Treinta y nueve
Emeline cruzó el escenario en dirección al micrófono. Su cuerpo se movía por instinto; sus pasos parecían automatizados. Como una música experimentada y segura de sí misma.
O, al menos, esa era la impresión que esperaba causar.
Por dentro, estaba hecha polvo. Su mente era un torbellino de recuerdos que se acumulaban como una tormenta a punto de estallar.
Parpadeó bajo el blanco brillante de los focos, tratando de habituarse. Cogió el micro para ajustar la altura. Le temblaban las manos.
—¡Hola, bonsoir , Montreal!
Su voz reverberó a través de los altavoces; la amplificación conocida la calmó lo suficiente para colgarse la correa de su Taylor del hombro.
Una ronda de vítores se elevó más allá de las luces.
Notaba los rostros entre la multitud, más que verlos.
Los oía toser y murmurar. Sentía los cuerpos cálidos que se mecían.
Pero Emeline solo estaba allí a medias. Su otra mitad seguía detrás del escenario, enterrada en los recuerdos que acababa de recuperar.
Notó el caos que se estaba desplegando en su interior, así que su cerebro decidió tomar las riendas y puso el piloto automático. Empezó a decirle a su cuerpo lo que tenía que hacer, que era lo que había hecho siempre en todos sus bolos.
— Je m’appelle Emeline Lark —se oyó decir—. Es un placer tocar para vosotros esta noche.
Si le tembló la voz, nadie lo notó. El público aplaudió y silbó en la oscuridad. En algún lugar de aquella sala, los representantes de Daybreak la estaban mirando.
Emeline se pintó una sonrisa en la cara mientras sus dedos empezaban a tocar las cuerdas y ajustar las clavijas rápidamente.
Tenía el setlist pegado en la base del pie de micro; lo veía perfectamente.
Los títulos de las canciones que Chloe había escrito para ella bajaban por la página blanca, escritos en gruesas letras negras.
Pero, antes de que empezase a tocar, la voz de Albar resonó en su mente: «Conocí a una chica una vez cuyas canciones la ayudaban a enfrentarse a todas las fuerzas más poderosas que ella».
El setlist se emborronó ante sus pies.
«A veces me recuerdas a ella».
«No lo hagas —se dijo—. Concéntrate. Has luchado mucho para conseguir estar aquí. No la cagues ahora».
Y, sin embargo, apartó la vista del listado de canciones y miró las luces. Recordó que, no hacía tanto, lo único que deseaba era cantar sus canciones en un escenario.
Todavía lo deseaba.
Se descolgó la guitarra del hombro, la colocó en su soporte, cogió el ukelele y lo afinó rápidamente. Con voz gruesa, dijo:
—Esta canción es sobre el olvido. Y… sobre recordar.
Emeline empezó a tocar. No era una de las canciones de Chloe; era una de las suyas. La que le había escrito a su abuelo. Solo que, en ese momento, mientras la cantaba en aquel escenario, comprendió que, en realidad, eso no era cierto.
Esa canción no hablaba de su yayo. Nunca lo había hecho.
Respiro lento, respiro suave.
El sueño me lleva con él.
Recorro los caminos, azul medianoche,
que se extienden bajo tu piel.
Una parte de mi espíritu perdida.
La busco sin encontrarla.
Una parte de belleza extinguida
porque tú has olvidado mi nombre.
Cada vez que cierro los ojos
siento que me estás esperando
enraizado en mis sueños más hondos,
fuerte y silente, como un árbol.
Un espíritu que duerme, pero aún vive.
Una belleza que no se ha apagado.
Un amor que espera bajo tierra.
Porque yo tu nombre he olvidado.
Y, mientras cantaba, un último recuerdo estalló en su mente.
Aquel primer año lejos de Edgewood, hizo lo que tenía que hacer para llegar a final de mes. Tocaba en cualquier local en el que le pagaran: cafés, antros de mala muerte, actos benéficos… Cuando iba mal de dinero, cantaba en la calle.
Grabó un EP y lo usó para mandarlo a festivales. Empezó a recibir llamadas para tocar en alguno y a ver su nombre en los carteles. Firmó con uno de los mejores representantes del mercado.
Pero no era suficiente. Por muy frugal que fuese su estilo de vida, cada vez estaba más endeudada.
Su representante le dijo que contratase a alguien para que le escribiera las canciones y que cambiara su sonido. Temerosa de que aquella fuera su única opción de lograr el éxito, siguió su consejo.
De repente, empezó a conseguir mejores bolos. Conciertos por los que le pagaban lo suficiente para comer algo que no fueran fideos instantáneos.
De repente, lo estaba logrando. Se estaba abriendo paso en el mundo de la música.
Pero también se abría paso otra cosa: el bosque.
Venía a buscarla en cada actuación, pero ya no era como antes.
Antaño, su presencia era suave y silenciosa; se colaba a través de las puertas como cualquier otro fan incondicional.
Pero las cosas habían cambiado por completo.
Los bosques ya no dejaban muestras de aprecio en la funda de su guitarra (puñados de bellotas, plumas, sámaras); ahora llegaban como un amante despechado, con gestos posesivos y hostiles.
Irrumpían en los locales en los que tocaba como si fuesen incapaces de dejarla marchar.
Como si se negaran a dejarla olvidar.
