Treinta y nueve #2
Él se secó las manos con el trapo, lo dobló pulcramente y, sin soltarlo, se volvió para mirarla.
—Esa no es razón para renunciar a todo por lo que tanto has trabajado.
Pero él no sabía lo que era alcanzar éxito tras éxito para ser recompensada solo con un vacío interior que no hacía más que crecer.
—Pensé que te alegrarías de verme.
Albar abrió la boca para contestar, pero se contuvo. Se volvió hacia la ventana que había sobre el fregadero y oteó el bosque.
—No hagas esto, por favor.
Emeline se sentía como un ovillo que hubieran lanzado al suelo y se estuviera desmadejando poco a poco. Había estado fuera demasiado tiempo. Él había pasado página ya. La había dejado atrás.
Pero, si eso era así, necesitaba oírselo decirlo.
— ¿Por qué no? —Apretó los puños—. ¿Por qué no puedo hacer esto?
No se volvió hacia ella. Siguió mirando por la ventana.
—Al final, solo sentirías resentimiento contra mí, contra ti… Dentro de cinco o diez años, recuperarías el sentido común y te darías cuenta del terrible error que cometiste. Un error que ya no podrías enmendar.
—¡Es ahora cuando estoy recuperando el sentido común! —le gritó—. ¡El error ya lo he cometido y lo estoy arreglando!
Él se encogió sobre sí mismo como un animal herido. Se miró las manos y susurró:
—Ojalá fuese cierto.
No la escuchaba.
¿Por qué no la escuchaba?
—Es mi vida, Albar. Puedo hacer lo que quiera con ella.
Él se volvió hacia ella y la miró con ojos duros y penetrantes.
—Está bien. Pero si vuelves y dejas la música, no te lo perdonaré nunca.
Tiró el trapo en la encimera y se fue hacia la puerta, pasando por su lado sin mirarla, partiéndole el corazón por la mitad.
Al día siguiente, tras haberse pasado la noche entera llorando, ocurrió algo muy extraño. Emeline dejó de llorar de forma abrupta y no se acordaba de por qué había empezado a llorar.
Tampoco de por qué había vuelto a casa.
¿Había ido a visitar a su abuelo porque lo echaba de menos?
¿Era eso? ¿O lo había hecho para alejarse un tiempo de la escena musical?
A veces se sentía agotada. Los chismorreos, la rutina, la competencia despiadada…
Quizá era una buena idea buscar amigos que no formasen parte de la industria de la música.
Amigos que fuesen majos, que tuviesen los pies en la tierra.
Pero ¿qué hacían todas sus cosas en el coche? ¿Le había dado por volver a Edgewood? Pero eso era absurdo. Toda su vida estaba en Montreal. Su carrera estaba en alza. No podía volver a casa.
Por mucho que lo intentara, Emeline no se acordaba de por qué estaba allí.
Lo que sí sabía era que la habían contratado para tocar en un festival la semana siguiente, y si no volvía pronto para prepararse, no estaría lista a tiempo.
Así que, por la mañana, metió su maleta en el maletero, le dio un beso de despedida a su abuelo y condujo de vuelta a la ciudad.
Donde estaba su vida.
Bajo los brillantes focos del escenario, Emeline dejó de mover los dedos sobre las cuerdas. Cuando terminó la canción, el público escondido tras las luces aplaudió y la vitoreó.
Emeline había soñado con cantar sus canciones en un escenario desde que era una niña, pero, poco después de mudarse a Montreal, algo había cambiado.
«Tus canciones no venden —le había dicho su representante—.
Y no serás joven para siempre». Si quería pagar las facturas, si quería que su carrera despegara en lugar de estancarse, debía cantar otro tipo de canciones, y debía hacerlo cuanto antes, antes de que su juventud dejase de ser un punto a favor de las ventas y la industria se aburriera de ella.
Así que confió en su representante y guardó sus canciones bajo llave, utilizando poesía como contraseña.
«Y luego Albar me hizo olvidar».
Emeline echó un vistazo a su setlist . La música que había preparado estaba allí, a sus pies. Los representantes de Daybreak estaban en algún sitio, entre el público. Lo único que tenía que hacer era empezar y seguir. Lo único que tenía que hacer era demostrarles de qué era capaz.
Aquel era su sueño. El sueño de su vida.
¿No?
Lo había comprendido hacía dos años, justo antes de que Albar le arrebatara sus recuerdos: cantar las canciones que había compuesto otra persona, irse de gira con músicos hastiados y vivir tan lejos de lo que más amaba no era más que una versión retorcida de su sueño.
