Treinta y cinco
Emeline se despertó con los restallidos y el crepitar del fuego de leña.
Tenía la nariz fría, pero la cama de Albar estaba calentita, así que se acurrucó más debajo de las mantas.
Las sábanas olían a él y le trajeron los recuerdos de la noche anterior.
De sus hábiles manos, su profundo calor y sus tiernos besos.
Pero, cuando alargó una mano para acariciarlo, lo que tocó en su lugar fueron las sábanas frías y vacías.
Emeline abrió los ojos.
En la almohada, al lado de la suya, había dejado tres anémonas atadas con una cuerda.
Los delicados pétalos blancos temblaron bajo las caricias de sus dedos.
Le recordaron a la anémona que había encontrado bajo su taburete aquella noche en La Rêverie.
¿De verdad era Albar aquel desconocido que la miraba desde la barra, bebiendo de su botella? Si era así, ¿qué hacía allí?
Su mente retrocedió todavía más, a la misteriosa Taylor que le había enviado un fan anónimo. Cuando le había llegado, las cuerdas de la guitarra estaban entretejidas de flores salvajes. Ranúnculos, margaritas… y anémonas.
«¿También fue Albar?».
Emeline frunció el ceño. No tenía sentido. Ambas cosas habían ocurrido antes de que se conocieran.
Pero decidió que le preguntaría al respecto.
Se estiró y se preparó para levantarse. Al lado de la cama había un sillón azul gastado en el que estaba su ropa pulcramente doblada.
Le sobrevino un recuerdo borroso de él sentado en ese sillón, con un cuaderno en las rodillas, mirándola dormir.
«Me estaba dibujando —pensó—. ¿O lo he soñado?».
Emeline se incorporó. Allí, en la mesita de noche, estaba el cuaderno con cubiertas de cuero. Y un lápiz gris y manchado encima.
Se sentó, cubriéndose el pecho con las mantas, y lo abrió por la primera página. Allí, en suaves sombras de color gris, estaba Lamento. De algún modo, las líneas trazadas por Albar habían capturado la suavidad aterciopelada de su hocico y el brillo feroz e impaciente de sus ojos.
Al volver la página vio un boceto de Sable y Corvus, inclinados el uno hacia el otro ante la chimenea de Albar.
Los había dibujado enfrascados en una conversación: las líneas de las manos alzadas de Corvus eran intensas y toscas, como si las estuviese moviendo para dar énfasis a su argumento.
Sable tenía la barbilla apoyada en las manos y un gesto sereno en el rostro, como si estuviese pensándose su réplica.
El dibujo siguiente era de Grace, sonriente y feliz, con la barbilla apoyada en un puño y La Bellota abarrotada de fondo.
Emeline siguió pasando páginas y contemplando más escenas: la alta arboleda donde el Rey del Bosque se sentaba en su trono, las vistas del vasto bosque desde la cúpula de cristal, la oscura ala de un cuervo con todas y cada una de sus plumas dibujadas con todo lujo de detalles.
Fue pasando una página tras otra hasta llegar al final.
El último boceto era de un pie descalzo —su pie— asomando bajo las mantas a los al final de la cama. Le había dibujado todos los dedos, y la suave curva de su arco, y las líneas del tobillo.
Los trazos eran de una ternura conmovedora.
Emeline volvió la página, ansiosa por ver más, pero ya solo quedaban hojas en blanco. Sin embargo, había muchos otros cuadernos en la estantería. Sintió el impulso de cogerlos todos a la vez, soltarlos encima de la cama y mirarlos uno a uno.
Una parte de ella era reacia a hacerlo. Sería una invasión de su intimidad, como leer su diario.
¿No?
«Sí». Claro que sí.
Se obligó a apartar la mirada de los cuadernos, salió de la cama y empezó a ponerse los vaqueros y la camisa. Estaba a punto de ir a buscar a Albar cuando echó una última mirada a la estantería.
¿Qué daño haría echar un vistazo a otro cuaderno? No creía que a él le fuese a importar.
Cedió a la tentación y eligió uno especialmente grueso que estaba en mitad de la estantería.
Lo sacó, se sentó en el sillón con las piernas cruzadas y empezó a hojearlo con avidez, ansiosa por ver su contenido.
Las primeras páginas eran estudios de árboles, cada uno con su nombre: castaño, fresno, sasafrás, cedro rojo, y muchos otros.
Las hojas, las flores, los frutos y la corteza estaban dibujados con gran detalle.
Sin embargo, en aquel cuaderno las líneas eran más temblorosas, tenían menos confianza.
Cuando volvió a encontrar bocetos de Sable y Corvus, parecían varios años más jóvenes.
Siguió hojeando el cuaderno, pasando rápido por las páginas dedicadas a los árboles, ansiosa por dar con dibujos más personales. Vio una imagen de otro rostro que llamó su atención, pero pasó de largo demasiado rápido y tuvo que volver atrás.
