la cocina, con un pijama de franela azul y unas zapatillas, y Maisie estaba a su lado.

Los dos miraban hacia el bosque oscuro con rostros inquietos y sendas tazas de chocolate caliente en las manos.

—Emeline —la llamó Maisie en voz baja—. Ven, mira esto.

Ella se acercó y miró en la misma dirección.

Lo que vio hizo que el corazón le latiera desbocado.

Su árbol.

El que su abuelo había plantado el día que ella había nacido.

Estaba iluminado por las luces de la casa. Vio su corteza llena de nudos, sus ramas retorcidas. Bajo sus hojas verde oscuro crecían racimos de bayas rojas. Estaba enraizado en su sitio, en la linde del bosque, donde siempre había estado.

—Tu espino albar —dijo su yayo.

«No puede ser».

Pero ahí estaba: su espino albar.

«La maldición hace que todo vuelva a su forma verdadera».

Emeline no se dio cuenta de que se había puesto en marcha, de que estaba corriendo, de que salió disparada de la casa en dirección al bosque, hasta que cruzó las lindes, evitando al espino albar como si fuese una verdad horrorosa a la que no quería enfrentarse.

En cuanto se adentró en el bosque, se dio cuenta de que algo no andaba bien. Los árboles que bordeaban la frontera, que siempre habían sido fuertes y sanos, se estaban pudriendo. La luz de la luna que penetraba a través de las copas era turbia y gris.

Ya no olía a bosque. Olía a descomposición.

La Mácula se había extendido hasta allí, hasta la linde del bosque. Y si había llegado tan lejos…

Emeline echó a correr. Corrió hasta que le ardieron los pulmones, hasta que su respiración jadeante y entrecortada le resonaba en los oídos, y entonces corrió más aún.

«Emeline —decían con voz ronca los árboles marchitos, tratando de llegar hasta ella—. Has vuelto…».

Cenagal era el que guardaba la entrada más cercana a la ciudad, así que se dirigió allí primero. Sin embargo, cuando llegó al pantano, descubrió que el agua estancada estaba en completa calma.

—¡Cenagal!

Ninguna cabeza fangosa emergió de las profundidades.

—¡¡¡Cenagal!!!

La única respuesta que obtuvo fue el pesado silencio de la Mácula.

Si Cenagal había sucumbido a la maldición, ¿había desaparecido también el punto de entrada? Buscó la pasarela de madera que antes estaba escondida bajo el agua, pero, si estaba allí, estaba totalmente sumergida. Y, si no podía entrar por ahí, tenía un trayecto de tres días a pie hasta la puerta.

Oyó un suave crujido tras ella. Como una rama partiéndose al pisarla.

Se puso alerta de inmediato y un sudor frío empezó a brotar de su piel. La Vil le había quitado el puñal que Sable había forjado para ella, así que, si aquello era una piel de sombra, no tenía nada con qué defenderse.

Se volvió poco a poco, pero lo que la estaba esperando no era un monstruo, sino un caballo. Su pelaje negro resplandecía bajo la luz de la luna y sus ojos brillaban como las llamas danzantes de una hoguera. La ascuaballo meneó las orejas y se quedó mirándola fijamente.

—Lamento —la llamó Emeline en voz baja.

Al oír su nombre, la yegua se acercó a ella. Emeline le rodeó el cuello con los brazos y presionó la mejilla contra el pelaje suave y cálido.

—¿Puedes llevarme a la ciudad?

Lamento le resopló en el pelo, como diciéndole: «Súbete».

Los muros que rodeaban la Ciudad del Rey ya no eran blancos: estaban agrietados, ennegrecidos y llenos de moho. En la entrada, el portón de cobre estaba retorcido hacia atrás, colgando de las bisagras, como unas costillas rotas.

Emeline se estremeció al cruzarlo a lomos de Lamento.

Las calles que se extendían ante ella estaban oscuras y sin vida. Una fina capa de polvo gris, como de hojas machacadas, cubría los adoquines. No había setonelas en formación, ni rostros asomados a las ventanas.

La ciudad estaba vacía.

Emeline acució a Lamento para que galopase.

Fueron directas a casa de Sable y Grace. Emeline instó a la yegua a aminorar la marcha al llegar a la entrada y luego bajó, deslizándose por su cálido lomo. La puerta estaba abierta, y un escalofrío le recorrió la piel al ver el cerrojo roto.

Emeline no llevó a Lamento al establo. No quería que la yegua se quedase atrapada, si había pieles de sombra merodeando por allí.

La noche se cernía sobre ellas mientras Emeline se acercaba con sigilo a la casa silenciosa.

Lamento la observaba, moviendo las orejas, nerviosa.

No había humo que saliera por la chimenea, y el sauce del patio, que tan hermoso había sido, estaba blanco y marchito.

Podrido. Subió los escalones polvorientos a toda prisa y llamó a la puerta.

Al ver que nadie respondía, cogió el pomo de cristal y lo giró, solo para descubrir que estaba cerrado.

—¡Grace!

Nadie respondió.

Golpeó la puerta con fuerza, presa del pánico.

—¡Soy yo! ¡Emeline!

Estaba a punto de golpearla de nuevo cuando oyó unas cadenas en el interior y un cerrojo que se descorría.

Cuando la puerta se abrió, Emeline se relajó… hasta notar la punta fría y afilada de una espada contra su cuello.

Y al otro lado de la resplandeciente hoja estaba Grace, aferrada a la empuñadura con las dos manos. Sus gruesos rizos negros eran una nube enmarañada alrededor de su cabeza, y sus ojos, dos pozos oscuros.

—Muévete y te mato —la amenazó.