Eso era lo que el bosque había estado tratando de decirle cuando la perseguía por los escenarios, exigiéndole canciones de verdad.
Hacía diecinueve años, su abuelo le había pedido al bosque que la protegiera, y el bosque se había tomado aquella responsabilidad muy en serio.
Era así como la había estado protegiendo: recordándole quién era y qué era lo importante para ella.
«Ibas a renunciar a tus sueños. Ibas a quedarte aquí. Por mí».
Comprendía por qué Albar había hecho lo que hizo, aunque eso no lo justificara. Había intentado salvarla de sí misma, porque, como sabía lo desesperadamente que ansiaba tener una carrera en el mundo de la música, estaba convencido de que renunciar a su sueño la haría infeliz a largo plazo.
«Y todavía lo deseo».
No había nada que a Emeline le gustara más que cantar en escenarios iluminados por los focos o en bares oscuros. Pero quería hacerlo a su manera. Quería cantar sus canciones.
«Y quizá todavía pueda hacerlo».
Había recuperado sus viejas canciones, y podía cantarlas allí mismo. En ese preciso instante. Su representante se pondría furioso, pero ¿qué más le daba?
Aquella conclusión le quitó un peso invisible de encima. Un peso que había cargado durante demasiado tiempo.
Oteó las siluetas del público más allá de los focos, envalentonada.
Pero, cuando eligió la siguiente canción, una pieza que había escrito para Sable hacía muchos años, y empezó a tocarla, el ambiente cambió de golpe.
El aire se hizo denso y empezó a humedecerle la piel, y el pútrido olor del moho comenzó a emanar de algún lugar cercano.
Emeline arrugó la nariz y entornó los ojos, tratando de ver en la oscuridad más allá de las luces.
Olía a…
Unas espinas afiladas y plateadas empezaron a brotar del micro al mismo tiempo que algo rechinaba por el suelo.
Bajó la vista y vio que los tablones de madera del escenario empezaron a temblar violentamente y a romperse, y que unas gruesas raíces grises brotaron de debajo y luego se deslizaron hacia ella.
Y con ellas vinieron cientos de hojas que volaban, sopladas por un viento de otro mundo, para reunirse en un montón a sus pies.
No eran del verde vivo de las hojas sanas.
No eran de los rojos y dorados hermosos de las que acaban de desprenderse de las ramas.
Eran hojas enfermas, grises y cenicientas. Estaban pudriéndose.
El bosque había llegado.
«Emeline», la llamó con voz ronca, tratando de llegar a ella.
Contempló horrorizada las enormes y letales espinas que crecían del micrófono y las raíces que se arrastraban hacia ella como serpientes. Una de ellas se alzó por los aires, elevándose hasta su cabeza, y, antes de que pudiera apartarse, le rozó la mejilla como una caricia de despedida.
«Hemos venido a decirte adiós».
¿Adiós?
Emeline pensó en la maldición que estaba consumiendo el bosque poco a poco, acercándose cada vez más a la Ciudad del Rey; pensó en las pieles de sombra que habían conseguido traspasar los muros; pensó en Sable y en Corvus, obligados a recuperar sus formas verdaderas, incapaces de transformarse de nuevo.
«La maldición es cada día más poderosa —resonó la voz de Grace en su mente—. Tienes que escapar de aquí antes de que nos devore a todos».
¿Qué le había hecho la maldición al bosque? ¿A sus amigos?
Tras las luces, los vítores del público se convirtieron en murmullos de alarma, mientras los tablones del escenario seguían rompiéndose, estallando, y las raíces retorcidas y grises se abrían paso en el escenario.
«Tengo que volver».
Emeline se echó el ukelele hacia atrás para que quedase colgado de su espalda y, mientras el bosque moribundo estallaba a su alrededor, cogió la guitarra por el mástil para quitarla de su soporte y dijo:
—Gracias, merci . Estar aquí ha sido un sueño. —Miró al teatro por última vez, bajó la voz hasta convertirla en un susurró y añadió—. Pero ahora mismo he de estar en un lugar distinto. Bonne soirée.
Un día, volvería a subirse a aquel escenario, pero lo haría como ella quisiera, para cantar sus propias canciones. Quizá tuviera que reconstruir su carrera desde cero, pero… ¿y qué? Se había enfrentado a cosas mucho más aterradoras.
Con ese pensamiento alojado en el corazón, Emeline bajó del escenario sin mirar atrás. El bosque estaba en peligro.