Un oscuro olvido Treinta y dos
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Treinta y dos

—¿De dónde has sacado esa canción?

Sable, cuyos ojos lobunos era evidente que veían en la oscuridad, iba varios pasos más adelante que ella, como si estuviese tratando de poner distancia entre las dos. Como si Emeline estuviese envuelta en alambre de espino y ella fuese a cortarse si se acercaba demasiado.

—¿Qué canción?

—La que estabas tarareando.

Era posible que Emeline la estuviese confundiendo con otra canción. Quizá aquella melodía era solo parecida a la suya y, como hacía tanto tiempo que no la escuchaba, las estaba mezclando.

Pero no lo creía.

Quizá era el miedo que sentía por Albar, unido con la presencia repentina de Sable, lo que había que hecho que su cerebro alterase el recuerdo. Al fin y al cabo, los recuerdos eran una cosa complicada. Solo había que ver a su yayo, cuya memoria lo había traicionado con crueldad.

—No sé de qué la conozco, no me acuerdo —contestó la cambiaformas con la guardia alta. Las empuñaduras blancas como la nieve de sus largas espadas gemelas resplandecían a su espalda, en el punto en el que se cruzaban—. Me he dejado llevar por el pánico. Ha sido lo primero que se me ha ocurrido.

Pero a Emeline no le había dado la sensación de que se estuviera dejando llevar por el pánico. Le había parecido muy tranquila. Aunque quizá esa era la naturaleza de Sable: en apariencia tranquila, como la superficie del agua de un estanque, pero con el caos agitándose en su interior.

Emeline decidió dejar el tema de momento, no solo porque Sable la había salvado, sino porque Albar estaba ahí fuera, en algún lugar. Tenían que encontrarlo.

—Gracias por haberme retenido —le dijo en voz baja.

Sable se volvió para mirarla.

—De nada. —Los ojos le brillaban como los de un lobo en la oscuridad. Hizo una pausa y esperó a que Emeline la alcanzara.

Siguieron adelante en silencio. Emeline escuchaba las indicaciones de los árboles y le decía por dónde debían ir a Sable, que en ningún momento pareció sorprenderse de que el bosque le hablase.

Tras un tiempo demasiado corto, los árboles adoptaron una translucidez blanca y enfermiza. Sus troncos marchitos reflejaban de forma espeluznante la luz de las estrellas.

La Mácula.

El aire era denso y estancado. No había brisa. No había pájaros que cantaran ni insectos que zumbaran.

«Allí», dijeron los árboles moribundos con voz ronca.

En el centro de un claro, iluminada por unas antorchas resplandecientes clavadas en el suelo, había una jaula de olmos blancos como huesos.

Los árboles estaban dispuestos en un círculo perfecto, con un espacio de menos de un palmo de ancho entre cada uno.

Tenían casi dos metros de altura y se curvaban hacia dentro, enredándose como en un nudo y atrapando así a quien había encerrado en su interior.

«Albar».

Estaba tirado en la tierra, con el pelo pegado a las sienes y los ojos cerrados. Tan quieto como un muerto.

Emeline corrió hacia él.

—¿Albar?

No se movió.

—¡Albar!

Estudió los troncos de los olmos.

—¿Dónde está la entrada?

—No hay ninguna —respondió Sable, que estaba rodeando la jaula por segunda vez, analizando los olmos.

Emeline metió la mano entre dos troncos para ver si tenía pulso. Tenía la piel del cuello fría, y necesitó varios intentos, pero al final sintió los suaves latidos de su corazón con las puntas de los dedos. Exhaló un suspiro tembloroso.

—Al menos está vivo.

Cogió uno de los troncos más delgados y tiró, pero no logró moverlo. Sacó su puñal y, justo cuando se disponía a empezar a serrar, vio que Sable, que estaba al otro lado de la jaula, se ponía tensa y fijaba la mirada en algo que había detrás de Emeline.

Se dio la vuelta para verlo.

La Vil entró en el claro. Sonrió con la mirada pálida fija en la joven, ignorando por completo a Sable. Como si Emeline fuese el motivo por el que había capturado a Albar: el muchacho no era más que el cebo en una trampa que le había puesto a ella.

Emeline aguantó su mirada apretando fuertemente los puños, con las entrañas retorcidas por un odio frío y oscuro. Allí estaba el monstruo que había asesinado a su padre y que había encerrado a su madre en un sótano.

Sable se movió con la rapidez del viento. Desenvainó las dos espadas a la vez y se interpuso entre Emeline y la Vil.

—Un paso más y te destripo como a un pez —la amenazó. El resplandor de las antorchas se reflejaba en el acero encantado.

La Vil hizo una mueca, despegando los labios de los dientes afilados.

—A mí tu acero mágico no me hace nada, cambiaformas.

Se oyó un crujido grotesco y repugnante, como de huesos partiéndose y articulaciones dislocándose, cuando la Vil abrió la boca y reveló hileras y más hileras de dientes afilados como agujas que nacían de encías manchadas de sangre oxidada.

Sus fauces oscuras se ensanchaban y ensanchaban, como una caverna, como si quisiera engullir a Sable entera.

—¡Espera! —La voz de Emeline resonó en el claro. La Vil se volvió hacia ella y la miró fijamente—. Es a mí a quien quieres. Suéltalos, y yo seré tu prisionera.

