Treinta #2
Ella intentó resistirse mientras él medio la arrastraba, medio la llevaba en brazos de vuelta a la mesa, pero se estaba riendo con tantas ganas que casi no podía ni patalear.
La dejó delante de la mesa y, todavía rodeándole la cintura con un brazo, la retuvo pegada a él, espalda contra pecho. La risa le suavizaba la voz.
—Inténtalo otra vez —le susurró, con la boca casi pegada a la mejilla.
El roce de sus labios hizo que un anhelo cálido se despertase con ferocidad en su interior. Se le cortó la risa de golpe.
—Tú mismo lo has dicho —contestó, sin aliento, y tragó saliva—. Soy un caso perdido.
Logró zafarse de su agarre y se giró para mirarlo cara a cara. Él dejó caer el brazo.
Solo los separaba un pequeño espacio. Emeline se apoyó en la mesa que tenía detrás, agarrándose del borde, y lo miró a los ojos. Él alzó una mano y, con el pulgar, le quitó la harina del pómulo con dulzura, provocando que un pensamiento la sobresaltara, llameando en su interior.
«Lo quiero».
Y no como había querido a los otros. No quería utilizarlo, no buscaba un escudo entre ella y las cosas de las que huía. No lo quería para sentirse normal. Para calmar el dolor y la soledad.
Lo quería a él. Quería su brusquedad y su sorprendente ternura, y su fuerza silenciosa.
Quería que le acercase una cucharada de sopa casera a la boca en aquella casa acogedora y ordenada que olía a pan recién hecho.
Quería verlo hablar sobre poesía con su abuelo en la oscuridad.
Quería ese beso ferviente y desesperado en los pasillos de palacio.
Deseaba a Albar Fell. Al secuaz del Rey del Bosque.
Quizá no era un buen candidato para ser su novio, pero le daba igual. La llamaba igual que la llamaba el bosque. Invocaba algo profundo y olvidado en su interior, algo que ansiaba volver a la vida.
Emeline cogió la mano con la que él le había limpiado la mejilla, y él se lo permitió. Le permitió ponerla boca arriba entre los dos y acariciar los callos y las líneas cubiertas de harina.
Manos fuertes y capaces.
—Emeline…
El pelo oscuro le caía sobre los ojos como piedras de río.
Unos ojos que estaban, en ese momento, completamente cautivados con ella.
El silencio hervía; saltaban chispas entre los dos.
Ella le miró la boca, que tan cerca estaba de la suya.
Tan cerca que la volvía loca. Le soltó la mano para acariciarle la cara, saboreando la aspereza de su barbilla con las palmas de sus manos.
—¡Emeline! —Casi rugió su nombre, con una voz a medio camino entre la advertencia y el deseo. Pero, fuera lo que fuese lo que pretendía decirle, se perdió en la suavidad de la boca de ella, que se inclinó para besarlo.
Le enredó los dedos en el pelo arce oscuro y lo atrajo hacia sí.
—No podemos hacer esto… —murmuró él, pero deslizó las manos tras sus muslos y la subió al borde de la mesa—. ¿Qué pasa con Joel?
Ella le mordió con suavidad la curva de la mandíbula.
—He roto con él.
Esas palabras bastaron para que Albar se rindiera ante ella: colocó las piernas de ella alrededor de sus caderas y la atrajo hacia él.
El deseo ardía en el interior de Emeline; le vibró la sangre cuando él enganchó un dedo en el cuello de su camisa y tiró suavemente hacia abajo.
Los botones se abrieron uno detrás de otro, y Emeline cogió aire con fuerza cuando el aire frío le acarició la piel.
Él le bajó la camisa por los brazos y la besó en la suave curva del hombro, arañándole la piel desnuda con los dientes.
A ella se le escapó un gemido.
La miró con ojos vidriosos. De repente, su boca cálida estaba sobre la de ella, besándola con lengua impaciente. Ella le devolvía los besos, pegándose más a él, apretándose, y sin que, aun así, fuera suficiente.
Quería que la tumbase.
Quería que le…
Empezó a manosearle el cinturón, tratando de desabrochárselo. Y, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, de lo que ella deseaba, Albar se quedó quieto. Apartó las manos de ella; le envolvió las muñecas con los dedos.
—Emeline, cariño… —le dijo con voz ronca y entrecortada—. No podemos.
Una burbuja de frustración se hinchó en su interior. Siguió mordisqueándole entre el cuello y el hombro, demostrándole su contrariedad.
—¡¿Por qué no?!
No le respondió. Se limitó a desengancharse sus piernas y dar un paso atrás, para examinarla, para evaluar el daño causado. Dio un paso al frente otra vez de inmediato para abrocharle los botones de la camisa con dedos ligeramente temblorosos.
Tenía el rostro encendido, el pelo alborotado. Parecía… al límite.
Le entraron ganas de volverlo al besar.
Albar pareció darse cuenta, porque abandonó los botones a medio abrochar y se apartó. Emeline bajó de la mesa.
—Dime por qué.
Él se pasó ambas manos por el pelo.
—Si las circunstancias fuesen otras… —Apartó la mirada, pero no antes de que ella viera el deseo ardiente que flotaba en sus ojos—. Aceptaría de buen grado lo que me ofreces. De muy buen grado.
Emeline se agarró del borde de la mesa; no confiaba en ella misma. ¿Qué eso de «si las circunstancias fuesen otras»? ¿A qué se refería? ¿Si no fuese ella una prisionera en aquel lugar? ¿Si no estuviese planeando escapar en secreto y dejar todo aquello atrás?
«Igual es eso».
Emeline recordó lo que Ortiga le había contado la noche que se habían conocido: que, en el pasado, alguien le había roto el corazón a Albar. Se acordó de la chica a la que él había mencionado la noche que la había acompañado a casa.
«¿Adónde fue?».
«Lejos de mí».
—Amaste a alguien y esa mujer te traicionó. —Emeline tenía la voz rota—. ¿Es eso lo que pasa? —«Porque fuera quien fuese esa chica no soy yo».
—Sí. —Su mirada se tornó pétrea—. Y no. Hay cosas que no sabes.
Ella se cruzó de brazos.
—Pues infórmame.
Él se frotó la cara con las manos, alterado. Miraba a todas partes, salvo a ella.
—No me traicionó. —Se detuvo un largo instante. Luego la miró a los ojos por fin y, en voz muy baja, confesó—: Yo la traicioné a ella.