Un oscuro olvido Treinta y seis #2
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Treinta y seis #2

Emeline jugueteó con el anillo que tenía en el dedo, dándole vueltas y vueltas, hasta que recordó quién se lo había dado.

Albar.

Apretó la copa que tenía en la mano, pero enseguida aflojó los dedos.

No tenía ninguna intención de pensar en el recaudador de diezmos del rey, ni en ninguna otra cosa que perteneciera a los bosques.

Albar era un ladrón de recuerdos. El bosque estaba maldito.

Y todo lo que allí había quería verla muerta.

Aquel era el lugar que le correspondía.

Al día siguiente, por la noche se subiría al escenario y abriría el concierto para la banda de sus sueños.

Era la culminación de todo su duro trabajo.

Y, si lo hacía bien, firmaría con Daybreak y le producirían su siguiente disco.

Tendría todo lo que siempre había soñado antes incluso de cumplir los veinte años.

Su mayor sueño, el sueño de su vida, estaba a punto de cumplirse.

—¿Estás preparada para mañana?

Emeline levantó la vista y vio que Edwin McCormick, el batería de los Perennials, la estaba mirando. Tenía los pálidos brazos cubiertos de coloridos tatuajes y el pelo negro y grasiento, como si esa semana todavía no se lo hubiese lavado.

Le sonrió.

—Claro. ¡Me muero de ganas! —Se estremeció en cuanto oyó el sonido de su voz, era demasiado alegre, demasiado falsa. Para disimular la vergüenza, dio un trago de su refresco. Las burbujas le hicieron cosquillas en la lengua.

—¿Alguna vez has hecho una gira por catorce ciudades?

Edwin tenía el brazo sobre los hombros de la joven que estaba sentada a su lado, Ashley Granger, la voz principal de la banda. Llevaba un flequillo corto y recto decolorado y teñido de rubio y el resto de la melena recogida en un moño, dejando al descubierto el rapado de debajo.

—No, es mi primera vez —admitió Emeline con un nudo en el estómago.

—Seguro que lo harás genial —dijo Ashley, que la observaba bajo el brazo de Edwin.

De repente, les interrumpió una voz pizpireta.

—¡Emeline Lark!

Toda la mesa se volvió para encontrarse con una rubia de generosas curvas con el rostro en forma de corazón y una sonrisa de labios pintados. Llevaba unos vaqueros oscuros con rotos en las rodillas y unas botas de vaquero.

Chloe Demarche.

Emeline se relajó al ver a su compositora. El nudo que tenía en el estómago se le aflojó un poco.

—¡Hace semanas que no sé nada de ti! —dijo Chloe—. ¿Adónde te habías metido?

Los pensamientos de Emeline iban a toda velocidad, en busca de una respuesta que no sonase completamente delirante.

—Estaba… cuidando de mi abuelo.

Era una media verdad.

La luz se reflejó en los flexibles rizos dorados de Chloe cuando se sentó en la silla que Joel había dejado vacía, con una expresión de sincera angustia.

—¿Se encuentra bien?

—Oye, Chlo… —dijo Ashley inclinándose sobre la mesa y señalando la silla con un dedo—. Esa silla está ocupada.

—¡Ah! —Chloe se puso de pie a toda prisa—.

Perdón. Bueno, de todos modos, mis amigos están por allí.

—Señaló como si nada al otro extremo de la sala, donde un grupo de gente estaba cogiendo sillas para sentarse a una mesa vacía.

Luego se volvió hacia Emeline—. ¿Has podido escuchar las canciones nuevas que he subido a Elegy?

Emeline tenía cientos de notificaciones sin revisar en su móvil, que se habían ido acumulando durante su estancia en la Ciudad del Rey. Negó con la cabeza.

—Todas no, pero lo haré esta noche, te lo prometo.

—No hay prisa. Ya me dirás qué te parecen. —Chloe esbozó una sonrisa que le marcó los hoyuelos—. ¡Pásalo bien en la gira! —Saludó con la mano y volvió con sus amigos.

Cuando ya no podía oírlos, Ashley se inclinó hacia el centro de la mesa y susurró:

—¿Os habéis enterado de que va a grabar un disco?

—¿Qué? —dijo Heidi, la bajista.

—¿Con quién? —preguntó Edwin.

—Con Daybreak. —Ashley resopló con desdén—. Al parecer, firmó con ellos la semana pasada.

Emeline se movió en su asiento, incómoda. Oteó el bar, buscando a Joel con la mirada.

Heidi esbozó una sonrisilla.

—Bueno, encaja bastante.

Ashley asintió. Miró al otro lado del bar y arrugó la nariz.

—Dios, mira que es superficial. Como sus canciones.

A Emeline se le puso el estómago del revés. Las canciones de Chloe también eran las suyas. Se hundió en la silla.

Al otro lado de la sala, Chloe y sus amigas charlaban alegremente. «Ojalá estuviera allí», pensó, mirando a los Perennials, que se acercaban unos a otros para murmurar, intercambiando cotilleos como si les ardieran en la lengua.

Era una de las primeras cosas a las que se había tenido que acostumbrar cuando había entrado en ese mundo.

Recordaba su primer festival de música y la fiesta posterior.

Había entrado en el bar emocionada después de un caluroso día saltando de un escenario a otro, con la esperanza de entablar amistad con algún novato como ella, y había terminado sentada a una mesa, apretujada entre cuatro músicos experimentados, con unos cuantos más enfrente.

Les había preguntado por sus bolos, y cuánto habían viajado, y hasta cuándo se quedaban, pero la conversación había tomado otros derroteros más mezquinos.

Chismorreos sobre por cuánto habían firmado fulanito y menganito su último contrato, qué álbumes se esperaba que fuesen un fracaso, quién merecía ser finalista del premio Polaris y quién no…

En ese mundo, los cotilleos eran una moneda de cambio. Cuantos más tenías, más poder amasabas.

Ese día, Emeline se había sentido como un cervatillo bebé, convencida de que se estaba adentrando en un prado y emocionada por hacerse amiga de las demás criaturas silvestres, cuando donde se estaba adentrando en realidad era en mitad del tráfico.

Ese día, había sentido en todo el cuerpo la apremiante necesidad de huir, pero para irse de aquella mesa habría tenido que meterse por debajo y salir pitando.

Y, en ese momento, le pasaba lo mismo. También tenía ganas de irse de allí.

Solo que aquellos eran los Perennials. ¡Los Perennials! La banda con la que se iba a ir de gira tres semanas. Y allí estaban, la noche antes de que empezase, llamando vendida a la chica que componía sus canciones.

«¿Y de mí? ¿Qué pensarán de mí?».