Un oscuro olvido Treinta y ocho
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Treinta y ocho

Emeline tenía trece años cuando su árbol desapareció.

Ocurrió en una fresca mañana de abril que amaneció con todo cubierto de perlas de escarcha. Al despertar, encontró a su abuelo en el balcón, mirando hacia el bosque con el ceño arrugado.

—Se lo han llevado —murmuró. Ella no supo si aquello que teñía su voz era ira… o miedo.

Cuando miró hacia donde él miraba —el hueco en el seto—, comprendió que se refería a su árbol.

Ya no estaba.

Se lo habían llevado. Ellos. Las cosas que vivían en los bosques; a eso se refería. Pero ese mes no tocaba entregar diezmo, así que ¿por qué habría decidido llevárselo el Rey del Bosque?

Cuando su yayo se fue a los viñedos, Emeline, en lugar de ir a la parada de autobús, como de costumbre, se adentró en la espesura del bosque, a pesar de las advertencias de los vecinos y de las historias que resonaban en su mente.

Pensaba que quizá podría encontrar al Rey del Bosque y convencerlo de que le devolviera aquel árbol que tan especial era para ella.

Pero cuanto más se adentraba, más cambiaba y mutaba el bosque a su alrededor, hasta que dejó de ser el mismo que bordeaba Edgewood. Los árboles eran demasiado grandes, demasiado majestuosos; el canto de los pájaros, demasiado extraño. Y por todas partes flotaba el aroma asfixiante de la magia.

¿Y si no hallaba nunca la salida?

No encontró su árbol, pero le ocurrió algo que no esperaba. Estaba totalmente desorientada y perdida cuando alguien se acercó a ella por detrás y le tapó la boca con la mano para impedirle gritar.

—Quédate muy quieta —susurró su captor—. A no ser que quieras que te coman.

Emeline no podía ver el rostro de su atacante, pero lo notó señalar hacia el río con la cabeza, donde había una sombra larga y negra como la noche que reptaba por la orilla cubierta de rocío, por entre los árboles que empezaban a brotar. No tenía ojos, pero sí unas garras largas y afiladas.

Decidió arriesgarse a obedecer al desconocido que la sujetaba por la espalda.

Poco a poco, este le apartó la mano de la boca e, igual de despacio, entrelazó sus dedos con los de Emeline y tiró de ella con suavidad, llevándola por el bosque a toda prisa, silencioso como un árbol. Y así siguieron hasta que cruzaron el seto de vuelta a Edgewood.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó ella, volviéndose hacia él para memorizar sus rasgos: el pelo de color arce oscuro, la piel tostada como la tierra, los ojos como dos piedras de río. Parecía, más o menos, de su misma edad.

—Prométeme que no volverás a adentrarte en el bosque —le pidió él, memorizando a su vez los rasgos de ella— y te lo diré.

Pero ahora que sabía que entre aquellos árboles no había solo horrores, Emeline no estaba segura de poder prometérselo.

—En este bosque hay cosas que pueden hacerte mucho daño —insistió.

—Tú estás en el bosque —señaló ella— y no me has hecho daño.

—Cierto —concedió—, pero hay otras criaturas que sí te lo harían.

Emeline ladeó la cabeza.

—Si no me acerco, ¿cómo volveré a encontrarte?

Él curvó la boca en una media sonrisa y bajó la barbilla, agachando la mirada.

—Ya te encontraré yo.

—Entonces, te lo prometo —respondió ella—. Ahora dime cómo te llamas.

Él se quedó pensativo unos instantes, como si se lo estuviera pensando mucho. Y luego, en voz muy baja, dijo:

—Soy Albar.

Albar volvió a menudo. Poco después, sus amigos empezaron a acompañarlo : una chica tímida y seca llamada Sable y un chico travieso llamado Corvus.

Eran cambiaformas de la Ciudad del Rey, que estaba en lo más profundo del bosque.

Le contaban historias de fieros ascuaballos que galopaban, salvajes, por entre los árboles, y de un dragón cascarrabias forjado en piedra.

Y, en voz más baja, hablaban también sobre pieles de sombra, sobre la Vil y la Mácula, una maldición que estaba devorando el bosque.

Sus historias se le habían colado debajo de la piel. Quería ver ese mundo con sus propios ojos.

Sin embargo, cada vez que les pedía que se lo enseñaran, ellos agachaban la mirada y negaban con la cabeza.

—A las gentes de la frontera ya no se les permite la entrada. Es demasiado peligroso.

Poco después, Sable empezó a ir también sola a visitarla.

Emeline le enseñó todos sus discos preferidos.

Se pasaban el fin de semana escuchando música en su habitación mientras se atiborraban de la tarta de manzana de Maisie.

A Sable le encantaba mirar a Tom en la forja, donde trabajaba con cobre, plata y hierro.

A veces, él le enseñaba a trabajar el metal mientras Emeline escribía canciones en el patio.

Un día, cuando tenían quince años, Emeline la invitó a ir a verla cantar a un café no muy lejos de Edgewood.

Los propietarios necesitaban a alguien que tocase música en directo, y como Corny, el amigo de su yayo, que era su cliente habitual preferido, no se sacaba de la boca a Emmie Lark y su voz mágica, le pidieron que fuese a tocar.

