Un oscuro olvido Treinta y ocho #4
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Treinta y ocho #4

—¿Qué pasa? —preguntó él desde detrás de ella.

—Nada —contestó a toda prisa—. Se está haciendo tarde. Debería irme a casa.

Solo que en su casa no había nadie esperándola. Su abuelo se había ido a pasar el fin de semana a Cleveland, a tocar con su grupo de acordeonistas. Era libre de quedarse allí todo el tiempo que quisiera. Nadie se enteraría jamás.

—Hay otra razón para parar —confesó él de repente—. La verdadera razón.

Emeline, que estaba a punto de dejar caer la manta para vestirse, se dio la vuelta. Lo encontró justo detrás de ella.

—Tú no sacas nada de todo esto —le dijo, mirando hacia las ventanas oscuras—. Pero yo sí. Me temo que demasiado.

Ella entornó los ojos.

—¿De qué hablas?

Él tragó saliva de forma audible.

—No tendría que haber aceptado tu oferta. Estuvo mal.

Ella frunció el ceño, aferrándose a la manta y subiéndosela hasta el cuello.

—¿Mal?

¿Se avergonzaba de haberla dibujado? No parecía avergonzarse de haber dibujado a las otras personas.

Quizá de verdad había estropeado las cosas al ofrecerse como modelo.

Sintió que el pánico le clavaba sus garras. No quería que volvieran a ser solo amigos. Quería lo que tenían ahora. Fuera lo fuese.

— ¿Por qué está mal? —le preguntó con voz temblorosa.

Él se pasó las dos manos por el pelo.

—¿No es evidente, Emeline?

Para ella no lo era.

Y él, al darse cuenta, dio un paso hacia ella.

—Porque no deberías desear a la modelo que estás dibujando. —Acercó la cabeza a la suya—. No deberías pensar en ella cada noche antes de dormirte.

Alargó una mano para tocarle el pelo, dejando que los mechones negros se deslizaran por sus dedos manchados de grafito. Tenía los ojos febriles. Deslizó la otra mano tras su cuello y le acarició despacio la mandíbula con el pulgar, temblando.

Oh.

—¿Y ahora? ¿Ahora sí es evidente? —susurró.

Empezaba a serlo, sí.

Emeline tragó saliva. Él, al oírla, se quedó paralizado.

—¿Quieres que deje de tocarte? —le preguntó.

No. No quería que dejara de tocarla nunca. Pero una timidez inesperada se había adueñado de ella, y no sabía cómo responder.

Albar se apartó, tratando de leer la respuesta en su rostro. Y su repentina ausencia causó a Emeline un dolor físico. Deseaba tenerlo de nuevo pegado a ella.

De pronto, supo cómo contestar a su pregunta.

Soltó la manta. La tela se le deslizó por entre los dedos y cayó a sus pies. Y, mientras el aire frío le ponía la piel de gallina, se estremeció y dio un paso hacia él. Buscando su calor.

Le enredó los dedos en el pelo y atrajo su boca a la de ella.

Fue un beso torpe, desordenado. Tierno y ansioso a la vez.

Albar se repuso de la sorpresa enseguida y la estrechó contra él, deslizando las palmas de las manos por sus caderas desnudas y su espalda mientras le besaba el cuello y la mandíbula.

Y Emeline, con el corazón desbocado, también empezó a besarlo.

Lo siguiente que recordaba fue que llegaron a trompicones al dormitorio. Ella tironeaba de su jersey para quitárselo y luego lo tiraba al suelo. Ambos cayeron a la vez sobre la cama.

Cuando Emeline, tumbada debajo de él, empezó a intentar desabrocharle los vaqueros, Albar la detuvo y le puso las manos por encima de la cabeza, capturándolas con una mano.

—Espera —susurró, y comenzó a besarla en el cuello, en la clavícula, en el hombro, y luego siguió descendiendo hacia sus caderas, sus muslos y…

Emeline se puso rígida.

—¿Albar?

—¿Mmm…?

—¿Qué haces?

Levantó la vista hacia ella sin soltarle los muslos.

—¿Confías en mí? —le preguntó.

Ella se mordió el labio. Pensar en que la besara entre las piernas la asustaba un poco. ¿Sabía dónde se estaba metiendo?

— Oye… —Albar se detuvo y volvió hacia ella, tapándola con su cuerpo, pegando su piel caliente a la de ella y calentándola—. No tenemos por qué hacerlo, ¿recuerdas? Si quieres parar, solo tienes que decirlo.

