Un oscuro olvido Treinta y cuatro
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Treinta y cuatro

Tras pasearse por los establos durante diez minutos largos, tratando de convencerse de no hacer lo que tenía intención de hacer y fracasando en el intento. Emeline siguió a Albar al interior de la casa.

«Solo voy a despedirme —se prometió, dando vueltas al anillo que tenía en el dedo. Una despedida de verdad—. Y entonces me iré».

El fuego crepitaba en la chimenea. Al fondo del pasillo, oyó correr el agua. Albar se estaba preparando un baño. Recordó sus manos en su pelo cuando la había estampado contra la pared. Recordó cómo convertía su piel en fuego.

En el bañó oyó el repiqueteo de la hebilla cuando se desabrochó el cinturón, seguido del susurro de la ropa al caer al suelo, prenda a prenda. Tragó saliva. Oyó el chapoteo del agua cuando él entró en la bañera.

Emeline se quitó las botas y prestó atención. Su mente volvió al establo. A la sensación embriagadora que había nublado sus sentidos cuando él la había apretujado contra la pared.

La deseaba. Eso estaba claro. Así que no pasaba nada por satisfacer sus propios deseos, siempre que coincidiesen con los de él. Solo una vez. Solo esa noche.

Después se marcharía.

Albar y ella pertenecían a mundos distintos. El de él estaba maldito y moribundo; el de ella albergaba sus sueños. Lo suyo jamás podría funcionar.

Pues claro que se iba a marchar. Eso no se ponía en duda.

Solo necesitaba despedirse antes.

Emeline se dirigió hacia los sonidos que provenían de la bañera, resiguiendo las paredes con dedos temblorosos.

Se detuvo al llegar a la puerta y se quedó mirando la rendija de luz dorada de la lámpara que escapaba por debajo.

El corazón le latía a mil por hora cuando puso la mano sobre el pomo de latón y lo giró para abrir la puerta.

Frente a ella había una ventana que enmarcaba la luna blanca sobre un cielo azul marino. Y bajo el cristal, una bañera de aluminio iluminada por el candil que descansaba en el suelo. Sentado en la bañera, con la cabeza hacia atrás, estaba Albar.

Cuando Emeline cerró la puerta tras ella, él levantó la vista.

Durante unos instantes, se limitaron a mirarse a los ojos, en silencio.

—Pensaba que te ibas.

Ella se alejó de la puerta.

—Me he olvidado una cosa.

—¿Entonces…?

Sin dejar de mirarlo a los ojos, se quitó la camisa y la tiró al suelo. Fuera lo que fuese lo que él iba a decirle, se le olvidó al instante. Se calló y tragó saliva.

Con el corazón latiéndole salvajemente, se desabrochó los vaqueros y los dejó caer al suelo. Cuando dio un paso para terminar de quitárselos y alzó de nuevo la vista, se dio cuenta de que él era a duras penas capaz de mantener la mirada en su rostro.

«Mírame —pensó ella—. Quiero que me mires».

Y por fin se rindió, y dejó que su mirada febril se deslizara por el pálido cuerpo de ella. Se agarró de los lados de la bañera con fuerza mientras Emeline se quitaba poco a poco el sujetador, y luego las bragas y los calcetines. El aire frío la envolvía, tensándole la piel.

Él respiraba de forma temblorosa. Al oír cómo se estremecía, la atravesó una oleada de deseo.

Un deseo que la empujó a recorrer con los pies descalzos la distancia que la separaba de la bañera, que la empujó a meterse y a dejar que el agua caliente y jabonosa le lamiera las piernas. Con un pie a cada lado de él, descendió sobre sus caderas.

Él inhaló con fuerza; los músculos se le tensaron de tanto contenerse.

—¿Te parece bien? —susurró ella—. ¿O prefieres que me marche?

Como respuesta, llevó las manos a sus omóplatos y las deslizó temblorosas por su espalda.

—¿Estás loca? —murmuró con los labios pegados a su cuello y besó su piel—. Te quiero justo aquí.

Su boca era como un hechizo que la desataba. Sintió que se iba deshaciendo poco a poco.

Mientras ella deslizaba las manos con firmeza por su pecho, sus clavículas y sus hombros, él mantuvo los ojos entrecerrados, y sus largas pestañas arrojaron sombras sobre sus mejillas.

Cuando Emeline se arqueó contra él, Albar se quedó sin aliento y la agarró de la cintura para atraerla aún más hacia sí.

—Emeline…

El deseo que destilaba su voz la hacía arder aún más. Le mordió la clavícula, se aferró a sus hombros y se meció sobre él; primero despacio, y luego, más rápido y con más ímpetu.

Preso de la tensión, hundió los dedos en sus caderas.

A ella, el deseo la dejaba sin aliento. Lo necesitaba con urgencia.

Albar soltó un grave gemido. Con una mano en su muslo y la otra en su cabeza, atrajo su boca hacia la de él y la besó con ansias, adueñándose de lo que ella le ofrecía. El deseo de ambos se acumulaba, se intensificaba en un crescendo , mientras él pronunciaba su nombre en voz baja.

Cuando terminó, Emeline se dejó caer sobre él, jadeando con suavidad, y apoyó la cabeza en su hombro mojado. Allí acurrucada sobre su pecho, escuchó los latidos lentos y firmes de su corazón.

Todo su cuerpo vibraba de placer. No recordaba la última vez que se había sentido tan dichosa.

Mientras Albar la rodeaba con los brazos, apretujándola contra él y con las palmas sobre sus curvas, bajo el agua, apoyó la mejilla sobre su cabeza.

—¿Bien? —susurró ella, recorriendo con la yema del dedo los contornos firmes de su cuerpo. Tan nuevo para ella y a la vez tan familiar. Como una pieza que no sabía que faltaba en su rompecabezas.

Como respuesta, él le echó la cabeza hacia atrás y la besó en la boca, abriéndole los labios con su calor. Y, antes de que ella pudiera devolverle el beso, salió de la bañera, la envolvió en una toalla y la llevó en brazos a la cama.

Donde se entregaron de nuevo el uno al otro.