Treinta y uno
Emeline lo miró sin acortar el espacio que los separaba.
—¿Qué quieres decir con que tú la traicionaste a ella?
Pero, antes de que él pudiera responderle, la puerta se abrió de par en par y un vendaval entró silbando en la casa, esparciendo las partituras por toda la habitación.
Emeline se abrochó a toda prisa los últimos botones mientras la puerta se mecía sobre las bisagras, para finalmente estamparse contra la pared con un fuerte golpe.
Sable entró en la casa, seguida de Corvus.
Ambos estaban sin aliento.
—¡Pieles de sombra! —consiguió farfullar la muchacha, cuyo pecho subía y bajaba al compás de sus jadeos. Tenía el pelo castaño rojizo despeinado y enredado—. ¡Han entrado en la ciudad!
Albar llegó hasta a ellos con tres grandes zancadas; su discusión con Emeline se la había llevado el viento que había entrado silbando en la casa.
—¿Estáis seguros?
Fue Corvus quien respondió, al tiempo que se apartaba el pelo de la cara.
—No hay error posible. La ciudad entera ha recibido órdenes de cerrar sus puertas con llave y armarse lo mejor posible.
—Pero ¡¿cómo ha podido suceder?! —Albar ya se estaba poniendo las botas—. Las murallas de la ciudad siempre han sido inexpugnables. La magia del rey…
—Siempre hemos sabido que la maldición era cada vez más poderosa —le recordó Corvus; sus ojos castaño oscuro parecían casi negros—. El rey no puede contenerla para siempre.
—Yo misma he matado tres por la calle de camino hacia aquí. —Sable tenía en las manos la espada envainada de Albar, la misma que los setonelas le habían arrebatado cuando se había ofrecido como garantía para Emeline. Se la devolvió—. No hay tiempo que perder.
Él se la sujetó a la espalda.
—Voy con vosotros —afirmó Emeline, acercándose a la puerta, donde estaban reunidos—. Quizá pueda seros de ayuda.
Todavía tenía el puñal de Sable sujeto a la cadera, y ese día ya había matado a una piel de sombra con él.
—Estás herida —apuntó Albar, mirándole el talón vendado—. Te ralentizará, y a nosotros también.
—¿Y tengo que quedarme aquí esperando?
—Ve al palacio con Corvus. Una vez estés dentro, a salvo, quédate allí.
Emeline abrió la boca para discutir, pero Albar ya estaba saliendo de casa, detrás de Sable. La puerta se le cerró en las narices en cuanto salieron.
El pomo de latón deslustrado parpadeó. La casa se quedó en silencio alrededor de Corvus y ella.
Cerró las manos en puños.
«Tiene razón —dijo una voz en las profundidades de su mente—. ¿Qué vas a hacer tú? Lo único que tienes es un cuchillito contra un bosque lleno de monstruos».
Una vez en palacio, mientras la luna plateada se elevaba en el cielo de terciopelo negro, Emeline empezó a pasearse de un lado a otro, tratando de distraerse con «El vals de Rose».
La última canción que el Mago Cantor le había escrito a su madre.
Leyó la letra una y otra vez, pero las palabras se deslizaban fuera de su mente como arena por un colador.
Corvus le había asegurado que Albar y Sable estaban bien entrenados y acostumbrados a enfrentarse a pieles de sombra. Que el ejército del rey acabaría con la amenaza. Que todo iría bien.
Pero sus palabras no habían logrado calmarla en absoluto.
Justo después de la medianoche, los paseos nerviosos de Emeline fueron interrumpidos por una llamada a la puerta. Cuando abrió, se encontró a Sable al otro lado, con los hombros encorvados, el pelo marrón rojizo convertido en una maraña enredada y un corte ensangrentado en la mejilla.
—Seguimos a un par de ellos al bosque. —Sable estaba asustada y empequeñecida; no parecía ella—. Era una emboscada. Cuatro pieles de sombra me inmovilizaron para llevárselo.
Se refería a Albar.
—No hago más que pensar y… ¿Por qué no nos han matado y punto? ¿Por qué me han dejado viva? —Sable se tapó la cara con las manos—. Ha sido como si quisieran que yo fuera testigo de cómo se lo llevaban.
Albar. En manos de las pieles de sombra.
¿Le habrían ya retorcido la mente hasta dejarla irreconocible?
¿Lo habrían matado?
—Corvus está reuniendo una partida de búsqueda.
«Llegarán demasiado tarde», pensó Emeline.
—Lo encontraremos.
«Ya es demasiado tarde».
La verdad la anegó como un mar frío y poderoso. La sacó de golpe de su perplejidad. Cuando Sable se hubo marchado, Emeline se puso sus botas, se echó el abrigo sobre los hombros y salió al pasillo.
Tal vez no fuese capaz de blandir una espada, tal vez no estuviese entrenada para luchar contra los monstruos; pero no estaba indefensa. Se negaba a quedarse sentada tranquilamente tras los muros de palacio a la espera de todavía peores noticias.
Cojeó rápido por las calles vacías, hasta llegar a las puertas de la ciudad, que estaban cerradas y muy vigiladas: había más setonelas que de costumbre; la tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
Dio media vuelta y se dirigió a la puerta que llevaba a la pasarela de Cenagal, pero esta había desaparecido.