Emeline podía ignorar al bosque si era lista y cuidadosa. Lo que no podía ignorar era el dolor que traía consigo, las raíces que se extendían por su pecho y que se hundían más y más en su interior, poco a poco.
Al principio pensó que era añoranza. Los bosques le recordaban todo lo que echaba de menos. Edgewood. Las estrellas, el silencio y la vastedad del espacio. A su yayo, a Tom y Maisie, y a todos sus vecinos. A sus amigos Sable y Corvus.
Era normal sentir añoranza cuando te marchabas de tu hogar. Formaba parte de madurar.
Sin embargo, aquello era otra cosa. Un agujero en su vida. Una falta profunda y oscura.
Hacía meses que no oía la voz de Albar, desde la última vez que había llamado a casa y había coincidido que él estaba allí porque había ido a visitar a su abuelo. Y no lo había visto desde Navidad, la única ocasión en la que había vuelto a Edgewood desde su partida, en verano.
Cada noche, cuando volvía a casa después de un concierto, encontraba un enorme vacío en su piso, a pesar de que estuviese lleno de la gente que vivía con ella.
Vivía con desconocidos. Eran educados, pero desconocidos.
Había un hueco donde debería haber estado Albar —leyendo, o dibujando, o cocinando—, pero no estaba.
Y no era solo eso. Con cada nuevo éxito, aquel agujero que sentía en su interior parecía agrandarse más y más. Sus logros musicales deberían haberla satisfecho, pero la hacían sentir más hambrienta que nunca.
Sí, estaba viviendo su sueño. Pero los sueños tenían lados de sombras. Los sueños tenían un precio.
Y los suyos le habían costado algo precioso.
Ese junio, un año después de haberse mudado a Montreal, ese dolor se convirtió en una caverna gigantesca dentro de ella.
Estaba sentada a una mesa en el fondo de un bar, apretujada entre Joel y sus amigos de la banda, después de un concierto, y mientras ellos reían y chismorreaban con unas copas delante, ella se sentía como si estuviese montada en un tiovivo.
Los caballos de colores pintados subían y bajaban, dando vueltas y más vueltas.
Todo el mundo sonreía y se reía y lo pasaba bien, pero lo único que Emeline quería era bajarse, irse de allí.
«¿Qué hago aquí? —pensaba una y otra vez—. ¿Qué estoy haciendo?».
Unas noches después, recogió sus cosas —tenía tan pocas que le cabían sin problema en el coche— y a la mañana siguiente se levantó y estuvo conduciendo todo el día para ir a Edgewood.
No tenía ninguna intención de volver.
Cuando paró el coche en la calle de su abuelo, ya despuntaba el crepúsculo. Él estaba en el patio delantero, mirándola confundido y con los ojos entornados. Aparcó en la entrada y, dejándolo todo en el coche , corrió hacia él.
—He salido a hacer algo, pero ya no me acuerdo qué era —le dijo mientras ella lo apretujaba entre sus brazos—. ¿Me habías dicho que ibas a venir a cenar?
La frase le pareció extraña. «Venir a cenar». Como si se pensase que vivía al otro lado de la calle. Pero Emeline no le dio importancia y, negando con la cabeza, contestó:
—No, no te lo había dicho.
—Bueno, pues llegas justo a tiempo. —Le dio un beso en la cabeza—. La cena ya está casi lista.
Ella se apartó. Si su abuelo estaba ahí fuera, ¿quién estaba dentro haciendo la cena?
Sacó la maleta del maletero del coche y entró, dispuesta a descu brirlo. Dejó las cosas en el vestíbulo, se quitó los zapatos y fue directa a la cocina, de donde emanaba el delicioso olor a pan recién hecho y cebolla frita.
Había un joven frente al fregadero lavando y frotando los platos con la espuma hasta los codos. Emeline se quedó de piedra al verlo. El corazón se le iba a salir por la boca.
Al darse cuenta de que no estaba solo, Albar se dio la vuelta, con las manos goteando. Estaba distinto de la última vez que lo había visto, en Navidad. Más alto. Más ancho. Tenía el pelo oscuro un poco más largo y se le ondulaba suavemente a la altura de las orejas.
—¿Emeline?
Casi rompió a llorar al verlo.
Echó a correr y saltó a sus brazos. Albar la cogió y la levantó, subiéndosela a las caderas. Ella enterró la cara en su cuello y respiró su olor a pino aplastado y él presionó el rostro contra su pelo, haciendo lo mismo que ella.
«Eres mío — pensó Emeline—. Tu sitio está conmigo».
—¿Qué haces aquí? —preguntó él en voz baja.
—No podía quedarme allí. —Lo estrechó todavía más entre sus brazos, recordando cómo era tener su cuerpo pegado al de ella, lo fuerte y sólido que era, ahora que por fin estaba junto a él—. No me gustan las ciudades.
Él la soltó. Obligada a bajar, Emeline puso los pies descalzos sobre las baldosas de la cocina.
—Te encantan las ciudades. —La voz de él sonaba extraña.
Ella negó con la cabeza.
—He cambiado de opinión.
La observó con desconfianza, y ella, al notar su escepticismo, añadió:
—No es mi sueño si no estás tú, Albar.
Él le dio la espalda y alargó una mano para coger un trapo. Había tensión en sus músculos.
—Voy a volver a casa —anunció ella.
—Aquí no hay nada para ti.
—Estás tú.