Treinta y seis
Encontró a su abuelo en cuanto entró en casa. Estaba de pie, junto a la ventana de la cocina. Le rodeó los hombros con los brazos y lo abrazó con fuerza, inhalando su aroma a jabón, tratando que su familiar presencia la reconfortara.
Estaba a salvo. Allí, los bosques y las criaturas que vivían en ellos no podían tocarla.
Apretujó con fuerza a su abuelo.
—Venga, venga —murmuró él, acariciándole la espalda en círculos—. Todo va bien.
Maisie levantó la vista desde la mesa de la cocina, donde estaba preparando una tarta de manzana. Tenía los rizos grises y encrespados recogidos y el delantal manchado de harina blanca.
—¡Pequeña! —Estudió a Emeline con sus ojos avellana claro. La última vez que se habían visto, ella había matado a una piel de sombra en aquella misma cocina y luego había desaparecido en el bosque—. ¿Estás bien?
¿Lo estaba? Acababa de enterarse de que el chico al que amaba le había robado algo muy valioso. Pedacitos de su pasado. Pedacitos de sí misma.
Emeline tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Sí, estoy bien.
El rostro bronceado de Maisie estaba cubierto de arrugas, como los anillos de un tronco. Miró a Emeline con atención, como si no estuviera convencida, pero no insistió.
—Joel se marchó ayer.
Emeline hizo una mueca. Joel. Ella se había ido sin darle ninguna explicación. No querer seguir con él no le daba derecho a ser una capulla. Tendría que redimirse de algún modo por haber sido tan maleducada.
—Me pidió que te dijera que ya os veríais en Montreal. Y no sé qué sobre tu gira.
«Oh, no».
—¿Qué día es hoy?
Maisie se limpió las manos en el delantal blanco de volantes y fue hacia el calendario que colgaba de la pared de la cocina.
—Seis de octubre.
El día antes del primer concierto de la gira.
A Emeline le dio un vuelco el corazón.
—Tengo que irme.
La mujer le dio la mano, entrelazando sus dedos con los suyos. La piel le olía a harina y a azúcar.
—¿Cuándo volverás?
La otra noche, durante la cena, las dos habían estado hablando de cómo se organizarían para cuidar a su abuelo y habían acordado que, mientras Emeline estuviera de gira, Maisie iría dos veces al día a ver cómo estaba, y que, cuando ella terminase de viajar, buscaría el mejor modo de que pudiera seguir viviendo en su casa.
—Dentro de tres semanas —respondió ella—. En cuanto mi gira termine.
Fue a su habitación y metió las cuatro cosas que había llevado en la mochila.
Luego cogió su teléfono de la mesita de noche, donde lo había dejado cargando.
Si lograba llegar aquella noche a Montreal, tendría todo el día siguiente para repasar su repertorio.
Pero para cubrir el trayecto de siete horas hasta la ciudad, al que tenía que sumarle una o dos horas más por el tráfico, tenía que irse de inmediato.
Nunca en su vida había ansiado más la normalidad.
Quería un piso compartido lleno de compañeros con los que apenas hablase.
Quería las luces, el ruido y las hordas de gente de la ciudad.
Quería subirse a un escenario, tocar acordes y convertirlos en una canción, animada por el público escondido tras las luces.
Quería sus aplausos y sus tamborileos para que le demostraran que ese era, en efecto, el lugar que le correspondía.
Aquella era su vida.
Necesitaba volver a vivirla.
Y olvidarse del bosque y de la maldición y del Rey del Bosque. Olvidarse de la Vil, que la odiaba con todas sus fuerzas y la quería ver muerta. Y, sobre todo, olvidar a Albar, que la había traicionado.
Pensar en ello hacía que le entrasen ganas de llorar.
Tras abrazar a Maisie y a su yayo, Emeline se echó la mochila al hombro, cogió sus llaves y entró en el coche.
Justo cuando avanzaba por el camino de entrada, vio a Tom, que venía por el sendero de la granja de Eshe y Abel con una fanega de manzanas amarillas en los brazos.
Eran frutas imperfectas, a juzgar por las magulladuras.
Debían de ser para la tarta de Maisie. Al verla, Tom arrugó los ojillos castaños y alzó la barbilla a modo de saludo.
Ella sintió una punzada en el pecho.
«He de contarle lo de Rose».
Le rompería el corazón.
Solo de pensarlo, de pensar en cómo cambiaría la relación que los unía, se le abría una grieta en el pecho.
«Puede esperar —decidió. No quería estropear las cosas todavía—. Hablaré con él cuando termine la gira».
No paró el coche. Se limitó a saludar a Tom con la mano y lo observó desaparecer por el retrovisor cuando giró hacia la calle principal, de camino hacia la autopista.
Emeline paró a echar gasolina en cuanto cruzó la frontera de Quebec. Mientras estaba junto al surtidor, con la manguera en la mano, algo se cayó de su bolsillo trasero y fue a parar al suelo.
Se volvió para recogerlo, pensando que sería su móvil.
Pero no lo era. Era el librito que Albar le había dado antes de que se fuera.
Veinte poemas de amor y una canción desesperada .