Aquella noche era una prueba: si a ellos y a sus clientes les gustaba su música, podría ir cada jueves por la noche. Incluso le habían dado permiso para sacar un tarro para las propinas.

Emeline estaba muerta de miedo.

¿Y si se equivocaba con los acordes o se olvidaba de la letra? ¿Y si nadie la aplaudía o nadie la escuchaba siquiera? ¿Y si no les gustaban sus canciones?

—No puedo ir — le dijo Sable, abatida—. Lo siento mucho.

—Los cambiaformas no podemos ir más allá de las tierras fronterizas —le explicó Corvus.

Así que Emeline fue sola.

Llegó al café temprano para prepararse, y los propietarios le ofre cieron té de menta y galletas de jengibre. Emeline comprobó y recom probó el micro, y también el amplificador. Afinó y reafinó el ukelele. Estaba tan nerviosa que tenía ganas de vomitar.

De repente, dieron las siete de la tarde.

Hora de cantar.

—Hola —saludó por el micro un poco demasiado rápido mientras miraba las mesas llenas de gente que sorbía café y cortaba sus postres con los tenedores. Se aclaró la garganta y lo volvió a intentar—. Esto… Soy Emeline Lark y yo… voy a cantar algunas canciones.

Era evidente. ¿Qué iba a hacer, si no, sentada en un taburete con un ukelele?

Le ardieron las mejillas de vergüenza.

Varias personas hicieron una pausa en sus conversaciones para mirarla; otras, en cambio, siguieron charlando.

Al fondo de todo, vio a Grace Abel, sola, junto a la ventana.

Tenía la cabeza inclinada sobre una libreta y movía la mano con ahínco sobre la página.

Debía de estar estudiando. Emeline no coincidía con ella en ninguna clase, ya que Grace iba a un curso superior.

—Esta canción es sobre mi mejor amiga. —La había escrito para Sable hacía unos meses—. Esto… — «¡Ya vale! ¡Deja de decir “esto” ! »—. Espero que os guste.

Varias personas apartaron la vista y retomaron sus charlas.

«Igual no soy capaz —pensó—. Igual debería decir que no me encuentro bien e irme a casa. Ahorrarme la humillación, y ahorrarle el mal rato también a esta pobre gente».

Pero, en el fondo, había una persona que todavía la observaba.

Una persona que no había apartado la vista ni una sola vez desde que había empezado a hablar.

Un muchacho con el pelo oscuro. Estaba recostado hacia atrás, con el codo enganchado a la silla y un dedo dentro del libro para no perder la página. No le quitaba los ojos de encima.

Albar Fell.

Emeline ni siquiera le había contado que actuaba esa noche. ¿Se lo habría dicho Sable?

No importaba. Ahora tenía a alguien para quien tocar.

Emeline empezó a rasguear las cuerdas del ukelele y luego a cantar. Mientras lo hacía, miraba a Albar, que era la única persona en todo el local que le prestaba toda su atención, y se concentró solo en el placer cálido que asomaba a sus ojos mientras la escuchaba.

Enseguida le pilló el tranquillo. La voz no le temblaba. Los dedos no se le tropezaban. Tocó sus canciones como si nada, como si estuviese en los campos de su abuelo, con Sable tumbada en la hierba a su lado.

Y, poco a poco, las demás cabezas también empezaron a volverse hacia ella, una a una.

Las conversaciones se acallaron. La gente comenzó a seguir el ritmo con los pies y con la cabeza.

Hasta Grace dejó de estudiar para escucharla.

Pero Emeline solo miraba a Albar, temerosa de sufrir algún tropiezo si se atrevía a apartar la mirada de la única ancla que tenía en aquel local.

Hacia la mitad del concierto, cuando ya había cambiado el ukelele por la guitarra, otra llegada se anunció con un olor terroso, rico y blando que floreció en el aire.

Y con él llegó un latido débil pero firme, como el de un corazón antiguo, que palpitaba bajo las plantas de su piel, al ritmo de sus canciones.

Los bosques vinieron con gentileza. Con respeto.

Como un viejo amigo que quisiera mostrarle su admiración y su apoyo.

Su acechante presencia se quedó en los laterales del bar, para escucharla tocar y cantar, y cuando Emeline terminó la última canción y dejó la guitarra en su soporte, vio que unos helechos diminutos habían brotado a través del suelo y habían empezado a crecer alrededor de sus pies.

Fue la primera vez que el bosque fue a escucharla cantar.

Mientras terminaba de recoger sus cosas, los propietarios del café le pidieron que volviera la semana siguiente.

Incluso le dieron galletas para el camino.

Y, al salir, se encontró a Albar apoyado en el capó de la camioneta de su yayo, esperándola.

El anciano, que había ido a recogerla, estaba dentro charlando con unos vecinos.

—Hola —saludó Albar. El pelo oscuro le tapaba los ojos. Llevaba unos vaqueros de color claro y una camiseta gris carbón.

—Hola —respondió ella, cohibida de repente por haberse pasado todo el concierto mirándolo. Tras poner los instrumentos en el asiento trasero, añadió—: Gracias por venir. No tenías por qué.

Él esbozó una media sonrisa.

—Pero quería hacerlo.

Sintió un estallido de calor en el estómago. Como un enjambre de mariposas sobresaltadas.