Un oscuro olvido Veintinueve #2
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Veintinueve #2

Emeline sacudió la cabeza para librarse de aquella visión y se encontró frente a frente con la pesadilla que se cernía sobre ella. Por detrás de la criatura, a través de las ventanas, el sol poniente pintaba el cielo de rojo sangre.

El crepúsculo.

«No…».

La fuerza de aquella insignificante palabra rompió el hechizo de la piel de sombra, lo que le dio a Emeline un segundo para recordar que llevaba el puñal de Sable envainado a la cadera.

«El acero corriente no le hace nada a las pieles de sombra, pero este sí».

Desenvainó el puñal resplandeciente.

«¡Eres mía!», siseó el monstruo mientras alargaba sus garras hacia ella para hundírselas en el pecho y arrancarle el corazón. Pero Emeline se le adelantó y le clavó el puñal en el cuello.

La voz fría que se había adueñado de su mente enmudeció.

La piel de sombra retrocedió, tambaleándose confundida, mientras su oscuridad brotaba de la herida.

La criatura cayó sobre sus rodillas y acabó desmoronándose por completo.

Al cabo de unos segundos, el polvo de su cuerpo se transformó en ranúnculos dorados que florecieron en mitad del suelo de la cocina.

La estancia cobró forma a su alrededor. Su yayo, Maisie y Joel estaban allí, mirándola fijamente. La mujer tenía una pala en la mano, levantada, como si estuviese a punto de darle un palazo a algo, y Joel empuñaba una palanca de hierro y estaba preparado para hacer lo mismo.

En el cielo, a través de las ventanas, el crepúsculo seguía sangrando.

«Si no vuelves, Albar pagará el precio de tu desobediencia».

Con las partituras del Mago Cantor arrugadas en el puño y el puñal de Sable envainado en la cadera, Emeline cruzó la cocina descalza y fue directa hacia la puerta trasera.

—¡Pequeña! —Maisie trató de cogerla—. ¿Estás bien?

Asintió sin despegar la vista de los bosques, de aquel hueco vacío entre los árboles.

—Volveré en cuanto pueda.

Joel estaba mirando los ranúnculos con la boca abierta.

Emeline le dio un fuerte abrazo a su abuelo y se fue, dejando en el suelo un rastro de la sangre que manaba del corte de su talón. Cuando llegó a la linde del bosque, echó a correr lo más rápido que pudo.

No sentía el dolor en el pie. No sentía el ardor de sus pulmones.

«Por aquí —decían los árboles—. Síguenos».

La llevaron hasta Cenagal, el punto de entrada más cercano a la Ciudad del Rey.

Mientras el cielo se oscurecía, la forma fangosa se elevó del pantano y se deslizó hacia ella goteando barro.

—Te daré la mitad de la sangre que tengo si me dejas pasar ahora mismo.

—Es una pena —contestó Cenagal, sorbiendo con fuerza—. Tu paso ya lo ha pagado Grace Thorne.

«¿Lo ha pagado Grace?». Emeline no tenía tiempo de preguntar ni cómo ni por qué, pero se sintió, de repente, henchida de gratitud.

Corrió por la pasarela, se agachó y esquivó las lianas grises hasta que, por fin, apartó la cortina final y entró en la ciudad.

Las calles estaban cada vez más oscuras, y las farolas se iban encendiendo.

A Emeline le martilleaba el corazón.

Tenía que salvar a Albar… Si no llegaba demasiado tarde.

Siguió corriendo.

Cuando alcanzó las puertas del palacio, los setonelas la dejaron entrar. No esperó a que la condujesen ante el trono; conocía el camino. Siguió corriendo, a pesar de las punzadas de dolor en el talón, viendo como el sol se escondía tras las copas de los árboles a través de las ventanas.

El cielo estaba rosa como el coral cuando los interminables pasillos por fin desaparecieron y emergieron los abedules gigantes de la arboleda. Emeline fue directa a ver al rey, que esperaba sentado en su trono.

«¿Es demasiado tarde?».

Cuando respiraba, le dolían los pulmones. Tenía la piel cubierta de sudor.

—He encontrado las páginas que faltaban —anunció, jadeando con fuerza mientras le tendía las partituras.

Aquellos ojos negros se detuvieron sobre ella.

Sus pupilas blancas en forma de luna refulgían con fuerza.

Le tendió una mano nudosa que a ella le recordó a la rama de un árbol en invierno, desnuda y sin hojas.

Se acercó y dejó las partituras enrolladas en la palma de su mano.

