Veintiocho
A la mañana siguiente, cuando Emeline se despertó, encontró a Joel en la cama, a su lado, mirando el móvil.
—Buenos días, preciosa. —La abrazó y la atrajo hacia sí sin dejar de mirar la pantalla. Cuando le deslizó una mano por la barriga, los últimos retazos de sueño que le quedaban se desvanecieron al instante. Se le puso todo el cuerpo tenso. «Tengo que acabar con esto. Ahora mismo».
—Joel…
—Dime.
—No puedo seguir…
Él bajó el móvil y la miró.
—¿Seguir… con qué?
Ella se quedó mirando al techo, buscando con ahínco formas en el gotelé blanco.
—Con lo nuestro.
Joel se quedó en silencio. El aire pareció enrarecerse entre los dos.
—Has pasado por unos días difíciles, Em…
Sí, era cierto. Pero el problema no era ese.
O quizá fuera exactamente ese.
—Ya hablaremos de esto cuando lleguemos a Montreal, ¿vale? —añadió él—. Cuando estés lejos de este sitio y vuelvas a ser la de siempre.
A Emeline le entraron ganas de reír. ¿La misma de siempre?
«¿Y esa quién es?».
—No voy a cambiar de opinión.
Él no la oyó. O quizá estaba pasando de ella. Era algo que hacía a veces, cuando pensaba que estaba equivocada. Era como si no tuviera intención de discutir, como si se limitase a seguir adelante y hacer lo que él quisiera de todos modos.
—Lo siento —dijo ella, mirándolo.
Como era de esperar, él cambio de tema.
—¿Esta es tu madre? —Alargó una mano hacia la mesita de noche, donde había un marco con una fotografía.
Emeline no quería dejar el tema. Quería terminar su relación con Joel de una vez y pasar página. Sin embargo, cuando él se tumbó, alzó el marco con las dos manos y se quedó en silencio.
—Bueno, pues ya sabemos de dónde sacas esa belleza. —Joel sonrió y le pasó la fotografía. Luego le dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.
Emeline se quedó mirando la foto con atención. A Joel ya ni lo veía ni lo oía.
La foto era de su madre y de Tom, cuando era mucho más joven.
Estaban en la playa, de espaldas a la cámara y mirándose el uno al otro, ofreciéndole a Emeline una imagen de sus rostros de perfil.
El cielo, en la distancia, era del más puro azul.
Tenían arena brillante pegada a la piel y en la espalda de Tom había una raya blanca de protector solar.
Rose tenía un pequeño tatuaje en el pálido omóplato. Una luna creciente.
Pero lo que más le llamó la atención fue la expresión en el rostro de su madre.
En el interior del marco, Rose Lark estaba mirando a Tomás Pérez y sonriendo como si le fuese a estallar el corazón de felicidad.
No era la primera vez que Emeline veía una sonrisa como aquella. Era la misma que había en el rostro de Grace Abel cuando miraba a Sable Thorne.
Cogió el marco de fotos con tanta fuerza que se hizo daño en los dedos.
Tom y ella nunca habían hablado de ello, pero Emeline lo sabía de todos modos: Tom y su madre habían tenido una historia.
Una vez, cuando ella era más pequeña y estaba horneando tartas con Maisie y Eshe, oyó que la primera le susurraba a la segunda que Tom y Rose habían salido juntos durante años.
Todo el mundo pensaba que eran una pareja consolidada…
Hasta que Rose le rompió a Tom el corazón quedándose embarazada de otro hombre.
Un hombre cuyo nombre se negó a revelar.
En aquel entonces, Tom viajaba constantemente de un sitio a otro sacando fotografías para National Geographic . Cuando se enteró de la noticia, aceptó un proyecto en el otro lado del mundo y pasó mucho tiempo sin volver a Edgewood.
Nadie había visto a Rose ni había sabido nada de ella en diecinueve años. No desde el día que había abandonado a su bebé recién nacida, Emeline, dejándola en la cuna, llorando.
