Un oscuro olvido Treinta y uno #2
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Treinta y uno #2

Se arrastró valiéndose de los codos y fue abriéndose paso a través de las hojas, los erizos y las espinas. Si conseguía poner distancia de por medio sin que la vieran…

Una voz suave y áspera a la vez atravesó el silencio.

—¿Emeline?

Dejó de arrastrarse.

«¿Albar?».

—¿Eres tú? —Le temblaba la voz, como si estuviera asustado. Sonaba muy cerca de allí.

Debía de estar en manos de aquella partida de caza de pieles de sombra. Debían de haber sido ellas quienes se lo habían llevado.

—¡Ayúdame, Emeline!

Su voz, presa del pánico, la llamaba, la apremiaba, la atraía hacia él. Emeline se puso de pie. Le dio la espalda al río y avanzó con sigilo hacia el sonido de su voz, moviéndose de un árbol a otro y escondiéndose lo mejor que podía.

«¡No!», dijeron los árboles.

Las ramas puntiagudas le arañaban las mejillas y se le enredaban en el pelo, era como si los árboles estuviesen tratando de detenerla. Emeline no les hizo caso, y justo entonces una figura apareció, situándose entre ella y los ascuaballos cautivos.

—¿Albar?

La figura se detuvo y se giró hacia ella con una rapidez sobrenatural.

Otras dos formas se unieron a ella. Emeline se quedó muy quieta, observando tras las llamas del abeto tras el que estaba escondida, con la mirada fija en aquellas tres sombras oscuras.

Eran criaturas altas y delgadas, más negras que la noche, y no tenían ojos.

—¡Emeline! —la voz aterrorizada de Albar le rodeó con fuerza el corazón.

Se movió sin pensar. Cogió el puñal de Sable mientras las hojas muertas crujían bajo sus pies. Estaba a punto de gritar, de decirle que ya iba, cuando una mano le tapó la boca de repente.

Alguien la cogió desde atrás, rodeándole el abdomen con un brazo, y tiró de ella hacia atrás. Se retorció, corcoveó y pataleó, tratando de resistirse, valiéndose de los codos y los pies. Intentó gritar, pero la mano le tenía la boca tapada con demasiada fuerza y sofocó el sonido.

—¡No es él! —le susurró al oído—. No es él.

Emeline respiró el aroma del humo y el acero.

«¡Sable!».

Cuando la espadera apartó la mano, ella insistió:

—Sí es él. —Seguía luchando contra Sable, resistiéndose a que se la llevara de ahí, pero la cambiaformas la arrastró hacia el tronco hueco de un viejo árbol. En el centro había un agujero vacío que les permitía ver las estrellas—. ¡Le están haciendo daño!

—Calla. ¡Calla! —Sable la atrajo hacia ella—. No es él. Te lo prometo. —Se inclinó contra la pared del tronco hueco y se deslizó hacia el suelo, arrastrando a Emeline con ella—. Cállate y no te muevas.

Los gritos torturados de Albar sonaban cada vez más cerca. La llamaba y la llamaba. Su voz reverberaba en aquel hueco, envolviéndola.

Emeline se retorció contra Sable. Necesitaba llegar hasta él.

Pero la cambiaformas la sujetó con más fuerza todavía.

Cuando Emeline le dio un codazo en las costillas, con el objetivo de hacerle daño y que la soltara, Sable comenzó a cantar. Empezó como un murmullo en lo más profundo de su garganta, tan suave como el terciopelo, como una madre que estuviese tratando de calmar a un niño desconsolado.

Emeline se quedó muy quieta al oír la melodía.

Pero no era la voz de Sable lo que la embelesaba, sino la canción que había elegido. Era una de las que ella había compuesto.

Una vieja canción enterrada en la carpeta protegida de su teléfono.

«¿Cómo es posible que…?».

La melodía no era más que un susurro, pero sus familiares subidas y bajadas tenían a Emeline totalmente hechizada. Apenas recordaba aquella canción, ni ninguna de las demás que había guardado en aquella carpeta. ¿Cómo era posible que Sable la estuviese tarareando?

Como cualquier otra canción que Emeline hubiese oído o cantado, aquella también trajo consigo un recuerdo.

Tendría, quizá, unos catorce años, y estaba sentada en la viga del segundo piso del granero de su yayo, balanceando las piernas desnudas mientras cantaba.

Estaban en pleno verano y todo se le pegaba a la piel sudada: la ropa, el pelo, el polvo que flotaba en el aire.

Y no estaba sola. Había alguien a su lado, repanchingada, tumbada boca arriba en la viga.

Una chica con el pelo enmarañado y los ojos dorados y brillantes.

La escuchaba con una sonrisa y movía el pie descalzo y sucio al ritmo de su canción.

«Sable».

El recuerdo explotó como una burbuja.

«¡¿Qué?!».

No tenía ningún sentido. Emeline y Sable se acababan de conocer. ¿Estaría distorsionado el recuerdo atrapado en la canción? ¿O su cerebro había incluido a Sable porque era ella quien estaba cantando en ese momento?

De repente, perdida como estaba en mitad de tanta confusión, el terror de la voz de Albar dejó de llamarla.

Sus gritos de ayuda se acallaron, se alejaron por el bosque.

Por fin, pudo oír la verdad que encerraba aquella voz: bajo aquella cadencia familiar yacía una podredumbre infecta y enfermiza, como la maldición misma.

Era un truco de las pieles de sombra. Un arma para hacerla caer en la trampa.

Sable tarareó hasta que los sonidos que había más allá del hueco se acabaron silenciando. Cuando la piel de sombra se hubo marchado, la cambiaformas se quedó en silencio y soltó a Emeline.

Sus respiraciones entrecortadas reverberaban en el espacio oscuro.

—Deberíamos irnos antes de que vuelvan. —Sable se puso de pie.