Treinta
Mientras Albar le curaba el pie, Emeline le enseñó las partituras de «El vals de Rose» y la foto de su madre. Tras señalar su tatuaje en forma de luna, le explicó lo que Tom le había contado sobre Rose: que se había enamorado de alguien que formaba parte de la corte del Rey del Bosque.
Albar estaba sentado a horcajadas en el banco junto a la mesa, de cara a ella.
Delante de él tenía un cuenco humeante de agua caliente y, en la mesa, la garrafa del aguardiente de Corvus y unas gasas limpias de algodón blanco.
Le cogió el talón con ambas manos y lo revisó para ver si quedaban esquirlas de cristal clavadas en la herida antes de empezar a limpiársela.
—Mi madre era la musa del Mago Cantor —le dijo ella—. Estoy segura.
Mientras la escuchaba, Albar limpió con cuidado el barro y la sangre de su pie, primero evitando el corte y luego curándolo con suaves golpecitos hasta que estuvo limpio.
—Creo que su muerte le rompió el corazón. Ojalá tuviera las fotos aquí, para enseñártelas. Parecía… como si estuviese muerta por dentro.
«Lo opuesto a cuando estaba con Tom».
Albar estaba inusualmente callado. No había dicho nada desde que ella había empezado a relatarle lo ocurrido. Destapó la garrafa de aguardiente y, con su pie en una mano y la garrafa en la otra, levantó la vista y la miró, como pidiéndole permiso.
Emeline asintió.
Se agarró con fuerza del banco cuando él le vertió alcohol en la herida para desinfectarla. Siseó entre dientes mientras aguantaba el dolor. Cuando por fin terminó, respiró hondo y se relajó.
—Es posible que mi madre siga aquí, en la Ciudad del Rey.
Aún en silencio, Albar cogió unas gasas y le vendó el talón generosamente. Cuando terminó, se puso su pie en el regazo y, con mucha delicadeza, empezó a masajearle el tobillo trazando círculos con el pulgar.
—No conozco a ninguna Rose Lark que viva en la ciudad —le dijo al final, casi distante—. Pero el Mago Cantor y su consorte vivieron… antes de mi llegada. Puedo preguntar. Puede que Álamo sepa algo. Su padre era el sastre del Mago Cantor.
Le resultaba difícil concentrarse mientras él la acariciaba de ese modo. Ella temblaba… en el buen sentido. Temblaba por fuera y por dentro.
Él se quedó en silencio de nuevo.
—¿Emeline?
Ella apartó la vista de su pulgar para alzarla hacia sus ojos. Todavía había sombras que nadaban en ellos, y su voz adoptó una cautelosa cadencia.
—Si las historias son ciertas y la Vil tenía celos de ella… —Detuvo los suaves movimientos del pulgar y frunció el ceño—. Es posible que matase también a tu madre.
Emeline apartó el pie y asintió en silencio. Ella también lo había pensado.
La horquilla torcida de la mariposa era la prueba de que alguien había tratado de escapar de aquel sótano. «Pero ¿lo consiguió?». Hasta que no encontrase pruebas que indicasen lo contrario, Emeline tenía que albergar la esperanza de que su madre siguiese viva.
—Y si todo lo que me has dicho es cierto —prosiguió él—, eso significa que el Mago Cantor era tu padre.
Ella asintió de nuevo, con la mirada fija sobre el suelo de pino, justo debajo de los calcetines de lana gris de Albar. «Mi padre». Aún no se había atrevido a pronunciar esas palabras en voz alta. Eran demasiado extrañas.
¿Sería esa la razón por la que su voz, a veces, hacía cosas inesperadas?
Recordó cómo, en la última sesión de canto con Albar, un poder desconocido había fluido a través de ella mientras cantaba para desnudarle a él el alma. Había podido ver cosas íntimas del muchacho que no tenía ningún derecho a ver.
Algo pitó en la cocina. Albar se volvió bruscamente.
—El pan…
Volvió a enroscar el tapón del aguardiente y luego limpió la mesa.
—Debería irme —dijo ella poniéndose de pie—. Si he de encontrar a mi madre… —No tenía mucho tiempo para buscar. Necesitaba estar en Montreal al cabo de dos días, para el primer concierto de su gira.
Lo que no tenía claro era cómo iba a llegar a ese primer concierto. Dudaba que el rey le diese permiso para marcharse, por mucho que hubiera encontrado las partituras que faltaban. Pero era un problema al que se enfrentaría más tarde.
Cuando Albar la cogió de la muñeca para detenerla, su piel chisporroteó con el contacto.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo?
Emeline se llevó una mano a la barriga vacía.
—Ayer.
—Pues quédate a cenar y después podemos ir a ver a Álamo y preguntarle a su padre por Rose Lark. Aún tardará unas horas en llegar a casa, así que tienes tiempo.
Como Emeline no tenía más hilos de los que tirar, asintió.
—Vale.
Si Albar pensaba que aquel hombre podía ayudarla, se podía permitir unas horas de espera.
Él cogió las gasas, el aguardiente y el cuenco de agua tibia y los llevó a la cocina, donde Emeline lo oyó lavarse las manos.
Cuando volvió, llevaba en una mano un cuenco de cerámica cubierto con un trapo de cuadros rojos y blancos y en la otra una bolsa grande de muselina llena de harina.
