Un oscuro olvido Treinta y tres
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Treinta y tres

Algo la seguía. Iba pisándole los talones. O, mejor dicho, iban.

Emeline los oía tras ella, chocando con los zarzales llenos de espinas. Eran las pieles de sombra que la Vil había soltado contra ella. Los cascos de los ascuaballos cautivos aporreaban la tierra en un furioso tamborileo, y estaban cada vez más cerca.

Contó hasta una docena de pesadillas en la oscuridad.

Emeline vadeó a toda prisa el río susurrante, cuyas aguas frías le llenaban las botas. Le ardían las piernas y el talón en el que tenía la herida le palpitaba. Sentía que al respirar le dolían los pulmones.

Se le enganchó el pie en el que tenía el corte en un arbusto lleno de espinas y se cayó de bruces. Se dio la vuelta, tratando de incorporarse, pero ya era demasiado tarde. Los monstruos venían por todas partes.

Antes de que la atraparan, el cielo estrellado se oscureció.

El graznido de un cuervo atravesó la noche.

Emeline alzó la vista. Cientos de formas negras tapaban las estrellas. Eran cuervos que la sobrevolaban, que se preparaban para bajar en picado y atacar.

Pero los lobos llegaron primero.

Oyó sus aullidos antes de verlos. Su líder tenía el pelaje marrón rojizo y los ojos dorados. «¿Sable?», se preguntó, recordando los colmillos de la sombra de la chica. El lobo se interpuso entre Emeline y las pieles de sombra y les gruñó con ferocidad.

Los demás lobos hicieron lo mismo y, al mismo tiempo, los cuervos cayeron sobre aquellas criaturas monstruosas desde las estrellas.

Los lobos se enfrentaron cuerpo a cuerpo con las pieles de sombra. Los cuervos se dejaban caer en picado sobre ellas para alejarlas de Emeline, mientras que, tras ellos, los árboles siseaban: «¡Corre! ¡Rápido!». La joven se puso de pie y echó a correr.

Pero se dio de bruces contra una de las pieles de sombra.

La criatura le sonrió y se quedó mirándola con su rostro sin ojos.

De su espantosa boca salió la voz de su abuelo, diciéndole que todo iría bien.

El poder de la piel de sombra se enroscaba en su mente como una serpiente, hasta que Emeline dejó de ver al monstruo que se cernía sobre ella y solo veía a su querido abuelo.

Tenía los brazos extendidos, preparado para reconfortarla de cualquier cosa que le hiciera daño.

«Ven aquí, patito».

Su cuerpo traicionero se irguió para obedecer y se acercó a ese yayo que no era su yayo. Una chispa de miedo recorrió la espina dorsal de Emeline justo cuando él se disponía a estrecharla entre sus brazos.

Y, entonces, una espada resplandeciente le atravesó el pecho.

—¡No! —chilló Emeline, sin poder evitarlo.

Su yayo entreabrió los labios, sorprendido, y bajó la vista para mirar la hoja que sobresalía de su torso, inclinada hacia la tierra.

La figura de su abuelo se disolvió en una piel de sombra que se desplomó de rodillas.

Emeline retrocedió, tambaleándose, y levantó la vista justo cuando Albar sacaba la espada del pecho de la criatura.

Montado en Lamento, que resplandecía como una llamarada negra, refulgía bajo la luz de la luna con la furia pintada en la cara.

Si estaba herido tras haber sido capturado hacía un rato, no daba muestras de ello.

La ascuaballo la observaba con sus enormes ojos rojos como el fuego. Resopló y le frotó el hocico en la mejilla, como diciéndole: «Dime quién te ha hecho daño y lo haré polvo bajo mis cascos».

La sensación de agotamiento seguía alojada en su interior, haciendo que lo viera todo borroso. Se agarró de la silla de Lamento para no desplomarse.

Albar descabalgó para ayudarla. Le deslizó una mano caliente por la nuca y la contempló con la mirada ensombrecida.

—¿Te ha hecho daño?

Emeline negó con la cabeza.

—No, solo estoy… —«Cansada».

Cansada de un modo antinatural.

Él, al darse cuenta, la cogió de la cintura y la ayudó a montar.

Y, justo después, Lamento se encabritó al ver que se acercaba otra piel de sombra. Elevó las patas delanteras para mostrarle los cascos encendidos, y Emeline se agarró con fuerza para no caerse mientras Albar clavaba su espada en el corazón de la criatura.

—Ve directa a las puertas de la ciudad —le indicó—. No te pares.

¿Pretendía que huyera y se escondiera mientras él luchaba solo contra las pieles de sombra? No. No pensaba dejarlo allí, rodeado de monstruos.

Pero, al oír el silbido del metal al desenvainarse, se dio cuenta de que no estaba solo.

Allí estaba Sable, en forma humana, blandiendo su espada encantada y descabezando a las pieles de sombra, mientras los lobos y los cuervos se abalanzaban contra los monstruos en combates cuerpo a cuerpo, en luchas encarnizadas de garras contra colmillos.

Mientras tanto, una horda de setonelas apareció por entre los árboles palteados.

Los petos de bronce resplandecían, reflejando la luz de las estrellas, al tiempo que sus lanzas cortaban el aire.