Recorrió la pared de piedra blanca con las manos y luego volvió sobre sus propios pasos, pero la puerta estaba oculta.
Entonces cayó en la cuenta de que ella solo había salido de la ciudad en compañía de Albar o Grace.
Era posible que una prisionera del rey solo pudiera marcharse si estaba acompañada, o quizá las entradas y salidas de la Ciudad del Rey estuvieran selladas tras la irrupción de los monstruos.
Aporreó la pared con los puños, frustrada, pero entonces algo rasposo le rozó la mejilla. Dio un brinco y, al levantar la vista, se encontró con la rama de un sicómoro cercano.
«Ven», susurró el árbol.
La corteza del sicómoro se estaba pelando, revelando un tronco verde y moteado. Lo siguió hacia las alturas con la mirada y vio que sus ramas más altas quedaban por encima de los muros. Tras sus ramas, se veía la luna, casi llena.
«Sube», le dijo.
Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, Emeline se acercó al árbol, se cogió de la primera rama que logró alcanzar y se impulsó.
Si hubiera estado en mejor forma, no le habría costado tanto trepar.
Llegar arriba de todo le tomó más tiempo del que le habría gustado.
Respiraba de forma superficial y el sudor le humedecía la piel.
Se sentó a horcajadas en la rama más gruesa de la copa y luego avanzó deslizándose sobre ella para poder llegar al muro.
Cuando estaba a punto de alcanzar la piedra blanca y plana, la rama se dobló y a Emeline le dio un vuelco el corazón, segura de que estaba a punto de partirse.
Se agarró con fuerza, preparada para recular, pero cuando miró atrás descubrió que no era la rama lo que se estaba doblando, sino el árbol.
«Ve», le dijo mientras la depositaba sobre la muralla, que empezaba a estar cubierta de algunas motas de moho negro. Emeline arrugó la nariz al percibir el olor mustio a podredumbre, y recordó las paredes mohosas de la casa del Mago Cantor, en las profundidades de la Mácula.
¿Había llegado la enfermedad a la Ciudad del Rey? ¿Era esa la razón por la que las pieles de sombra habían logrado entrar?
Si así era, no era el momento de preocuparse por ello. Tenía que encontrar a Albar.
Cuando sus pies tocaron por fin la piedra, se soltó de la rama, aunque se tambaleó un poco al no contar ya con su apoyo.
La parte superior del muro tenía poco más de medio metro de ancho.
Cuando miró abajo, descubrió que la caída debía de ser de al menos seis metros.
Se le encogió el estómago. Se puso a cuatro patas de inmediato, esquivando el moho tan bien como pudo, y bajó con cuidado hasta quedar colgada del otro lado del muro.
—Gracias —le susurró al sicómoro.
Cerró los ojos, contó hasta tres y se dejó caer.
El sotobosque acudió enseguida a su encuentro. Cuando sus pies tocaron la tierra, dobló las piernas para protegerse los tobillos, que aun así se llevaron la peor parte.
—¡Ay! —se quejó. Se puso de rodillas y esperó a que el dolor agudo remitiera para levantarse e internarse cojeando en el bosque. La enfermedad estaba tiñendo de plata también los troncos de aquellos árboles.
La inquietud le retorcía las entrañas.
A través de las hojas de las tupidas ramas entraban pedacitos intermitentes de luz.
—¿Dónde está? —preguntó a los árboles, que empezaron a murmurar y a mecerse, como si estuviesen consultándose entre ellos.
«Por aquí», susurraron, y la condujeron a un río de aguas impetuosas que brillaba como un lazo de plata bajo la brillante luna. «Síguelo hacia el oeste».
Mientras cojeaba junto a las corrientes susurrantes, la tierra empezó a tronar bajo sus pies, como si estuviera siendo martilleada por miles de cascos. Emeline hizo una pausa y prestó atención. ¿Eran ascuaballos?
«No te detengas», dijeron los árboles.
Miró a su alrededor. Una luz roja parpadeaba en la distancia.
Entornó los ojos y se concentró en el resplandor, y vio entonces una manada de ascuaballos que galopaba.
Se detuvieron en un bosquecillo cercano, resoplando humo y pataleando con sus cascos de fuego dorado.
A diferencia de Lamento, que era un animal tranquilo, sus relinchos eran agudos y estridentes, y movían la cabeza con brusquedad, inquietos y salvajes.
Pero, a diferencia de los ascuaballos salvajes que había visto una vez galopando en una estampida por los bosques, aquellos llevaban arneses de acero en el morro, y el metal se les hundía en la carne, dejándoles heridas abiertas y ensangrentadas.
Y lo peor de todo era que quienes los montaban eran pieles de sombra.
Emeline contuvo el aliento mientras contemplaba a los monstruos. A lomos de los animales que habían capturado, no dejaban de mirar a un lado y a otro, como si estuviesen dando caza a algo.
Uno de ellos miró hacia donde ella estaba. Emeline se escondió enseguida entre los arbustos, con el corazón desbocado. Prestó atención, respirando de forma entrecortada, pero nada se acercó; no oyó ni los cascos feroces ni horripilantes pasos.
«Date prisa», rogaron los árboles.