Un oscuro olvido Treinta y dos #2
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Treinta y dos #2

Trató de rodear a Albar con los brazos, trató de levantarlo, pero no le quedaban fuerzas.

—Albar —susurró—. Albar, despierta.

El viento suspiró fuera de la jaula. Los árboles estaban tranquilos y en silencio; la suave luz de las estrellas parpadeaba.

Pero entonces el aire se agrió de repente y la podredumbre regresó con toda su fuerza, rápido, muy rápido, extendiéndose como tinta derramada.

Emeline notó que los árboles trataban de resistirse, sintió su pánico y su desesperación.

Pero la maldición era demasiado poderosa.

Les chupaba la vida, tiñéndolos de nuevo de un blanco enfermizo.

Emeline no los había salvado.

¿Qué creía? ¿Que solo por ser la hija del Mago Cantor sería capaz de contrarrestar la maldición?

Envolvió el torso de Albar con los brazos y, con un grito desgarrado, tiró de él y lo saco a rastras de la jaula. La abertura entre los barrotes de troncos se cerró en cuanto hubo liberado su cuerpo inconsciente.

Se derrumbó sobre la tierra, agotada, y luego levantó la vista.

Sable se apartó de la Vil, cuyos ojos se oscurecieron de furia. Las venas se le estaban ennegreciendo como icor bajo la piel, y miraba a Emeline fijamente, como si jamás hubiese visto a una criatura más abominable que ella.

—Tal y como imaginaba. —La voz de la malvada criatura era chirriante, como el sonido de ramas invernales arañando cristales cubiertos de escarcha. Señaló a Albar con una uña afilada y le ordenó a Sable entre dientes—: ¡Llévatelo!

Una ascuaballo negra apareció entre los árboles, con las bridas puestas y preparada para ser montada. Sable vaciló, reticente. Era evidente que no tenía ningún deseo de dejar a Emeline sola con ese monstruo, pero ella necesitaba respuestas que solo la Vil podía darle, así que le dijo:

—Llévalo a un lugar seguro. —Y, al ver que Sable seguía sin moverse, Emeline se obligó a ponerse de pie, a pesar de que sentía su cuerpo tan pesado como una piedra—. O morimos todos aquí, o tú escapas y traes refuerzos.

Ante la lógica de su argumento, la cambiaformas entornó los ojos y dijo:

—Prométeme que seguirás viva.

Emeline asintió y luego, entre las dos, subieron a Albar a la yegua. Sable montó después y lo aguantó rodeándole el pecho con un brazo. Antes de que se alejaran, oyó la voz pastosa del chico:

—Sable…, ¿dónde estamos? —le preguntó a su amiga.

La cambiaformas miró atrás una última vez, antes de que la yegua echara a correr hacia la oscuridad que había más allá del claro. Y desaparecieron.

La Vil avanzó hacia Emeline, examinándola como si fuese un manjar que se disponía a devorar.

Ella, recordando el sótano, comenzó a cantar, en un intento por esquivar su ataque, pero la criatura parecía inmune a su voz.

Esta vez no retrocedió, ni trató de liberarse del hechizo de su voz, sino que se limitó a fruncir el ceño.

—¡Engendro del Mago Cantor! —le espetó entre dientes el monstruo—. Él también se pensaba que el veneno de su voz era infinito. Pero se equivocaba.

La Vil se abalanzó sobre Emeline, que, con dedos temblorosos, desenvainó el puñal de Sable de su cadera…

Pero no fue lo suficientemente rápida. La criatura lo apartó con facilidad de un manotazo y siguió avanzando hacia ella.

Le agarró la mandíbula con una mano huesuda y le apretó las mejillas con fuerza mientras que, con la otra, le cogió la muñeca de la mano con la que sujetaba el puñal y se la estrujó hasta que no le quedó más remedio que soltarlo.

El arma cayó al suelo con un golpe sordo.

—Por eso me encerró en aquel sótano. Para obligarme a quedarme. Porque cada vez que el veneno de su voz se secaba, yo recordaba. ¡Lo recordaba todo!