Desenvainaron sus espadas y se lanzaron contra las pieles de sombra, inundando el claro con sus cuerpos y el golpeteo metálico de sus armaduras.

Superaban en número a los monstruos, con los que, gracias a sus espadas de acero encantado, estaban acabando rápidamente.

Al darse cuenta de que las tornas habían cambiado, la mayoría de las pieles de sombra que quedaban vivas se apresuraron a huir. El resto sucumbió enseguida.

Cuando los bosques enmudecieron, Emeline miró a su alrededor desde el lomo de Lamento.

Los setonelas seguían avanzando, en busca de los enemigos que hubiesen sobrevivido.

Cerca de ellos, Sable acariciaba despacio el ala negra de un cuervo que se había posado en su hombro, como si estuviese comprobando si tenía algún hueso roto.

Emeline no sabía cómo, pero estaba segura de que ese cuervo era Corvus.

—¿No te había dicho que cabalgaras hacia las puertas de la ciudad?

Emeline bajó la vista y se encontró con un par de ojos grises, uno oscuro y el otro claro. Albar se secó la frente sudada y se cogió del dorso de la silla para montar.

Ella sacó el pie del estribo y se inclinó hacia delante para que él montase. Albar la abrazó por la cintura, le apoyó la frente en el hombro y respiró hondo. Ella notó el olor salado del sudor sobre su piel.

—No tendrías que haber venido a buscarme. —Se dejó caer sobre ella, dejando que soportara su peso—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.

Emeline miró a Sable, que le devolvió la mirada y asintió, diciéndole sin palabras que llevase a Albar a casa. La joven cogió las riendas, le indicó a Lamento que volviera a la ciudad y cruzaron al galope los bosques malditos y moribundos.

Salvo por los jadeos de la ascuaballo y el golpeteo de sus cascos, el trayecto de vuelta transcurrió en un completo silencio, lo que dejó a Emeline a merced de sus pensamientos.

Las palabras de la Vil la perseguían. Daban vueltas sin descanso en el interior de su mente: «Porque cada vez que el veneno de su voz se secaba, yo recordaba.

¡Lo recordaba todo!». Emeline comprendió a qué se refería.

Recordaba su vida más allá del bosque. Recordaba las cosas que le habían arrebatado al llevársela.

Recordaba al hombre al que amaba de verdad: Tomás López.

No al Mago Cantor.

«Por eso me encerró en aquel sótano. Porque me amaba demasiado».

A Emeline le entraron ganas de llorar.

El Mago Cantor había hechizado a Rose Lark.

Había utilizado la magia de su voz para engañarla, para hacerle creer que estaba enamorada de él.

Y cuando su magia había llegado a su límite, cuando no había podido seguir sosteniendo el hechizo, la había encadenado en su sótano para que no se marchase nunca.

Así que ella lo había asesinado.

«Y supongo que fue entonces cuando maldijo los bosques».

¿Se habría ya convertido en un monstruo cuando lo había matado? ¿O había sido el asesinato lo que la había transformado y luego la maldición había hecho el resto?

«Si mi madre es un monstruo —pensó Emeline—, el Mago Cantor era aún peor». Un monstruo disfrazado de caballero. Un cantante reputado, muy estimado en la corte del Rey del Bosque, que escondía un perturbador secreto en el sótano de su casa.

«El portador de la maldición». Así lo había llamado Garra. Porque él lo sabía. Lo había visto.

De repente, le sobrevino un pensamiento aterrador.

«¿Es esto de lo que soy capaz?».

La bilis le trepó por la garganta. Porque ¿acaso no había usado ella el poder de su voz para la coerción? Primero con Garra, luego con Albar y, esa misma noche, con los árboles que lo tenían encerrado. Había hecho que todos ellos se doblegasen a su voluntad.

¿Y si la próxima vez hacía algo peor?

Cuando desmontaron, al llegar al establo que había en la parte trasera de la casa de Albar, Emeline guardó distancia con él.

Esa nueva información la hacía sentir como una plaga, repulsiva y peligrosa.

No quería a Albar cerca de ella. No quería que supiera lo que su padre había hecho y de lo que ella misma era capaz.

—Deja que lo haga yo —se ofreció mientras empezaba a desabrochar las hebillas que sujetaban la silla de Lamento—. Estás agotado. Entra en casa.

Si él se metía en casa, ella podría irse del bosque sin que lo supiera. Si se marchaba esa misma noche, podría protegerlo de los peligros de su voz. Y jamás tendría que enterarse de cuál era su retorcida herencia.

Marcharse siempre había sido su plan de todos modos.

Siempre había tenido intención de escapar y volver a su vida real en cuanto se hubiese asegurado de que su abuelo quedase en libertad.

Había sido la búsqueda de Rose lo que había interrumpido el plan original, pero aquella búsqueda ya había llegado a su fin.

No podía hacer nada más.

Solo marcharse.

Además, era únicamente cuestión de tiempo que la maldición tomase también la Ciudad del Rey.

—Mejor me quedo —respondió él, mientras observaba cómo toqueteaba torpemente las hebillas. La única luz que los iluminaba era la de la lámpara de aceite del establo, así que no se veía bien—. Deja que…

—Ya puedo yo.

Tardó el doble de lo que habría tardado él, pero, aun así, Albar no se movió del sitio.