Un oscuro olvido Veintinueve
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Veintinueve

Las palabras de Tom la perseguían como una sombra mientras rodeaba los huertos de Eshe y Abel y luego cruzaba por los viñedos de su abuelo.

El sol ya estaba descendiendo y teñía las hojas verdes de tonalidades doradas.

El segundo día casi había terminado y Emeline no estaba más cerca de encontrar las partituras perdidas.

Tendría que presentarse ante el rey con las manos vacías, y cuando él se diera cuenta de que le había mentido…

Jamás tendría ocasión de encontrar a su madre.

«Si es que está en el bosque».

Desdobló la fotografía y observó con atención el perfil de Rose Lark mientras caminaba.

Su madre tenía los ojos tan azules como los huevos de un petirrojo, el pelo negro como las plumas de un cuervo y la sonrisa de mujer enamorada.

Pero esta vez lo que llamó su atención fue otra cosa.

Su mirada se detuvo sobre el pequeño tatuaje negro de su pálido omóplato: una luna creciente.

Se detuvo.

«Marcada por la luna…».

Los viñedos se empequeñecieron de repente, como en el final de una película antigua: los bordes se contrajeron hacia el centro hasta que la imagen se convirtió en un puntito.

Todas las canciones que había estado aprendiéndose durante una semana estaban dedicadas a la misma musa: una mujer marcada por la luna.

«Solo es una coincidencia», se dijo.

Pero cuanto más miraba el tatuaje de su madre con más fuerza resonaba en ella lo que le acababa de contar Tom, y menos segura estaba de que realmente fuese una coincidencia.

«¿Era mi madre la musa del Mago Cantor?».

Cuando llegó por fin a casa de su abuelo, el corazón le martilleaba contra el pecho. Sin embargo, en lugar de entrar, se fue directa al garaje.

Allí la esperaban torres y torres de cajas.

Se movió entre ellas, buscando una en particular.

Las fue bajando al suelo una tras otra, leyendo las etiquetas y apartándolas después.

Cuando solo le quedaban unas pocas, por fin encontró la que quería: una caja rectangular en la que había escrito rose con rotulador permanente negro.

Emeline la bajó al suelo.

Ella misma la había empaquetado. Había recogido todos los recuerdos de su madre que quedaban por la casa y los había encerrado entre paredes de cartón. La había cerrado bien. Demasiado bien. Casi como si no quisiera que la abrieran jamás.

Por suerte, el puñal encantado de Sable estaba bien pegado a su cadera, con la vaina enganchada al cinturón de sus vaqueros. Lo sacó, cortó la cinta y luego lo volvió a envainar. Se sentó en el frío suelo de cemento con las piernas cruzadas y abrió la caja de cartón.

En su interior había fotos, joyas y varios vestidos de verano. Cosas que habían pertenecido a su madre. Emeline empezó a sacarlas una a una. No estaba muy segura de qué estaba buscando exactamente; solo sabía que era algo. Alguna pista.

En una foto, salía su madre riéndose con la cabeza hacia atrás.

Su larga y frondosa melena ondeaba, suelta, y tenía las mejillas sonrosadas de alegría.

En otra sonreía con tantas ganas que casi no se le veían los ojos.

En otra, acababa de abalanzarse sobre un joven Tom, que se estaba reincorporando con una sonrisa, ahora con ella colgada de la espalda.

Y pronto, demasiado pronto, la mujer de las fotografías cambió por completo.

En las siguientes estaba embarazada. Con las mejillas hundidas, el pelo apelmazado y los ojos apagados. Su espíritu alegre se había esfumado, extinguido como un incendio inconveniente.

«¿Eso te lo hice yo? —pensó Emeline, acariciando la barriguita de su madre—. ¿Es que no me querías?».

No, claro que no la quería. Por eso la dejó chillando en su cuna y no miró atrás ni una sola vez.

Emeline apartó las fotos y empezó a sacar las demás cosas. Un vestido amarillo chillón. Un collar de perlas falsas. Una nota manuscrita de Tom que no leyó por respeto a su intimidad.

Pronto llegó al fondo de la caja, que estaba lleno de papeles.

La documentación de un vehículo. Facturas del piso en el que vivía.

¿Por qué no había tirado todas esas cosas?

Emeline había revisado la mitad de los papeles cuando descubrió un último objeto, medio escondido en las aristas de la caja: una horquilla de cobre.

«¿Es eso…?».

La cogió y clavó la mirada en la diminuta mariposa que había en un extremo.

Recordó el sótano del Mago Cantor. La horquilla idéntica a aquella que había encontrado en el suelo y lo familiar que le resultaba. El colchón mohoso, el cubo y las esposas.

Se le puso el estómago del revés.

«No…».

Era demasiado horrible. No podía ser. No era posible que su madre hubiera estado encerrada en aquel sótano. Que hubiese sido ella quien había forzado los cerrojos de aquellas cadenas. Quien hubiera dormido en ese colchón mohoso.

Emeline recordó lo que Álamo le había dicho sobre la Vil. «Estaba locamente enamorada de él. Pero él la rechazó. Estaba enamorado de otra».

—De mi madre —susurró Emeline—. Estaba enamorado de mi madre.

