Un oscuro olvido Treinta y ocho #2
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Treinta y ocho #2

Hacía ya un tiempo que las cosas con Albar eran así. Extrañas e incómodas. Conversaciones forzadas llenas de largas pausas; miradas esquivas.

Emeline cerró la puerta de la camioneta. Se había puesto como un tomate.

—¿Quieres que te llevemos? A mi abuelo no le importará.

Él dudó, pero luego señaló una bicicleta atada a un árbol cercano.

—No hace falta.

—Vale. —¿Había sido demasiado directa ofreciéndose a llevarlo?—. Bueno, pues ya nos veremos. Supongo.

Abrió la puerta del copiloto y Albar se apartó del capó. Pero, en lugar de marcharse, dio un paso hacia ella y cogió la puerta de la camioneta por arriba mientras ella se sentaba.

—Has estado increíble.

Emeline levantó la vista, pero él ya se había dado la vuelta y se estaba dirigiendo a su bicicleta.

—Gracias —susurró ella, con el corazón acelerado.

Cuando tenía diecisiete años, Tom le compró unas entradas para ver a una de sus bandas preferidas, Death Valley’s Little Sister, en Toronto, pero se hizo un esguince el día antes del concierto.

Tenía una entrada de sobra y, como Sable no podía acompañarla, invitó a Albar.

Cuando la multitud empezó a moverse hacia delante, atraídos por el escenario en el que tocaban los Death Valley, el chico se chocó con ella y, cuando notó su pecho contra su espalda, una descarga le recorrió la espina dorsal.

Ella miró atrás y lo descubrió mirando con el ceño fruncido a los chicos borrachos que iban dando tumbos. Se puso entre ellos y Emeline y, tras acercarse más a ella, le preguntó:

—¿Estás bien?

Para él, era su primer concierto, pero para Emeline no, así que estaba acostumbrada a que la gente se acercara demasiado y empujara. Sabía que lo único que podías hacer era aguantar donde estabas y procurar no perder tu sitio. O empujar tú también.

Asintió.

—Sí, estoy bien.

Al cabo de unas cuantas canciones, la tensión empezó a disiparse.

Estaba tan cerca que Emeline olía el bosque en su piel.

Era más poderoso que el olor a cerveza y a cuerpos sudorosos, y le gustaba notar su calor tras ella, porque le parecía tan agradable como la luz del sol, y le gustaba sentir los latidos de su corazón, más fuertes que los redobles de la batería.

De repente, era incapaz de no pensar en su presencia, así que dejó de concentrarse en la música.

Miró a varias parejas que había a su alrededor y se fijó en cómo se abrazaban.

¿Cómo se sentiría si Albar la rodearan con los brazos de ese modo?

¿Si la apretujara contra su cuerpo? ¿Cómo sería que le apoyara la barbilla en la cabeza?

No llegó a descubrirlo. Poco después, el concierto había terminado y ya estaban en un tren camino a casa.

Emeline quería revivir ese momento, así que lo invitó al concierto siguiente.

Y al siguiente.

Y, cada vez, él se acercaba un poquito más.

Una noche, mientras volvían caminando a Union Station después de un concierto en un local pequeño y estrecho llamado Cierta Oscuridad, Emeline, borracha de las luces, los sonidos y el zumbido eléctrico de la ciudad, dijo:

—Algún día quiero hacer eso.

Albar apartó la vista de los edificios iluminados que los rodeaban y la miró, con el rostro bañado en colores.

—¿El qué? —preguntó, como si hubiera estado ensimismado en sus pensamientos.

—Quiero dedicarme a la música. — Se pararon a esperar que el semáforo se pusiera en verde; mientras tanto, los coches tocaban el claxon.

Ella bajó la voz hasta convertirla en un susurro, como si se dispusiera a contarle algún secreto inconfesable—.

A veces, el deseo es tan fuerte que no me deja dormir.

Quiero cantar mis canciones en un escenario. Ver mi nombre en una marquesina.

Albar la miró con atención.

—Lo harás.

Lo dijo como si fuese un hecho. Como si estuviera predestinada a hacerlo.

El semáforo se puso en verde. Aún perpleja tras ver lo mucho que creía en ella, Emeline echó a andar, pero enseguida se dio cuenta de que él ya no la seguía. Se volvió a mirar y lo descubrió todavía en la acera, embelesado con un escaparate.

Ella volvió junto a él y vio que era una librería de libros usados.

En la puerta colgaba el cartel de abierto.

Los libros eran una de las dos grandes pasiones de Albar. Emeline se había enterado durante sus conversaciones en los trayectos en tren para ir y volver de la ciudad. La otra era el arte.

Apoyó la frente en el cristal y entornó los ojos para leer los lomos de los libros antiguos del escaparate.

Emeline le abrió la puerta.

—Pero perderemos el tren —le dijo él, mirándola.

—Sale otro dentro de una hora.

Albar sonrió como un niño al que le han dado permiso para elegir un premio. Al pasar por su lado para entrar, le rozó la mano con la suya. Ella lo siguió al interior.

Se separaron de inmediato: Emeline fue a la sección de música y Albar a la de ficción. Media hora después lo encontró en la de poesía.

—Escucha —dijo él, y la cogió de la muñeca, distraído, sin apartar la mirada del libro que tenía en la mano, para acercarla a él.

Se titulaba Holding the Dark . Era de una poeta llamada Melanie Cameron.