Emeline lo miró con desconfianza, pero lo recogió, sin dejar de llenar el depósito. La primera vez que se había fijado en ese libro había sido la noche que él le había preparado la cena. A pesar de todo, sentía curiosidad, así que empezó a hojearlo.
No tardó mucho en darse cuenta de que contenía exactamente lo que describía el título: poemas de amor. Un amor lleno de anhelo, fuego y tristeza. Las palabras hacían que le subiera la temperatura, la obligaban a apretar los dientes.
Cerró el libro de golpe.
No podía quedarse con él. ¿Un libro de poemas de amor de la persona que le había robado los recuerdos? Era demasiado.
«Lo voy a tirar», pensó, echando un vistazo a la papelera que había al lado del surtidor.
—Una elección excelente —dijo una voz grave cerca de ella.
Se dio la vuelta y vio a un hombre que echaba gasolina en su coche, detrás de ella. Llevaba barba y un turbante negro. Señaló el libro con la cabeza y añadió:
—A mi esposa le encanta Neruda. Así es como la encandilé.
Emeline levantó la vista y miró los amables ojos marrones del desconocido, con las comisuras arrugadas por el reflejo de su sonrisa. Tenía un aire dulce, como de abuelo.
—¿Está aquí con usted? —preguntó Emeline, tratando de desviar el tema del asunto del libro de Albar. Miró al asiento del copiloto del coche, pero estaba vacío.
A él se le ensombreció el rostro.
—Ah… No.
—Lo lamento —se apresuró a decir ella al darse cuenta de su error. A juzgar por la barba canosa y las profundas arrugas de su frente, debía de tener más o menos la misma edad que su abuelo.
Él chasqueó la lengua con gentileza.
—No te disculpes. Me encanta recordarla.
Y así fue como Emeline pasó sus siguientes minutos echando gasolina: escuchando a aquel señor hablarle del amor de su vida, a quien había perdido hacía cinco años por culpa de un cáncer.
Cuando fueron a pagar, él le sostuvo la puerta abierta para que pasara.
—Gracias por escucharme —le dijo.
Y ella le dio un abrazo.
Cuando volvió a su coche, un par de minutos después, le vibró el teléfono. Era un mensaje de su representante.
«¿Quieres conocer esta noche a tus compañeros de gira?».
Le dio un vuelco el corazón. «¿Conocer a los Perennials? ¿Esta noche?», respondió.
Sudaba solo de pensarlo.
«Van a ir a La Rêv a tomar algo. Les diré que te guarden un sitio».
Sintió un enjambre de mariposas revoloteando en su estómago. Con todo lo que le había pasado la última semana, no había tenido tiempo de emocionarse por la inminencia de su gira, ni de pensar cómo sería conocer a los que habían sido sus ídolos durante años.
Estaría bien que le presentaran a los Perennials esa noche, así, al día siguiente, ya no serían unos desconocidos en la green room . Se preguntó cómo sería pasar tres semanas con ellos en la carretera, si al final acabarían siendo amigos.
«Necesito amigos», pensó.
La sombra de un recuerdo asomó a su mente. Un caluroso día de verano; el polvo pegado a su piel. Las piernas colgando de las vigas del granero. Y una chica, tumbada a su lado, escuchándola cantar.
Sable.
El recuerdo la confundía. Intentó volver atrás. Intentó encontrar más viejos recuerdos de la cambiaformas, de antes de que se marchase de Edgewood por primera vez.
Pero lo único que encontró fue niebla. Un hueco. La nada.
La asustaba. Enterró la sensación en lo más profundo y luego se metió el móvil en el bolsillo. Justo antes de entrar en el coche, vio la misma papelera de antes y se detuvo un segundo.
Desvió la mirada hacia Veinte poemas de amor y una canción desesperada , que todavía tenía en la mano.
Podía tirarlo en ese preciso instante. Sin embargo, cuando se dispuso a hacerlo, lo único en lo que pudo pensar era en el hombre del surtidor y en su esposa, la amante de la poesía.
Le había hablado de ella como si hubiese sido el sol más radiante de su vida.
Un sol que ya se había puesto, pero que, como el crepúsculo, permanecía en el horizonte, de donde él no apartaría la mirada.
Emeline no pudo evitar sentir que tirar los poemas de Neruda a la basura era, de algún modo, como mancillar el recuerdo de aquella mujer. Así que abrió la puerta del coche, metió el libro en el bolso y luego volvió a la autopista y siguió conduciendo.
La Rêverie estaba abarrotada de gente; llena de calor y de ruido.
Emeline movía la pierna bajo la mesa, nerviosa.
Los miembros de los Perennials tenían las cabezas muy juntas y conversaban en voz baja.
Eran unos años mayores que ella, y desde que había entrado y saludado, ni uno solo de ellos había hecho nada por incluirla en la conversación, a pesar de sus varios intentos de hablar con ellos.
Se dijo que acababan de aterrizar desde puntos distintos del país. Era evidente que eran un grupo con una relación muy cercana y tenían que ponerse al día. Emeline no podía reprochárselo.
Pero, de todos modos, sentía que allí sobraba.
Joel tampoco era de mucha ayuda. Le estaba girando la cara desde que había llegado, aunque tampoco podía culparlo por ello, teniendo en cuenta que el día anterior lo había dejado plantado. En ese momento, estaba fuera hablando por teléfono.