Emeline frunció el ceño, confundida. ¿La Vil había sido la prisionera del sótano del Mago Cantor?

A la bruja se le dilataron las pupilas; se tragaron sus iris hasta que se convirtieron en una esfera negra. Soltó la muñeca de Emeline y acarició sus mejillas con los dedos translúcidos. Su tacto era áspero como las hojas secas y sus uñas afiladas le rascaban peligrosamente la piel.

—Me dijo que no podía abandonarlo nunca. Que me amaba demasiado. —Arrugó la nariz, abriendo las rendijas que eran los agujeros, furiosa—. Así que lo maté.

Lo que la Vil decía no tenía ningún sentido. El Mago Cantor amaba a Rose Lark, la madre de Emeline, y no al monstruo que tenía delante.

Pero si a quien había encerrado en el sótano era a la Vil…

Recordó la horquilla de la mariposa.

Y un pensamiento espantoso se le alojó en las entrañas, profundo como las raíces de un árbol.

«No…».

La bruja le soltó el rostro y se agachó. Rebuscó entre las hojas cenicientas hasta dar con el puñal de Sable. Cuando se levantó, llevó la punta afilada al corazón de Emeline, sujetando la empuñadura con las dos manos, preparada para hundirlo en su carne.

—Sé que eres suya. Tienes sus ojos. Y su sangre… Pude olerla en ese sótano, igual que la huelo ahora. —Arrugó la nariz, repugnada—. Y esa canción… —Le enseñó los dientes—. ¿Por eso fuiste a su casa? ¿Para terminar lo que él empezó? ¿Para encarcelarme para siempre?

Los pensamientos de Emeline iban demasiado rápido. «No puede ser».

Era demasiado espantoso.

Sacudió la cabeza ciegamente mientras las imágenes de Rose Lark flotaban en su mente. La vio riéndose con la cabeza echada hacia atrás y los ojos brillantes de alegría. La vio mirando a Tom con una sonrisa de adoración.

«No puedes ser ella».

Los árboles empezaron a sisear a su alrededor. La jaula de olmos se le clavaba a Emeline entre los omóplatos. Se agarró de sus delgados troncos para inclinarse hacia atrás, para alejarse del puñal, y mientras tanto intentaba que el mundo dejase de darle vueltas.

Pensó en los sicómoros que la habían ayudado a saltar los muros. Pensó en todas las otras veces que los árboles le habían echado una mano, advirtiéndola o guiándola.

Y recordó lo que su abuelo le había dicho la otra noche: que él le había presentado una ofrenda al rey el día de su nacimiento, a cambio de la protección del bosque.

¿Era por eso por lo que los árboles siempre la ayudaban? ¿Estaban intentando protegerla?

Rezó al bosque una oración desesperada. «Ayudadme de nuevo, ahora. Si podéis».

El viento se levantó, sacudiendo las ramas quebradizas. Aquel pulso débil vibró bajo la corteza, abriéndose paso hasta ella.

Un suave murmullo rompió el silencio: había algo que se hinchaba en el interior de la tierra, bajo sus pies.

La Vil se detuvo y prestó atención. Bajó el puñal mientras el suelo seguía cambiando. Subía y bajaba, como si hubiese algo deslizándose bajo las hojas que acababan de caer.

La bruja se dio la vuelta. Sentía la inminencia del peligro.

De repente, unas raíces blancas y retorcidas surgieron de la tierra, se estiraron como dedos, se enrollaron en sus tobillos y ascendieron enroscándose por sus piernas.

La criatura se tropezó y perdió el equilibrio.

La furia asomó a su rostro. Se incorporó y se volvió hacia Emeline, que todavía estaba a su alcance.

«¡Corre!», gritaron los árboles.

La joven se apartó justo antes de que la hoja del cuchillo le alcanzase.

La Vil chilló.

Emeline echó a correr. Huía de la rabia que había en aquel grito, del borde afilado de aquel puñal, pero, sobre todo, huía de lo que acababa de comprender.

Que la Vil y Rose Lark eran una sola persona. La misma persona.

«Ese monstruo es mi madre».