Treinta y siete
La noche siguiente, Emeline estaba sentada en el suelo de la green room del Ninfa, con la cabeza apoyada en la fría pared de yeso.
Mientras tanto, los fans hacían cola fuera, esperando para entrar en el local.
Tenía las piernas desnudas cruzadas a la altura de los tobillos, las orejas protegidas con unos auriculares con cancelación de ruido y los dedos ansiosos por tocar las cuerdas de su guitarra, que la estaba esperando en el escenario junto a su ukelele.
Estaba sola en aquella sala, que olía a café viejo y a cerveza. Movía el pie arriba y abajo, nerviosa, mientras las luces fluorescentes parpadeaban y parpadeaban, emitiendo un fuerte zumbido. Los Perennials todavía no habían llegado, pero eran famosos por salir tarde al escenario.
Emeline cerró los ojos y respiró, empapándose de todo: de su nombre en la marquesina del Ninfa, de la gira por catorce ciudades, de su (esperaba) nuevo contrato con una discográfica de las grandes.
Después de todo lo que había pasado —después de machacarse tocando versiones en bares de mala muerte hasta las dos de la madrugada, de vivir en la carretera sin saber si podría permitirse llenar el depósito de gasolina, de cantar en la calle para ver si así llegaba a final de mes—, allí estaba. Alcanzando el éxito.
Y si los Perennials no eran las personas que ella creía, ¿qué más daba?
No importaba. Lo que importaba era que estaba a punto de subirse al escenario del Ninfa —donde muchas de sus bandas preferidas habían tocado antes que ella— y cantar frente a un público de trescientas personas que había agotado las entradas.
Metió la mano en el bolso, buscando el móvil. Quería saber cuánto tiempo le quedaba antes de salir. Rozó algo rígido con el dedo, algo parecido al papel: el delgado lomo de un libro. Lo sacó.
Veinte poemas de amor y una canción desesperada .
La cubierta se veía roja como la sangre sobre su vestido negro.
Estaba a punto de volver a meterlo en el bolso cuando un pedazo de papel cayó de entre sus páginas.
Se quedó mirando la nota doblada mientras el corazón le martilleaba contra el pecho.
Aunó todo su coraje, lo recogió y lo desdobló.
Encontró dentro un mensaje escrito en lápiz sobre las líneas marcadas en la página.
El grafito se había emborronado y desvanecido en algunas partes que le costó más leer.
Emeline:
Si estás leyendo esto, es porque por fin he reunido la valentía suficiente para contarte la verdad o porque la has descubierto tú sola. Espero sinceramente que haya sido lo primero.
He tratado de escribir esta carta un centenar de veces, y ninguna de ellas conseguí encontrar las palabras adecuadas.
Lo que hice es imperdonable y cualquier disculpa será insuficiente, pero, por favor, quiero que sepas que nunca quise hacerte daño, sino ahorrártelo.
Soy consciente de que no hay forma de deshacer lo que hice, y de que jamás podremos volver a ser los que éramos, pero si hubiese alguna forma de expiarme, si existiese algún precio que pudiera pagar para empezar a reparar el daño que te he causado, créeme, lo pagaría sin dudar.
En este libro hay un poema que no entendí hasta que te fuiste. Ahora lo entiendo demasiado bien.
Albar
El corazón de Emeline parpadeó junto a las luces.
Echó un vistazo al libro de poesía, donde estaba escondida la nota. Una de las páginas tenía una esquina doblada. Abrió el libro por ahí y descubrió que un poema la estaba esperando.
«Puedo escribir los versos más tristes esta noche», empezaba.
Siguió leyendo.
«Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido».
El pulso le latía con fuerza en la garganta.
«Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella».
Siguió leyendo, bebiéndose las tristes palabras, hasta que un pequeño verso bastó para detener el mundo entero.
«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido».
Aquellas palabras la golpearon con una fuerza sin igual. El libro se le resbaló de los dedos y cayó sobre su regazo.
«Es tan largo el olvido».
Era el nombre de la carpeta protegida de la aplicación de Elegy. La que contenía sus viejas canciones.
«¿Y si la contraseña es parte del poema?».
Emeline cogió el bolso y rebuscó en él desesperada. Por fin, cuando encontró el móvil, lo sacó y abrió Elegy a toda prisa. Apareció una notificación: «No has accedido a es tan largo el olvido en 553 días. ¿Quieres borrar la carpeta?».
Tocó el no. Y luego tocó la carpeta.
«Esta carpeta está protegida con una contraseña. Introduce la contraseña».
Aunque solo faltaban treinta minutos para que tuviera que subirse al escenario, Emeline cogió el libro de nuevo, lo abrió por la página marcada y releyó el poema.
Probó primero con el título. «Puedo escribir los versos más tristes (esta noche)».
La notificación se tiñó de rojo y el móvil vibró.
«La contraseña es incorrecta».
Volvió a probar, esta vez con todo en minúsculas. Luego con todo en mayúsculas.
Más vibraciones. Más rojo.
Emeline gruñó mirando la pantalla. Echó un vistazo al reloj. Le quedaban veinticinco minutos para subirse al escenario.
Revisó el poema hasta que sus ojos volvieron a detenerse en un verso: «Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido».
Encorvada sobre el móvil, con la pantalla a escasos centímetros de la cara, escribió: «es tan corto el amor».
La carpeta se abrió y apareció la lista de sus viejas canciones, montones de ellas. Se quedó paralizada, mirándolas fijamente. Llevaba casi dos años tratando de encontrar la contraseña y fracasando en su empeño. Nunca había logrado abrir la carpeta, nunca había podido escuchar esas canciones.
Con manos temblorosas, conectó los auriculares al móvil y tocó el botón de play.
Las canciones la llevaron atrás en el tiempo, al momento en el que las escribió. Y, mientras cada una se fundía en la siguiente, mientras su voz cantaba letras y melodías de su pasado, los recuerdos estallaban como brochazos de color sobre un lienzo negro.
Porque dentro de todas y cada una de aquellas canciones, que había escrito antes de marcharse de Edgewood por primera vez, había escondido un recuerdo.
Emeline se dejó arrastrar por ellos. Con los ojos anegados en lágrimas calientes, abrió un archivo tras otro, y tras otro, y escuchó a toda prisa todas las canciones y, con ellas, recuperó todas las vivencias que le habían robado.
Imágenes de una joven Sable aparecían ante sus ojos, entretejidas con las de un joven Corvus. Y las de alguien más.
Albar.
Estaba por todas partes, con su pelo oscuro y sus extraños ojos.
Las canciones estaban tan llenas de él, que sentía que se estaba ahogando en el muchacho.
Albar sentado junto al fuego con un libro.
Albar quitándose la camiseta y zambulléndose en un estanque iluminado por la luz de la luna.
Albar trepando por la ventana de su habitación. Besándola en la oscuridad.
Lo había engarzado en su música.
Porque, para Emeline, las canciones nunca eran solo canciones. Eran cápsulas de memoria; cada una de ellas contenía un momento atrapado en el tiempo.
Cuando el siguiente tema empezó a sonar a través de sus auriculares, la imagen de un árbol asomó a su mente.
Veía sus raíces sedientas, la corteza retorcida y enrevesada entre gris y marrón, las ramas nudosas que se alargaban hacia el cielo.
Un centinela silencioso que montaba guardia en la linde del bosque.
Su árbol.
Y, mientras crecía allí, en su mente, algo se quebró.
El Olvido se partió.
Y una ola de recuerdos perdidos rompió sobre ella.