Un oscuro olvido Treinta y ocho #3
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Treinta y ocho #3

—O sea…, si… no te parece algo raro, no sé… —tartamudeó. Notó el fuego que ardía en sus mejillas—. Es solo que… Esto…, si tu curso ya ha terminado y todavía necesitas… practicar…

El viento le azotó el pelo. Se puso los mechones sueltos detrás de las orejas mientras deseaba tener poderes mágicos para poder desaparecer en ese mismo instante.

Albar se volvió del todo hacia ella y estudió su rostro con la mirada.

—No es raro.

Emeline levantó la vista y contempló sus ojos de tonos diferentes.

— ¿Estás seguro?

Mientras Corvus y Sable se ponían las botas, Albar la observó con atención.

—Segurísimo —contestó en voz baja.

Las mariposas estaban de vuelta. Revoloteaban sin descanso en su interior. Se mordió el labio y miró hacia los viñedos de su abuelo, en la distancia.

—Pero no podemos hacerlo aquí. Si mi abuelo nos pillara…

Pensar en que su yayo los descubriera le ponía el estómago del revés.

Sería… terrible. Su abuelo la encerraría en casa y no la dejaría salir hasta que cumpliera los treinta.

Y, sin duda, asesinaría a Albar. O, al menos, lo perseguiría con una pala enorme hasta que estuviera bien lejos de los viñedos.

El chico comprendió el problema y asintió.

—Puedes venir tú a mi casa.

Ella lo miró con el ceño fruncido y plantó las manos en la hierba verde y fresca.

—¿Puedo ir a la Ciudad del Rey? Pensaba que estaba prohibido. —Sabía que, por culpa de la maldición, el rey ya no permitía que quienes habitaban más allá del bosque entraran en su ciudad.

—Y lo está. Tendremos que ir con cuidado. Tendré que colarte sin que nadie te vea.

Un chispazo de excitación le recorrió la espalda.

— ¿Estás libre mañana por la noche? —preguntó él.

A Emeline le dio un vuelco el estómago.

«Me encargaré de estar libre», pensó, recordando a la mujer de su cuaderno de bocetos. Anhelaba que Albar la dibujara así. Que su lápiz trazase las curvas y los recovecos de su cuerpo. Que sus ojos estuvieran sobre ella todo el tiempo que él quisiese.

—¿Tenéis hambre? —preguntó Corvus, enseñándoles lo que parecían ser los dos últimos rollos de canela.

Ella sí tenía hambre.

Pero no de rollos de canela.

—Nos vemos mañana por la noche en la linde del bosque —le susurró a Albar.

La noche siguiente, él le dio una capa con capucha para que se la pusiera por encima de la ropa y luego la metió en la ciudad por un punto de entrada mágico.

Un segundo antes estaban en una pequeña arboleda y un segundo después habían entrado en un callejón y se hallaban rodeados de paredes blancas y agrietadas repletas de musgo verde.

Albar dejó la mano sobre la parte baja de su espalda mientras la conducía rápidamente por las calles iluminadas por farolas.

Emeline robaba miradas a la ciudad oscura que los rodeaba, con el pulso desbocado de miedo y emoción.

Contempló las casas adosadas blancas, los tejados de un rojo oxidado, los adoquines bajo sus pies…

Albar se acercaba mucho a ella cada vez que se cruzaban con alguien y le bajaba más la capucha.

Y, de repente, allí estaban.

Dentro de su casa.

Frente al fuego que crepitaba en la chimenea, había una mullida alfombra blanca. Albar se puso a un lado a montar su caballete y, mientras tanto, Emeline se quedó junto a la larga mesa que había cerca de las ventanas, tan nerviosa que casi vibraba.

Primero se quitó la rebeca amarilla. La dobló con cuidado y la dejó sobre la mesa. Después respiró hondo y acarició con los dedos los botones de su vestido de verano azul, pero enseguida apartó la mano.

«¿Es esto un error?», se preguntó. ¿Y si estropeaba las cosas entre los dos? ¿Y si, después de aquello, no podían ser amigos otra vez?

«Pero no quiero que seamos amigos», comprendió.

—¿Estás bien?

Levantó la vista y se dio cuenta de que Albar la estaba observando.

—Esto… —Se había quedado con los dedos congelados en el primer botón—. ¿Sí?

Pero incluso ella percibía la mentira en su voz.

Él se irguió y su expresión se suavizó.

—No tenemos por qué hacerlo. Puedes cambiar de opinión. —Fue hacia ella e hizo ademán de coger la rebeca amarilla—. Igual no ha sido buena idea…

En su mente, Emeline ya estaba viendo lo que pasaría a continuación. Recogería y guardaría el caballete. La llevaría de vuelta a Edgewood y jamás la volvería a traer allí.

—Quiero hacerlo —se apresuró a decir mientras se desabrochaba el primer botón del vestido.

Él bajó la mirada hacia sus dedos. Una emoción desconocida apareció fugazmente en su rostro.

—¿Quieres… quieres que te ayude? —Parecía sin aliento.

A Emeline le dio un vuelco el corazón. «Sí —pensó, bajando las manos—. No hay nada que quiera más».

Tomándose el gesto como un permiso, él alargó las manos hacia los botones.

A Emeline se le aceleró la respiración cuando le rozó la piel desnuda con los dedos a medida que iba bajando.

Cuando le hubo desabrochado los suficientes botones para ver que no llevaba sujetador, se detuvo un instante e inhaló con fuerza.