La cambiaformas la miró perpleja y dijo:

—No vas a hacer tal cosa.

—Confía en mí —le susurró Emeline, mirándola a los ojos.

Ya había distraído a la Vil con su voz en una ocasión, y ahora que sabía que su padre era el Mago Cantor y que era posible que hubiese heredado parte de su magia, estaba segura de que podía volver a hacerlo.

Así, al menos, ganaría el tiempo suficiente para huir, una vez que Sable y Albar estuviesen a salvo, lejos de allí.

Pero primero, y lo más importante, quería descubrir qué había hecho la Vil con su madre. Necesitaba saber si aún estaba viva.

Los ojos azul pálido del monstruo estaban clavados en ella.

—Si consigues sacarlo de esa jaula antes de que me coma a tu amiga, los dos quedarán libres. —La criatura volvió a mirar a la cambiaformas. Esbozó una sonrisa espantosa y dio un paso hacia ella, clavando sus garras en el suelo.

—No te preocupes por mí —dijo Sable alzando sus espadas y apretando con fuerza sus empuñaduras—. Encuentra el modo de sacarlo de ahí.

Emeline asintió y se volvió hacia la jaula de olmos.

«Soy la hija del Mago Cantor», se dijo. Con su voz, invocaba a los bosques. Había dormido a un dragón y derribado las defensas de Albar. Incluso había distraído a la Vil en aquel sótano, aunque el trance en el que la había sumido hubiese sido breve.

¿Qué más era capaz de hacer?

Presionó uno de los troncos con la mano y oyó una suave vibración en su palma, como el pulso débil y perezoso de un corazón moribundo que latía bajo la corteza.

Quizá aquellos árboles enfermos todavía no se habían rendido del todo. Quizá todavía había algo vivo en su interior.

Oyó tras ella el siseo de una espada al cortar el aire. Se volvió y vio que la Vil estaba a apenas unos pasos de Sable, enseñándole los dientes, preparada para atacar.

Se le aceleró el corazón.

«Concéntrate».

Emeline rodeó dos de los troncos con las manos y recordó el día que había penetrado en la mente de Albar. Ese día quiso desafiarlo. Quiso derribar sus barreras, esas que él había levantado para impedirle conocer sus secretos.

Recordó cómo había arrullado a Garra con su voz hasta dormirlo. Mientras lo hacía, había estado pensando en su yayo, en cuando él le cantaba nanas a ella, de pequeña.

Quizá la intención tuviera algo que ver. Quizá, cuando su voz hacía cosas extrañas, las hacía en sintonía con aquello que deseaba.

«Emeline… —Las voces de los árboles susurraban como fantasmas—. Cántanos una canción verdadera».

Una canción verdadera.

Pero ¿qué significaba eso?

Cuando oyó de nuevo el silbido del acero de Sable cortando el aire, dejó de pensar y buscó la canción que había escrito con la melodía de «El vals de Rose».

La letra era suya. ¿La hacía eso verdadera?

Tarareó con dulzura la primera estrofa, adentrándose poco a poco en la canción y pensando en lo que deseaba: que Albar fuese libre.

El pulso que notaba bajo las palmas de sus manos se aceleró.

Cantó más alto, dejando que la canción creciera y, mientras lo hacía, el pulso encerrado en aquella salvia creció con ella, repicando como un tambor bajo sus manos, con fuerza, al ritmo de su balada. Como si estuviera armonizándose con su voz.

Era como cantar con Albar; volvía a sentir aquella intensa sensación de que había un diapasón que refulgía en su interior. Era capaz de percibir los sentimientos de esos árboles, que se vertían en ella. Que inundaban sus sentidos. Como si fuesen una sola cosa, ella y los árboles.

Una tristeza y aflicción inesperadas la infectaron. Un cansancio que se le hundió hasta las raíces. El bosque estaba enfermo, cansado y maldito…, pero aguantaba. Estaba decidido a seguir luchando.

De repente, la canción de Emeline ya no era lo único que surgía de ella.

Había algo más. Un poder enorme y resplandeciente brotaba de ella como si manara sangre de una herida.

El claro mutó a su alrededor, y las hojas pálidas y muertas empezaron a caer en cascada sobre el lecho del bosque como copos de nieve.

Los troncos de los árboles dejaron de ser de un blanco polvoriento y adoptaron tonalidades de un profundo marrón oscuro y de vivos verdes.

Los colores se propagaban como el rubor, desde las raíces a las ramas.

Las hojas nuevas empezaron a brotar y a desplegarse, rebosantes de vida.

Emeline miró el cuerpo inconsciente de Albar y cantó más alto.

«Dejadlo salir —pidió a los árboles—. Liberadlo».

Un gemido se elevó en el aire. Venía de arriba.

Los olmos, siguiendo sus órdenes, se desenredaron —despacio, muy despacio— hasta que dejaron de formar la jaula que encerraba a Albar.

Se arquearon, alejándose los unos de los otros en forma de uve, dejando a su prisionero el espacio suficiente para escapar.

Emeline entró en la jaula trastabillándose, acallando su canción. El bosque empezó a dar vueltas de inmediato a su alrededor y notó cómo el agotamiento caía sobre sus hombros como una ola. Se derrumbó de rodillas, al lado del muchacho.

Se sentía exprimida y gastada, como un trapo viejo.