Cuando la encontró, se le paró el corazón.
Allí, con líneas oscuras, había un boceto suyo. Era ella, de perfil. Con el pelo recogido en un moño y una púa de guitarra entre los labios.
Se acercó más al papel para verlo mejor.
Aquella Emeline tenía las mejillas mucho más redondas que la actual, y sus rasgos eran más dulces. «Es una versión más joven de mí», comprendió. Era ella hacía tres o cuatro años.
Era ella cuando todavía no conocía a Albar.
Un cosquilleo frío se le extendió por la piel.
Se notaba el pulso acelerado en la base del cuello.
Siguió pasando páginas y encontró más bocetos suyos, desperdigados entre las imágenes del bosque.
Dos, cuatro… Contó diez en total. Cerró el cuaderno de golpe, tratando de respirar.
Se quedó mirando la cubierta de cuero marrón unos instantes y fue a por otro.
Más de lo mismo. Árboles, plumas, Lamento.
Corvus, Sable y escenas de la corte del rey.
Y Emeline. Muchas Emelines. Emeline, sentada, dándole la espalda al artista.
Emeline riéndose con la cabeza echada hacia atrás, como su madre en aquella foto.
Emeline con un ukelele en el regazo, acariciando las cuerdas con los ojos cerrados.
«Pero ¿cómo…?».
¿Por qué había tantos dibujos suyos?
El último la golpeó con fuerza, y sintió que el impacto la atravesaba como una daga clavada en su barriga. Mientras contemplaba el boceto horrorizada, apretó el cuaderno con tanta fuerza que se hizo daño en los dedos.
En él, una Emeline más joven estaba tumbada, desnuda, sobre una superficie blanda. Tenía el codo doblado, haciéndole de cojín, y un brazo de piel clara apoyado en la barriga desnuda. En sus ojos había un brillo líquido; miraba al artista con los labios entreabiertos en un gesto sensual.
No parecía tener más de diecisiete años.
El lápiz de Albar había capturado cada detalle a la perfección: el pelo suelto alrededor de su cabeza, las suaves curvas de sus pequeños pechos, el vello rizado y oscuro que asomaba entre sus piernas.
Cerró el cuaderno de golpe. Le costaba respirar. La habitación se había vuelto borrosa.
Los demás cuadernos estaban apilados desordenadamente sobre la cama. Emeline se tapó la cara con las manos y trató de acompasar su errática respiración, pero lo único que veía era su cuerpo joven, dibujado por Albar, una y otra vez.
«¿Qué coño significa todo esto?».
Se levantó del sillón. Le temblaban las piernas, y el corazón le latía con demasiada fuerza, pero fue hacia la parte principal de la casa con el último cuaderno en la mano.
La puerta estaba abierta, y justo en ese momento Albar estaba entrando.
Emeline frunció el ceño ante la luz del sol que se colaba por el umbral.
Silueteado contra el resplandor matutino, el joven en cuya cama había dormido estaba de pie en el marco de la puerta, con los brazos llenos de leña para la chimenea.
Al verla, arrugó el ceño.
—¿Qué ocurre?
Ella levantó el cuaderno de bocetos, abierto por el dibujo en el que se la veía desnuda. Le temblaban las manos, y las páginas temblaban también.
—¿Qué narices es esto?
Albar abrió la boca el ver el boceto. Bajó los brazos y los troncos se cayeron a sus pies con un golpe sordo.
Emeline lanzó el cuaderno al suelo, furiosa.
—¿Por qué hay dibujos míos en todos tus cuadernos, Albar? ¿Por qué hay dibujos de mí de antes de que nos conociéramos? ¡Desnuda!
Él, de pie entre toda la leña desperdigada, se pasó las manos por la cara, angustiado.
—Ibas a renunciar a tus sueños —contestó, presionándose los ojos con las palmas de las manos—. Ibas a quedarte aquí por mí. —Dejó caer las manos y la miró—. No podía encadenarte de ese modo.
«¿Qué?». Emeline dio un paso atrás.
—¿De qué estás hablando?
Él la miraba como si el mundo se estuviese derrumbando a su alrededor, y no por primera vez. Tragó saliva con tanta fuerza que ella lo oyó.
—La chica de la que te hablé…, a la que traicioné… —Se le rompió la voz—. Eres tú.
Sus palabras la helaron por dentro. Notó un frío eléctrico, que empezó en su barriga y fue propagándose rápidamente por todo su cuerpo. «No es posible…».
De repente, Emeline recordó la canción que Sable le había cantado la noche anterior. Recordó que le pareció imposible que la cambiaformas la conociera. Era una balada que atrapaba un recuerdo extraño.
—Hace dos veranos —dijo Albar— me dijiste que ibas a renunciar a tu sueño.