Una historia que antes la entristecía, pero que ya no le despertaba ninguna emoción.
¿Qué hacía esa foto en su mesita de noche? Debería estar en el garaje, junto a los demás objetos personales que había empaquetado antes de poner la casa en venta.
Miró a Tom y recordó lo callado y reservado que había estado durante la cena. Había sido él quien le había descrito la Ciudad del Rey cuando era niña, quien le había enseñado a distinguir a los cambiaformas por sus sombras.
Si Tom había pasado tiempo en la corte del Rey del Bosque, tal vez supiera algo sobre las partituras perdidas del Mago Cantor. Aunque era mucho pedir. Pero, aunque no supiera eso, sí que sabría otras cosas. Cosas que tal vez pudieran ayudarla.
Unos números rojos iluminaban su viejo reloj digital. Las 12.13. Ya era más de mediodía.
Había dormido toda la mañana.
Se levantó de la cama, se puso unos vaqueros limpios y una camisa de flores y se metió el puñal de Sable en el cinturón. Tras pasar sigilosamente junto al baño, donde Joel se estaba duchando, se fue a buscar a Tomás Pérez.
El sendero que cruzaba los viñedos de su yayo despedía cierto calor bajo sus pies desnudos.
Serpenteaba por detrás de la granja de Eshe y Abel, y era el mismo camino que había recorrido de niña, cuando iba de una casa a otra de sus vecinos.
Llevó a Emeline fielmente a su destino: una casa revestida de tablones blancos que estaba en la linde del bosque.
La puerta del garaje de Tom estaba abierta de par en par, dejando pasar los olores a metal y grasa de su taller. Emeline se dispuso a entrar, pero giró al verlo aparecer por detrás de la casa.
Tom se volvió hacia ella al oír sus pasos. Se le hinchó el pecho al coger aire con brusquedad, como si hubiera visto un fantasma.
—Emmie… —Sacudió la cabeza—. Por un segundo me ha parecido que… —Tenía las mejillas sonrosadas del frío y el viento le echaba el pelo oscuro hacia atrás—. Cada vez me recuerdas más a tu madre.
Emeline arrugó la nariz. No le gustaba parecerse a la mujer que la había abandonado cuando era un bebé sin mirar atrás ni una sola vez. Así que cambió de tema.
—Cuando estuviste en la corte del rey, ¿llegaste a conocer al Mago Cantor?
Tom se puso tenso.
—Pues claro, pequeña.
—¿Qué sabes sobre él?
Tom se frotó los ojos con una mano.
—Que para el Rey del Bosque tiene un valor incalculable. Que no es solo un trovador, sino una especie de hechicero. Si el rey necesita algo, el Mago Cantor se lo consigue gracias a la magia de su voz.
Le resultaba extraño. Tom hablaba como si el Mago no estuviese muerto.
El hombre se volvió hacia el bosque.
—Pero sacrificó algo muy valioso a cambio de su poder. Dio su voz a los bosques como diezmo, así que, si algún día quiere volver a este mundo, será un hombre mudo. Una sombra del cantante famoso que era.
—¿Cómo sabes todo eso?
Hizo una mueca y apartó la vista.
—Porque tu madre me lo contó.
Emeline lo miró de hito en hito.
—¿Mi madre? ¿Qué quieres decir? ¿Y cómo sabía ella todo eso? —Y, como hablaba del trovador como si siguiera vivo, añadió—: El Mago Cantor está muerto, Tom.
Se volvió hacia ella con brusquedad.
—¿Muerto?
—Lo mató una bruja a la que llaman la Vil.
Él arrugó el ceño.
—Muerto… No puede ser. ¿Estás segura?
Emeline asintió.
—Dices que mi madre lo conocía. ¿Cómo es eso posible? —insistió.
Tom respiró hondo y se pasó una mano por el pelo alborotado por el viento.
—No va a salir nada bueno de esto, cariño. Déjalo estar.
Emeline se interpuso entre Tom y los bosques. De ningún modo iba a dejarlo estar. Se sacó la fotografía, que llevaba doblada en el bolsillo, la desdobló y se la enseñó.