—No, es que… —Arrugó la nariz y giró la cara, avergonzada—. Tengo miedo de que te dé asco.

Él la miró como si le hubiesen crecido dos cabezas.

—¿Es eso lo único que te preocupa?

Aún sin atreverse a mirarlo, asintió.

Albar le volvió la cara hacia él con dulzura y la besó con pasión, emborronando todos sus pensamientos.

Y entonces volvió a desaparecer, bajando por su cuerpo, para besarla entre los muslos con la boca caliente.

Emeline enterró los dedos en su pelo y él siguió pegado a ella, besándola hasta hacerla gritar.

El calor desapareció de repente. Albar la estaba mirando.

—¿Estás bien?

Ella asintió con entusiasmo.

— Sí. ¿Y tú?

Vio una sombra de sonrisa.

—Es el mejor día de mi vida.

Emeline se tapó la cara con las manos y contuvo una sonrisa.

No tardó en relajarse. Albar movía la boca con suavidad sobre su piel, y no se detuvo hasta que no notó cómo cambiaba su respiración y cómo se abría como una flor, resplandeciente de placer.

Al acabar, él se tumbó a su lado y empezó a acariciarla con adoración.

—¿Dónde has aprendido a hacer eso? —susurró ella.

Él sonrió con la boca pegada a su clavícula.

—Lo leí en un libro —contestó, abrazándola.

Esa primavera, había ahorrado dinero suficiente para mudarse a Montreal.

Estaban en junio, y la ciudad la llamaba.

Emeline tenía casi dieciocho años y no quería seguir en Edgewood.

No quería sentarse en un aula, mirando el reloj, esperando a que su vida empezase.

Quería ser música. Quería hacerse un hueco en el mundo, escribir, componer sus canciones y cantarlas bajo los focos.

Una noche, Albar y ella se quedaron atrapados en una tormenta. Estaban en los escalones polvorientos del granero, esperando a que pasase.

—He firmado el contrato de alquiler —dijo ella, acariciándole las palmas de las manos en la oscuridad—. Creo que deberías venirte conmigo.

Él apartó las manos y no dijo nada. Ya habían hablado de eso antes, solo que ahora estaba ocurriendo de verdad. Emeline estaba decidida a convencerlo.

—Podrías trabajar en una biblioteca —prosiguió—. O en una librería. No conozco a nadie que haya leído tantos libros como tú.

—Emeline…

—Te contratarían sin dudarlo. O podrías…

—Emeline, basta.

Su tono cansado la silenció. De repente, la oscuridad era demasiado densa.

—Te seguiría hasta el fin del mundo si pudiera. —Se le rompió la voz—. Pero no puedo. Lo hemos hablado cientos de veces.

Albar había hecho un trato con el Rey del Bosque, un trato que lo ataba a ese monarca y a su corte. Lo que Albar sacaba de aquel acuerdo nunca se lo había contado.

Ella apretó los puños y dijo:

—¿Y ya está?

Él guardó un silencio impenetrable. Parecía no tener fin. Cuando decidió hablar, no fue para darle una respuesta.

—Estoy atado al bosque. —Hablaba con fragilidad, con un hilo de voz. La asustó un poco—. Pero tú no. Tienes que irte y vivir tu vida. Este es tu sueño, y quiero que lo persigas, aunque yo no pueda estar a tu lado cuando lo logres.

A ella se le cayó el alma a los pies.

—¿Estás…? —Le temblaba la barbilla. Se le habían llenado los ojos de lágrimas—. ¿Estás rompiendo conmigo?

Él la atrajo hacia sí. La cogió de la nuca , le apoyó su mejilla en el pecho y él colocó la barbilla sobre su cabeza antes de empezar a acunarla entre sus brazos.

—No quiero retenerte. No quiero ser lo que te impide avanzar.

No era una respuesta a su pregunta.

Pero antes de que pudiera decírselo, él, con la boca pegada a su pelo, susurró:

—Yo te estaré esperando aquí. Siempre.

—¿Emeline? —Una voz rompió sus recuerdos en mil pedazos y la devolvió al presente.

Estaba en la green room del Ninfa, con sus luces fluorescentes que parpadeaban y el olor a café viejo. Joel estaba delante de ella, quitándole los auriculares, mientras los Perennials se sentaban en los sofás que había detrás de él.

—Tendrías que haber salido al escenario hace quince minutos.