Un oscuro olvido Treinta y tres #2
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Treinta y tres #2

Cuando ella terminó, el muchacho cogió la silla y fue a colgarla a la pared. Con la esperanza de que él cambiase de opinión y entrase en casa, Emeline apoyó la frente en un flanco de Lamento e inhaló los olores del establo, a heno fresco, cuero viejo y madera.

Pero Albar volvió con una manta de lana y, con movimientos lentos, la echó sobre el lomo brillante de la ascuaballo. Emeline se preguntó si estaría herido.

—Puedo hacerlo yo —insistió—. Ve a casa.

—Lo haré cuando me digas qué te tiene tan asustada. —La cogió de las manos—. Estás temblando. ¿Qué ha pasado?

Recordó el odio que había deformado el rostro de su madre. Recordó sus toscos dedos apretujándole las mejillas y las uñas que le rascaban la piel. Recordó cómo había presionado la punta afilada del puñal de Sable sobre su pecho, a la altura del corazón.

Su madre no la había reconocido. O quizá sí lo hubiera hecho, pero quería verla muerta de todos modos. Porque Emeline era hija del Mago. Era un recordatorio de las cosas horribles que ese hombre le había hecho.

Por supuesto que Rose odiaría ver a su hija.

A Tom tampoco querría ni verla cuando descubriera quién era su padre. No podría volver a mirarla a la cara.

¿Y qué pensaría el resto de Edgewood?

¿Qué pensaría Albar?

La sola idea le atenazaba la garganta. Los ojos le escocían, acuciados por lágrimas calientes. Soltó las manos de Albar, salió del compartimento de Lamento y se detuvo en la puerta del establo, donde soplaba una brisa fresca.

Quería huir muy lejos de allí.

Quería huir de la verdad.

—Emeline…

Notó el calor de Albar invadiendo su espalda. Al ver que no le respondía, él la cogió de la muñeca.

—¡Emeline!

Pero había algo más que deseaba. Algo más profundo, que vibraba como el pulso bajo su piel. Quería darse la vuelta y enterrar el rostro en el cuello de Albar, respirar su olor, besarlo y ahogarse en él.

«¿Era así como se sentía mi padre?».

Aquella pregunta la asustaba.

Desvió la vista hacia donde el muchacho la estaba tocando, rodeando suavemente su muñeca con los dedos.

—No me toques, por favor —susurró.

Él alzó las manos y dio un paso atrás.

—¿Puedes al menos decirme qué pasa? Quizá pueda ayudarte.

Ella esbozo una sonrisa amarga y se volvió.

—No puedes.

—Déjame intentarlo.

Emeline tragó saliva y apartó la vista. Negó con la cabeza. Pero si se iba a ir esa misma noche, ¿qué más daba? Podía decirle lo que había averiguado, ¿no?

—¿Qué me dirías si…? —Pero ¿cómo iba a confesarle algo así?

«Inténtalo».

—¿Qué me dirías si te dijera que el verdadero monstruo no es la Vil? ¿Que quien era un auténtico monstruo era el Mago Cantor?

Muy despacio, Albar dio un pequeño paso hacia ella.

—Te creería.

Los botones de latón de su abrigo brillaban bajo la luz de la luna. Emeline fijó la mirada en ellos.

—¿Qué me dirías si te dijera que el Mago Cantor deseaba tanto a su musa que la alejó de todo lo que amaba, la embrujó para que ella también lo deseara a él y, cuando el embrujo perdió su efecto, la encerró en su sótano?

Albar se detuvo, mirándola.

—¿Qué me dirías si te dijera… —Emeline bajó la voz hasta convertirla en un susurro— que yo soy el resultado? ¿Que ella…, la Vil…, es mi madre?

El tiempo se ralentizó a su alrededor. El silencio resonaba en sus oídos.

«Ahora dará media vuelta y se irá —pensó—. Me dejará aquí, en la oscuridad, repugnado por mi presencia».

Pero Albar se limitó a dar otro paso hacia ella.

—También te creería.

Le acarició la cadera, vacilante, resiguiendo su curva.

La hacía pisar más firme. La enraizaba allí, en el establo, bajo la luz de la lámpara, con su sólida presencia.

Luego deslizó la otra mano por la parte baja de su espalda, fuerte y cálida, para cogerla de la otra cadera y atraerla poco a poco hacia él.

Emeline quiso rendirse a la fuerza que emanaba de él. Apoyar la mejilla en la fina lana de su abrigo, dejar que sus brazos la estrecharan contra su pecho.

Pero mientras él le prodigaba reconfortantes caricias en el pelo, recordó aquel día bajo la cúpula de cristal. Cuando su voz había derribado sus barreras para arrebatarle algo que solo le pertenecía a él. Algo que él no quería darle.

Que fácil había sido.

«¿Y si no soy distinta de mi padre?».

Deseaba a Albar. Incluso en ese momento, la presión que su cuerpo ejercía contra ella encendía un fuego hambriento en su interior, avivado por cada caricia de sus dedos. El fuego llameaba y se propagaba mientras él le rozaba la mejilla con la mandíbula.

Deseaba muchas más cosas de él que un abrazo.

¿Hasta dónde la llevaría ese deseo? Su padre había deseado a su madre y había hecho cosas terribles para tenerla.

¿Y si ella le hacía lo mismo a Albar?

Se estremeció y se apartó de sus brazos.

Si, en ese instante, él la miraba a los ojos, tal vez viera su horrorosa alma. Así que, con la cabeza gacha, le dijo:

—Lo más inteligente sería que te mantuvieras lejos de mí.