Dejó ambas cosas sobre la mesa y, después de arremangarse de nuevo hasta los codos, quitarse del dedo su sencillo anillo blanco y meterlo en el bolsillo, apartó el trapo que tapaba el cuenco. Dentro había una bola de masa blanca.
Ella acudió a su lado.
—¿Te ayudo?
Él enarcó una ceja oscura.
—¿Sabes cómo?
«Pues no». El procedimiento de manufactura del pan era un completo misterio para ella, pero Maisie hacía pan constantemente, así que se arremangó y se encogió de hombros.
—No creo que sea muy difícil.
Él sonrió con sorna.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Qué pasa? ¿No me ves capaz?
—Ahora lo veremos.
Metió la mano en la bolsa de muselina, sacó un puñado de harina y lo espolvoreó sobre la superficie de la mesa. Emeline se trenzó el pelo y luego fue a lavarse las manos. Cuando volvió, Albar le tendió una mano manchada de harina.
—Primero tienes que darle un puñetazo a la masa, para quitarle el aire.
Ella le dio la mano, decidida a acabar con su escepticismo. Él dobló los dedos sobre los suyos y tiró de ella para ponerla entre la masa y él, en el extremo de la mesa. Su calor invadió su espalda y se propagó por todo su cuerpo como un incendio descontrolado.
Y, delante de ella, tenía el cuenco de masa.
¿De verdad tenía que darle un puñetazo o le estaba tomando el pelo?
—Todavía no has empezado y ya eres un caso perdido —murmuró él, y su aliento le acarició la nuca—.
Primero, cierra el puño. —Oyó en su voz que todavía tenía una sonrisilla pintada en los labios mientras cerraba la mano sobre la de ella, doblándole los dedos sobre la palma de la mano—. Luego echas el codo hacia atrás…
—Vale, vale —le interrumpió ella—. Sé perfectamente cómo dar un puñetazo.
Él la soltó y dejó la mano sobre la suave curva de su cadera.
—Pues adelante.
Emeline cerró la mano en un puño y dio un puñetazo en mitad de la masa.
¡Puf!
Observó cómo la bola de masa se hundía despacio, como un globo deshinchándose. Albar alargó los brazos a los lados del cuerpo de ella y aplastó la masa con las manos para alisarla. Olía como el bosque. A tierra, musgo y pino.
—Hay que sacarle el aire —le explicó él.
Se apartó de detrás de ella y le dio la vuelta al cuenco, dejando caer la masa sobre la mesa espolvoreada con harina.
Luego la rompió en seis pedazos iguales—.
Coge uno con las dos manos y pliégalo así, hacia dentro.
—Dobló una bola de masa y luego hizo con ella una bolita perfecta en menos de un minuto.
Emeline trató de imitar sus movimientos, pero su porción de masa terminó convertida en una bola informe que se le pegaba a los dedos.
Albar esbozó de nuevo una sonrisilla.
—Te estás obcecando demasiado.
O tal vez no se estaba obcecando lo suficiente, porque solo pensaba en las manos de él, en la eficiencia con que las movía. En que sabían exactamente lo que debían hacer.
Metió el brazo de nuevo en la bolsa de muselina y, cuando lo sacó, llevaba otro puñado de harina blanca. La esparció sobre la mesa, dejándola caer con suavidad como si fuese nieve.
—Cúbrela con más harina y prueba otra vez.
Mientras ella trabajaba en su desastre amorfo, Albar terminó con su segunda porción, y luego con su tercera, cogiendo la bola con ambas manos y moviéndola en círculos hasta transformarla en una esfera perfecta.
Trabajaba deprisa y habilidosamente. Para cuando terminó de dar forma a su cuarta porción, Emeline había convertido su masa en un mazacote pegajoso.
La soltó sobre la mesa.
—La estoy estropeando.
Él le dio la última porción de masa y le tendió la bolsa de harina, instándola a empezar otra vez. Emeline metió la mano, cogió un puñado de harina y la esparció sobre la mesa como él le había enseñado…
O no.
Porque había cogido demasiada, y se le cayó por entre los dedos de golpe y no poco a poco. Una nube polvorienta se elevó desde la mesa, forzándola a cerrar los ojos.
Cuando los abrió, una neblina blanca le cubría las pestañas. Notaba los labios secos y polvorientos y tenía la camisa y los vaqueros cubiertos de harina. Miró a Albar confundida, parpadeando, y vio que él también se había puesto perdido de harina.
Emeline se echó a reír al ver su pelo oscuro salpicado de blanco.
Él enarcó ambas cejas, como diciéndole: «¿Con que esas tenemos, eh?». Metió la mano en la bolsa y le lanzó un puñado de harina. Ella ahogó un grito cuando el polvo la golpeó, desperdigándose sobre su camisa como una suave bola de nieve.
Una sonrisa se dibujó poco a poco en su rostro. «A este juego sí que le puedo ganar».
Cogió la bolsa de harina y se la vació entera en la cabeza.
Era como estar en mitad de una borrasca de nieve: la habitación había desaparecido en mitad del polvo blanco. Emeline no veía la mesa, ni la masa, ni siquiera a Albar.
Pero, de repente, ahí estaba: abalanzándose sobre ella a través de la nube blanca. Lo esquivó a toda prisa, chillando y riendo, y corrió hacia el otro extremo de la casa. Él la atrapó cuando ya casi había llegado al dormitorio: la agarró de la cintura y la levantó en volandas.
—¡No hemos terminado!