Emeline se apoyó en las estanterías para observarlo—.

«No sabía que sería así» — recitó—. «No sabía que te encontraría en la oscuridad».

Ella se quedó mirando su boca, cautivada por la cadencia de su voz. Leía con una expresión ávida, como si hubiese descubierto un delicioso secreto y quisiera dárselo a probar. Como si fuese una fresa roja y madura bañada en chocolate.

Cuando me tumbo contigo con los ojos cerrados

llevo tu cuerpo conmigo.

En la oscuridad,

llevo todo tu cuerpo dentro de mí,

y en esa oscuridad te conozco

mucho mejor de lo que se conoce con manos y boca.

Te conozco,

como si fueras tú la oscuridad dentro de mí.

Levantó la vista del papel y, al mirarla con esa misma avidez, ella se sintió paralizada. Y una sensación cálida brotó en su vientre.

—Está bien —murmuró.

Él enarcó una ceja.

—¿Bien? —Esbozó una media sonrisa al tiempo que alzaba una mano para apoyarla en la estantería, junto a ella.

Ella lo miró y arrugó la nariz.

—Sí, es bonito.

— Yo diría tierno. E… —bajó la mirada hacia su boca— íntimo.

Emeline sentía algo muy extraño en el pecho.

Era como si tuviera dentro un millón de estrellas diminutas a punto de estallar.

En el aire, a su alrededor, saltaban chispas.

Albar parecía que iba a acercarse a ella, a eliminar los centímetros que los separaban, pero entonces el librero los llamó desde el fondo del pasillo y les dijo que cerraban en cinco minutos.

Y Albar se irguió y dio un paso atrás.

Y las chispas se extinguieron.

Un día, a finales de octubre, Emeline encontró a Sable y a Corvus chinchando a Albar. Estaban sobre el césped, al lado del estanque de Eshe y Abel, con el libro de bocetos de Albar abierto entre ellos. Corvus se estaba partiendo de risa, tanto que acabó tirándose al suelo, boca arriba.

Albar puso los ojos en blanco.

—No es eso.

—Ah, ¿no? —El cambiaformas se incorporó y se secó las lágrimas de risa de las mejillas—. ¿Y qué es?

Era evidente que Emeline, que se había ido a buscar una jarra de té helado y los rollos de canela de Maisie, se había perdido algo bueno.

—Dibujar un modelo humano no es diferente de dibujar un cuenco con fruta. No hay… No es eso — repitió.

—Ya —dijo Corvus. Le dio un codazo en las costillas a Sable y le guiñó un ojo a Emeline—. Claro que no.

Sable se inclinó hacia Albar con una sonrisilla en los labios.

—¿Estás diciendo que no hay absolutamente ninguna diferencia entre una manzana y una mujer desnuda?

«¿Una mujer desnuda?».

A la orilla del estaque, las espadañas marrones se mecían al compás del viento.

Estaban a mediados de otoño, y era posible que aquel fuese uno de los últimos días cálidos de la estación.

Emeline dejó la cesta con la comida sobre la manta azul y se acercó al cuaderno de Albar, que estaba abierto entre Sable y Corvus.

En la página aparecía una mujer joven, extremadamente hermosa y completamente desnuda.

Estaba subida a horcajadas en una silla puesta del revés, con los brazos cruzados sobre el respaldo, las piernas dobladas hacia los lados y los pies descalzos apoyados en el suelo.

Tenía la barbilla alzada, en un gesto desafiante, y los ojos medio cerrados, mirando al espectador desde arriba.

Emeline pensó en la mirada de Albar recorriendo cada centímetro de esa mujer. En su lápiz dibujando cada curva, cada línea.

Y sintió la dentellada de los celos.

Pasó las páginas. Había más bocetos de la misma modelo en otras poses, y también dibujos de otras personas. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, gordos y flacos.

Pero Emeline pensaba todo el rato en la primera.

—He estado dando clases de desnudos —explicó Albar mientras cerraba el cuaderno con fuerza y se lo apretujaba contra el pecho. No la miraba directamente a los ojos—. Vi un cartel hace unos meses, cuando fuimos a un concierto en la ciudad.

Corvus temblaba, tratando de contener una carcajada.

Albar lo fulminó con la mirada.

—Estás siendo muy inmaduro. ¿Tienes idea de lo difícil que es dibujar el cuerpo humano?

Por alguna razón, con aquello solo consiguió que Corvus se riera aún más fuerte. Sable también se echó a reír.

Albar elevó los brazos al cielo, frustrado.

—¡Es solo para practicar! ¡Así es como se mejora! —Se rindió, viendo que no lograría que sus dos amigos entraran en razón, y se volvió hacia Emeline—. Bueno… El caso es que el curso ha terminado por esta temporada. No volverá a empezar hasta enero.

—Oh, pobrecito, ¿y ahora qué hará? —se burló Corvus.

Albar negó con la cabeza.

De repente, al oler los rollos de canela recién salidos del horno, los dos cambiaformas, sin dejar de reírse, se levantaron para ir a por la cesta.

Emeline no podía dejar de pensar en la mujer dibujada en el cuaderno, mirándola fijamente, con un desafío inscrito en sus ojos medio cerrados.

Cuando Sable y Corvus ya no podían oírlos, se oyó a sí misma decir:

—Yo podría posar para ti.

Albar se volvió hacia ella de golpe.

«Ay, Dios».

¿Por qué había dicho eso?