«Vete —se dijo a sí misma—. Ahora mismo. Antes de que le hagas daño».

Ya no había nada que la retuviera allí. Su yayo estaba a salvo. El Rey del Bosque había recuperado las canciones de su padre; podía encontrar a otro trovador que se las cantase. Y su madre era un monstruo que quería verla muerta.

Y lo más importante de todo: Emeline tenía una vida que la estaba esperando.

No era demasiado tarde. Su gira empezaba dentro de dos días.

Una casa discográfica importante iría a ver su primera actuación, y si les gustaba le ofrecerían un contrato.

Producirían su próximo álbum. Subiría el siguiente escalafón en su carrera.

Solo tenía que hacer lo que había hecho siempre: fingir que era normal.

Fingir que nada de todo aquello era real.

Fingir que no había nada oscuro acechándola desde el fondo de su ser.

Se volvió para marcharse. Había tomado una decisión. Volvería a Edgewood y, desde allí, conduciría hasta Montreal. Se iría de gira. Se aseguraría de firmar un contrato con Daybreak. Salvaría su sueño.

Volvería a fingir normalidad.

Enterraría sus secretos en lo más profundo de su ser.

Lo único que tenía que hacer era huir.

«Ahora mismo».

Hizo ademán de salir del establo, pero Albar la cogió de la muñeca y, antes de que pudiera zafarse de él, le acunó el rostro con ambas manos y la besó.

Lo hizo con ternura, acariciándole el labio inferior con los dientes, succionando lento, con dulzura, mientras deslizaba las manos en su pelo y le deshacía el moño despeinado.

El calor la lamía por dentro.

Su espalda chocó con la pared.

Inhaló con fuerza y se apartó.

—¿Qué haces?

—Ser poco inteligente. —La tenía allí inmovilizada contra la pared, mirándola con los ojos brillantes.

Y volvió a besarla. Esa vez, a ella se le encogió el estómago de deseo y se le escapó un ruidito dulce y hambriento.

«No».

Puso las manos sobre su pecho y lo empujó con fuerza. Él hizo una mueca. Lo miró con los ojos muy abiertos, sin respiración. Sentía la necesidad y el deseo enraizados en sus entrañas, y era una insensatez.

—Mis padres son monstruos.

—Eso no significa que tú lo seas.

Antes de que tuviera tiempo de besarla otra vez, antes de que ella se rindiera a sus impulsos y tomase de él lo que quisiera, dio un paso atrás.

—Entra en casa —le repitió, pero él no se movió. ¿Y si recurría a su voz para obligarlo? Se estremeció ante aquel horrible pensamiento.

Pero ¿de qué otra forma podía protegerlo?

Pensó en la primera vez que se habían visto, cuando él le había mentido a ella. Había tratado por todos los medios de evitar que llegase a la ciudad y se encarase con el Rey del Bosque porque sabía lo que ocurriría si lo hacía.

Sabía que correría peligro.

«Miéntele».

—¿Es que no lo entiendes? Lo único que quiero es escapar antes de que el rey añada mi calavera a su vasta colección.

Él se detuvo, vacilante.

—Me marcho, Albar. Ahora mismo. Esta noche. —Transformó su voz en algo duro e implacable—. No quiero esto. Ni tampoco te quiero a ti.

Si paraba ahora, tal vez él viera las grietas que había en sus palabras, así que continuó.

—Lo que quiero es triunfar como cantante. Quiero mi vida de verdad. He trabajado mucho para llegar donde estoy. ¿Crees que tiraría todo eso por la borda? ¿Por esta pesadilla? ¿Por ti? —Negó con la cabeza—. Casi no te conozco.

Albar apartó la mirada de golpe.

—No claro que no, yo nunca… —dijo, pasándose las manos por el pelo—. Yo nunca te pediría eso. Deberías irte, claro.

Dio un paso atrás con brusquedad.

—Te mereces conseguir todo lo que anhele tu corazón.

—Sus palabras carecían de amargura, como si de verdad desease eso para ella; la felicidad, o algo parecido.

Como si ya se hubiera resignado, mucho antes de aquel momento, a que ella acabaría marchándose—.

Toma. Coge esto. —Se quitó algo de la mano.

Dio un paso hacia ella, la cogió de la muñeca y le deslizó un anillo en el dedo—.

Te ayudará a llegar a casa sana y salva.

Piensa dónde quieres estar y te llevará hasta allí.

El anillo era blanco y fino y, como la prenda por el pago de un diezmo, despedía una frialdad antinatural. Le provocaba un cosquilleo en la piel, allá donde la tocaba.

Le recordó a algo que había oído decir a Álamo. «Eres el recaudador de diezmos. Puedes adentrarte en su mundo siempre que quieras».

¿Así era como lo hacía? ¿Con un anillo encantado?

Sin decir nada más, Albar se dio la vuelta y se dirigió a su casa. Como si siempre hubiera sabido cómo terminaría aquella historia.

«Espera —pensó ella, mientras lo miraba marchar—. No lo pienso de verdad».

Notó un golpe de calor a su espalda. Un resoplido de Lamento que la sobresaltó.

La yegua había salido de su compartimento y estaba a su lado.

La noche las rodeaba con sus fríos dedos, pero en el interior de Emeline yacía algo mucho más frío.

Una esquirla de hielo alojada en su corazón.

Apoyó la mejilla contra la ascuaballo y, cuando eso no sirvió para calentarla, rodeó el cuello de la yegua con los brazos.

Ni siquiera se habían dicho adiós.