«Así que lo mató», resonó la voz de Grace en su mente. La Vil mató al Mago Cantor porque estaba enamorado de Rose Lark y no de ella.

«¿Por eso encerró a mi madre en aquel sótano? ¿Para castigarla porque el Mago Cantor la prefirió a ella?».

El mundo se estaba desmoronando ante Emeline. No: eran solo los papeles que tenía en las manos, que se resbalaban de sus dedos, desperdigándose por el suelo.

Y entonces las vio. Allí, sobre el cemento agrietado.

Partituras.

Cuatro páginas de partituras.

Con las manos temblorosas, se inclinó para recogerlas. Una, dos, tres, cuatro páginas. Miró la primera. En la misma letra que las demás canciones que había estudiado, el Mago Cantor había escrito el título de aquella última: «El vals de Rose».

Debía de haber sido la última canción que había escrito antes de que la Vil lo asesinara.

«¿Sería por eso…?».

¿Estaba ya muerto el hombre al que Rose amaba cuando le habían hecho esas fotos en las que aparecía embarazada y triste? ¿Parecía tan perdida porque su corazón estaba roto sin remedio?

Si nunca volvió a buscar a su bebé, ¿fue porque la Vil la encarceló?

«Si fue así, ¿dónde está ahora?».

El sonido de unos cristales rotos la sacó de sus pensamientos. Luego se oyó un grito estremecedor. Ambos ruidos venían del interior de la casa. El corazón de Emeline empezó a latir desbocado.

«Yayo».

Su mente pasó por los peores escenarios posibles. Cogió las partituras y corrió hacia la puerta principal. Al abrir, se encontró a Joel en mitad del salón, retrocediendo poco a poco hacia la pared y mirando la cocina con unos ojos como platos.

Y entre Joel y lo que fuera que hubiese allí estaba su abuelo.

—No te acerques, Emeline. —A su abuelo le temblaba la voz, a pesar de que trataba de hacerse el fuerte.

Pero ella se acercó y encontró a Maisie pegada al fregadero con una copa de vino rota a sus pies.

Tenía el rostro cuajado en lágrimas y contemplaba, horrorizada, la cosa que tenía delante, como si estuviese atrapada en una especie de trance.

Sobre Maisie se cernía una sombra encorvada más negra que la medianoche, como si se dispusiese a devorarla.

Al ver su forma alargada y sus manos como garras, Emeline se detuvo.

Una piel de sombra.

¿Qué hacía dentro de la casa de su abuelo?

«Tienes que sacar a Maisie de ahí».

Emeline se acercó. Sintió una punzada de dolor al cortarse el talón de un pie con un pedazo de cristal roto, pero no se detuvo. Cogió a su vecina del brazo para apartarla del monstruo y se colocó entre ella y él, como un escudo.

—Vete, Maisie.

La mujer negó con la cabeza.

—¿Qu…qué?

—Saca a mi abuelo de aquí.

La piel de sombra no hizo nada por retener a Maisie. Se limitó a fijar su atención en Emeline. No tenía ojos, y sin embargo parecía verla. Conocerla. Como si ambas tuvieran cuentas pendientes.

Como si Emeline fuese la razón por la que estaba allí.

«Emeline Lark». La voz rezumaba como sangre a través de las grietas de su mente. Para su horror, Emeline sintió que el cuerpo se le quedaba rígido como una piedra.

De repente, en el salón se produjo un alboroto, pero no pudo volverse a ver qué pasaba.

Unos dedos fríos estaban atravesando su mente y el terror la tenía clavada en el sitio.

Como si estuviese hojeando las páginas de un diario con la punta de un dedo, el monstruo revisaba sus pensamientos, miedos y deseos más secretos.

La sonrisa de la piel de sombra se ensanchó y se ensanchó, hasta que su boca se convirtió en una enorme raja abierta que partía su rostro en dos.

La imagen de un joven asomó a su mente. Tenía los ojos de dos grises distintos y el pelo de color arce oscuro, y era alto y fuerte como un roble.

«Albar». Estaban en su cocina y ella estaba sentada en la encimera.

Era tan real que podía oler el humo de la leña en su ropa.

Albar se inclinó sobre ella y le cogió con las manos el dorso de sus pantorrillas desnudas.

Tenía una sonrisa torcida pintada en el rostro, como si se dispusiese a hacer alguna travesura.

De repente, la escena cambió. La cocina desapareció y en su lugar vio una arboleda iluminada por la luz de la luna. Dos setonelas se llevaban a Albar arrastrándolo de los brazos y lo obligaban a ponerse de rodillas. Le empujaron la mejilla contra una piedra plana y gris y lo inmovilizaron.

Entonces apareció el Rey del Bosque. Tenía el cuerpo leñoso envuelto en liquen gris, como carne podrida, y en la mano nudosa llevaba el cuchillo de carnicero.

Emeline trató de moverse, de correr a ayudar a Albar, pero su cuerpo se negaba a obedecer. El miedo la atravesó cuando el monarca alzó el cuchillo y su hoja reflejó la luz de la luna.

Ver a Albar muerto le robó todo el aire de los pulmones.

«Tienes dos días, Emeline Lark. Si no has cruzado mis puertas en el crepúsculo del segundo día, tu sentencia será ejecutada, y será Albar quien ocupe tu lugar».