Ella se dio cuenta de que el pulso se le aceleraba en el cuello.

El vestido ya estaba lo bastante abierto para que se lo quitara por la cabeza. Emeline podría haberlo hecho en un segundo.

Pero no lo hizo.

Le gustaba ver cómo él iba bajando por su cuerpo, desabotonando su ropa. Le gustaba ver lo mucho que eso parecía afectarle.

Cuando desabrochó el último botón, alzó la vista y, sin dejar de mirarla a los ojos, deslizó las manos cálidas por su piel bajo la tela azul hasta llegar a la altura de las clavículas. Entonces, dejó que el vestido resbalara con suavidad por sus hombros y cayera al suelo.

Cuando la tuvo desnuda, delante de él, Albar no bajó la vista. No la contempló con inmediatez y avaricia. En lugar de eso, siguió mirándola a los ojos y le ofreció la mano. Ella la aceptó.

Tenía la palma cálida, fuerte y firme. La llevó hacia el fuego. Emeline sentía el pulso que latía, errático, bajo la piel de Albar.

—¿Qué quieres que haga? —le preguntó cuando él le soltó la mano, dejándola de pie sobre la mullida alfombra blanca.

—Podrías… ¿tumbarte?

Ella asintió y se recostó en la alfombra suave y cálida.

Probaron varias posturas. Albar estaba a una cierta distancia, buscando el mejor ángulo y haciendo sugerencias. Emeline se movía, doblaba la rodilla, flexionaba el codo para apoyar la cabeza en la mano. Pero estaba demasiado tensa, demasiado rígida.

—Si quieres, me puedo quitar la ropa y quedarme desnudo yo también — le ofreció él al notar lo nerviosa que estaba—. Si te ayuda.

Emeline se echó a reír, segura de que con eso conseguiría justo lo contrario, y lo miró.

—Así. —Se le oscureció la mirada mientras recorría su cuerpo—. Así es perfecto.

De repente, ella se sintió vulnerable, estirada sobre la alfombra blanca, con la luz del fuego danzando sobre su piel pálida y su pelo oscuro. Desnuda. Pero también se sintió poderosa al ver cómo él la contemplaba.

La dibujó una vez tras otra desde ángulos distintos; el carbón susurraba mientras se movía por la página.

Cuando ella empezaba a moverse, la arrullaba con poemas que había memorizado, y ella se volvía a quedar quieta.

Le recitaba versos de Mary Oliver y Sylvia Plath, de Pablo Neruda y lord Alfred Tennyson.

La semana siguiente, lo hicieron otra vez. Y también la siguiente.

Y cada semana él la ayudaba a quitarse la ropa, entreteniéndose cada vez más, con una expresión que, hacia el final de cada sesión, cada vez estaba más llena de deseo.

Emeline posaba y el grafito arañaba el papel en mitad del silencio.

Y cuando ella empezaba a sentirse inquieta, incómoda o aburrida, él le recitaba más poesía.

Cuando se quedó sin poemas, empezó a contarle historias de los libros de su estantería, relatos sobre Beowulf, Antígona y la dama de Shalott.

Era una fuente inagotable de historias. La dejaba hechizada con ellas, y así conseguía que se quedase muy quieta.

Se estaba haciendo adicta al sonido de sus trazos, y al momento en el que le quitaba el vestido o el jersey o los vaqueros y apretaba los dientes, conteniéndose.

Se estaba haciendo adicta a que su voz la arrullara al calor del fuego.

A que recorriera su espalda y sus caderas con mirada ávida cada vez que ella se giraba para ponerse la ropa después.

Aquellas noches eran su secreto favorito.

No quería que terminasen jamás.

El último día de las vacaciones de verano, después de una sesión, se sentaron el uno al lado del otro ante el fuego, sujetando con ambas manos sendas tazas de chocolate caliente. Emeline todavía no se había vestido y estaba envuelta en una suave manta de su cama.

—He estado pensando —dijo Albar, con la mirada fija en las llamas—. Quizá deberíamos parar.

Ella se volvió bruscamente hacia él.

—¿Qué quieres decir?

Albar inclinó la cabeza y se quedó mirando la taza.

—Ahora tienes tres conciertos a la semana, por no hablar del instituto, y un trabajo a media jornada. No hace falta que sigas haciendo esto por mí.

Ella negó con la cabeza. Aquellos días eran lo mejor de su semana.

Y no lo hacía por él.

—Además, mis clases de dibujo volverán a empezar dentro de poco.

«Oh».

Aquella era la verdadera razón, entonces. Se había aburrido de ella. Quería dibujar a otras personas.

De nuevo volvió aquel sentimiento, aquellos celos que la reconcomían, que le clavaban los dientes afilados.

«No seas tonta», se reprendió. Era normal que quisiera dibujar cuerpos diferentes. La figura humana tenía todo tipo de formas y tamaños, y él quería aprender a dibujarlos todos. Quería mejorar. Era igual que estudiar estilos de música diferentes.

Pero cuando pensaba en que Albar mirase cómo se desnudaba otra persona, se le cerraba el estómago y un sudor frío brotaba de su piel.

Emeline no sabía cómo dejar de estar celosa.

Dejó la taza de chocolate, y obligó a su voz a sonar ligera y despreocupada.

—Claro. Por supuesto.

Como no quería que viera los pensamientos que asomaban a sus ojos, se puso de pie, con la manta bien enrollada a su alrededor, y se dirigió a la mesa, donde estaba su ropa doblada.