Treinta y seis #3
Con aquella duda tan perturbadora en mente, Emeline se levantó de la silla y fue al baño.
Cuando cerró la puerta tras ella, el ruido de las conversaciones de los clientes de La Rêv se acalló y se quedó casi en un completo silencio, envuelta en el suave olor del humo del tabaco.
Las luces fluorescentes parpadeaban. Las paredes y las puertas de los baños estaban cubiertas de pegatinas.
La familiaridad del lugar le destensó el pecho.
Exhaló un suspiro.
«Vale —pensó, de pie junto a los lavabos—. Tus compañeros de gira son unos capullos pretenciosos. ¿Y qué? Has lidiado con un montón de gente así».
¿Era esa la razón por la que era mejor que una no conociera a sus héroes?
Abrió un grifo y se salpicó la cara con agua fría. Alguien había apagado su cigarrillo en la pila de cerámica y la colilla estaba en el fondo, blanda y mojada.
Apoyó las manos en el borde de la pila y contempló su reflejo.
«Son solo tres semanas. Sobrevivirás».
Y, cuando aquellas tres semanas llegasen a su fin, tendría —o eso esperaba— un montón de ventas de su EP, mucha más visibilidad y un contrato con Daybreak, quienes querrían empezar a grabar un álbum cuanto antes.
«Recuerda por qué amas todo esto», se dijo.
Lo que amaba era la música. Que el mundo se quedara quieto y mudo en cuanto empezaba a rasguear las cuerdas. Olvidar todo aquello de lo que huía en el momento en que una canción asomaba a su garganta.
«Conocí a una chica una vez —la voz de Albar afloró de repente en sus pensamientos —. Para ella, cantar era como respirar. Cuando cantaba, se transportaba a un lugar en el que nadie podía tocarla».
Algo le atenazaba la garganta. Se aferró con más fuerza al lavabo; quería purgar su memoria de aquella voz suave y áspera, y de su olor a cuero y a pino, y de sus ojos como piedras de río.
Al día siguiente, cuando subiera al escenario, todo se convertiría en un torbellino, coger vuelos, registrarse en los hoteles, recuperarse del jet lag , y actuar, por supuesto.
Duraría semanas. No tendría tiempo de pensar en Albar Fell, ni en nada más.
Ni en el bosque maldito, ni en su cruel rey.
Ni en la madre monstruosa que quería verla muerta.
Y, sobre todo, no podría pensar en el poder oscuro que acechaba en las profundidades de su ser.
«Adiós para siempre —pensó—. Adiós a todo eso».
Se apartó del lavabo y salió de los baños. Mientras volvía a la mesa, vio a los Perennials, aún más apiñados que antes. Joel todavía no había vuelto, y Edwin tampoco estaba. Cuando se acercó un poco más, oyó cuchichear a Ashley:
—Le doy un año antes de que desaparezca del mapa.
Emeline apretó los dientes. ¿Aún seguían hablando de Chloe? ¿Qué tenía esa chica para que les diera tanta rabia?
—No sé, Ash. A ver… Viene de gira con nosotros.
Emeline aminoró el paso.
—¿Estás de coña? —Ashley enarcó una delgada ceja en una expresión escéptica—. La única razón por la que viene de gira con nosotros es porque se está follando a Joel. Y Joel y Edwin son muy colegas.
Emeline se paró en seco. La boca se le había quedado seca como el algodón. Qué comentarios tan crueles y desagradables.
Y eran sobre ella.
—Joel nos pidió un favor. Ya sabes lo obsesionado que está con ella… Pero Emeline Lark no tiene talento, y todo el mundo lo sabe. ¡Si ni siquiera escribe sus canciones, por el amor de Dios!
Emeline se había quedado paralizada a varios pasos de distancia.
Se dijo que lo que debería hacer era seguir andando, ir a la barra, pedir otro refresco, volver a la mesa y fingir que no había oído nada.
Pero las palabras de Ashley se le habían clavado en lo más profundo. La habían dejado paralizada.
Se sentía fuera de lugar, como una nota que no armonizaba con las demás. Disonante. Desacompasada. Como si estuviese en la canción equivocada.
«No —se dijo con firmeza—. Este es mi sitio».
Tenía que ser fuerte y sobreponerse a aquello.
«Has sobrevivido a cosas peores».
De repente, alguien la golpeó por detrás y algo frío y mojado se extendió por su camisa. Se quedó perpleja.
—¡Oh, no! —Con su vaso, ya casi vacío, en la mano, Chloe miró la blusa empapada de Emeline—. Em, lo siento mucho.
La conversación en la mesa se detuvo de forma abrupta. Los miembros de los Perennials se volvieron hacia ellas.
Emeline le sonrió, luchando por controlar el nudo de su garganta.
—No te preocupes, no pasa nada. —Y, como sabía que los del grupo las estaban escuchando, la cogió del codo y añadió—: Por cierto, felicidades por haber firmado con Daybreak. Estoy muy orgullosa de ti.
Emeline se excusó y salió del local para respirar ávidamente aire fresco, y aprovechó para sacudir su camisa para intentar secarla.
El aparcamiento estaba en silencio, salvo por algunos fumadores acurrucados en la curva y Joel, que seguía hablando por teléfono apoyado en el maletero de su coche.
Apoyó la espalda en la pared de ladrillos, se deslizó hasta sentarse en la acera y marcó un número en su móvil.
—¿Sí?
Emeline cerró los ojos al oír su voz.
—Hola —murmuró.
—¿Quién es?
—Emeline. Tu nieta. Es solo que… necesitaba oír tu voz.