—La fecha del dorso es de un año antes de que yo naciera. ¿Cómo es posible que a ti te estuviera mirando así entonces, como si fueras lo único que amaba en el mundo, y unos meses después se quedase embarazada de otro?
Tom cogió la foto con fuerza, como si se estuviese ahogando y fuese un salvavidas.
—Quería impresionarla —susurró—. O quizá quería impresionarlos a ellos, no lo sé.
—Desvió la mirada hacia el bosque, y su nuez subió y bajó visiblemente cuando tragó saliva.
Era como si, pronunciando esas palabras, estuviese perdiendo una batalla—.
Yo mismo la llevé a la Ciudad del Rey. Quería que la viera.
Que la amara igual que la amaba yo. Y así fue. Pero además…
Dobló la fotografía y se la devolvió.
—Tienes que contármelo todo. —Emeline lo miró fijamente—. Era mi madre.
Él asintió. Tenía los ojos brillantes.
—Se enamoró de otra persona.
—¿De quién?
—No me lo quiso decir. —Pero, a juzgar por la mirada que le ensombreció el rostro, albergaba sus sospechas—.
La tenía absolutamente encandilada. Empezó a no presentarse a su trabajo en la cafetería, como si ya no le importase nada.
Se olvidaba de comer, no dormía… Era… inalcanzable.
Vivía en un sueño. Así que, cuando, después de haberse pasado meses en la corte, volvió a casa embarazada, no lo soporté. No fui capaz de verla y… Y me fui.
—Porque el bebé era de ese hombre… —murmuró Emeline.
Pero eso significaba…
«Mi padre es alguien del bosque».
De repente, sintió que perdía el equilibrio.
Tom la cogió del brazo para que no se cayera. La tristeza que se había adueñado de él desapareció, dejando espacio a una cálida ternura.
—Cuando volví, tras pasar fuera tres años, no quería ni mirarte.
Evité ir a casa de Ewan durante meses. De hecho, evitaba ir a casa de nadie por si tú estabas allí.
Y entonces, un día, Ewan vino a verme hecho una furia y me dijo: «Ya vale, ¿no?
Esta es Emeline Lark, mi orgullo y mi alegría».
Solo me hizo falta mirarte una vez para que mi rabia se esfumara de golpe.
Con una de tus sonrisas tímidas derretiste toda mi ira.
A Emeline le escocían los ojos. Tom la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza.
—¿Por qué nadie me había contado nada de esto? —susurró con la cara pegada a su chaqueta, respirando el familiar olor a tabaco.
—Porque tu madre no quería que lo supiera nadie, y yo le prometí que le guardaría el secreto.
Emeline se apartó y lo miró.
Él estaba mirando de nuevo al bosque con los ojos entelados.
—A veces me pregunto si malinterpreté las señales.
Hacia el final estaba tan… vacía. Era como si el amor la estuviese consumiendo.
Como si le estuviese haciendo olvidar todas las cosas que habían sido importantes para ella.
Casi como si… —Tom sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar un mal sueño—.
Estoy seguro de que era cosa de mi imaginación, de que solo veía lo que quería ver.
En cualquier caso, ahora ya no importa. Rose tomó su decisión.
—¿Volvió con él después de abandonarme a mí?
Tom alzó las manos con las palmas mirando al cielo.
—Supongo que sí. Siempre he pensado que debía de estar viviendo feliz con él en la Ciudad del Rey. —Sin Emeline. Sin ninguno de ellos.
Ambos se quedaron mirando los árboles.
¿Era posible que su madre siguiera allí?
Grace le había contado que a los humanos no se les permitía residir en la Ciudad del Rey; que se concedían pocas excepciones.
A Emeline le había dado la impresión de que ella, su yayo y Grace eran aquellas excepciones, pero tal vez hubiera otras.
Tal vez Rose Lark también estuviera viviendo en la Ciudad del Rey.
—Si está allí, la encontraré —decidió Emeline.