El rey las desenrolló y las observó con atención.

Emeline miró a su alrededor, pero la arboleda estaba vacía. No había cortesanos. Ni había guardias.

Tampoco vio a Albar.

«¿He llegado a tiempo?».

—Bien hecho —contestó aquella voz áspera y terrosa—. Estaba convencido de que mentías.

Emeline abrió la boca para contestar, pero enseguida decidió que era mejor no hacerlo. ¿De qué serviría confesarle la verdad?

Se quedó allí plantada y respiró hondo varias veces, preparándose para el momento en el que el monarca decidiera declarar alegremente que había llegado demasiado tarde y que Albar ya estaba muerto. Pero el rey se limitó a devolverle las partituras.

Las cogió.

—Has demostrado tu lealtad, Emeline Lark. —Se arrellanó en el trono y la observó con atención—. Serás una buena cantante para mi corte.

Emeline no tenía ninguna intención de ser un miembro permanente de esa corte, pero se lo calló.

—¿Y Albar? ¿Está…?

—¿Vivo? —Una sonrisa desquiciante se deslizó por los labios secos y cuarteados del Rey del Bosque—. Ve a su casa y compruébalo tú misma.

Como con aquello le daba permiso para marcharse, Emeline echó a correr.

Se marchó volando de la arboleda, recorrió los pasillos iluminados por la luz de las velas, salió por las puertas de palacio.

Medio corrió, medio cojeó por el camino que llevaba a casa de Albar y no bajó el ritmo hasta que no llegó al puentecillo que cruzaba el arroyo, cuyas aguas siempre susurraban.

En ese momento, vio que dos setonelas armados estaban cruzándolo en la otra dirección hacia ella, como si su trabajo con Albar ya hubiera terminado.

Ninguno de ellos trató de detenerla, así que Emeline siguió corriendo hacia la casa de piedra. No se molestó en llamar: abrió la puerta e irrumpió en el interior.

—¿Albar?

No había fuego en la chimenea. En mitad de la mesa había un cuenco de manzanas silvestres. A su lado, una taza de té a medio beber. Emeline la tocó. Estaba fría.

—¡Albar!

Corrió a la cocina, pero estaba vacía. Luego al dormitorio.

También vacío. Buscó en todas las habitaciones; abrió todas las puertas.

Pero no estaba. No había nadie. Emeline respiraba rápido y de forma superficial y entrecortada.

Sus pensamientos estaban descontrolados, sumidos en una espiral de pánico.

«He llegado demasiado tarde».

Pero ¿por qué el rey no se lo había dicho?

El chasquido de un hacha cortando leña rompió el silencio. Al oírlo, le dio un vuelco el corazón.

Fue hacia la puerta principal, la abrió de par en par y salió. Cuando volvió a oír el ruido, se le aceleró aún más el pulso. Lo siguió hacia la parte trasera de la casa, más allá del establo.

Aminoró la marcha al verlo.

Albar estaba al lado de un montón de troncos colocados con pulcritud, vivito y coleando.

Llevaba las mangas de color verde pino arremangadas hasta los codos y sujetaba con ambas manos la empuñadura de un hacha.

La alzó sobre su cabeza y la descargó con fuerza, cortando el tronco limpiamente en dos antes de reemplazarlo con el siguiente.

Tenía los ojos ensombrecidos y la mandíbula apretada, como si cortar leña fuese lo único que le ayudaba a mantener la calma mientras esperaba su sentencia de muerte.

Cortó dos troncos más antes de percatarse de la presencia de Emeline.

Levantó la vista. Le cambió la cara al verla, al reparar en el pelo alborotado y las mejillas quemadas por el sol.

—Emeline…

Algo brillante y ardiente llameó en su interior. Fue a su encuentro trastabillándose, cojeando por culpa del dolor en el talón.

Él clavó el hacha en el tajo y se volvió hacia ella justo cuando se estaba lanzando a sus brazos, presionando la frente en la curva de su cuello y estrechándolo con fuerza.

Albar también la abrazó, arrullándola con su calor. La apretujó contra él y, mientras le acariciaba la parte baja de la espalda con una mano, con la otra condujo su cabeza hacia su pecho y apoyó la barbilla sobre ella.

—Estás vivo.

—Y tú estás temblando.

Emeline lo abrazó con más fuerza todavía.

—Pensaba que había llegado demasiado tarde.

Albar se apartó de ella y le miró el pie. Al ver el talón ensangrentado, la cogió en brazos, deslizando un brazo bajo sus rodillas, y la llevó en volandas al interior de la casa.