Me dijiste que ya no te importaba subirte a un escenario porque yo no podría estar allí contigo.
Ibas a sacrificarlo todo para quedarte aquí.
Aquí, donde no había nada para ti. Menos que nada.
—Apartó la vista, desolado—. Fui a ver al rey y le pedí que…
Que te hiciera olvidar. Si olvidabas… Si me olvidabas a mí y todo lo que había en estos bosques, no tendrías nada por lo que quedarte. No habría nada que te retuviera.
A Emeline se le partió el corazón. Retrocedió otro paso más, alejándose de él.
—¿Me estás diciendo que…?
—Que tú y yo… —Negó con la cabeza y volvió a empezar—. Que hace mucho tiempo que nos conocemos. ¿Por qué, si no, aparecerías en mis bocetos? ¿Cómo, si no, iba a querer a Ewan como si fuese de mi propia familia? ¿Por qué, si no, sería Sable tan protectora contigo?
Sable. La canción. El recuerdo de ellas dos subidas a las vigas del granero. No debían de tener más de quince años.
—Cuando hice que me olvidaras a mí y olvidaras el bosque, hice que la olvidaras a ella también. Hice que lo olvidaras todo. Es algo que jamás me perdonará.
«No. No es posible. Me acordaría…».
Solo que no, no se acordaba de nada. No podía hacerlo si le habían robado los recuerdos.
Recordó cuando había llegado a la corte por primera vez.
Sable guardaba las distancias, y Emeline había dado por hecho que, simplemente, era tímida.
Más adelante, había intervenido cuando el rey había tratado de estrangularla, y Emeline no había comprendido por qué se había arriesgado de ese modo por ella. Pero si habían sido amigas…
Se dio cuenta de que le temblaba el pecho y se abrazó a sí misma, tratando de disimularlo.
—Si lo que me cuentas es cierto, ¿por qué Sable estaba tan empeñada en evitarme? —preguntó.
Albar apartó la vista.
—Supongo que por la misma razón que tú evitabas a Ewan.
Emeline se mordió el labio. Era cierto, había evitado a su abuelo. Se había negado a visitarlo o a llamarlo porque le dolía demasiado que la hubiera olvidado. Y aun así…
—Una verdadera amiga me habría contado la verdad.
—¿Y tú la habrías creído?
Emeline se paró un instante a recordar todas las veces que le había dicho a su abuelo la verdad, y cómo, a menudo, lo único que conseguía era retorcer su ya fracturada mente y sumirla aún más en el caos, como la noche que le había dicho que Rose los había abandonado.
¿Habría creído ella, al llegar a la corte del rey, que una cambiaformas que no había visto en su vida era, en realidad, una vieja amiga?
«No —comprendió—. Me habría parecido un disparate».
Pensó en los recuerdos perdidos de su yayo. Sin ellos, una parte de él se había perdido también. Eso era lo que había hecho Albar: había robado un pedacito de Emeline sin que ella se enterase.
Mientras la verdad se asentaba poco a poco en su interior, las paredes de aquella casa parecían encogerse, y Albar se interponía entre ella y la única salida. De repente, se sintió como Dafne, la ninfa. Engullida por la corteza de un árbol que la rodeaba, encerrándola en su interior. Enjaulándola.
Sintió ganas de salir de esa casa.
De esos bosques.
De la vida de ese muchacho.
Quería poner tanta distancia de por medio como pudiera entre ella y Albar Fell.
Se dirigió a la puerta, sorteando los troncos que había en el suelo.
—Espera —le pidió él. Cogió un pequeño libro carmesí de la mesa y se lo tendió—. Llévatelo. —Emeline se quedó plantada entre él y la puerta, congelada, sin saber muy bien qué hacer—. Por favor.
La voz le temblaba de angustia, y fue eso lo que la llevó a coger el libro, que se metió en el bolsillo de los vaqueros.
—Adiós, Albar —susurró, incapaz de mirarlo.
Y entonces salió de esa casa y no volvió a mirar atrás.
En el jardín, la advertencia de Garra resonó en su mente: «¡Al final te traiciona!». Si el dragón se había equivocado con el orden en el que había visto el futuro, el final que había visto bien podría haber sido el ocurrido hacía dos años.
Mientras caminaba hacia el arroyo, en su cuerpo había una tempestad de ira y confusión. En el puente, se acordó del anillo blanco que llevaba en el dedo.
«Piensa dónde quieres estar y te llevará hasta allí».
Emeline se detuvo en seco.
«En casa. —Le ardía la garganta; le escocían las lágrimas que aún no había derramado—. Quiero estar en casa».
Y, en cuanto lo pensó, desaparecieron el arroyo, el puente y los árboles. Un segundo, tenía la casa de Albar detrás, y al siguiente estaba saliendo del bosque y entrando en el jardín de rosas de su yayo.
El anillo la había llevado a Edgewood.